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8.5.20

TAMBORES







Un hombre joven y alto, con un bigote fino que le atraviesa la cara pálida, el cuerpo enjuto enfundado en un traje de impecable lino y la cabeza presidida por un blanquísimo sombrero Panamá, desciende lentamente por la escalerilla del avión que lo trae, en esa calurosa tarde de febrero, hasta el aeropuerto de La Habana. 

Después, con largas zancadas se dirige a la puerta de desembarque en el último lugar de la fila de pasajeros. Lleva una maleta de viaje mediana y en su mano izquierda aferra un maletín pequeño de cuero oscuro. Al llegar a la puerta se detiene un instante, como si dudara en avanzar, pero finalmente la atraviesa, mientras su sombra alargada lo persigue hasta desaparecer en la penumbra de la sala aduanera.

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En ese mismo instante, al otro lado de la isla, un negro viejo de rostro arrugado y oscuro se mece lánguidamente en una silla mecedora, que cruje rítmicamente bajo la parsimonia de sus movimientos. Desde el desconchado balcón del segundo piso de un edificio albeado, que ya empieza a perder su color original, mira el mar verdoso que con rumorosa obstinación, al otro lado de la avenida, se estrella contra el muro del malecón. Imperturbable, se muestra ajeno al azote de las olas que el viento trae murmullando, mientras desde la calle le llegan risas de niño y el sonido inconfundible de un tres cubano que alguien rasga en el piso de abajo con precario talento. En su mente, el carrusel de un pensamiento da vueltas sobre las misteriosas palabras de la vieja olorisha, que había venido a advertirle algunas horas antes acerca de un desconocido que venía del otro lado del mar para proponerle algo peligroso.

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Instalado en la amplia habitación del hotel Nacional, agobiado por el húmedo calor habanero que un enorme ventilador de techo trata infructuosamente de disipar, el viajero se refresca sorbiendo lentamente un vaso de ron blanco con hielo, inmóvil,  frente a la ventana abierta de par en par, por donde la brisa marina llega con mezquindad. Sin camisa, la ajustada camisilla blanca manchada de sudor le resalta el huesudo costillar y la extrema flacura de los hombros, envuelta su alargada figura en la luz lechosa de la habitación. Ensimismado en atropellados pensamientos, mira alternadamente un punto indefinido del horizonte costero que se despliega ante sus ojos y ojea rápidamente la hora en su reloj de pulso, mientras le da sorbos cortos al liquido ambarino de su vaso. En la cama, aun sin abrir, el pequeño maletín yace abandonado. Sobre la ciudad la tarde cae en destellos agónicos de luz solar.

No logra asirse a un buen razonamiento lógico para explicarse porque está ahora en Cuba. Menos aun, que hubiese decidido venir en una época en que los gringos como él son vistos con extrema desconfianza y considerados de entrada como espías enemigos por el gobierno revolucionario. Aun resuenan en su cabeza las palabras de alarma y preocupación con las que sus amigos, su familia, su manager y casi todo el que sabía de su decisión habían intentado, prácticamente suplicándole, hacerle desistir de su intempestivo viaje.

Pero los desoyó a todos, incluso a sí mismo, poseído por una pasión impropia de su personalidad flemática y poco inclinada a las obsesiones fortuitas, las mismas que en otros siempre reprochó con dosis equilibradas de burla y cinismo. Obsesión surgida como un tumor invasivo, admite, desde esa noche en Nueva York en que soñó que un hombre negro, sin rostro, le señalaba un rincón inexpugnable que palpitaba con un sonido de tambores mientras le susurraba claramente la palabra “Cuba”. Que se le fue propagando por cuerpo y alma en la misma medida en que empezó a buscar por cielo y tierra la manera de llegar Cuba. Y aquí estoy ahora, pensó, para bien o para mal.

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El negro viejo, cuando ya las primeras sombras de la noche se apoderan del cielo, se levanta pesadamente de la silla y con su lento caminar de anciano atraviesa la pequeña habitación. La oscuridad ahora es casi total, solo alterada por ráfagas de luz amarillenta que arroja una solitaria veladora que con sus parpadeos alumbra el altar levantado sobre una mesa pequeña empotrada en la esquina mas alejada de la desolada habitación. La sombra del viejo, con cada movimiento, se agranda y tiembla, arrojando siluetas oscuras a todas las paredes del entorno. 

Enciende una lámpara puesta sobre el minúsculo nochero que custodia la cama prolijamente tendida. Al instante se difunde una luz rala sobre media habitación, aunque suficiente para ahuyentar buena parte de las sombras temblorosas que la invaden. Se sienta con dificultad de reumático en un sillón tapizado con una raída tela de arabescos de color indefinido. Estático, respirando fuerte por el esfuerzo, escruta toda la silenciosa estancia, pero sus ojos se detienen en el lugar mas oscuro, al que ni la luz de la lampara, ni la de la veladora, ni mucho menos los relámpagos de tela blanca de las cortinas que ondean desde el balcón al vaivén de la brisa marina, logran medianamente iluminar. Entonces, le parece oír a través de las paredes que alguien llora quedamente.

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En el casi desierto restaurante del hotel el viajero come con desgano. Lo atiende un mesero imperturbable, de rostro prieto, que se mueve casi sin hacer ruido y que de vez en cuando aparece de la nada para llenar el vaso de agua, recoger los platos casi intactos de comida y escanciar generosamente ron blanco en la copa con hielo que le han servido al viajero antes en el bar. Al frente suyo una pareja de hombres vestidos de paisano, sentados en un rincón brumoso, lo miran con descarado interés. Agentes del gobierno, intuye.

Saca de una pitillera plateada un cigarrillo alargado y lo enciende con deliberada lentitud. Mientras echa las primeras bocanadas mira su reloj, que ahora marca las siete y treinta de la noche. Instintivamente, con su mano izquierda toca con disimulo el bolsillo de su saco y comprueba por encima de la tela la presencia crujiente del papel doblado en el que está anotada la dirección de la cita. Acaba el cigarrillo, lo apaga suavemente en el cenicero y toma un largo sorbo de ron, buscando apagar con el liquido helado el raro desasosiego que le atenaza el estomago desde el mismo momento en que aterrizó en La Habana.

En el fondo del salón, plantado junto al bar, un piano oscuro y lustroso llama su atención. Se para de la mesa, aun bajo la mirada atenta de los dos hombres, y se acerca al instrumento. Admira silenciosamente, con mirada de experto, sus lustrosas lineas; después, levanta la tapa del teclado y con sus manos largas y finas de pianista acaricia las teclas, las pulsa con suavidad y precisión y bajo el impulso de una melodía mental les arranca un acorde corto y sonoro que se queda flotando en el aire mucho tiempo después de que sale por la puerta sin mirar atrás.

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El viejo, aun sentado e inmóvil, ahora fuma con los ojos cerrados un habano corto y grueso. En la habitación, salvo el humo que escapa por sus labios gruesos en volutas ascendentes, nada se mueve. Es una escena curiosamente congelada, como suspendida en el aire por una mano invisible que ahoga en su puño apretado todo movimiento, sojuzgando el tiempo y el espacio en la tiranía opresiva de la espera. Por el balcón abierto, ya sin brisa que lo penetre, detrás de las cortinas inertes llegan desde la calle sonidos apagados de conversaciones rápidas, mientras desde más lejos en la noche marina flota una voz ronca de mujer que entona una guajira.

Bajo sus párpados herméticos el viejo sueña con su África remota, con sangre que serpentea por espaldas lustrosas de sudor y miedo, con tambores que resuenan azotados por poderosas manos negras, con cuerpos cimbreantes y desnudos que se agitan alrededor de una fogata, con cánticos tristes de ritos arcanos... Su memoria se esfuerza por recordar los años transcurridos desde que, muy niño, salió de Senegal, aherrojado de pies y manos, lanzado a la oscuridad hedionda de las sentinas del barco esclavista, azotado sin aviso ni causa entendibles, vendido y comprado una y otra vez, moribundo a diario bajo la canícula inclemente de la zafra, perdido de la vida, lejos de cualquier esperanza.

Sin embargo, sus recuerdos solo logran enfocarse y levitar sobre la densa niebla del pasado cuando ya en los tiempos de la libertad alguien lo encontró, agónico y miserable, postrado en la orilla de un camino perdido de Matanzas, lo acogió en su bohío, le curó con paciencia las heridas del cuerpo y le despejó amorosamente las neblinas del alma. Y, además, puso un día al frente suyo el extraño y sonoro tambor africano que aprendió a tocar casi al instante, resultado seguramente de una memoria ancestral escondida entre sus fuertes manos. Después, en fiestas y guateques del batey a los que llevaba infaliblemente su instrumento, su merecida fama de tamborero y bongosero eximio se extendió por la provincia hasta llevarlo en sus lomos exultantes a la mismísima capital, en la que la frenética vida nocturna de cabarets, orquestas, ron y mujeres hermosas y fáciles lo arrastró a una vida artificiosa jamás imaginada, la misma que, unos años después, lo vomitara inmisericordemente en las calles habaneras, pútridas de chulos, prostitutas, viciosos y fracasados de toda clase.
   
Abre los ojos lentamente. Se mira las manos, que ha levantado a la altura de los ojos. Son grandes, arrugadas y le tiemblan un poco. Aun siente en ellas la estirada resistencia del cuero y la trepidación crujiente que le arrancan a las membranas sonidos poderosos, como en las luminosas noches en que su nostalgia africana lloraba y cantaba a través de los tambores batá, fusionados sus requiebres en el aire con la notas de la garganta vibrante del gran Arsenio, el ciego maravilloso, cuando tocaba con su legendaria orquesta en el repleto salón de baile del Tropicana.

No se da cuenta, pero ahora en sus mejillas arrugadas se marcan surcos húmedos que escurren lentamente, como ríos fósiles de lagrimas antiguas que, incontenibles y profusas, le borboteaban desde el alma cuando en la sinuosa oscuridad de tantos desesperados amaneceres que lo sorprendían sentado en el muro del malecón de La Habana, borracho y solitario, imaginaba sus manos nervosas repicando sobre el cuero agudo, el tam tam sagrado, delante de un sol rojizo que cae oblicuo sobre las llanuras perdidas de África.

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El viajero desciende del viejo Plymouth gris en la mitad de la calle y advierte al chofer que volverá, a más tardar, en una hora. Su traje blanco le da una apariencia etérea, irreal, y cuando atraviesa la calle logra el curioso efecto de congelar en el acto las conversaciones de las gentes sentadas en los andenes y los pórticos de los viejos edificios, bañados alternadamente de oscuridad y penumbra. Los niños detienen sus juegos y las mujeres sus murmullos. La calle enmudece, expectante, por el fantasma blanco y flaco que camina a zancadas sin mirar a nadie.

El hombre, bajo la famélica luz de un farol, verifica a tientas la dirección anotada en el papel, aferra con premura su maletín y se dirige a un edificio vetusto y oscuro situado hacia el final de la calle, sobre el que destaca una solitaria luz que sale del balcón del segundo piso. La puerta de abajo, entreabierta, parece esperarlo y lo engulle en tinieblas cuando la atraviesa. En la calle, las voces, los juegos y los murmullos renacen al unísono.

El viejo abre nuevamente los ojos cuando escucha los golpes breves en la puerta. Saca de su boca el cigarro, apagado ya hace un buen rato, se levanta con pesadez y lo pone en un plato esmaltado que preside la mesa del altar. Se dirige a la puerta y, sin preguntar quien es, porque no hace falta, la abre. Un hombre alto y flaco, vestido impecablemente de blanco, lo mira con ansiedad desde el oscuro pasillo. 

- ¿Papá José? Soy Larry- le dice a modo de saludo. 

El viejo asiente y lo invita a seguir con un gesto rápido de sus manos. El hombre entra rápidamente y se planta en mitad de la habitación, mirándolo todo con curiosidad mal disimulada. Un olor rancio de tabaco, orina y vejez le golpea la nariz. Después, busca asiento al ver que el viejo vuelve a su silla sin decir palabra. Se miran sin decirse nada por largos segundos. El viejo pone nuevamente el tabaco apagado en su boca gruesa. El primero en hablar es el visitante, en un inconfundible español de extranjero:

- ¿Sabe a qué vengo, papá José? 

El viejo no contesta, la mirada baja, los labios fruncidos apretando el tabaco.

- Me dijeron que usted era el único en La Habana que tenía unos tambores batá disponibles... -  continúa el viajero. 

El viejo, aun en silencio, busca en el bolsillo de su camisa una caja de fósforos, enciende uno y aplica la llama al tabaco con dificultad temblorosa. Cuando lo enciende, lo chupa con fruición y levantando la cara, exhala una bocanada profunda que llena el aire de un humo entre acre y dulzón.

- Es cierto, pero quiero advertirte a ti una cosa, chico– dice sorpresivamente, con voz gutural y acento caribeño- Esos tambores no son pa’ jugá, ¿me comprendes tú? 

El visitante, sorprendido por el tono vehemente del viejo y temeroso de que sus palabras sean el preludio de una impensable negativa, se limita a asentir silenciosamente con la cabeza.


- Son tambores sagrados, chico, no los puedes tocar sin pedir permiso a la deidad, ¿me comprendes bien? - continuó el viejo. 

- Bueno, yo solo los quiero para mi orquesta...- le replica con tono dubitativo el visitante. 

- Pa´ lo que sea, es lo mismo- sentencia el viejo.

El viejo lo mira fijamente a los ojos por un largo instante. Ve en ellos la chispa de la obsesión y tozudez, la misma que ha visto tantas veces en sus largos años vida en gente que terminó siendo irremediablemente desgraciada. Siente un breve ramalazo de compasión, pero se desprende rápidamente de ella. Ahora no va a retractarse por ningún motivo, es tiempo de deshacerse de ellos y que el problema sea de otro, para variar.

Un nuevo y pesado silencio nace entre los dos. El viajero se remueve incomodo en su asiento, pero el viejo fuma imperturbablemente un tiempo más. “Están allí”, señala de pronto el viejo desde su sillón, apuntando con la mano con la que sostiene el tabaco un punto a la espalda del visitante. El hombre gira y descubre en el sitio señalado un arcón negro, que hasta ese momento era invisible. Se acerca, lo abre y contempla con admiración los dos tambores, alargados y cilíndricos, pintados de un rojo rabioso, adornados con lo que parecen pequeñas plumas de colores y signos incomprensibles toscamente tallados sobre la madera. Toca delicadamente las membranas de cuero que, de lo blancas, parecen brillar en la oscuridad.

El visitante se vuelve, se acerca al sillón del viejo, toma de su maletín un fajo de dólares y se los extiende. El viejo los toma casi sin mirarlos y los pone sobre la mesa con gesto desdeñoso. Es su protesta muda por una negociación que, sin duda, considera un sacrilegio.

El viajero se quita el saco y cubre con el los tambores. Se cuelga rápidamente del hombro el maletín y los agarra con ambos brazos, levantándolos con dificultad. Después se dirige a la puerta y la cruza con pasos cuidadosos. Se vuelve para despedirse del viejo, y entonces le oye decir desde la penumbra con su voz áspera:

 - No sabes, chico, lo que has comprado… 

“Presuroso, sin cerrar la puerta, el viajero baja peldaño a peldaño las cortas escaleras, atraviesa la puerta principal aun entornada y se zambulle en la noche con su preciada carga, mientras el corazón en el pecho le percute con fuerza inusitada, apretado contra los ansiados tambores: tam, tam, tam…

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EPILOGO


Larry Harlow, conocido como El Judío Maravilloso, nacido en Brooklyn Nueva York, pianista excelso y figura estelar de la Fania All Star, fundó una de las mejores orquestas de salsa que se haya conocido, la Orquesta Harlow, que tuvo su época dorada al final de los 60 y mediados de los 70. 

El sonido de los tambores africanos que su fundador y director le incorporó le daba a sus temas un sonido profundo e inigualable, que se puede apreciar en temas como “Se me perdió la cartera” o “La mulata Encarnación”, y en casi toda la discografía de esa época. 

Larry estuvo en Cuba muchas veces y vivió allí un tiempo investigando el sonido afrocubano. Sin embargo, a pesar del éxito arrollador de su peculiar percusión africana y de los pronósticos halagüeños que todos hacían, la Orquesta Harlow decayó abruptamente y al poco tiempo desapareció completamente del panorama musical. Su fundador continuó como compositor, pianista y productor musical varios años más, aunque sin alcanzar el lustro y el éxito de sus inicios. 

Por eso, claro, no faltan quienes afirman hasta hoy que sobre la Orquesta Harlow habría caído alguna especie de maldición. 

Esta podría ser la historia detrás de esa leyenda. 

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POSTDATA: Este escrito fue publicado en este blog hace varios años. La única razón por la cual lo volvemos a publicar, debidamente aumentado y corregido,  se encuentra en esa prerrogativa innegociable que tenemos los aspirantes a escritores de releernos y corregirnos ad nauseam con la ilusión de alcanzar la esquiva perfección. Por tanto, seguimos ilusionados... 

11.11.07

EL CANTANTE

Y llegó, como llegan casi todas las cosas por estos lados, tarde, El Cantante, la pelicula de J Lo y Marc Anthony sobre la vida de Hector Lavoe. Y, claro, como ya lo imaginabamos, decepciona, y bastante, esta languida cinta, con un guión tan predecible y plano como las actuaciones de sus protagonistas.

Si quisiera describirla de algun modo diría que se trata mas de un largo videoclip de las canciones de Lavoe reencauchadas por Marc Anthony que de una verdadera obra cinematografica sobre la vida de ese extraordinario icono de la salsa que fue Hector Lavoe.

La pelicula discurre de principio a fin bajo el entendido de que la estrella a mirar es J Lo, en su papel de Puchi, una de las tantas mujeres que tuvo La Voz y que jamás tuvo en su vida la preponderancia que se ve en la pelicula, que actua, baila y narra a través del inevitable flash back el ciclo vital de Lavoe desde sus comienzos en Nueva York bajo el auspicio de Willie Colón y Johny Pacheco en los comienzos de la Fania, la pleyade que arrancó el fenómeno popular llamado salsa. Por eso, Marc Anthony-Hector Lavoe, el actor y el personaje, se ven desdibujados, girando sosamente como un satélite anodino en torno a la rutilante estela de la López.

Que Hector Lavoe fue un hombre conflictivo y autodestructivo; que en la cúspide de su carrera sucumbió en el naufragio trágico de la droga y de los fracasos y tragedias familiares; que nunca pudo recuperar su brillo después de su lamentable separación de Willie Colón... Todos son hechos conocidos que, inusitadamente, aparecen en esta pelicula como meros episodios marginales, sin verdadero dramatismo, sin la trascendencia discursiva que todos esperabamos.

Por tanto, despreciados inexplicablemente los hitos dramáticos mas relevantes, lo demas es un mero discurrir amorfo, sin fuerza ni sentido, al que solo lo salva, si acaso, la musica del cantante fallecido, con arreglos practicamente idénticos a los originales y con la voz de Marc Anthony, que por cuenta de la tecnología suena muy similar a la de Lavoe. Ah, y se rescata también la escena de un solitario Rubén Blades que toca con parsimonia en su guitarra los acordes primigenios de El Cantante, la canción insignia de Lavoe.

Nada memorable, nada interesante, El Cantante, a diferencia de su personaje, llegará y pasará sin pena ni gloria, en lamentable desperdicio de un filón dramático como fue la vida del Cantante de los Cantantes.

10.11.07

CALAMBUCO

Calambuco, dice el escritor Umberto Valverde, es algo asi como el Transmilenio de los corteros de caña de azúcar. Pero tambien es el nombre de una novel orquesta caleña que nos sorprende con la paradoja de un nuevo-viejo sonido salsero.
Son musicos raizales de esta ciudad en su mayoría, con algunos bogotanos y chocoanos entremezclados, que se han empeñado en recuperar el tumbao frenético y poderoso de los setenta, el del concebido para el bailador, el del soneo potente, el de los cueros y los metales trepidantes.

Y las letras son también un tributo a los mensajes básicos del fenómeno salsero original: son las vivencias del barrio, de los amores, de los encuentros y desencuentros callejeros...

Calambuco es, en resumen, un renacer inesperado pero grato de la salsa añeja que añoramos todos los salseros, de esa que destila por las venas como un narcótico, que eriza la piel, que agita el espíritu, que invita a apretar una cintura y a lanzarse al torbellino de una pista de baile.

Bienvenido, entonces, Calambuco.

22.7.07

MITO AMENAZADO

Mito es una palabra raída por el uso, desdibujada por el abuso. Con ella, hoy por hoy, se califica casi cualquier cosa: un futbolista con destellos de grande, un cantante de un solo éxito, un político cuyo único merito es estar muerto… Todo, lo eximio y lo mediocre, parece caber en ella.

Por eso cuesta un tanto usarla para decir algo sobre Héctor Lavoe, El Cantante de los Cantantes, La Voz, muerto hace ya casi catorce años y vivo cada día por cuenta de su discografía, que siempre parece fresca y vibrante a pesar de los años que le caen incesantemente encima.

Pero habrá que usarla, a falta de una mejor palabra, para decir que si hay forma más eficaz para acabar con un mito será siempre la de intentar imitarlo o revivirlo (cualquiera de las dos posibilidades o las dos a la vez) de cualquier manera. De allí que tantos, después de Pelé o de Maradona, por poner un ejemplo, hayan sido inflados como sucesores para caer después aplastados por el olvido de un imaginario colectivo que, a pesar de los afanosos y desaforados intentos mediáticos, logra detectar el engaño y la falsa promesa del mito revivido.

Parece entonces que le ha llegado el turno a Héctor Lavoe, pues amenaza Hollywood con traerlo a la vida en la pantalla grande, encarnado por el huesudo Marc Anthony quien, acompañado de su esposa J Lo, la del notable y millonario trasero, se atreve a darle aliento artificial a la historia extraordinaria y trágica del legendario (por no decir mítico) cantante de La Fania.

Ya se había intentado en vida de Lavoe revivirlo. La codicia y la falta de escrúpulos de sus managers lo obligaron a recorrer en sus últimos días, como un fantasma, minusválido y balbuceante, varios escenarios antes de que falleciera. Duele ver esas imágenes, de allí que algunos prefieran más a su fantasma que sus últimas fotografías.

Podrá Marc Anthony transmitirnos, a la vez, la fuerza de las canciones y el desenfreno vital de Lavoe? Logrará superar el punto de la simple imitación de su voz y de su figura o podrá, con facultades histriónicas que nadie le conoce, personificar a una figura tan reconocida y amada en Latinoamérica? O es un simple truco publicitario para vendernos el reencauche de las canciones de El Cantante?

Tocará esperar a ver la película, cuyo estreno mundial se anuncia para agosto de este año. Pero anticiparía aquí que no sería bueno hacerse muchas ilusiones, ni por la actuación del matrimonio Anthony-López, ni por un tono especial y auténtico en la interpretación de las canciones de Lavoe que, a juzgar por el CD promocional, tiene algunos temas afortunados (se destacan El Cantante, Aguanile y Todo tiene su final), pero lejanos, muy lejanos, de la calidad interpretativa y el sello personal de ese mito, si, mito, llamado Héctor Lavoe.




Trailer promocional de la pelicula El Cantante:






27.5.06

LA MALDICION DE LOS BATÁ

(Basado en una historia que pudo ser real. Y lo fue)


Un hombre joven y alto, de bigote fino que le cruzaba la cara pálida, con el cuerpo enjuto enfundado en un traje blanco de impecable lino y la cabeza presidida por un sombrero Panamá, descendió lentamente por la escalerilla del avión que lo traía, en esa calurosa tarde de febrero de 1.962, desde Miami hasta el aeropuerto de La Habana.

Con pasos largos se dirigió a la puerta de desembarque en el último lugar de la fila de pasajeros. En su mano izquierda llevaba un maletín pequeño de cuero oscuro. Al llegar a la puerta se detuvo un instante, como si dudara, pero finalmente la atravesó mientras su sombra, alargada e inclinada a la derecha, lo persiguió hasta desaparecer en la penumbra de la sala aduanera.

En ese mismo instante, al otro lado de la isla, un negro viejo que se mecía en una silla crujiente observaba desde el desconchado balcón de un segundo piso el mar que se estrellaba contra el lejano malecón. Podía oír el rumor bronco de las olas que, murmullando, iban y venían sin pausa, mientras desde la calle le llegaban risas de niño y el sonido apagado de un tres que alguien rasgaba con insistencia. Pero, abstraído, su mente solo le daba vueltas a las palabras que la vieja orisha había venido a decirle hacía unas horas: Que un hombre desconocido venia del otro lado del mar para proponerle algo inesperado. (VER MÁS)

6.4.06

CALI: SIN SON NI TON

En relación con este post de fecha anterior, en el que nos quejábamos de la corronchería que acecha a Cali por sus cuatro esquinas, auspiciada ahora por la detestable iniciativa de la alcaldía de Polo de promover un bodrio “cultural” llamado “Primer Festival Vallenato en Cali”, nos llegan por vías distintas dos escritos que reproducimos aquí por reflejar, gracias a Dios, la protesta quejumbrosa de otras latitudes sobre el entierro de tercera que se le está dando a la salsa y por el ostracismo de la ciudad y la región en materia de iconos y expresiones culturales propias.

El primero de ellos, es un articulo del poeta nadaista (esto todavía existe?) Jotamario Arbelaez, quien escribió en
El País lo siguiente el pasado 4 de abril, bajo el acertado titulo de “Cali corroncha”:

“Treinta y cinco años tirando paso en Bogotá, desde que salí de Cali huyéndole a los VI Juegos Panamericanos. Más que salsero, fui guarachero, son que aprendí a bailar viendo las películas de Clavillazo y asistiendo a los bailaderos de finales de los 50, sobre todo el Danubio Azul y los lunes del Aguacate.

“(…) En Cali confluyó todo el caudal de la música afrocaribe, convirtiéndola en la Capital Mundial de la Salsa; y ello se vivió en las ferias y en especial en Juanchito y el Honka Monka. Humberto Valverde la elevó a la categoría de ciencia social, dedicándole ediciones del periódico La Palabra, de la Universidad del Valle. En cualquier lugar de Colombia las mujeres se peleaban por bailar con un salsero caleño, que hacía rendir el mundo a sus pies. Se ganaron trofeos en San Juan de Puerto Rico y en Nueva York.

“En plena euforia del poder joven y del 68 francés, leí en El Tiempo una columna del poeta Gonzalo Arango titulada “Generación sin son”, donde despotricaba contra las nuevas generaciones existenciales porque se hallaban obnubiladas por el ritmo foráneo de las guitarras eléctricas –que ya habíamos asumido como parte de nuestra estética-, cuando existía el vallenato que la ‘cacica’ Consuelo de Molina acababa de darle a conocer en el Valle de Upar. Los nadaístas consideramos retrógrada esa actitud del profeta de “enaltecer lo autóctono”, como si se tratara de un carriel o de cualquier trasto folclórico. No nos detuvimos en que por la misma fecha aparecía ‘Cien años de soledad’, y con ella la consagración suprema de ese género y de su cultor Rafael Escalona por los terrenos de Francisco el Hombre.

“Fueron surgiendo en Bogotá vallenatólogos de la categoría intelectual de Alfonso López Michelsen, Daniel Samper Pizano y Enrique Santos Calderón, quienes se explayaron en libros y columnas de prensa, como si se tratara del sueño de Bolívar o de la combinación de todas las formas de lucha. Y eran huéspedes ilustres con sus múltiples iniciados melomaniáticos, en las anuales parrandas con elección del nuevo rey vallenato en Valledupar.

“Amantes de los Stones, los nadaístas seguíamos negados a aceptar ese ritmo y su mítica carga satírica. Eduardo Escobar fundó ‘El Café de los Poetas’, y allí nos plantamos con música clásica, jazz y pop. Pero enseguida nos montaron, primero, ‘La Casa Colombia’, y después ‘La Teja Corrida’, donde se apoltronaron ‘Los gaiteros de San Jacinto’ y nos vaciaron toda la tanda vallenata inherente al momento histórico.

“Busqué refugio en el matrimonio rural, lejos de la música, pero apenas mi hija colocó su primer cd fue con los vallenatos aún más insufribles de Carlos Vives. No me quedaba más remedio que pensar en el regreso a Cali, único baluarte inconquistable por ese ritmo. Y ya con el pie en el estribo me entero por El Pais, que costeños con caja, guacharaca y acordeón se han tomado la Avenida Sexta y clubes sociales, haciendo vibrar a los antiguos salsirockeros. Y que el vallenato bombardea buses, hogares y hasta colegios, desde emisoras especializadas. Lo que nos faltaba. Se nos metieron al rancho. Cali corroncha.

“Ante tamaña desgracia, pienso que lo único que queda es esperar cada año la celebración de los Grammy, para escuchar música que no hiera los tímpanos educados. Pero por El Tiempo me entero que, gracias al espaldarazo de nuestro influyente premio Nobel, a partir de este año el vallenato tendrá estatuilla en el Grammy Latino.

“¡Ay hoooombe! Hasta aquí nos llegaron la salsa y el rock. ¡Pop!”

Por otro lado, mi hermano, caleño en trance de bogotanizarse, escribió un comentario a uno de mis post sobre la orfandad de la participación de esta región en la inauguración del Festival Internacional de Teatro que, por estos días, se toma a la fría Bogotá. Por reflejar otro punto de vista, y de queja, sobre lo que viene sucediendo (o mejor, padeciendo) en Cali en materia cultural, aquí lo citamos:

“Más bien, aprovecho la novedad para comentar la frustración que sentí el sábado, en la tarde, luego del desfile inaugural del Festival Iberoamericano de Teatro, aquí en Bogotá.

“Como sabrás, el desfile estaba conformado por comparsas y delegaciones representativas de varias regiones del país, incluso de algunos de los muchos países que tienen representación en el Festival. El tema es que entre los representantes del Carnaval de Barranquilla, de Blancos y Negros de Pasto (los más alegres por cierto), del Diablo de Riosucio, así como muestras culturales del eje cafetero y Santaderes –entre otros-, NO HABÍA UNA SOLA delegación del Valle, y MENOS de Cali. Sé que al menos un grupo de teatro de Cali participa del Festival, pero creo que eso es distinto: el sábado se trataba en buena medida de expresiones culturales de arraigo popular.

“¿No tenemos nada qué mostrar? ¿Qué tipo de identidad nos hemos forjado y en torno a qué? ¿Cómo estamos –entonces-, entendiendo, fortaleciendo y promocionando la salsa, o la música afrocaribeña, para no rotular un fenómeno musical muy amplio? Y más allá: ¿Qué papel y responsabilidad tenemos los Vallunos y nuestro gobierno en esta situación?

“De lejos queda claro que nuestra feria no es, para nada, una manifestación cultural popular digna de ser tenida en cuenta. O al menos así lo acordamos conjuntamente con mi esposa, cuando le pregunté: y nosotros qué? En dónde queda el Valle y su representación, por qué no trajimos nada? “Y qué traeríamos -me respondió-, borrachos a caballo disparando al aire, los mismos carros antiguos que salen cada año, o al Gran Combo de Puerto Rico?”

Ahí queda el tema.

23.3.06

¡NO PASARAN!

Que Apolinar Salcedo, a pesar de su extracción humilde, terminó defraudando a todo el mundo, pero en especial a los más humildes de Cali. Que todo apunta a que, así le falte un minuto para finalizar su mandato, terminará revocado, dándonos el dudoso titulo de ser la primera ciudad con alcalde destituido popularmente. Que tiene a Cali convertida en un caótico laberinto, porque le dio, para rebuscarse su lugarcito en la historia caleña, supongo, por hacer Mío, cambio de colectores y todo tipo de obras publicas a la vez. Que la Procuraduría lo tiene en la mira con más de diez cargos en su contra por el contratico de Sercali. Todo eso es cierto. Por lo tanto, vaya y venga.

Pero, como el inefable Polo tiene un extraño talento para siempre terminar haciendo una embarrada más grande que la anterior, ahora resulta que, con plata del menguado erario publico y decreto municipal a bordo, decidió impulsar a todo vapor la celebración del
Primer Festival Vallenato de Cali, con el propósito declarado de convertirnos en algo así como la segunda ciudad del vallenato en Colombia. ¡Errrrda, que joda es esa, cuadro!

Sí! Yo lo vi, sentado junto a Amparo Sinisterra de Carvajal, extraída de la mas rancia (muy rancia, por cierto) oligarquía caleña y quien funge por estos días como asesora cultural (o algo así) del municipio, haciendo el lanzamiento del bodrio en los noticieros regionales. Y, claro, ahora se ven los comerciales invitando a la gente a volverse adicta al vallenato, rancherato mejor, por cuenta de la chochera de la dichosa señora que ha visto en esto “la posibilidad de otra expresión popular musical para Cali”. ¡Por favor!

Que va vaina con esta adolorida ciudad. El último reducto de una singular querencia popular cultivada a lo largo de décadas, como es la salsa, ahora es atacado desde las mismas esferas oficiales. Y eso que cuando Polo se pone eufórico, como en la pasada Feria de Cali, sale a declarase salsero y que la salsa por aquí y que la salsa por allá. ¡Hipócrita, eso es lo que es, mostrándose como una oveja salsera cuando resultó con corazón de lobo vallenato!

Esto ya se veía venir. Lo venimos advirtiendo desde hace rato. La salsa o, mejor, la cultura salsera está dando bocanadas de moribundo y nada que le sale doliente. Esa extraordinaria música, tan ligada a la idiosincrasia caleña, se encuentra ahora arrinconada como muchacha de servicio en bridge de señoras. Decir que uno es salsero o que le gusta la salsa pasó de ser algo normal a una especie de confesión vergonzante. Lo único que falta es que en las discotecas, tabernas, bares y fiestas de quince pongan un aviso prohibiéndonos la entrada.

Claro, en realidad esta protesta no es contra los vallenatologos o vallenatofilos. Al fin y al cabo cada cual tiene derecho de hacer de su oído un orinal. Tampoco es por revirar ingenuamente contra una tendencia que nos impusieron desde hace rato las emisoras y las disqueras, aprovechándose especialmente de la ingenuidad y la hospitalidad musical de los caleños, que siempre pensábamos q
ue eran modas pasajeras y ahora tenemos reggeaton y vallenatos hasta en el cu…ello. Ya todo eso está dicho.

Lo que indigna es que en todos los folletos oficiales de promoción turística de Cali aparece siempre la infaltable pareja de salseros. O que en la decoración decembrina de la ciudad se destacan las figuras emblemáticas de la salsa. ¡Y ahora resulta que somos vallenatos por decreto! Si lo que hace falta precisamente es que se emprenda una ofensiva recuperadora del gusto por la salsa, por la buena, se entiende, que es el género musical que está menguado, indefenso, atacado por todos los costados y victima ahora de la puñalada trapera del alcalde Polo.

En mi concepto, y en el de muchos caleños, afortunadamente, siempre será preferible una canción salsera que cualquier tema de reggeaton o vallenato, sobre todo si se tiene en cuenta los esperpentos que uno escucha por acá. Por tanto, nos declaramos en franca rebeldía contra el intento de la Alcaldía de transformarnos en Frankenstein musicales, con cabeza reggeatonera, muñones vallenatos y corazón de salsa. ¡Guacale!

Por eso, ayer madrugué a firmar la lista de los que piden la revocatoria de este nunca bien lamentado Alcalde que, a pesar de todos los chicharrones que tiene por arreglar, aun tiene tiempo para sentarse a pensar como jodernos un poquito más. ¡Que se vaya!

Así que, a la manera de Andrés Caicedo (ay, hermano, como hacés de falta) digamos:

EL PUEBLO SALSERO DE CALI

Denuncia y rechaza unánime y combativamente
el abusivo intento de la oligarquía caleña
De exterminar la pasión por la salsa a punta de vallenato y reggeaton.
Sepan, tiranos y traidores, que cada salsero cavará una trinchera musical y dejará en ella hasta su último aliento.
Inspirados por Lavoe, Blades, Ponceña, Mulenze y demás caudillos de la salsa
Daremos la batalla hasta la última nota.

NO PASARAN!!!
¡SALSEROS DEL MUNDO, UNIOS!

16.1.06

EL FANTASMA DE HECTOR LAVOE

"Las tumbas son pa´los muertos y de muerto no tengo na´..."
Las Tumbas, ISMAEL RIVERA

Me gusta hablar con Guille. Bueno, me gustaba, porque perdí inexplicablemente esa manía de visitar a los amigos los viernes en la tarde para charlar insustancialidades mientras tomábamos cerveza, indolentes, ajenos a la frenética ciudad. Con Guille es especial, no sé, talvez por su risa amplia y destemplada, por sus historias truculentas pero interesantes o, simplemente, porque sabe de salsa brava como nadie. Sin embargo, ese viernes noté que su charla era distinta, parca, melancólica, como arrastrando las frases, y que ni siquiera las dos cervezas frías, que parecían derretirse sobre la mesa de vidrio opaco, le alegraban las palabras. Tomaba de su cerveza con gesto distraído y con sorbos largos. A su espalda, el sol de las tres de la tarde tornaba incandescente el marco de la puerta de vidrio oscuro y le daba a la desierta discoteca un tono claroscuro que la cubría por todos sus rincones, como una cobija de gasa gris. Para ganarle al incomodo silencio le pregunté que qué tenía de nuevo. La pregunta tuvo el efecto deseado, porque al instante su negra cara cambio de gesto y le brillaron los ojos ratoniles con entusiasmo. Oiga, mijo, le cuento, me llegó una joya de Lavoe. Y se paró al instante, perdiéndose a mi espalda. Tomé de mi cerveza con lentitud, dándole tiempo, mientras oía ruidos cortos desde la cabina de sonido. Volvió con su sonrisota de siempre y, sentándose, me tendió la carátula de cartón de un disco de 33 r.p.m. La escasa luz no permitía ver mucho, pero se destacaba sobre el fondo blanco la fotografía colorida de varios músicos sonrientes que sostenían un cartel rojo entre las manos con un título en letras amarillas y grandes que no me molesté en tratar de leer. Miércoles, le dije, lo conseguiste. Su sonrisa se amplió al instante y se volvió risa. Su satisfacción era evidente. Claro, hermano, imaginate, una grabación de 1.962, sabés cuanto tenía Lavoe en ese tiempo, como 17 años, fue antes de Pacheco… Me contó que se lo había comprado al viejo Corquidi, el coleccionista, pero el h.p. me pidió un platal, todavía le debo, se lamentó a su manera, sonriendo. Te pongo algo, pa´ que lo oigás? No esperó mi repuesta, se levantó y unos minutos después los potentes parlantes crujieron bajo la aguja del tocadiscos y soltaron, con el siseo lijoso característico de las grabaciones viejas, una pachanga dura, de piano metálico y percusión altisonante, sabrosa, en la que la voz alta y nasal de Lavoe, inconfundible, se perdía en medio del trueno de los timbales y la vibración profunda de las trompetas. Cuando acabó el tema, tres minutos exactos después, el silencio se asentó sobre el vacío local como una alfombra recién sacudida. Guille también volvió a su puesto y escurrió la cerveza con fruición. Yo hice lo mismo, mientras esperaba, ansioso, sus próximas palabras. Entonces me contó lo inesperado. Que allí, en esa desvencijada discoteca de Juanchito, que en su mejores épocas, allá por los 80, se llamaba Juan Pachanga, estuvo el mismo Lavoe, en persona, mijo, te imaginás, tocando en unos Carnavales. Mientras me dejaba con mil preguntas en la boca, se paró y trajo dos cervezas más, que empezaron a escurrirse en hilos fríos sobre la mesa. Sí, mijo, lo contrató Larry Landa, el dueño original de esta vaina, pa´ que tocara por tres días, y lo tuvo aquí, viviendo un poco de tiempo, vos sabías? Que va, que iba yo a saber, pensé, pero no dije nada. Si, Lavoe vino en su mejor época, sabés, cuando ya se había abierto de Willie Colon y cantaba con su banda propia. Y mientras hablaba, Guille miraba para todo lado, se paraba, se sentaba, parecía un extraño maestro de ceremonia anunciando el número principal. Esto era la locura, mijo, no cabía una aguja, era cuando los Carnavales de Juanchito eran famosos, mas famosos que la Feria de Cali, pa´ que sepás. Parado en la mitad de la pista solitaria y oscura, señalaba con cierta reverencia la tarima imaginaria donde cantaba Lavoe y después me mostraba, señalando con su largo dedo, el pasillo a mi espalda, por donde se filtraba la claridad lechosa de la tarde. Y el man se quedó, sabes, después de los días en que tocó aquí, despidió a la orquesta y se encerró en el apartamento que Larry tenia aquí mismo, allá en el fondo donde yo duermo, todos los días con una vieja distinta, porque le llovían, mijo, mientras el viejo Larry le aventaba perica y trago… Hizo una pausa larga para beber de su cerveza y después me obligó a pararme y a caminar detrás de él hacia el fondo del local, mientras hablaba incansablemente. Nuestros pasos se los tragaba un tapete oscuro que parecía infinito. Guille abrió una puerta a la izquierda y prendió un solitario bombillo de luz amarillenta, que escasamente iluminó el baño inmenso y desvencijado, con un tocador de mármol desportillado por todas partes, un espejo grande y manchado y el mismo tapete rojizo que nos precedió desde la entrada. A pesar de sus precarias condiciones, indudablemente el lugar parecía haber sido testigo de tiempos mejores. Esto era una belleza, mijo, era la discoteca mas lujosa y mas grande de por estos lados, incluyendo a Cali, ahora es un cagadero… Y su risa se oyó por todo el lugar, a su estilo. Oiga, el caso es que Lavoe se quedó aquí como dos semanas, pero ya el viejo Larry estaba loco con el man, no sabia que hacer con él, porque el hombre no mostraba señas de quererse ir, así que decidió llevárselo pa´ su casa, su casota, mejor dicho, porque tenia una casa que pa´ que le cuento, y Héctor Lavoe se fue pa` lla y se dedicó a vivir a sus anchas, andando en los carros de Larry, derrochando en grande, rumbeando todas las noches, bebiendo con hembras, en fin, imagináte vos la vaina… Sentados nuevamente Guille bebía y hablaba, y miraba, sobre todo miraba mucho detrás mío como si de verdad esperara que alguien entrara de un momento a otro. O a lo mejor, pensé, eran cosas mías. Pero, sabés, el asunto no terminó bien, con Lavoe que bien iba a terminar, porque resulta que Larry estaba casado con una hembrota, una de las mujeres mas lindas de su tiempo, una reina, pues, pa´ que me entendás, y Lavoe era un mujeriego, un man al que las mujeres lo perseguían por su fama y su carreta, me imagino, y esta vieja, la mujer de Larry, hermano, cayó, porque el muy guevón del marido se iba a sus negocios y a sus cosas, y los dejaba solos, te imaginás, a Lavoe y a la mujer solos, mucho guevón, no… Y Guille se paró y fue por dos cervezas más. Vi con preocupación que las botellas comenzaban a arrumarse en la mesa, aunque más me preocupaba que el negro no terminara la historia, así que empecé a despachar rápidamente mi nueva cerveza. Oí, querés oír más musiquita? No, bueno, si querés mas cerveza me avisás, ve, entonces te acabo de contar, el caso es que Larry llegó cierto día de sorpresa a la casa y, claro, encuentra a Lavoe y a su mujer encamados, en pelota, vos sabes, y como el man no era una pera en dulce pues los agarró a ambos a golpes, a la vieja la sacó en cueros pa la calle y a Lavoe lo sacó a patadas y lo amenazó con un revolver que si lo volvía a ver lo mataba, fue un escándalo el verraco, pero esto le dio muy duro a Larry, desde allí empezó a decaer en sus negocios, vendió esta discoteca y, según dicen, se enredó con traquetos que le propusieron subirles merca y bajarles plata de Nueva York, a donde el man iba a cada rato a contratar artistas y comprar su música, hasta que lo pillaron con perica en las maletas y lo condenaron como a 20 años de cárcel, mijo, como te parece… Aunque las sombras del lugar parecían acentuarse mientras avanzaba la tarde, los ojos de Guille brillaban como ventanas al sol. A través de la puerta nos llegaban, apagados, la risa de un niño y la voz de una mujer que, al parecer, lo llamaba a gritos. Pero sabés que es lo mas extraño, que esos dos manes se murieron el mismo día, sabés, porque Lavoe, unos años después del asunto con Larry, se tiró del cuarto piso de un hotel de Puerto Rico, no se murió pero quedó prácticamente invalido, andaba con muletas y después en silla de ruedas, incluso quedó mal de las cuerdas vocales, cuando volvió a Cali el man era una piltrafa, oíste, la carrera del man se acabó, se fue a pique, el caso, mijo, es que Larry apareció un día muerto a batazos en su celda y ese mismo día también se supo que a Lavoe le dio un infarto en su casa, postrado en la cama ya sin poder moverse… Guille guardó un silencio inesperado, que me sorprendió, e inclinando la cabeza hacia adelante, como en una reverencia, me volvió a señalar un punto a mi espalda y me habló con voz bajita. Se que vas a pensar que es mierda mía, pero lo que te quería contar es que algunas noches me ha tocado levantarme tarde a cerrar esa verraca puerta, la del pasillo que da al apartamento donde se quedaba Héctor Lavoe, y lo he visto, mijo, vestido de blanco, parado en esta misma pista, como si fuera a empezar a cantar, esos han sido unos sustos los verracos, me crees? Y me miró con fijeza, serio, esperando de verdad que le respondiera, pero guardé silencio, luchando contra el impulso de contestarle de cualquier manera. Algo en el tono de su voz me decía que hablaba en serio. Preferí acabar de un solo sorbo mi resto de cerveza, le dije que muy buena la charla y las cervezas, pero que tenia que irme. Me paré y lo dejé allí sentado, en silencio, otra vez con su cabeza en reverencia, mirando hacia el pasillo. No me contestó la despedida, ni se movió cuando abrí la puerta ni cuando la luz de la tarde entró a borbotones en la oscura discoteca. Cerré la puerta con suavidad y me marché. Arriba, el cielo era presidido por un sol que, aún radiante, parecía desdeñar a los fantasmas. Aunque fuera el fantasma del mismo Héctor Lavoe, pensé.

15.12.05

SALSA Y NOSTALGIA

Por estos días se ha dado cierta discusión, aunque de baja intensidad, debo admitirlo, sobre un tema recurrente en Cali: Cuál es mejor, si la llamada “salsa vieja” o clásica, o la “nueva salsa” (si es que esto ultimo existe)? En realidad tal debate es viejo, pero ahora reverdece por cierta protesta de algunos salseros que rechazan la contratación para la Feria de Cali de veteranos artistas de la salsa como Johnny Pacheco, el Gran Combo y la Sonora Ponceña, entre otros, por considerarlos obsoletos y de repertorio desactualizado.

Sin embargo, esta controversia merece ser analizada desde un contexto claro: Cali dejó de ser, desde hace varios años y por muchas razones, la Capital de la Salsa, como se la bautizó hace unas décadas atrás gracias al predominio absoluto de este genero musical que, mas que eso, pasó a ser una especie de estilo de vida, de rasgo cultural y de sello de identificación de esta ciudad. Bajo el embate de una salsa anodina, primero, y por la invasión de géneros musicales extraños a la idiosincrasia caleña, como el merengue dominicano, el vallenato llorón (rancherato, que llaman) y, finalmente, el detestable reggeaton, lo que menos se escucha en Cali, hoy por hoy, es la salsa. Y la que por ahí se oye, o es una deformación alambicada, o es una repetición inmutable de algunos temas viejos que, aunque populares, no son necesariamente los mejores del genero salsero.

Entonces, cabe preguntarse si, desde esta lamentable perspectiva, es valido afirmar que en Cali estamos cansados de oír a los mismos con las mismas. Para resolver la cuestión, bien podríamos echar una ojeada breve al pasado de la salsa y entender como llegó a nuestros lares este vibrante ritmo musical que por años nos ha llenado el corazón de gozo inigualable. Inicialmente, debe aclararse que para muchos estudiosos del tema la salsa no es un ritmo o un genero musical definido, sino el producto de una amalgama de muchos ritmos y géneros, algunos antiguos como la guaracha, la pachanga y el son montuno, formada a partir del acoplamiento de esta música afrocubana con tendencias musicales mas modernas como el jazz, el blue, el twist y el mismo rock.

Igualmente se considera que la génesis de la salsa se dio en el corazón mismo de Nueva York, en el Bronx, en Brooklyn, en el Harlem hispano, lugares en donde se asentaron las primeras oleadas migratorias latinas, especialmente cubanos y puertorriqueños, llegados a la Gran Manzana a finales de los años 50 y comienzos de los 60. Fue allí, bajo el influjo de la nostalgia, que se empezaron a formar los sextetos y las charangas que, comenzando los 70, terminaron fundiéndose en las grandes agrupaciones salseras bajo la batuta de personajes como Johny Pacheco, Ray Barreto, Tito Puente, etc.

Sin embargo, la incipiente sonoridad era una música relegada al más puro corazón de la barriada, a las esquinas azarosamente pobladas de inmigrantes, a los apartamentos abigarrados en los ghetos puertorriqueños, a los puertos, a las fábricas. Y al final, nadie logra saber como se fusionó esto con aquello, resultando un ritmo pegajoso, sonoro y, sobre todo, conectado en sus acordes y letras con la necesidad de esa creciente comunidad desarraigada de apegarse a algo propio, a sus raíces, a algo similar a los ritmos autóctonos de las tierras dejadas atrás. Por ello, solo cuando Pacheco y Masucci, esa extraña pero efectiva sociedad de un dominicano y un judío italiano, de un músico y un abogado de divorcios, decidieron organizar una empresa discográfica en torno a toda esa camada de extraordinarios músicos que brotaban por doquier, fue que surgió el término “salsa”.

Y vinieron cosas extraordinarias: Primero, el concierto inicial en el vetusto local de Ralph Mercado el 26 de agosto de 1.971, que, abarrotado de gente delirante, marcó el inicio oficial de un ritmo que, aunque ya se escuchaba y bailaba en las calles de los barrios latinos, ahora salía a luz bajo la conjunción de extraordinarios y versátiles músicos y cantantes. En ese ya lejano día estuvieron en el escenario Richie Ray, Bobby Cruz, Willie Colón, Héctor Lavoe, Ray Barretto, Larry Harlow, Bobby Valentín, lsmael Miranda, Barry Rogers, Larry Spencer, Johnny Pacheco, Yomo Toro, Roberto Roena, Héctor "Bomberito" Zarzuela, Orestes Vilató, Adalberto Santiago, Santitos Colón, Pete "El Conde" Rodríguez, Roberto Rodríguez y Reinaldo Jorge, según nos cuenta el profesor Miguel Antonio Rodríguez. Después vino el concierto en el Yankee Stadium, para el que se anunció a la Típica 73, Mongo Santamaría, el Gran Combo de Puerto Rico y la Fania All Star. Cuando el presentador anunció a esta ultima la gente, en estampida, invadió el campo, por lo que el concierto se tuvo que suspender. Sin embargo, tanto la película como el disco, titulados Fania Live At The Yankee Stadium se vendieron como pan caliente, pese a que en realidad la Fania que allí aparece fue grabada en el concierto que se dio días después en el Coliseo Roberto Clemente de Puerto Rico. Estafa piadosa, lo llama el profesor Rodríguez. Y vinieron mas películas y mas discos, y la salsa se regó desde la misma N.Y. por todos el continente y, después, por el mundo entero.

Y precisamente, en medio de su auge, fue que la salsa llegó a Cali. Según cuenta el mismo Bobby Cruz, fue el empresario Eduardo Lozano quien, a cambio de Tito Puente, se arriesgó en 1.968 a traer a la Feria de Cali a dos estrellas en ascenso: Richie Ray y Bobby, que le habían dado un nuevo aire al viejo bogaloo y que andaban cocinando un ritmo nuevo: el jalajala. Fue la locura. También una enorme sorpresa oír ese vertiginoso ritmo en una ciudad aun provinciana que se contentaba con bailar en sus clubes sociales la música de Los Hispanos o Los Graduados, cuya música Andrés Caicedo llamaba con desprecio “el sonido paisa”. Y la masa de bailadores no fueron a los clubes, ni siquiera a los grilles. Se apretujaron en la caseta más grande, La María, a gozarse en vivo ese electrizante sonido, y allí, sencillamente, enloquecieron. A partir de este momento, la puerta quedó abierta para todas las estrellas salseras que venían a tocar con toda su fuerza y su bravura, con temas originales, recién salidos al mercado y con la misma calidad de sus grabaciones.

La salsa llego a Cali burlando la aduana de las casas disqueras locales, esquivando los filtros de los estudios de grabación, porque llegó en vivo y con los mejores. Al contrario de lo que pasa ahora, la gente primero escuchaba en directo la orquesta y después se recreaba con la música de las emisoras de salsa, que se ufanaban de traer su repertorio en "pasta americana" original desde la misma Nueva York, insigne fabrica salsera. Los conciertos o las presentaciones en caseta eran apoteósicos. Recuerdo con especial nostalgia a la Sonora Ponceña de la mitad de los 80 (recuerdan: "... de que callada manera se me acerca Ud. sonriendo...") y a Henry Fiol en su año de “Donde estará la melodía” y “Oriente”. Extraordinarios…

Pero, en honor a la verdad, el decaimiento de la salsa no es solamente un asunto en Cali, sino de carácter general. El desmantelamiento de la Fania, hacia finales de los años 80, la desbandada de los músicos en producciones independientes y, sobre todo, la intensa comercialización de las disqueras, apagó definitivamente el gusto por toda esa rutilante generación de músicos y cantantes y sus temas bravos. Aunque el fenómeno de Rubén Blades y su “salsa social” ("Siembra", con Willy Colón) logro revivir por algún tiempo la originalidad del genero, la decadencia definitiva llegó del brazo de la llamada “salsa rosa”, que empezaron a promover vocalistas de entraña salsera como Loui Ramírez y Ray de la Paz, la que después le dio paso a la “porno salsa” o “salsa catre”, representada por Eddie Santiago, Frankie Ruiz, Jerry Rivera, Rey Ruiz y otros por allí, que a base de publicidad desmedida, pinta de niñatos y letras almibaradas, cursis o de burda sensualidad, transformaron la salsa original en un esperpento que todavía nos atribula.

El surgimiento de orquestas autóctonas y de calidad, como Niche y Guayacán, y el auge temporal del “sonido cubano” de los Van Van, los Den Den, Isaac Delgado y otros, auspiciado por Gary Domínguez en su inolvidable “Taberna Latina”, logró retrasar la desaparición definitiva del gusto salsero en Cali. Pero la salsa de verdad desapareció de las emisoras y de la preferencia popular, bajo el arrollador influjo de las disqueras, mas interesadas en promover una salsa industrial, de sonido robotizado, sin matices, sin soneo, sin sabor para el bailador. Por ello, producciones brillantes como las de la Orquesta Mulenze, por ejemplo, son prácticamente desconocidas en la ciudad, relegadas a las salas de los coleccionistas o a la penumbra nostálgica de una que otra salsoteca que todavía subsiste en las barriadas.

Por todo esto, terciando en el debate que mencionábamos, diríamos que no tendría nada de malo que la anunciada visita de Johnny Pacheco, Richie Ray, Bobby Cruz, Rafael Ithier y otros “caballos” de la salsa, a pesar de su innegable ancianidad, de la opacidad de su voz, de su conocidísimo repertorio y de que seguramente no tocan ya con ellos muchos de sus músicos originales, nos vengan a dar un respiro, aunque sea pequeño, en medio de tanta mediocridad y tanta orfandad salsera.

Que, aunque fugaz, nos traigan con ellos el recuerdo del sonido de antes, para que, en alas de la nostalgia, se nos permita vivir el piadoso engaño de una Cali bailadora y salsera.

15.7.05

REGGEATON: ESTAFA MUSICAL

A muchos de los miles de caleños que acudieron a los teatros de la ciudad para ver la película El Rey los cobijó una idéntica sensación de nostalgia cuando oyeron el portentoso ritmo del piano de Richie Ray y la voz vibrante de Bobbie Cruz cantando al comienzo de la cinta: “Oigo una voz que me dice agúzate, que te están velando...”.

Sí, leyeron bien, nostalgia, aunque el asunto suene raro en una ciudad cuya fama por décadas fue la de ser “Capital Mundial de la Salsa” y cuna de eximios bailarines, como la legendaria Amparo Arrebato, inmortalizada por el mismo Richie Ray (“Amparo arrebato la llaman siempre que la ven pasar, esa negra tiene fama de Colombia a Panamá...”) o el genial Watusi, y muchos mas, que deleitaban los ojos de los melómanos que, entre admirativos y envidiosos, los veían pasearse por las pistas de las discotecas salseras de Cali con su cadencioso, acrobático y elaborado baile.

La Calle 5ª y la Avenida Sexta marcaban la pauta de ese ritmo contagioso, de congas y bongoes tronando, de trompetas vibrantes, de pianos que retumbaban y timbales que salpicaban la noche, en esa locura de los sentidos llamada salsa. Las discotecas más famosas (El escondite, El Séptimo Cielo, La Jirafa, Village Game, etc.), apiñadas en dos o tres cuadras, dejaban escapar intencionalmente por sus puertas abiertas los acordes del Gran Combo, de la Ponceña, de Tito Puente y su timbal, en un collage de maravillas auditivas que hacían hervir la sangre de hombres y mujeres, que hacían largas colas para diputarse una minúscula mesa y arrojarse al torbellino embriagante del baile.

Pero no era solo el ritmo lo fascinante, sino aquellas letras, cortas y sencillas, que cálidamente transmitían al bailador todo el sabor caribeño, invitando al soneo y a la improvisación después del estribillo pegajoso. “Dónde estará, dónde estará la melodía...” entonaban las voces al unísono con Henry Fiol, mientras los pies de los danzantes se entrelazaban, se separaban, para volverse a juntar en parábolas alucinantes, acompasados los cuerpos, ceñidas la cinturas, entrelazados los alientos...

Triste noticia: Tambien esto se ha perdido en Cali. Primero, fue la invasión del merengue dominicano que, bueno, al menos tenía la afinidad del tumbao del Caribe y compartía ciertas raíces antillanas con la salsa. Después, fue el influjo del detestable vallenato lloricón y almibarado que nos llegó por acá y que nada tiene que ver con los vigorosos y sabrosos acordes de las canciones de Bovea y sus vallenatos, Escalona o Alejo Durán.

Ahora ha surgido, para horror de los horrores, un “genero” musical, mezcla de rap y percusión afrolatina, que no se canta sino que se discursea, como dando una razón de mala gana, en una copia floja del gang americano, aunque de ritmo empalagoso, llamado Reggeaton. Sus letras se distinguen especialmente por echar al aire impúdicamente una serie de parrafadas sin sentido en las cuales solo el sexo morboso y la denigración extrema de la mujer parecen tener cabida.

Es el “perreo”, en alusión a la posición sexual de los caninos, la forma como se baila este ritmo. Consiste el paso más común en que la mujer se dobla hacia adelante en un ángulo de 45º grados, juntando su nalgatorio con el área genital del hombre, para contonearse la pareja, imitando con movimientos lascivos y burdos una relación sexual. ¡Que maravilla! No se logra uno imaginar bailando así con alguna mujer decente en una fiesta familiar, o con una tía o con una hermana, ni mucho menos susurrarle a un delicado oído femenino las grotescas letras que acompañan este deplorable baile.

Y las emisoras musicales, esas embaucadoras profesionales, repiten esta penosa y mal llamada música todo el día, llevándoles a los jóvenes tan peligroso mensaje bajo el deleznable pretexto de ser el ritmo de moda y que por eso, solo por eso, se puede difundir hasta el cansancio. Es una estafa musical, ni más ni menos. En un envoltorio de percusión atractiva y simplona les venden un explosivo paquete de patanería, grosería, incitación sexual e irrespeto a la mujer, que los muchachos, mayoritariamente pertenecientes a las clases mas pauperizadas, repiten incesantemente como estribillos que les calan las mentes y, de alguna forma, los incita a hacerlos realidad, porque como declaró un dudoso discjockey local, “... lo importante es gozarse el perreo...”.

El domingo pasado el periódico El País publicó un articulo según el cual varios jóvenes de entre 17 y 20 años, escandalizados y aburridos con el dichoso Reggeaton, promovían una campaña entre los estudiantes de los colegios de la ciudad para que rechazaran este tipo de música, principalmente por la letra de sus canciones, y para que retornaran al gusto por la salsa. Gracias a esta noticia, muchos caleños suspiramos con alivio: Al fin alguien de esta nueva generación hablaba con sensatez y nos devolvía la esperanza.

Y entre suspiro y suspiro, como un eco lejano, nos pareció escuchar a Héctor Lavoe que, redimido del oscuro y lejano rincón al que ha sido relegado con muchos otros míticos artistas de la salsa, cantaba con su voz de bacán: “Mi gente, la más linda de este mundo, siempre me ha hecho sentir un orgullo profundo...”.

¡Qué viva la salsa!

LA CASA VACIA

La casa yace, yace sin remedio, fantasma de sí misma, yace, yace, la casa pasa por sus vidrios rotos, penetra al comedor que está hec...