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10.7.06

LA MUNDIAL DE DECEPCIONES


Si algo dejó este Mundial de Alemania 2.006 fueron decepciones. Y muchas, lastimosamente. Por eso decíamos en un post anterior que, en materia de mundiales de fútbol, las decepciones podían resultar brutales.

La primera decepción fue la de las figuras que relumbraban en la galería de la fama internacional y que todos, incluyéndonos, dábamos por seguro íbamos a ver brillar en este Mundial. Pero que va. Ronaldinho, la más notoria de las decepciones, nos dejó viendo un chispero porque nunca nos dejó atisbar siquiera al extraordinario jugador que refulgió casi todo el año pasado en el Barcelona y en el fútbol europeo. Y por ese mismo tortuoso camino encontramos a Ronaldo, a Beckham, a Figo, a Riquelme, a Raúl, etc., que si no es por el álbum de Panini ni nos hubiéramos enterado que estuvieron en Alemania.

La segunda decepción fue la del jogo bonito. El prometido por brasileños y argentinos, pero solo fueron efímeros chispazos que, como en las tormentas lejanas, eran insinuantes resplandores que amagaban con darnos lo que nunca llegó: el buen fútbol. En general en este Mundial se vieron equipos tan chatos, tan pacatos frente al arco rival, tan faltos de ideas y de chispa, tan malos, en conclusión, que la final del fútbol colombiano entre el Pasto y el Cali parecía entre equipos de galácticos.

La tercera fue la de los goles. El promedio fue tan bajo que leí por ahí que era el segundo mundial más avaro en cifras goleadoras. Así no se puede. Si la esencia del fútbol es el gol. Si es la meta sustancial de la competencia en toda cancha de fútbol vencer la valla contraria. Si es el propósito natural de todo equipo de fútbol marcar un gol. Si la única posibilidad de ganar, por reglamento, es haciendo goles, entonces, vale preguntarse, ¿a que juegan los jugadores actuales? ¿Cómo puede jugar uno fútbol sin querer hacer goles? A este paso tocará, como en la esgrima, que en los mundiales les den puntos por, al menos, patear al arco o tocar al arquero.

La cuarta, la más dolorosa de todas, fue el campeón. Claro, es algo subjetivo. Mi corazón, como arrancan las rancheras de José Alfredo Jiménez, estaba con Zizou y, por ende, con Francia. Pero, es que Italia, por Dios, ¿a qué jugaba? Y eso que me vi casi todos los partidos de esta selección, a excepción de alguno de los iniciales, y nunca le vi nada, incluso contando el de la final. Nada en el fútbol de Italia ameritaba que terminara ganándose esta Copa Mundo de Fútbol, pese a su mediocridad. O, pensándolo bien, tal vez por eso la ganaron.

Sin embargo, sigo pensando que los italianos hubieran sido buenos terceros, incluso cuartos, pero ¿campeones…? Solo basta recordar en este partido final esa ausencia desesperante de ideas en el medio campo, de pausa, de manejo de balón, de jugadas distintas al ollazo, de todo… Pero así son ellos. Jugando muy parecido eliminaron a la pléyade brasileña del 82 en España y se coronaron campeones. Jugando mal sorprendieron a Alemania, que la tienen de hija, con dos goles de último minuto en el partido de las semifinales. Y jugando el partido más horrible que recuerde en una final, a excepción de la del 94 (probablemente igual de malo) empataron con Francia y le ganaron en los penaltis, como ya se sabe.

Solo reconforta que Zidane, hasta antes de su expulsión, y los bleus franceses lucharon (o bregaron, como diría Andrés López) por ganar jugando al fútbol, por tocar el balón, por vencer al arquero italiano, que resultó siendo figurón. No era para más. Lastima por Zidane, que se hubiera ido así, ingenuamente provocado por un conocidísimo camorrero como Materazzi. Pero se fue a lo grande, jugando al fútbol que es lo mínimo que se le pide a un jugador de fútbol, no digamos a un crack.

Ahora la esperanza vuelve al closet por cuatro años. Mientras tanto, hay tiempo para la resurrección del fútbol o, al menos, para que la memoria olvide las decepciones. De esto último precisamente vivimos los hinchas.

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1.7.06

CARTA ABIERTA A ZINEDINE ZIDANE

Estimado señor Zidane:

Solo he escrito dos cartas abiertas en mi vida. La primera, a mi hijo que estaba por nacer hace diez meses; la segunda, esta, bajo la conmoción de haber visto a su equipo, Francia, derrotar a Brasil por un gol que nació en lance de su prodigiosa pierna izquierda.

Las razones de la primera carta son entendibles. Las de esta, deben explicarse por alguien que, como yo, se sentó frente al televisor con el convencimiento de que al fin iba a ver el jogo bonito que anhelaba y que, hasta ahora, había sido tan esquivo en este Mundial de Alemania 2.006.

Solo que guardaba la esperanza, aunque un poco desdibujada, se lo confieso, de que la satisfacción iba a venir por los lados de Brasil, cuyas estrellas, empezando por Ronaldinho, seguían con el saldo en rojo. Pensaba, como muchos, que iban a levantar en este partido, que arrollarían a Francia y que nos callarían definitivamente la boca a los que ya habíamos empezado a protestar por tanto fútbol mediocre.

Pero terminamos viéndolo a Usted. Aplaudiéndolo a rabiar, haciendo fuerza por otro gol francés o, por lo menos, para que los brasileños no fuesen a empatar con una jugada individual que, como en los anteriores partidos, borrara de mala forma la realidad de que no son un equipo sino un recogido de figuras sin alma colectiva. Sin embargo, no quiero hablar de Brasil. ¿Para qué?

Lo que si quiero decirle es gracias, eso simplemente. Gracias por regalarnos Usted y su equipo el mejor fútbol que se ha visto en este Mundial. Gracias por resucitar al 10, a esa especie en vía de extinción, aunque probablemente sea la especie más añorada de todas. Bueno, al menos de los que nos gusta el fútbol jugado como es, como era, como debe ser.

¿El 10? Sí, el 10. Ese jugador en el cual se concentra el talento y la inteligencia, la estrategia y la sutileza, el lirismo y la contundencia. Sí, ese, señor Zidane, ese que Usted, sin duda alguna, es. Ese mismo del que quedó demostrado, gracias a Usted, antes ante España, hoy ante Brasil, que aun tiene una función sustancial en el fútbol moderno y que es capaz de hacer ganar partidos jugando bonito. Solo que los miopes que se ha entronizado como técnicos de escritorio y estrategas de opereta en el fútbol actual lo han querido acabar bajo el argumento simplón de que es un jugador lento, para reemplazarlo por otro que corra, que corra mucho, así no piense.

Pero, ¿para qué necesita correr un jugador como Usted? ¿Donde se ha demostrado que el pensamiento pueda ser igualado en velocidad por un tipo corriendo como loco en una cancha de fútbol? La velocidad de su juego está en su mente. Ud. no necesita salir como caballo desbocado detrás de una pelota ni ir al choque para rescatarla de los pies del contrario. La pelota le llega sola. Es una verdad absoluta.

Porque es así. De alguna extraña manera a Ud. le llegan los balones desde todos los puntos cardinales del campo de juego, como le llegaban a Pelé o a Maradona o al Pibe Valderrama. Es la pelota reconociendo, dócil, a su gestor, al artista que la puede sublimizar, al que le puede dar la categoría de objeto de arte.

Por eso mismo, porque la bola es suya aun cuando no esté en sus pies, porque está, como decían los poetas de antaño, primero en sus pensamientos antes que en otra parte, es que Ud. nos pudo regalar hoy la finura de sus gambetas o las parábolas infinitas de sus esguinces o el sombrero inmenso que le pinto a Ronaldo o el giro para eludir a un contrario o la profundidad de sus pases…

Me habían dicho que Ud. ya estaba viejo. Parecía confirmarlo su retiro del Real Madrid y su decisión de que este seria su último Mundial. Nadie esperaba nada genial de parte suya, menos aun cuando el arranque de Francia fue tan deslucido. Pero su talento, señor Zidane, se parece al de los vinos franceses, los de su tierra, que para ser excelentes deben sufrir primero la hibernación y el olvido en una lejana cava borgoñesa. Y muchos años después, cuando nadie lo espera, resurge de la botella polvorienta el exquisito caldo que nos logra embriagar con su extraordinario bouquet y regalarnos una tarde gloriosa de fútbol, como la de hoy.

Con su retiro probablemente se irá también del fútbol el último 10. Sí es así, gracias señor Zidane por el recuerdo que nos deja. Pero como la esperanza nos persigue como un perro de presa, no puedo evitar pensar que alguien, tal vez un niño de diez meses que aun juega con una pelota de plástico y recién está dando sus primeros pasos, como mi hijo, sí, ese mismo, el de la primera carta abierta, algún día quiera jugar de 10. Entonces, si es así, sabré que el fútbol, el de verdad, el que Ud. juega, seguirá vivo por mucho tiempo más.

De Ud., con admiracion y respeto, atentamente,


VOPA

LA CASA VACIA

La casa yace, yace sin remedio, fantasma de sí misma, yace, yace, la casa pasa por sus vidrios rotos, penetra al comedor que está hec...