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22.8.06

LA "MECHITA" DESMECHADA

Al empezar estas líneas recordé el viejo bolero de Alberto Beltrán “Aquel 19” que por muchos años se erigió como el himno no oficial del club América de Cali. Aparte del coincidente 19 de diciembre de 1.979, día en el que América obtuvo su primer galardón en el fútbol nacional, nunca entendí – ni entenderé- la razón de tan extraña proclama musical.

Aunque este famoso bolerista de la Sonora Matancera de los años 50 le declaraba con fervor su amor a la mujer amada a través de esa canción, pienso que ni en el más raro de sus sueños hubiese podido imaginar que la pieza musical terminaría identificando a un equipo de fútbol caleño. La verdad, es difícil verle vestigio futbolístico de alguna clase al desgarrado bolero, como tampoco se logra uno imaginar como se animaría a un equipo de fútbol cantándoselo en pleno partido.

Pero así, extrañas e inesperadas, son las cosas con el América de Cali, la otrora famosa, popular y entrañable “mechita”, convertida por estos días en algo menos que su propia y desventurada sombra. Ahora el equipo tiene otro himno, una especie de currulao apachangao (“América tierra firme, algún día será campeón…”), que cada día suena menos hasta el punto que a muchos hinchas ya se les ha ido olvidando, frente a la prolongada sequía de alegrías o satisfacciones de este alicaído América actual.

¿Exagero? Es posible, pero el panorama no da para más. Para empezar, la situación económica y deportiva del equipo no podía estar peor: estadios vacíos por un equipo que no inspira a su hinchada y consecuentes arcas vacías, deudas por doquier, nomina sin paga desde hace meses, técnicos de medio pelo que fracasan una y otra vez, sede social y deportiva bajo extinción de dominio, inclusión en la lista Clinton, últimos lugares de la tabla, etc, etc y etc.

Es seguro que lo económico está influyendo en lo deportivo, nadie lo duda. Pero aunque en nuestro medio es muy habitual ver los equipos, grandes o chicos, en crisis casi permanentes, esta vez la situación parece diferente por lo grave y profunda.

Por eso las voces callejeras declaran, casi como una ecuación imperturbable, que el América viene en declive por las mismas razones que sus antiguos mecenas, los hermanos Rodríguez Orejuela y compañía, están ahora en la situación que están. Aquí se sabia y se sabe de donde vinieron las enormes y súbitas inversiones económicas que se hicieron a finales de los 70 para convertir un equipo mediocre y de mitad de tabla para abajo en una de las instituciones futbolísticas mas eficaces y ganadoras, no solo en Colombia sino también en el plano internacional, con contrataciones fabulosas y nominas de ensueño que marcó un dominio casi hegemónico en el fútbol nacional.

Sin embargo, igual de sorprendente como el auge empezó la decadencia hace algunos años, casi a la par con el desmantelamiento del Cartel de Cali. Aunque muchos equipos en el país cayeron bajo el dominio mafioso, de alguna forma América se convirtió en el icono por excelencia de la llave fútbol y mafia, de tal manera que nunca pudo sacudirse realmente este sambenito, como tampoco nunca pudo deshacerse de la llamada maldición de Garabato, según la cual un hincha despechado hace muchas décadas maldijo al equipo para siempre. Al final de cuentas, parece que entre la mafia y Garabato acabaron con el América.

No se escuchan soluciones reales para el equipo y sus dirigentes, con el oscurísimo señor Carlos Puente, su gerente, a la cabeza, parecen no entender que ellos forman parte del estado de cosas que tiene postrado al América. Son los mismos de siempre diciendo las mismas pendejadas, dedicados en lograr metas angustiosamente corticas y sin percatarse que de lo que se trata el momento es de que el equipo se les diluye inatajablemente entre los dedos.

Pienso, no obstante, que por lo que fue e, incluso, por lo que todavía representa, el América de Cali merece una mejor suerte. O, incluso, una mejor muerte.

Por eso, para el momento y pensándolo bien, me parece mas apropiado como himno americano un lloroso bolero que un sabroso currulao.

10.7.06

LA MUNDIAL DE DECEPCIONES


Si algo dejó este Mundial de Alemania 2.006 fueron decepciones. Y muchas, lastimosamente. Por eso decíamos en un post anterior que, en materia de mundiales de fútbol, las decepciones podían resultar brutales.

La primera decepción fue la de las figuras que relumbraban en la galería de la fama internacional y que todos, incluyéndonos, dábamos por seguro íbamos a ver brillar en este Mundial. Pero que va. Ronaldinho, la más notoria de las decepciones, nos dejó viendo un chispero porque nunca nos dejó atisbar siquiera al extraordinario jugador que refulgió casi todo el año pasado en el Barcelona y en el fútbol europeo. Y por ese mismo tortuoso camino encontramos a Ronaldo, a Beckham, a Figo, a Riquelme, a Raúl, etc., que si no es por el álbum de Panini ni nos hubiéramos enterado que estuvieron en Alemania.

La segunda decepción fue la del jogo bonito. El prometido por brasileños y argentinos, pero solo fueron efímeros chispazos que, como en las tormentas lejanas, eran insinuantes resplandores que amagaban con darnos lo que nunca llegó: el buen fútbol. En general en este Mundial se vieron equipos tan chatos, tan pacatos frente al arco rival, tan faltos de ideas y de chispa, tan malos, en conclusión, que la final del fútbol colombiano entre el Pasto y el Cali parecía entre equipos de galácticos.

La tercera fue la de los goles. El promedio fue tan bajo que leí por ahí que era el segundo mundial más avaro en cifras goleadoras. Así no se puede. Si la esencia del fútbol es el gol. Si es la meta sustancial de la competencia en toda cancha de fútbol vencer la valla contraria. Si es el propósito natural de todo equipo de fútbol marcar un gol. Si la única posibilidad de ganar, por reglamento, es haciendo goles, entonces, vale preguntarse, ¿a que juegan los jugadores actuales? ¿Cómo puede jugar uno fútbol sin querer hacer goles? A este paso tocará, como en la esgrima, que en los mundiales les den puntos por, al menos, patear al arco o tocar al arquero.

La cuarta, la más dolorosa de todas, fue el campeón. Claro, es algo subjetivo. Mi corazón, como arrancan las rancheras de José Alfredo Jiménez, estaba con Zizou y, por ende, con Francia. Pero, es que Italia, por Dios, ¿a qué jugaba? Y eso que me vi casi todos los partidos de esta selección, a excepción de alguno de los iniciales, y nunca le vi nada, incluso contando el de la final. Nada en el fútbol de Italia ameritaba que terminara ganándose esta Copa Mundo de Fútbol, pese a su mediocridad. O, pensándolo bien, tal vez por eso la ganaron.

Sin embargo, sigo pensando que los italianos hubieran sido buenos terceros, incluso cuartos, pero ¿campeones…? Solo basta recordar en este partido final esa ausencia desesperante de ideas en el medio campo, de pausa, de manejo de balón, de jugadas distintas al ollazo, de todo… Pero así son ellos. Jugando muy parecido eliminaron a la pléyade brasileña del 82 en España y se coronaron campeones. Jugando mal sorprendieron a Alemania, que la tienen de hija, con dos goles de último minuto en el partido de las semifinales. Y jugando el partido más horrible que recuerde en una final, a excepción de la del 94 (probablemente igual de malo) empataron con Francia y le ganaron en los penaltis, como ya se sabe.

Solo reconforta que Zidane, hasta antes de su expulsión, y los bleus franceses lucharon (o bregaron, como diría Andrés López) por ganar jugando al fútbol, por tocar el balón, por vencer al arquero italiano, que resultó siendo figurón. No era para más. Lastima por Zidane, que se hubiera ido así, ingenuamente provocado por un conocidísimo camorrero como Materazzi. Pero se fue a lo grande, jugando al fútbol que es lo mínimo que se le pide a un jugador de fútbol, no digamos a un crack.

Ahora la esperanza vuelve al closet por cuatro años. Mientras tanto, hay tiempo para la resurrección del fútbol o, al menos, para que la memoria olvide las decepciones. De esto último precisamente vivimos los hinchas.

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1.7.06

CARTA ABIERTA A ZINEDINE ZIDANE

Estimado señor Zidane:

Solo he escrito dos cartas abiertas en mi vida. La primera, a mi hijo que estaba por nacer hace diez meses; la segunda, esta, bajo la conmoción de haber visto a su equipo, Francia, derrotar a Brasil por un gol que nació en lance de su prodigiosa pierna izquierda.

Las razones de la primera carta son entendibles. Las de esta, deben explicarse por alguien que, como yo, se sentó frente al televisor con el convencimiento de que al fin iba a ver el jogo bonito que anhelaba y que, hasta ahora, había sido tan esquivo en este Mundial de Alemania 2.006.

Solo que guardaba la esperanza, aunque un poco desdibujada, se lo confieso, de que la satisfacción iba a venir por los lados de Brasil, cuyas estrellas, empezando por Ronaldinho, seguían con el saldo en rojo. Pensaba, como muchos, que iban a levantar en este partido, que arrollarían a Francia y que nos callarían definitivamente la boca a los que ya habíamos empezado a protestar por tanto fútbol mediocre.

Pero terminamos viéndolo a Usted. Aplaudiéndolo a rabiar, haciendo fuerza por otro gol francés o, por lo menos, para que los brasileños no fuesen a empatar con una jugada individual que, como en los anteriores partidos, borrara de mala forma la realidad de que no son un equipo sino un recogido de figuras sin alma colectiva. Sin embargo, no quiero hablar de Brasil. ¿Para qué?

Lo que si quiero decirle es gracias, eso simplemente. Gracias por regalarnos Usted y su equipo el mejor fútbol que se ha visto en este Mundial. Gracias por resucitar al 10, a esa especie en vía de extinción, aunque probablemente sea la especie más añorada de todas. Bueno, al menos de los que nos gusta el fútbol jugado como es, como era, como debe ser.

¿El 10? Sí, el 10. Ese jugador en el cual se concentra el talento y la inteligencia, la estrategia y la sutileza, el lirismo y la contundencia. Sí, ese, señor Zidane, ese que Usted, sin duda alguna, es. Ese mismo del que quedó demostrado, gracias a Usted, antes ante España, hoy ante Brasil, que aun tiene una función sustancial en el fútbol moderno y que es capaz de hacer ganar partidos jugando bonito. Solo que los miopes que se ha entronizado como técnicos de escritorio y estrategas de opereta en el fútbol actual lo han querido acabar bajo el argumento simplón de que es un jugador lento, para reemplazarlo por otro que corra, que corra mucho, así no piense.

Pero, ¿para qué necesita correr un jugador como Usted? ¿Donde se ha demostrado que el pensamiento pueda ser igualado en velocidad por un tipo corriendo como loco en una cancha de fútbol? La velocidad de su juego está en su mente. Ud. no necesita salir como caballo desbocado detrás de una pelota ni ir al choque para rescatarla de los pies del contrario. La pelota le llega sola. Es una verdad absoluta.

Porque es así. De alguna extraña manera a Ud. le llegan los balones desde todos los puntos cardinales del campo de juego, como le llegaban a Pelé o a Maradona o al Pibe Valderrama. Es la pelota reconociendo, dócil, a su gestor, al artista que la puede sublimizar, al que le puede dar la categoría de objeto de arte.

Por eso mismo, porque la bola es suya aun cuando no esté en sus pies, porque está, como decían los poetas de antaño, primero en sus pensamientos antes que en otra parte, es que Ud. nos pudo regalar hoy la finura de sus gambetas o las parábolas infinitas de sus esguinces o el sombrero inmenso que le pinto a Ronaldo o el giro para eludir a un contrario o la profundidad de sus pases…

Me habían dicho que Ud. ya estaba viejo. Parecía confirmarlo su retiro del Real Madrid y su decisión de que este seria su último Mundial. Nadie esperaba nada genial de parte suya, menos aun cuando el arranque de Francia fue tan deslucido. Pero su talento, señor Zidane, se parece al de los vinos franceses, los de su tierra, que para ser excelentes deben sufrir primero la hibernación y el olvido en una lejana cava borgoñesa. Y muchos años después, cuando nadie lo espera, resurge de la botella polvorienta el exquisito caldo que nos logra embriagar con su extraordinario bouquet y regalarnos una tarde gloriosa de fútbol, como la de hoy.

Con su retiro probablemente se irá también del fútbol el último 10. Sí es así, gracias señor Zidane por el recuerdo que nos deja. Pero como la esperanza nos persigue como un perro de presa, no puedo evitar pensar que alguien, tal vez un niño de diez meses que aun juega con una pelota de plástico y recién está dando sus primeros pasos, como mi hijo, sí, ese mismo, el de la primera carta abierta, algún día quiera jugar de 10. Entonces, si es así, sabré que el fútbol, el de verdad, el que Ud. juega, seguirá vivo por mucho tiempo más.

De Ud., con admiracion y respeto, atentamente,


VOPA

19.6.06

LA SONRISA DE RONALDINHO (II)

Bueno, en realidad ya no hay sonrisa, al menos de parte mía. Ahora es una mueca de estupor, un rictus de amarga decepción, al ver como Ronaldinho, el crack, la figura, el Mejor Jugador de Europa del 2.005 (y, por ende, prácticamente del mundo), no muestra nada, nadita, nada del fútbol lírico que todos esperábamos.

Que un oficinista de 45 años, gordo, que solo toca un balón de fútbol cada fin de semana en un potrero con sus pares, bajo el doping obligatorio y previo de varias cervezas, se pare torpemente en el balón y se desparrame por el suelo, vaya y venga. Todos ríen, hasta el caído. Nadie espera más.


Pero que un jugador cuyo pase vale varias decenas de millones de euros, que la mitad de su salario mensual equivale al mío o al suyo en 20 años, que es puntual incono de toda la publicidad habida y por haber y que, además, es (¿era?) la esperanza de un fútbol distinto, vistoso, talentoso, brillante, en este Mundial de Alemania 2006, se pare torpemente en el balón y se desparrame por el suelo, además en plena área rival, no tiene justificación ni explicación valedera. Solo cabe el estupor.


Eso vi, digo, con asombro en el partido de Brasil ante Australia, en el que además a otra estrella brasileña, Roberto Carlos, le pasó exactamente lo mismo. Admito que cerré los ojos ante ese horror, mientras mi mujer me buscaba afanosamente una aspirina.


Que mal juega Brasil. Que mal juega ese Ronaldo gordo, muy gordo, que luce todo el tiempo agotado y al que levantar una pierna para parar un balón en el área y encarar, que es lo suyo, le cuesta tanto que da lastima. Que mal juega todo el equipo del jogo bonito, el de la esperanza de las jugadas memorables, el de… Mejor no digamos más. Si la esperanza es lo ultimo que se pierde no quiero perratear más la mía destilando mas amargura y decepción.





Este Mundial de Alemania deja hasta hora un enorme saldo en rojo de figuras. No veo a nadie, ni siquiera creyéndoles a nuestros comentaristas criollos, que salen a nombrar figura del partido, y casi del Mundial, a cualquier pendejo que hace una gambeta o un gol de media distancia.

Al siguiente partido, la figura no aparece ni en las curvas. Entonces nombran otra y así sucesivamente.
Pero figuras, cracks, no hay.

Alguna esperanza hay ahora por el lado de Argentina. Pero dado lo que pasa entre un partido y otro, mejor hago mutis en la materia. Tocará seguir esperando. Y con los dientes apretados.





Que mal, mal, muy mal, pitó el arbitro Oscar Julián Ruiz. Y eso que era un partidito entre equipos del montón que no representaba en ese momento nada definitivo. Si este es el mejor arbitro que tenemos, ni siquiera puedo imaginarme a los demás. ¡Pobre fútbol colombiano!

17.5.06

LA ESPERANZA DEL JOGO BONITO




Para todos los aficionados un Mundial de Fútbol – así, en general- representa varias cosas simultáneas: emoción, alegría, pasión, reconciliación con el buen fútbol, etc. Es una cita a ciegas cuatrienal que, o bien te deja satisfecho o te desilusiona brutalmente, pero que nadie quiere perderse. Bueno, a excepción de mi mujer.

Y este Mundial de Alemania 2.006 no es la excepción. Aunque para algunos la motivación por el certamen es básicamente dinero, money, bussines, para otros, la mayoría, ajena a esos entretelones propios de directivos, empresarios de jugadores o vendedores de camisetas, la cita es para sentarse en las graderías de un estadio (los mas afortunados) o en un cómodo sillón de la sala para ver el espectáculo mas arrobador del mundo: Mas de una treintena de partidos de fútbol, en un cortísimo mes , jugados de poder a poder entre equipos nacionales y jugadores que, sobre el papel, son los mejores del planeta en este momento.

Por eso me parece que un Mundial se define también, y sobre todo, como una esperanza. La esperanza de ver el mejor partido de la historia. La esperanza de ver jugadas irrepetiblemente geniales. La esperanza de ver a la estrella de la década convertirse en leyenda. La esperanza de ver, en resumen, el mejor Mundial jugado hasta el momento. La esperanza puede abarcar todo esto o, en el peor de los escenarios, conformarse con la realización de una sola de estas expectativas. En todo caso, nunca dejará de ser esperanza.

En los diversos mundiales que me ha tocado ver a través de la televisión he podido sufrir la metamorfosis de la esperanza mutada en satisfacción o, como cuando estuvo la Selección Colombia involucrada, en física desolación. Desde el de México 70 (se escribía así, con “x”), que vi muy niño, hasta el de Japón 2002, que vi por fugaces destellos a raíz de la espantosa hora en que se transmitía, siempre he sentido que todo Mundial deja algo memorable, indeleble en la memoria, sempiterno en la retina, que justifica la espera de cuatro años y la consecuente esperanza.

De México 70 recuerdo, amen de figura de Pelé, el legendario 10 brasilero, a un señor calvo, casi un anciano para mi perspectiva infantil, que frenaba el cuerpo y el balón a voluntad, cambiaba de ritmo en un parpadeo, gambeteaba a cualquiera en cualquier lugar de la cancha y, además, disparaba unos pases al vacío como nunca se había visto. Se llamaba Gerson. De Alemania 74 aun tengo el recuerdo de un bloque naranja que subía y bajaba, arrollándolo todo a su paso, de la mano de su habilidoso capitán, un tal Johan Cruyff, que solo pudo ser frenado por el fútbol recio de los alemanes, a la postre campeones.

Del malísimo Mundial de Argentina 78 aun mantengo viva la bronca por los argentinos que, amangualados con los peruanos, eliminaron a Brasil mediante una infamante goleada (6-0) gracias en buena parte a que el “Chupete” Quiroga, arquero argentino nacionalizado en Perú, se le tiraba al balón con toda la intención de dejarlo pasar, mientras el siniestro general Videla aplaudía rabiosamente en la tribuna. Rescato del equipo campeón, de todas formas, al corajudo “Matador” Kempes, que solo fue una estrella efímera de ese mundial y una figura del montón cuando le tocó jugar en Europa.

En España 82 sufrí el intenso enamoramiento del fútbol de Sócrates, Zico y Bebeto,
que jugaban un lírico y delirante balompié, tan perfecto como el del Brasil del 70, pero al que le tocó afrontar el entonces novedoso fútbol zonal, caracterizado por la asfixia de la marca individual que los italianos practicaban encarnizadamente, lo que al final les sirvió para eliminar al Brasil de mis amores y coronarse campeones. Odié a los italianos, especialmente a Paolo Rossi, por mucho tiempo.

El Mundial de Méjico 86 solo fue Maradona y nada más. Eso es indudable o sino, hagan el esfuerzo de tratar de recordar a otro jugador distinto u otras jugadas diferentes a las del crack argentino. Sencillamente, no existió nada más.

A partir del Mundial de Alemania 90 toda la expectativa giró en torno a la Selección Colombia, así que lamentablemente toda evocación se circunscribe a las emociones desbocadas en el empate ante Alemania con el golazo de Rincón y el pase previo y magistral del Pibe Valderrama, hasta el insufrible gol que Milla le marcó a Higuita por debajo de la horqueta para eliminarnos tristemente.

En el Mundial de Estados Unidos 94, ese mismo que, según Pelé, íbamos a ganar gracias al espejismo de la goleada a los argentinos 5-0 en la misma Buenos Aires, solo recuerdo la amargura y la rabia por el juego mediocre de una selección aburguesada e inflada como crispeta, que se derrumbó desde el primer partido. Además, claro, resuenan en la memoria los disparos con que mataron a Andrés Escobar en Medellín cuando el mundial aun se jugaba. Creo memorar que el campeón fue Brasil, de la mano del recientemente difunto Tele Santana, pero recuerdo más haber sentido vergüenza por mucho, mucho tiempo.

Del Mundial de Francia 98, aparte de la ya consabida eliminación de la Selección Colombia en la primera ronda, fue emocionante ver a una Francia de un fútbol inusitadamente habilidoso y contundente ganarle la final a Brasil jugando al mas puro estilo brasileño. Zidane, la figura francesa, fue un gigante. Memorable también fue la desinflada de Ronaldo, que decepcionó a todos a pesar de venir precedido de una connotación de figura internacional que, al final, todo el mundo entendió mas como un manejo mediático.

Aunque, según lo dijimos, al Mundial de Corea 2002 no le paramos muchas bolas (verraca la levantada a las 4 a.m. a verse un partido de fútbol con la mujer al lado dando codazos y refunfuñando por el madrugón; así quién canta un gol) se sabe que fue el desquite de Ronaldo y la mostrada incipiente de Ronaldinho, que llevaron a Brasil a ser campeón aunque con un fútbol pacato y deslucido, muy al estilo de Scolari. En general, para mí este fue un mundial regular, tirando a malo.

Ahora, en el Mundial de Alemania 2.006 todo vuelve a empezar. Y la esperanza también reverdece, sobre todo por el tremendo momento que vive Ronaldinho y la pléyade de figuras brasileñas que nos encaminan en la ilusión de ver al “jogo bonito” en todo su esplendor coronarse otra vez campeón.

De eso se trata la esperanza. Bueno, aunque mi mujer definitivamente no esté de acuerdo.

5.12.05

LA SONRISA DE RONALDINHO

Quien alguna vez se puso los cortos, se calzó los guayos y se fue a un potrero, o cancha, o peladero, con un grupo de amigos, o compinches, o compañeros, a patear un balón, va a darme la razón en algo: El fútbol es, fundamentalmente y antes que cualquier cosa, un juego. Y juego es, por definición propia, algo divertido.

Por eso, la elección de Ronaldinho como mejor jugador de Europa y, por esa misma vía, del mundo en estos momentos es, además de justa, gratificante. Es como si, después de décadas de someter al fútbol a todo tipo de experimentos atléticos, ajedrecísticos y de ingeniería espacial, a alguien se le hubiese prendido el bombillo y hubiese recordado que el fútbol es, reiteramos, un juego y, encima, divertido. Por tanto, por qué no premiar al que mas se divierte y divierte a los demás con sus jugadas?

Aprendimos a amar el fútbol desde niños y, como tales, siempre lo consideramos un juego. Y fue para todos, sin excepción, un juego encantadoramente fácil: Solo requería a unos cuantos de lado y lado de la cancha, un balón y empezaba la alegría. Algunos con mas habilidad, tenían la magia de la gambeta; otros, mas reposados, pensaban y hacían su jugada, primero en su mente y después con el pie; unos mas, aportaban su fuerza y hasta su rudeza; otros, se reían desde afuera de la cancha, gritaban, se burlaban de los torpes, aplaudían al habilidoso, se divertían. Todos, adentro y afuera de la cancha, gozaban del fútbol.

Es por eso que décadas después aun se habla de las piernas torcidas y las gambetas indescifrables de “Mane” Garrincha. O que se referencia a la Selección Brasil del Mundial del 70, con el fútbol mágico y poderoso de Pelé y la corte de genios, como Tostao, Gerson, Rivelino y demás, que lo secundaban. O que se emite, una y otra vez, el genial gol de Maradona a los ingleses. Eran genios o cracks, como se quiera decir, pero esencialmente era gente que, ante todo, se divertía con el balón en sus pies. Y esa alegría era lo que trasmitían a las graderías o a la audiencia televisiva.

Pero, inexplicablemente, o mejor, entendible pero lamentablemente, el fútbol, por las pasiones que despierta, se convirtió en un negocio. Y la esencia del negocio, a diferencia del juego, es ganar. A toda costa, de cualquier forma, no importa como, pero ganar, siempre ganar. Bueno, y algunos ahora piensan que también empatar es bueno para el negocio. Así que si no puedes ganar, por lo menos empata, de cualquier forma, de cualquier manera, no importa, lo que importa es el resultado. Y ahí se perrateó el juego y su alegría.

Porque, qué horriblemente aburrido se ha vuelto el fútbol. Desde la invención de los llamados “sistemas de bloque”, que empezaron a ponerse de moda después de la sorpresa que representó el llamado “fútbol total” de la Selección Holandesa en el Mundial del 78, todo se volvió sistémico y táctico. Los equipos empezaron a jugar un fútbol impersonal, lleno de esquemas extraños y con un despliegue atlético inusitado. Hasta las posiciones tradicionales cambiaron de nombre: Los habilidosos y gambeteadores de antes pasaron a ser volantes de creación; los delanteros, se convirtieron en medias puntas, cabezas de área o carrileros; los defensas, en stoppers, jugadores de área o taponadores. Hasta el cancerbero se convirtió, durante un buen tiempo, en un defensa mas o lo que se llamaba antes un libero. Se crearon esquemas tan llenos de números que los técnicos de hoy en día son mas matemáticos puros que otra cosa. Incluso, acciones tan fundamentales en el fútbol como es quitar el balón e iniciar un ataque, que antes lo hacia cualquier jugador, ahora se ha especializado de tal forma que hay volantes de recuperación, que quitan el balón, y volantes de armado o creación, que inician el ataque. Con el tiempo, algunos se especializaran en el saque de banda o en traer el balón cuando se desborde detrás de la cancha. Y serán figuras, no me cabe duda.

Las figuras que destacaron en esta nueva época del fútbol moderno llegaron y se fueron con mas pena que gloria. Muy pocos nombres se recuerdan y ninguno se equipara al de Pele o Maradona, cuyas jugadas aun deslumbran y parecen en los videos, como Gardel, que cada día jugaran mejor. Otras estrellas no son mas que el producto homogenizado y pasteurizado de los medios de comunicación o de los mercachifles del fútbol, que invierten ríos de tinta y despliegues verbales para convencernos de que fulano de tal, por hacer una jugada excepcional o jugar mas de dos partidos buenos, es el nuevo crack de la temporada. En realidad, lo que uno ve son jugadores potencialmente buenos, incluso excelentes, completamente castrados en su capacidad de improvisar, de inventar, de crear, amarrados inexorablemente al esquema, generalmente defensivo, del entrenador de turno. Son como esos tristes leones de circo que, amedrentados por el chasquido del látigo, rugen, pero no muerden; se mueven, pero no corren; parecen algo, pero no son nada.

Por eso reconforta, volviendo a Ronaldihno, que este delgado, mechudo y eternamente sonriente jugador sea ahora la nueva figura del fútbol. Solo basta verlo jugar para alegrarse y para disfrutar de una jugada impensada y genial, de esas que no requieren libreto, solo habilidad, genio y gusto por el juego. Y lo mejor, es que ríe, se ríe mucho Ronaldihno, no burlándose del contrario, al que, por lo general, deja tendido con un amague, un freno o un sutil toque lateral, sino de gusto, de alegría por el juego.

Y los demás sonreímos también. Porque amamos el juego y el juego, insisto, es alegría, esa que ahora, por cuenta de esta nueva figura, parece revivir. Y sonreír.

14.10.05

LA DECEPCION COLOMBIA

***CARTA DESDE CALI***Gracias por su visita***

Y tocó escribir sobre la Selección. No tanto para sumarse al coro de los indignados o los resignados, que son mayoría, sino para intentar ejercer un mínimo desahogo de esta inevitable sensación de vergüenza y desolación que produce el hecho de que nos hayamos eliminado nosotros mismos.

Parece increíble. O mejor, es increíble, que cuatro años después estuviera uno frente al televisor viviendo exactamente la misma situación: Ganarle de visitante al difícil Paraguay para nada, sumándole la indignación de quedarnos esperando una ayuda de los argentinos, que obviamente nunca llegó. Por favor! Se que a todos nos quedó la impresión de estar inmersos en un absurdo deja vu, que amenaza con repetirse hacia la eternidad si no pasa algo.

Pero, ¿que puede pasar? Nada, seguramente. Porque sencillamente, en el fútbol como en el país, pasa de todo para que no pase nada. Como parte del sainete las reacciones de toda clase aparecen por punta y punta. Los periodistas deportivos, esos campeones de los pronósticos y los análisis después de los partidos, hablan del fin de una era, del replanteamiento táctico, de las roscas, etc. O sea, las mismas vainas que hablaron hace cuatro años. Los jugadores y los técnicos hablan, cómo no, de la responsabilidad que asumen. Me gustaría oírlos decir lo mismo si dejarse eliminar de esa forma tan miserable tuviera pena de cárcel o, por lo menos, una jugosa multa o un buen juetazo en el trasero, como en la legislación indígena. Pero, que va.

Dejando de lado todos estos lugares comunes, se pregunta este humilde hincha: Y de los dirigentes, ¿qué? Porque ya sabemos que al técnico y a la mayoría de los jugadores les llegó la hora de salir de la Selección. Sin embargo, de esta mafia de personajes dedicados a vivir del fútbol nacional, nadie dice mayor cosa, aunque algunas voces empiezan a levantarse. Es el colmo que estos señores, que nos han llevado de fracaso en fracaso, dándonos contentillo con triunfos pírricos o con laureles marginales, pasen siempre agachados. Son intocables?

No creo que exista ninguna empresa que se aguante a un directivo que maneje el negocio con la ineptitud y la ineficacia con que estos personajes han manejado el fútbol nacional, y en especial, la Selección Colombia. Hace rato estarían en la calle. Pero por cosas que el común de los mortales no logramos entender los directivos del fútbol sobreviven tozudamente a cuanto fracaso ha sucedido. Y no es que el Gobierno no haya intentado meterle mano a la cosa. Pastrana quiso intervenir, pero le fue peor que con las Farc. Una ley que se propuso en el Congreso para meterlos en cintura quedó más hundida que el Titanic. No obstante, dada la forma como el Estado maneja mucho de sus asuntos, a lo mejor nos hemos salvado de una debacle peor. Y así han seguido las cosas.

En mi concepto, el error en la estrategia que se ha seguido contra estos señores está en que siempre termina hablándose de la plata y de los libros de contabilidad, como si allí estuviera el quid del asunto. Todos sabemos que un libro de contabilidad es la cosa más fácil de manipular o falsear. Por tanto, las cuentas de estos personajes, salvo por algún ocasional desliz, como el asunto de las boletas del mundial pasado (recuerdan?), son impolutas, y seguirán siéndolo. En esas materias ellos son campeones mundiales invictos. Además, el asunto de las transacciones en la venta de jugadores y otros temas relacionados es uno de los secretos mejor guardados del mundo y la FIFA, esa Cosa Nostra del fútbol internacional, ha sido celosa guardiana de tan vitales intereses. Dentro de sus estatutos existen cláusulas supranacionales que la habilitan para excluir al país cuyas autoridades se atrevan a intervenir en tales asuntos. Palabras mas, palabras menos, puro y físico chantaje.

Volviendo al asunto, cómo, entonces, sacar de una buena vez a toda casta de “dirigentes” del fútbol para intentar al menos un manejo distinto del que hemos venido padeciendo? No lo se, pero me resulta muy difícil aceptar la idea de que en este país, de tanta incontinencia jurídica, no existan o no puedan llegar a existir la forma de deshacernos de estas improductivas lacras. Si es del caso, que se declare el asunto como de interés nacional o que se aproveche la huelga de futbolistas con que nos amenazan por estos días, para hacer una huelga de hinchas, a ver si por ese lado se logra remover esa vetusta pero imperturbable maquinaria. Se escuchan sugerencias.

Mientras tanto, digamos que Ecuador es Colombia en el Mundial. ¡Ecuador vive, carajo!

8.9.05

EL FUTBOL Y LA BOTELLA

Tenía entre el tintero este tema de la conocida y típica relación entre el fútbol y el alcohol, a propósito de la noticia de hace algunas semanas sobre la condena por homicidio culposo al futbolista Tigre Castillo. Pero, al momento de teclear estas líneas, coincidencialmente nos llega la información de que este personaje fue detenido por la Policía aquí en Cali, en la madrugada del pasado domingo, cuando conducía a toda velocidad un lujoso vehículo por las calles del barrio Siete de Agosto. Y que lo hacía, al parecer, embriagado.

Es de todos conocida la circunstancia de que el Tigre Castillo fue condenado a 36 meses de prisión y al pago de una cuantiosa indemnización por una juez de esta ciudad, por haber sido hallado responsable del homicidio culposo de dos jóvenes hermanas que lo acompañaban a bordo de una camioneta al amanecer del 19 de agosto de 2.001. El aparatoso y sangriento accidente se debió - así quedó demostrado en el proceso- al avanzado estado de alicoramiento del futbolista.

Apartándonos del particular episodio del Tigre y su lamentable historia, el tema que queremos tocar es el de esa conocida e inquietante relación, ya consuetudinaria, entre los futbolistas y el trago. Los ejemplos cunden en todas partes. Las rutilantes estrellas del Real Madrid, cuyos contratos valen cientos de millones de dólares, fueron duramente increpados hace algún tiempo por la furibunda hinchada que les reprochaba, con insultos de toda clase, preferir la juerga antes que cumplir el trabajo para el que habían sido contratados. Por esos días, en un canal internacional se pudo ver como una prostituta de un exclusivo burdel de Madrid, contaba con expresión maliciosa sobre orgías y extravagantes jornadas alcohólicas de David Beckham, Figo y otros que se me escapan. Los goles del Real Madrid se perdían, al parecer, en destinos distintos al de la portería de sus rivales. En el ramplón, pero incisivo, programa de Magaly en la televisión peruana es rutinario ver los "ampay" de futbolistas de ese país pillados en discotecas, burdeles y hasta "polladas" en medio de borracheras fenomenales, escándalos y en compañía, casi siempre, de mujeres de dudosa camiseta. De ahí parece venir ese declive imparable del fútbol peruano.

En nuestro medio el asunto es cíclico y rutinario. El jugador Tino Asprilla, aunque ya retirado, encarna el paradigma del futbolista escandaloso, mujeriego y amigo de la rumba mas que de la cancha de fútbol, todo por cuenta de las continuas escenas de alcohol y juerga que lo acompañaron durante la etapa más exitosa de su vida profesional. Y al jugador Johnier Montaño, dos días después de que los directivos de su club en Europa salieran a los medios a declararse alarmados porque dicho jugador no se había reportado de la licencia familiar que había solicitado, muchos lo pudimos ver en una discoteca de Juanchito rodeado de botellas de whisky, "prepagos" y amigotes. Días después salió con cara compungida en los noticieros de televisión para explicar que aun lo retenía en Colombia cierto asunto familiar que no había podido resolver. En los tiempos del Pecoso Castro se dijo que el Deportivo Cali tuvo que contratar una empresa de vigilancia para hacer rondas nocturnas en las casas de los jugadores, a fin de evitar sus cont{inuas escapadas en visperas de partidos importantes.

Los ejemplos, como decíamos al inicio, cunden. Sin embargo, mas allá de lo episódico, la cuestión es por qué estos deportistas, casi todos de alta competencia y dueños de talento y fama por su calidad futbolística, que viven de una profesión que depende precisamente de su condición física, caen en tales excesos. No entiende el hincha ni el ciudadano común por qué alguien que puede llegar a devengar salarios millonarios, cosa no muy fácil de obtener en una economia deprimida como la nuestra, decide optar por el degenero de su vida personal a sabiendas, se supone, de las consecuencias que ello le trae a su exigente profesión.

Las respuestas pueden ser múltiples. La más común y fácil de entender es tal vez la del origen familiar y social de la inmensa mayoría de estos deportistas. De lugares como Tumaco, Buenaventura, Puerto Tejada, Guachené y otros similares, que no se distinguen precisamente por su pujanza económica ni por la alta calidad de vida de sus habitantes, provienen muchos de ellos. Otros surgen del seno de las barriadas más populares de las grandes ciudades, en donde el alcoholismo, la drogadicción y la violencia de todo orden son amenazas reales sobre los niños y los jóvenes. Por esa misma razón son individuos cuya formación personal y familiar es deficiente, por no decir que nula. Podría afirmarse, ante la falta de oportunidades que un medio así les puede brindar, que la disyuntiva vital para la mayoría de estos jóvenes es, o se es futbolista, o se pasa a integrar directamente las filas de vendedores ambulantes, lavadores de carros y similares, o las de la delincuencia común de las ciudades. No hay más.

No conozco estadísticas sobre el nivel educativo de los futbolistas profesionales en Colombia, pero sospecho que no debe ser muy alto en promedio. Y no es que tener muchos estudios los pueda eximir de ser borrachos e irresponsables, pero podría darles la oportunidad de manejar y controlar de mejor manera factores como la fama súbita y el dinero. Tampoco se conocen estadísticas sobre el factor racial, pero no es difícil percatarse que la gran mayoría de los futbolistas criollos son de raza negra, raza esta en cuyos enclaves regionales predominan aspectos machistas sumamente acentuados, como el abandono familiar, la conformación de diversos hogares, el desentendimiento en la crianza de los hijos y la ausencia paterna, amen del mismo alcoholismo.

No deben dejarse por fuera de este análisis a los dirigentes deportivos. Es evidente que estos oscuros personajes, enquistados desde hace años en puestos claves que se rotan a placer, conocen estas particularidades y defectos del jugador nacional. Y las explotan sin escrúpulos. En muchos casos los maduran biches y, después, los arropan con fingido paternalismo, rodeándolos de lujos, prebendas y cosas suntuosas que muchos de estos muchachos nunca habian visto en su vida. No se preocupan en lo mas mínimo por su formación como personas. Para qué? Nadie paga una boleta para ir a un estadio a ver buenas personas, sino goles y buenas jugadas, así que lo que hagan fuera de la cancha no importa, mientras rindan para sus equipos. De todas formas, si no redituan lo invertido, se desechan, se venden como mercancia y se olvidan de ellos cuando caen por el barranco de la vida licenciosa. Problema de cada uno, al fin y al cabo.

Al final, no dejan de producir tristeza las reiteradas historias de estos atletas que, desde el pinaculo de la fama y el reconocimiento publico, resbalan sin remedio por la tortuosa pendiente del alcohol, la droga y la vida desordenada sin que nadie logre explicarse como pudieron llegar tan alto y caer tan abajo con la misma velocidad. Y cómo muchos de ellos aún siguen cayendo.


LA CASA VACIA

La casa yace, yace sin remedio, fantasma de sí misma, yace, yace, la casa pasa por sus vidrios rotos, penetra al comedor que está hec...