
Colombia

propuso hace algún tiempo una salida salomónica, pero escalofriante, a las crisis de Cali: Entregarle el gobierno de la ciudad al triunvirato MAPOCOB, conformado por los ex alcaldes Mauricio Guzmán y Ricardo Cobo y por el actual, Apolinar Salcedo (foto).Según la noticia estos personajes gobernarían alternadamente por un espacio de 12 años, al cabo de los cuales, se supone, la crisis estaría superada bajo el entendido de que no hay mal que dure doce años… ni ciudad que lo resista. El lema de esta singular campaña sería algo así como: “La crisis de Cali solo puede ser derrotada por sus propios creadores”. El lema, claro, tiene su lógica.
Pese a la restringida circulación del citado periódico, la noticia corrió como pólvora por la ciudad. La edición se agotó en minutos. Y, como era de esperarse, el pánico cundió.
La oficina de pasaportes de
El aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón se vio igualmente atestado de presurosos viajeros. Avianca anunció el incremento urgente de sus frecuencias desde Cali hacia cualquier destino.
Por otro lado,
El presidente Uribe, informado de la debacle, programó de urgencia un consejo comunitario, que se llevó a cabo en la plazoleta de
Finalmente, durante el Consejo comunitario en mención, se supo que El Gato, fiel a su espíritu mamagallista, solo había querido hacer una broma (o chanza, que llaman por acá), aprovechando la foto que los tres personajes se tomaron hace unos días. En consecuencia, se desmintió de manera categórica la noticia por las autoridades civiles, eclesiásticas y militares y se ordenó el arresto inmediato de toda la redacción del citado periódico bajo cargos de terrorismo.
Hacia altas horas de la noche la ciudad parecía haber recobrado la calma.
(Aunque, a decir verdad, algunos pensamos que la noticia era verdadera, solo que nos la dieron doce años tarde.)
Para orientacion de los atortolados conductores que circulan en Cali las autoridades de transito han instalado estas señales e indicaciones por toda la ciudad. Como puede suponerse, gracias a ellas el trafico ahora es fluido y sin contratiempos:

s de homicidios publicadas esta semana, en relación con Cali, no nos dejan muy tranquilos.Y debieran. Si tomamos en cuenta que en enero de este año se reportó que la tasa en mención era de 87 por cada cien mil habitantes (aunque otros reportes contradijeron este dato) para el año 2.005, la cifra actual sería un avance pues los informes de
Pero, igual, seguimos siendo la ciudad mas violenta de Colombia y sobrepasamos en 22 puntos (o muertos) el promedio nacional de 34. Y si nos comparamos con Bogotá, que bajó sorprendentemente a 23, Medellín, con 31, y Barranquilla, con 25, podemos decir que estamos graves. O, mejor, que seguimos graves.
¿Que sucede en esta ciudad en materia de violencia para que nos cueste tanto llegar a promedios de verdad significativos en la reducción de la tasa de homicidios o muertes violentas? ¿Somos más intolerantes que el resto de los colombianos? ¿Tenemos todavía vigentes entre nosotros las leyes de la traquetocracia, en la que las cuentas, las ofensas o los negocios se arreglan a balazo limpio? ¿Todas las anteriores?
En realidad, podríamos decir sí a todo y seguir en las mismas. De lo que si no cabe duda alguna es de que, cada tanto, suceden hechos de violencia que nos asustan por su tremenda inhumanidad y la desafiante osadía de sus perpetradores, como el caso de dos personas que hace unas semanas, en hechos distintos, fueron quemadas vivas en el interior de vehículos parqueados en plena vía publica y a la luz del día. Y, salvo los gestos de horror y los obligados comentarios de repudio, el shock duró escasamente un día.
Hoy, por ejemplo, nada se sabe de estos casos. Solo las comodinescas declaraciones de
Volviendo al tema de las cifras, el asunto pareciera irremediable. Pero no lo es. Si Bogotá, con sus más de siete millones de habitantes, y Medellín, con una cifra similar de habitantes a la de Cali, le pudieron quebrar el pescuezo a la violencia urbana, por qué no podríamos nosotros lograr lo mismo.
Para el caso de Bogotá se ha destacado el aumento sustancial de la inversión pública en pie de fuerza y en convivencia ciudadana en las zonas criticas, además de un mayor gasto social localizado en áreas de riesgo. En Medellín es notorio el papel predominante del Estado en diversas facetas ciudadanas que son focos potenciales de violencia (jóvenes, niños y grupos familiares).
Nada de esto es imposible de realizar en Cali. De hecho, la disminución de la tasa de homicidios se debe en parte a ciertas medidas de control social articuladas, al fin, entre diversos órganos estatales. Pero falta y mucho.
De verdad por acá estamos mamados de seguir ocupando ese triste lugar en las estadísticas de mortalidad. Queremos vida, no muerte.
Pastrana, renunciado; Samper, deshauciado.
¿Será que en este país para ser embajador se necesita haberla cagado y en grande?
Definitivamente el volcán Galeras es el eterno cuento pastuso de los colombianos. Así tosa, escupa, fume y se tire azufrosos y ocasionales pedos de vez en cuando solo va estallar cuando le de la gana. Ni antes ni después. Quizá alguien podría darle este dato al Gobierno para que deje la ridiculez de prender alarmas cada vez que un pastuso se fume un cigarrillo al pie del volcán.

Si algo dejó este Mundial de Alemania 2.006 fueron decepciones. Y muchas, lastimosamente. Por eso decíamos en un post anterior que, en materia de mundiales de fútbol, las decepciones podían resultar brutales.
La primera decepción fue la de las figuras que relumbraban en la galería de la fama internacional y que todos, incluyéndonos, dábamos por seguro íbamos a ver brillar en este Mundial. Pero que va. Ronaldinho, la más notoria de las decepciones, nos dejó viendo un chispero porque nunca nos dejó atisbar siquiera al extraordinario jugador que refulgió casi todo el año pasado en el Barcelona y en el fútbol europeo. Y por ese mismo tortuoso camino encontramos a Ronaldo, a Beckham, a Figo, a Riquelme, a Raúl, etc., que si no es por el álbum de Panini ni nos hubiéramos enterado que estuvieron en Alemania.
La segunda decepción fue la del jogo bonito. El prometido por brasileños y argentinos, pero solo fueron efímeros chispazos que, como en las tormentas lejanas, eran insinuantes resplandores que amagaban con darnos lo que nunca llegó: el buen fútbol. En general en este Mundial se vieron equipos tan chatos, tan pacatos frente al arco rival, tan faltos de ideas y de chispa, tan malos, en conclusión, que la final del fútbol colombiano entre el Pasto y el Cali parecía entre equipos de galácticos.
La tercera fue la de los goles. El promedio fue tan bajo que leí por ahí que era el segundo mundial más avaro en cifras goleadoras. Así no se puede. Si la esencia del fútbol es el gol. Si es la meta sustancial de la competencia en toda cancha de fútbol vencer la valla contraria. Si es el propósito natural de todo equipo de fútbol marcar un gol. Si la única posibilidad de ganar, por reglamento, es haciendo goles, entonces, vale preguntarse, ¿a que juegan los jugadores actuales? ¿Cómo puede jugar uno fútbol sin querer hacer goles? A este paso tocará, como en la esgrima, que en los mundiales les den puntos por, al menos, patear al arco o tocar al arquero.
La cuarta, la más dolorosa de todas, fue el campeón. Claro, es algo subjetivo. Mi corazón, como arrancan las rancheras de José Alfredo Jiménez, estaba con Zizou y, por ende, con Francia. Pero, es que Italia, por Dios, ¿a qué jugaba? Y eso que me vi casi todos los partidos de esta selección, a excepción de alguno de los iniciales, y nunca le vi nada, incluso contando el de la final. Nada en el fútbol de Italia ameritaba que terminara ganándose esta Copa Mundo de Fútbol, pese a su mediocridad. O, pensándolo bien, tal vez por eso la ganaron.
Sin embargo, sigo pensando que los italianos hubieran sido buenos terceros, incluso cuartos, pero ¿campeones…? Solo basta recordar en este partido final esa ausencia desesperante de ideas en el medio campo, de pausa, de manejo de balón, de jugadas distintas al ollazo, de todo… Pero así son ellos. Jugando muy parecido eliminaron a la pléyade brasileña del 82 en España y se coronaron campeones. Jugando mal sorprendieron a Alemania, que la tienen de hija, con dos goles de último minuto en el partido de las semifinales. Y jugando el partido más horrible que recuerde en una final, a excepción de la del 94 (probablemente igual de malo) empataron con Francia y le ganaron en los penaltis, como ya se sabe.
Solo reconforta que Zidane, hasta antes de su expulsión, y los bleus franceses lucharon (o bregaron, como diría Andrés López) por ganar jugando al fútbol, por tocar el balón, por vencer al arquero italiano, que resultó siendo figurón. No era para más. Lastima por Zidane, que se hubiera ido así, ingenuamente provocado por un conocidísimo camorrero como Materazzi. Pero se fue a lo grande, jugando al fútbol que es lo mínimo que se le pide a un jugador de fútbol, no digamos a un crack.
Ahora la esperanza vuelve al closet por cuatro años. Mientras tanto, hay tiempo para la resurrección del fútbol o, al menos, para que la memoria olvide las decepciones. De esto último precisamente vivimos los hinchas.
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era, a mi hijo que estaba por nacer hace diez meses; la segunda, esta, bajo la conmoción de haber visto a su equipo, Francia, derrotar a Brasil por un gol que nació en lance de su prodigiosa pierna izquierda.La casa yace, yace sin remedio, fantasma de sí misma, yace, yace, la casa pasa por sus vidrios rotos, penetra al comedor que está hec...