8.10.05

ORTOGRAFÍA SUBVERSIVA



Los señores de las Farc, aparte de contribuir con denodado empeño en la renovación de la red telefónica del país, a través de la metódica voladura de torres de comunicación, han emprendido una agresiva ofensiva militar contra la ortografía, esa sutil y alevosa forma de dominación ideológica de las clases burguesas contra los inermes sectores populares. Así se puede apreciar claramente en las fotografías publicadas arriba.

En tal sentido, el autor de este blog ha tenido acceso, en exclusiva, al siguiente comunicado emitido por la dirigencia subversiva a todos sus frentes en el país:

“Desde las montañas de Colomvia,
Enero de 2.005

"Cordial y rebolucionario saludo a todos los combatientes del pueblo de Colomvia:

"El Secretariado General de las FARC, en reunión hurgente celebrada la última semana del año anterior, decidió trasar las siguientes directibas obligatorias para todos los frentes rebolucionarios de nuestra organisación:

"Se hace necesario conbatir al enemigo burgues y a las oscuras fuersas oligarquicas que lo respaldan también desde un plano ideolojico. Por esa razón, en el análisis dialeptico materialista de las dibersas formas de lucha rebolucionaria planteada por nuestra organisación, hemos deteptado que las clases oligárquicas bienen planteando una forma de dominación ideolojica a través del uso de la llamada “hortografía”, con la cual sojusgan al pueblo obligándolo a usarla en todos sus escritos. Incluso hemos llegado a saber que hasta a los niños de las clases humildes los han idiotisado al coasionarlos a usar las llamadas “reglas de hortografía”, creadas por los ideólogos burgueses pa labarles el cerebro y no permitir su libre y lejitima ezpresión escrita.

"Compañeros rebolucionarios y combatientes: Debemos ganar también la batalla ideolójica contra la oligarquía opresora. Por eso debemos dar ejemplo. De esta manera, a partir del 1º de enero de este año se declara como objetibo militar la hortografía en todas sus formas. Nos hemos fijado la meta que en el plazo de dos años, en todo caso, antes de que el dictador Álbaro Uribe termine su mandato, todas las reglas ortográficas deberán estar destruidas o, por lo menos, amenasadas.

"Empesaremos por el uso de la “v”, que ha sido infiltrada por el enemigo inperialista en nuestra propias filas. No permitiremos que sobrebiba ninguna “v”, la cual, una bez eliminada, deberá ser reenplazada por la “b”, que es más autótona y mas propia de la indiosincrasia de nuestro pueblo, porque con ella se escribe bruto, bobo, burdo y demás expresiones de origen popular. Después se les daran instrusiones sobre otras letras de origen burgués.

"De acuerdo con estas instrusiones, el compañero combatiente de cualquier rango que sea sorprendido usando la citada letra esta le será decomisada de inmediato, y se le seguirá juicio rebolucionario. A partir de la fecha todos los nombres y apellidos que lleven la citada letra serán cambiados de inmediato, a escepción del pertenesiente al camarada Manuel Marulanda, que seguirá llevando el apellido Belez, por cuestiones tácticas de ocultamiento ante el enemigo.

"En todas las consinas escritas después de cualquier incurción rebolucionaria contra el enemigo deberá suprimirse la letra declarada como enemiga de las clases populares, la cual será remplazada por la “b” rebolucionaria. Para este efepto emos encargado a nuestros compañeros en Europa para que nos consigan esprays de pintura especial, que ya bienen programados para escribir las consinas sin la citada letra.

"Camaradas: No desmayemos. El triunfo está cerca. Biban las Farc. Biba la lucha rebolucionaria.

Secretariado General.”





3.10.05

LOS TITIRITEROS

La reciente muerte del estudiante Johny Silva dentro del campus de la Universidad del Valle y la polémica desatada alrededor de este hecho me recuerda la novela El Titiritero de Gustavo Álvarez Gardeazabal.

Escrita hace ya varias décadas, en medio del fragor de las luchas universitarias de los años 70, si mi memoria no me falla, se basa en un hecho similar ocurrido en Cali en aquella época. Narra, con el desfachatado estilo del autor y desde las perspectivas enfrentadas de quienes, por un lado, pretendían crear un mártir que sirviera de icono de la lucha revolucionaria estudiantil y, por el otro, los que señalaban al muerto como un peligroso delincuente, como la información sobre el hecho y, en especial, sobre la personalidad del estudiante asesinado, se manipula al extremo para desinformar y para ganar adeptos en pro o en contra de las recalcitrante opiniones de los bandos enfrentados. Detrás de esa muerte, un invisible titiritero manipulaba los hilos siniestros de la mentira para ocultar la verdad a favor de un propósito que para cada uno era suficiente justificación.

En Popayán, hacia finales de los 70 también recuerdo el asesinato, a manos supuestamente del Ejército, del estudiante Tuto González, hermano del ex ministro Camilo González, actual y prominente figura intelectual de la izquierda. En su tiempo, el nombre de Tuto sirvió de bandera de protesta en cuanto mitin universitario se celebraba y su nombre, a punta de graffitis y volantes, se volvió famoso, convirtiéndose en una especie de leyenda que todavía se recuerda en esos lares. Sin embargo, sobre la forma y la autoría exacta de su muerte nunca nada se supo. ¿Para qué? A unos les servia su muerte como martirio, por lo que el responsable era el Estado opresor. Y al Estado no le convenía llegar al fondo del asunto para no darles más argumentos a sus opositores, siendo que todo parecía indicar que sí fueron militares los autores del asesinato. Por ende, convenientemente la nebulosa del tiempo sepultó el hecho en el olvido, a excepción de su familia, que seguramente lo recuerdan como hijo o hermano, no como mártir.

Ahora, el debate en Cali se ha centrado sobre la responsabilidad o no de la Policía, a través del ESMAD, en el homic
idio de este joven. Mientras casi todo el estamento universitario, respaldado por el Gobernador del Valle, señala que las fuerzas policiales sí entraron a la sede de la Universidad, ubicadas en el sur de la ciudad, el comandante de esta institución niega esa circunstancia. Este último aduce que no existe evidencia alguna al respecto y que las autoridades universitarias se basan para su señalamiento en testimonios dudosos. Obviamente, también niega de entrada la posibilidad que haya sido una bala oficial la que segó la vida de Johny Silva, pues afirma que los miembros de la fuerza antimotines no acuden armados con armas de fuego a reprimir escaramuzas como las del pasado 22 de septiembre.

Sobre esta situación publicamos aquí dos
fotografías, aparentemente tomadas el día de los hechos, en donde se ve claramente a la Policía dentro del predio universitario. Incluso, en la página donde se publicaron, aparece una fotografía más, prácticamente en primer plano, del estudiante muerto, cuyo rostro se aprecia bañado en sangre. Curiosamente estas fotografías no han aparecido publicadas en los medios de comunicación, siendo que, al menos en principio, son piezas probatorias importantes en el esclarecimiento de esta grave situación.

Lo que llama la atención es la posición de la Policía que, a través de su comandante en Cali,
coronel Gómez Méndez, niega rotundamente el ingreso a la universidad, pero que plantea, a su vez, una interesante disyuntiva: Y sí la fuerza policial entró, que podía impedir jurídica o legalmente que lo hiciera, siendo que a esta institución le está otorgada la función de reprimir el delito en cualquier lugar del territorio nacional y que la llamada autonomía universitaria no exime a las universidades de la aplicación de la autoridad en esta materia. La aclaración se hace porque existe en el ambiente la creencia de que si la Policía entró ilegalmente a la Universidad eso automáticamente la convierte en responsable de la muerte del estudiante, lo cual no es necesariamente cierto.

En principio, podría caberle razón al comandante policial. La Constitución le otorga a las autoridades policiales la función de reprimir el delito a lo largo y ancho del territorio nacional, función dentro de la cual puede, en los casos de flagrancia, capturar personas y allanar inmuebles sin previa orden judicial. Y de esta jurisdicción no están eximidas, que sepamos, las universidades, por mas autónomas que se declaren en la misma Carta Fundamental. De esta forma, si un grupo de vándalos, que pueden o no ser estudiantes universitarios, se dedican a dañar automóviles y apedrear edificios en plena vía publica, en ejercicio de un supuesto derecho a protestar violentamente contra algo o alguien (el TLC, en este caso), no se puede aceptar que después de los desmanes corran a cobijarse en los predios de la universidad como si este fuera un territorio blindado contra la acción legítima de la fuerza publica. En tales casos, el operativo policial se encuentra respaldado en el contexto del derecho y la ley.

Pero el hecho de que la Policía esté amparada por la ley para reprimir una asonada estudiantil, no la habilita para emplear una fuerza excesiva y letal, que resulte en daños graves en la integridad física de los involucrados, o en su muerte. La mayoría de los países tienen como norma dotar a sus fuerzas policivas de elementos coercitivos, tales como balas de goma, chorros de agua y gases lacrimógenos, para efectos de reprimir protestas y mítines callejeros. Por tanto, a un operativo de esta clase no puede acudir la Policía dotada con armas de fuego. Y aunque es probable que en el curso de las acciones se presenten ataques armados contra la Fuerza Publica, nada extraño en un país como el nuestro, tampoco esta situación la faculta para abrir fuego indiscriminadamente en un escenario en donde se mezclan culpables con inocentes, y el riesgo de herir o matar a ciudadanos inermes es altísimo.

En el caso de Johny Silva, las primeras indagaciones muestran que el proyectil disparado sería de un arma corta, probablemente tipo pistola. Sin embargo, la fotografía que mencionamos parece mostrar que sufrió varias heridas, dada la profusión de sangre que se aprecia, que no es común en heridas provocadas con este tipo de armas. O que el disparo recibido pudo ser con un arma larga, que ocasiona gran daño físico dada la dimensión y la alta velocidad de sus proyectiles. Por otro lado, al parecer el tipo de proyectil no correspondería a los que usan las fuerzas policiales. Por tanto, como es inevitable, deberá esperarse a que se efectúen todas las exhaustivas investigaciones del caso para sacar conclusiones definitivas.

Lo que si se reclama es que, al menos en este caso, se haga de verdad una investigación seria, que permita saber a ciencia cierta frente a toda la ciudadanía caleña, y en especial a la dolorida familia de este joven, que fue lo que pasó esa fatídica tarde. Probablemente, Johny estaba en el lugar de su asesinato pretendiendo estudiar con el ahínco y la dedicación que su familia y sus amigos declaran que lo hacia, tal vez con el propósito soñado de ser un profesional y de ayudar a su humilde familia. Pero de lo que si estoy seguro es que, cualquier cosa que estuviera haciendo o pensando, nada tenia que ver con convertirse en un mártir forzoso de una causa que, por ahora, nadie tiene clara ni nadie entiende.

Paz en su tumba.

30.9.05

EL MIO: La ciudad contra los ciudadanos

Las grandes ciudades ponen a soportar grandes cargas sobre el ciudadano común. Es inevitable. Calles plagadas de huecos, en los cuales las suspensiones de los vehículos encuentran verdugos cotidianos. Semáforos descompuestos, que crean grandes y letales ruletas rusas en los cruces viales. Cogestiones vehiculares, que prácticamente reducen a la gente a vivir buena parte de sus vidas dentro de un vehiculo. Empleados públicos sempiternamente enfurruñados, desatentos y/o apáticos. Colas larguísimas para diligencias esenciales, que le prueban la paciencia al más estoico. Delincuencia callejera. Espacio público invadido o inexistente. En fin. Sería, pues, una interminable lista.

Sin embargo, el premio gordo de tales agresiones citadinas se lo llevan, de lejos, las grandes obras públicas. Sí, esas, las mismas que los gobernantes de turno anuncian como panaceas a los grandes males de las ciudades y sobre las que se despliegan enormes y abrumadores informes en los medios de comunicación. Sí, esas, que se nos venden como necesidades urgentes e inaplazables para la modernización urbana y el mejoramiento en la calidad de vida de todos los habitantes de la ciudad. Y una vez que se anuncian y se venden, nadie puede pararlas. Toca padecerlas y rogar para que tanta belleza sea verdad y tanto sacrificio tenga, al menos, mediana recompensa.

Ahora el turno le tocó a Cali. Se inició desde hace algunos meses la construcción del llamado Sistema Integrado de Transporte MIO, que es la versión caleña del Trasmilenio (a propósito, ¿cómo hacen para inventarse todos estos terminuchos que, a la vez, lo dicen todo y no dicen nada? Sospecho que detrás de estas grandes obras hay más publicistas que ingenieros). Empezó con el primer tramo, sobre la Carrera Primera, vía nerval que conduce del centro a la salida hacia el norte. Aunque estas primeras obras traumatizaron ese sector, por tratarse de un área comercial e industrial con accesos múltiples desde otras zonas de la ciudad, no se afectó mayormente la circulación vehicular. Sin embargo, muchos de los comerciantes ubicados sobre este sector debieron padecer la disminución de sus ingresos en más del 50% por cerca de seis meses. Muchos de ellos prefirieron cerrar o trasladarse a otros sitios. De nada valieron sus quejas: En el nombre del progreso se acallaron sus voces.

Terminada esa primera etapa, sobre la cual aun subsisten muchas criticas sobre su diseño, arrancó ahora la segunda, que toca la Calle Quinta, vía principalísima que atraviesa la ciudad de norte a sur y viceversa, y la Carrera Quince, vía arteria que recorre a Cali del occidente al oriente, atravesando toda la zona comercial céntrica, a cuyos costados encuentra uno negocios de toda clase (ventas de repuestos, talleres, restaurantes populares, bancos, pequeños centros comerciales y muchas áreas residenciales populares). Y ahí fue Troya. Que enorme despelote es ahora Cali, a solo algunos días de haber empezado las dichosas obras y con casi seis meses de plazo por delante para terminarlas.

No hay quien no se queje. Y no es para menos. El trafico hacia el centro de la ciudad, en donde queda la Alcaldía Municipal, la Gobernación, el Palacio de Justicia, la mayoría de las notarias y casi todas las oficinas de las entidades oficiales importantes, es un pandemonium. Sobre las Calles 13, 14 y aledañas se pueden ver a toda hora lentísimas y bulliciosas filas de buses, taxis y vehículos particulares, que no avanzan a más de 8 o 10 kilómetros por hora y que taponan, no solo el ingreso a esta zona, sino también la salida hacia cualquier otro lugar de la ciudad. Un viaje hacia esos lugares desde el sur, que antes demoraba 15 o 20 minutos, ahora sobrepasa fácilmente la hora. Es como caer a un laberinto sin puerta a la vista, en días especialmente calurosos con más de 35 grados de temperatura promedio.

Por todas partes hay una insufrible polvareda, producto de las calles perforadas y arrasadas, que se suma al calor y a la incomodidad de la espera en el tráfico. Es exasperante. Pero lo que mas desespera es la sensación de que hay una increíble improvisación en la planeación de los desvíos de transito, de los sitios para recoger o dejar pasajeros, de las salidas provisionales para el paso de peatones, etc. En la Calle Quinta, por ejemplo, el día de inicio de las obras nadie tenia idea donde se podía coger un bus y se pudo ver durante todo el día personas deambulando de arriba a abajo, completamente desconcertadas. Las vías de salida y entrada de ambulancias del Hospital Departamental, el mas importante y congestionado de la ciudad, estaban completamente taponadas. Y que decir de los vehículos particulares y taxis que, sin previo aviso y en plena hora pico, fueron desviados por vías secundarias, muchas de ellas estrechas o en pésimas condiciones, que implicaba largos minutos de tránsito hacia el sur de la ciudad.

Los comerciantes de estos sectores, conocedores de la infausta suerte corrida por sus colegas del norte, se preparan para lo peor. En estampida, buscan nuevos locales o acuden a estrategias de ventas que les permita subsistir. Pero va a ser difícil, casi imposible, sobreaguar en este mar de atropellos y desafueros contra el ciudadano que trae consigo, como un huracán administrativo, el inefable MIO. Aunque se ha prometido que las obras no irán más allá de enero del próximo año, aun cumpliéndose esta dudosa promesa, por lo visto y vivido en estos pocos días nadie confía en sobreponerse a la debacle económica que todo esto trae consigo, precisamente en una ciudad dolida por un desempleo que no baja significativamente y por otras lacras económicas.

Sin embargo, esto no debería sorprender a nadie. Siendo la administración del alcalde Polo tan carente de brújula como lo ha sido hasta ahora, no podía esperarse otra cosa que caos y desorden al momento de intervenir sobre vías publicas sobre las que circula mas del 85% de los vehículos de la ciudad y, por ende, del transporte publico. Claro, no faltan los llamados al sacrifico, al entendimiento, a la comprensión del ciudadano. Es el progreso y el bienestar futuro el que ahora nos pide disculpas por las molestias. Y ante esta imbatible argumentación, ¿qué se puede decir o hacer?

Nada, me temo, aparte de someterse a todas estas insalvables molestias del progreso. Y esperar que todo esto valga la pena. Amanecerá y veremos, como dice nuestro imperturbable Alcalde.

20.9.05

MAL NECESARIO

La noticia pasó desapercibida, como casi todas aquellas que no implican hechos catastróficos, goles o noticas de farándula. Pero es un hecho grave, en mi opinión. Resulta que los alcaldes del norte del Valle, región esta que viene siendo azotada desde hace un buen tiempo por las acciones extremadamente violentas de los dos bandos de traquetos que se diputan el poder mafioso, pidieron reunirse con el presidente Uribe a solas, sin la presencia de los altos mandos de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional que lo acompañaban.

Cuestionados por Uribe, los alcaldes al unísono le contestaron que no confiaban en ellos, en especial en la Policia, pues consideraban que varios de sus miembros se hallaban en complicidad con los mafiosos y que no querían plantear las denuncias que tenían pensado hacer en la presencia de los oficiales allí presentes. Al final, ante la insistencia del Presidente, accedieron a celebrar la reunión, aunque sospecho que de no muy buena gana.

Es evidente que la actitud de los alcaldes no es mas que el reflejo de una actitud social hace rato enquistada entre nosotros: La policía suscita mas sospecha y desconfianza entre los ciudadanos que la misma delincuencia. En las diversas encuestas de credibilidad y buen nombre institucional que se realizan periódicamente la Policía ocupa casi siempre los últimos lugares. Y el asunto no es solo desconfianza por la venalidad de algunos de sus miembros, sino tambien por su ineficiencia o por su incapacidad para combatir a tiempo y de manera racional el delito. Resultado: La relación ciudadano-policía resulta siempre tirante, frustrante o, como lo decíamos al comienzo, de permanente desconfianza.

En los ya largos años de ejercicio de mi profesión, en la cual debo relacionarme forzosamente con policías, no he encontrado hasta ahora a ninguno que no tenga propensión a la corrupción. No digo aquí que no existan policías honestos e íntegros. Debe haberlos, eso espero. Pero no los conozco. No se sabe si esta situación tenga como causa la visión ciudadana de que la Policía paga muy mal a sus miembros, de forma tal que estos parecen estar siempre a la caza del soborno, ya sea aplicando con exageración y malicia las funciones que le son propias o creando una especie de amenaza sobre el ciudadano con el rigorismo de la ley o el reglamento que les corresponde aplicar. De todas maneras, el asunto es que el policial termina pidiendo la mordida para hacerse el de la vista gorda, o el ciudadano sabe que toda eventualidad anómala de su parte se resuelve fácilmente ofreciendo un soborno. Es una situación como el del huevo o la gallina, solo que la costumbre de lo anormal se nos volvió norma de comportamiento en ambos lados de la ley: En el que la hace cumplir y en el obligado a cumplirla.

Otra razón para la desconfianza son los informes públicos de la labor policial. No es asunto exclusivo de la policía colombiana mentir o exagerar acerca de los alcances de sus logros. Tampoco lo es ofrecer versiones acomodaticias a los medios con el fin de justificar una situación especifica respecto de abusos o errores policiales. Es el llamado espíritu de cuerpo. Los señores de Scottland Yard produjeron la tragicomedia dentro de la cual un joven brasileño fue asesinado por balas oficiales como supuesto sospechoso de los recientes atentados de Londres, sobre lo cual se supo después que el hombre asesinado nada tenia que ver con estos y que ni siquiera había dado lugar para ser tratado como sospechoso. La diferencia estriba en que mientras este hecho ocasionó indignación tanto en la sociedad británica como en el mundo, aquí son pan de cada día las detenciones y el señalamiento publico por parte de la Policía, siendo que después, cuando se descubre la injusticia o el infundio de la captura, no se produce ni siquiera una disculpa, mucho menos una renuncia de los funcionarios policiales pifiados.

El narcotráfico permeó en forma alarmante a la Policía en todas sus estructuras. En Cali era vox populi el hecho de que los señores de la droga tenían nominas policiales a su servicio. Muchos ex agentes entraron a convertirse en jefes de seguridad y en parte del brazo sicarial de esas temibles organizaciones. Por otro lado, las conocidas y tan en boga oficinas de cobro se encuentran integradas en buena parte por policías activos, que les brindan apoyo de toda clase. De ahí, probablemente el temor de los alcaldes que mencionamos.

Según la Constitución la Policía es un organismo armado de carácter civil que, dependiente del poder ejecutivo, se encarga de cumplir las funciones policivas propias del Estado. Por esta razón, no forma parte de las Fuerzas Armadas ni es un organismo castrense, como muchos creen. Sin embargo, en la convulsionada realidad nacional, de hecho se le ha dado a la Policía participación como cuerpo de tropa dentro del conflicto armado que padecemos, creando con ello una evidente distorsión de sus propósitos legales y una inflación inconveniente de su autoridad.

De ahí parte, seguramente, el comportamiento muchas veces tiránico y arrogante de muchos de sus miembros, que, amparados bajo el uniforme policial, llegan a creerse impartidores de una justicia callejera y sumaria e interpretes absolutos de la ley. Se tiene la idea, por consiguiente, que con un policía no se puede dialogar, mucho menos razonar. Además de que la mayoría de las veces el ciudadano no recibe el tratamiento respetuoso que merece, sino el atropellamiento verbal y físico que eventualmente se le da a un delincuente o a un enemigo.

Puede verse esta opinión como algo injusto frente a las noticias de policías que caen cada día muertos o secuestrados en cumplimiento de su deber. También lo sería frente a familias enteras que los lloran por una u otra causa. No obstante, es bueno decir que es mucho más injusto que la visión ciudadana sobre la Policía sea tan funesta por los múltiples motivos que se le brindan cada día, hasta el punto que los mismos alcaldes, que deberían ser los primeros en salir a defender su labor, no quieran ni arrimárseles.

Por algo será.

17.9.05

¿SOMOS PIEDROS?

La noticia del mediodía nos sorprendió al taxista y a mí. Cruzamos una mirada a través del espejo retrovisor, pero ambos guardamos silencio: ¿Qué se podía decir? Según el locutor, un hombre había matado a otro a cuchilladas porque intentó quitarle una cucharada de su plato de frijoles. Una muerte mas, que más da.

Recordé, sin embargo, una conversación de hace un tiempo con cierto amigo recién llegado del exterior. Comentábamos sobre esa estela de violencia que dejan los colombianos tras de sí en cualquier lugar donde estén. Después de llevar y traer ideas al respecto, mi amigo terminó la conversación con una frase sentenciosa que de vez en cuando rememoro: Lo que pasa es que los colombianos somos muy piedros.

Es cierto. De verdad, sacarnos la piedra es muy fácil. Somos irascibles al extremo. Casi cualquier cosa nos saca de casillas y, aunque eso de por si no tiene nada de raro siendo, como es, una emoción muy humana, lo que nos distingue al respecto es la reacción, casi siempre desmedida y casi siempre violenta.

Supone uno que enojarse por alguna situación en particular le sucede por igual a un chino, a un esquimal o a un monje tibetano. Todos tenemos un punto de quiebre en lo que toca a la paciencia o la misma tolerancia, y el frenesí de los tiempos que vivimos nos tiene dañados los frenos del autocontrol, así que generalmente las reacciones son usual e instantáneamente hostiles.

Pero, insisto, la reacción del colombiano es distinta. Casi cualquier fricción con un semejante es excusa perfecta para el insulto procaz, para la amenaza y para la violencia. Un simple choque de vehículos, que a lo mucho ameritaría en otras latitudes una llamada telefónica o un intercambio de tarjetas de seguros, aquí puede implicar un duelo verbal de palabras soeces y convertirse rápidamente en un lance a machete, varilla, piedra o bala. Todo nos saca la piedra: lo grave y lo leve, lo fortuito y lo intencional, lo trascendente y lo intranscendente.

Vivimos constantemente piedros, putos o emputecidos, como se prefiera. Hasta las expresiones emocionales son agrias y contienen pesadas cargas de agresividad. Si alguien quiere echarle un viva a su equipo de fútbol, entonces la costumbre es bautizarlo con un sonoro madrazo. Hasta cuando estamos contentos estamos piedros. O si no, por qué será que las fechas más violentas son precisamente las que entrañan algún tipo de celebración colectiva, como el día de la madre, el de amor y amistad o el fin de año?

Y las cons
ecuencias de las sacadas de piedra están a la vista. Las mujeres maltratadas y la violencia domestica, cuyas estadísticas, aun cuando son incompletas e imprecisas por la naturaleza silente de este fenómeno, indican con alarma cuanta piedra hay en los hogares colombianos. Claro, es apenas lógico que quienes paguen el pato de tanta piedra acumulada sean las personas más cercanas y aun, paradoja de paradojas, las mas amadas por nosotros.

La mayoría de las muertes violentas tiene su causa mas reconocida en una sacada de piedra, sea por una deuda, por una afrenta personal, por un negocio mal hecho o por una mala expresión en una mesa de tragos. No hay lugar para el perdón, ni menos para el olvido. Así lo cantan Darío Gómez, el Charrito Negro o las Hermanitas Calle, y así se cree por doquier, en cualquier estrato social. No hay que dejarse joder ni agacharle la cabeza a nadie. Hay que defender lo de uno por encima de cualquier cosa. Cualquier atisbo de perdón o comprensión se ve feo, porque se entiende como debilidad. Por tanto, hay que vivir piedro, porque siempre habrá alguien que te quiera joder, humillar o pretender algo tuyo. Es la gran sacada de piedra nacional.

No deja uno de recordar que a un anciano octogenario de perenne toallita al hombro le sacaron la piedra hace como cincuenta años cuando le mataron sus marranos y sus gallinas en una recóndita finca del Huila. Y como consecuencia de esa legendaria sacada de piedra han muerto cientos de miles de colombianos de todas las clases, edades y géneros; se han ocasionado perdidas por millones de millones pesos, y se condenó a cuatro generaciones distintas a vivir bajo la bota de la violencia. Hoy, muchos años después del porci-gallinicido, se confunden los ecos del chillido de esos masacrados animales con los gritos y lamentos de las victimas de cientos de asesinatos selectivos, masacres, secuestros y todo tipo de desmanes cometidos durante estos años de violencia demencial.

Parece que lleváramos esa rabia interna y explosiva a todas partes y todo el tiempo. Tenemos el gatillo montado a toda hora, así que cualquier cosa lo dispara. Es como una especie de pasap
orte emocional que nos identifica tristemente delante de nuestros compañeros de planeta. Las causas, buenas y malas, aceptables o repudiables, lógicas o ilógicas, para esta extraña cualidad de nuestro carácter son infinitas y densas. Por tanto, este no será el espacio para su análisis.

Solo preguntaremos y nos preguntaremos: ¿Somos o no somos piedros?

P.D. Por si queda alguna duda, lean esto.

LA CASA VACIA

La casa yace, yace sin remedio, fantasma de sí misma, yace, yace, la casa pasa por sus vidrios rotos, penetra al comedor que está hec...