18.4.06

MEADAS Y REFLEXIONES

Al parecer, algunas cosas se vuelven primero costumbre y después, inevitablemente, ley. Una de estas cosas es la de cobrar en algunos sitios públicos por el uso del baño. ¿Qué norma, ley o reglamento autoriza que a los usuarios de un Terminal de transporte, por ejemplo, se le cobre por ejercer una función fisiológica liquida o sólida? Lo ignoro, pero que cobran, cobran.

En principio, uno pensaría que no tiene ninguna justificación esta costumbre hecha ley entre nosotros. En una época en la que la violación de cualquier derecho de las personas genera prácticamente histeria colectiva, llama la atención que nadie se queje de que a uno le cobren por mear. Pienso, ¿qué hacer en los casos en que la persona en urgencias no tiene disponible la tarifa urinaria? ¿Acaso el Estado no debe garantizarle o subsidiarle a uno, mínimo, ese derecho de vaciar la vejiga o el intestino gratis en un sitio publico? Ahí dejo ese predicamento para que algún serio constitucionalista lo conteste. O, por qué no, para que algún político en trance de cazar votos lo vuelva su bandera.

Siguiendo con el tema, admitido ya el inevitable cobro, tenemos otras profundas inquietudes. La primera sería, ¿cuál es la razón por la cual se cobra en terminales de transporte y plazas de mercado, por ejemplo, y no en centros comerciales o aeropuertos? Es claro que los primeros son frecuentados generalmente por personas de estrato 3 hacia abajo, mientras que los segundos lo son por estratos superiores, con capacidad económica suficiente hasta para pagar la meada en dólares o euros, tarjeta crédito o debito o cheques posfechados. Entonces, ¿por qué la inequidad de cobrarle a los pobres y no a los ricos? ¿por qué exprimirle más el bolsillo a los que casi nada tienen mediante esta especie de chantaje escatológico, mientras que los más pudientes pueden hacer de todo en el baño sin que les cueste un peso? ¿Por qué, a ver, por qué?

Otra inquietud sería la diferencia tarifaria. Si Uds. se toman el trabajo de comparar cuanto cuesta una meada o una cagada en el Terminal de Armenia con lo que cuesta en la plaza de mercado de Santa Elena de Cali, encontraran una enorme diferencia. En la primera vale el doble que en la segunda, por razones, insisto, desconocidas. ¿Está más alto el costo de vida en Armenia que en Cali? Según el ultimo reporte de la DIAN, no. ¿Entonces? Pero, claro, vaya a uno a saber donde mean los señores de la DIAN.

Incluso, según nuestra unidad investigativa, aquí mismo en Cali se dan esas diferencias en el cobro por el uso del baño. En el Terminal de transporte, por ejemplo, se cobra un promedio de $600 con derecho a medio metro de papel higiénico. En cambio, en la galería de El Porvenir la descarga fisiológica no pasa de $300, aunque el papel higiénico es de carácter ecológico (si es que encuentra una hoja de tamal a la mano, claro).

Esta sustancial diferencia no tiene explicación a la vista. En ambos tipos de baños encuentra uno charquitos de sospechoso color por todas partes, un aroma sine qua non sutilmente esparcido y hasta robustos pasajeros solidificados empeñados en navegar en círculos eternos, una y otra vez, en las tormentosas aguas de los sanitarios. Si
el baño es de hombres, el asunto es antológico. Pero se me ocurre que tal vez la causa consiste en que los baños de una galería o plaza de mercado son sitios en los que tiene Ud. un valor agregado: Disfrutar de la más autóctona e inédita literatura popular que se conozca, escrita en puertas y paredes. Allí se pueden leer desde enjundiosos y patrióticos saludos a la madre del Presidente de turno hasta los más delicados y tiernos versos dedicados a la mujer o al amigo desconocido. Igualmente, el arte pictórico de carácter erótico es inigualable. Tengo entendido que muchas de las letras de nuestra música de carrilera se inspiraron en algunos de estos baños.

Otra inquietud es: ¿Qué destino se le da a los ingentes recursos que aportan los colombianos con sus meadas y demás descargas corporales? Lo pregunto por que los sitios en donde entrar al baño tiene tarifa generalmente son de propiedad del Estado o están bajo su administración. Por tanto, es conveniente recordar que mear o cagar allí se convierte en una fuente tributaria primaria, por lo que el aportante tiene derecho a saber que destinación final tiene todo ese esfuerzo. Sin embargo, no conozco el primer informe al respecto en el cual se diga, por ejemplo, algo así como “los recursos fiscales obtenidos de las cagadas depositadas el año fiscal pasado en las terminales de transporte del país se destinaron a financiar el pago de los funcionarios del DAS”. Aunque sospecho, dado lo que se oye o se ve últimamente, que para eso se utilizan. De todas formas, hay que exigir tal información así haya que recurrir a vías de hecho, como la retención urinaria o el estreñimiento inducido.

Y es que los recursos así obtenidos no son de poca monta. Recuerdo que hace varios años me correspondió asistir como defensor de oficio de una mujer acusada de hurto continuado. Mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí que la señora de marras era portera de baño en el Terminal de Cali y que la suma hurtada ascendía a más de nueve millones de pesos. Dividida esa suma por la tarifa de $200 que se cobraba en ese entonces era inevitable imaginar cuantos actos fisiológicos, mayores y menores, habían sido objeto del afrentoso peculado. Como quien dice, por acá hasta una cagada se roban.

En fin, el tema da para largo, como largo ha sido el rato de reflexión que aquí, sentado en este bullicioso baño, me he permito compartir con Uds. Si alguien sabe las respuestas a tantas inquietudes, por favor deje un comentario y, de paso, me alcanza un rollo de papel higiénico que el que me dieron a la entrada no alcanzó para tanta profundidad intelectual.

(Los que quedaron inquietos por el tema en esta rarisima pero estupenda pagina encontraran todo tipo de orinales, para que se inspiren).

6.4.06

CALI: SIN SON NI TON

En relación con este post de fecha anterior, en el que nos quejábamos de la corronchería que acecha a Cali por sus cuatro esquinas, auspiciada ahora por la detestable iniciativa de la alcaldía de Polo de promover un bodrio “cultural” llamado “Primer Festival Vallenato en Cali”, nos llegan por vías distintas dos escritos que reproducimos aquí por reflejar, gracias a Dios, la protesta quejumbrosa de otras latitudes sobre el entierro de tercera que se le está dando a la salsa y por el ostracismo de la ciudad y la región en materia de iconos y expresiones culturales propias.

El primero de ellos, es un articulo del poeta nadaista (esto todavía existe?) Jotamario Arbelaez, quien escribió en
El País lo siguiente el pasado 4 de abril, bajo el acertado titulo de “Cali corroncha”:

“Treinta y cinco años tirando paso en Bogotá, desde que salí de Cali huyéndole a los VI Juegos Panamericanos. Más que salsero, fui guarachero, son que aprendí a bailar viendo las películas de Clavillazo y asistiendo a los bailaderos de finales de los 50, sobre todo el Danubio Azul y los lunes del Aguacate.

“(…) En Cali confluyó todo el caudal de la música afrocaribe, convirtiéndola en la Capital Mundial de la Salsa; y ello se vivió en las ferias y en especial en Juanchito y el Honka Monka. Humberto Valverde la elevó a la categoría de ciencia social, dedicándole ediciones del periódico La Palabra, de la Universidad del Valle. En cualquier lugar de Colombia las mujeres se peleaban por bailar con un salsero caleño, que hacía rendir el mundo a sus pies. Se ganaron trofeos en San Juan de Puerto Rico y en Nueva York.

“En plena euforia del poder joven y del 68 francés, leí en El Tiempo una columna del poeta Gonzalo Arango titulada “Generación sin son”, donde despotricaba contra las nuevas generaciones existenciales porque se hallaban obnubiladas por el ritmo foráneo de las guitarras eléctricas –que ya habíamos asumido como parte de nuestra estética-, cuando existía el vallenato que la ‘cacica’ Consuelo de Molina acababa de darle a conocer en el Valle de Upar. Los nadaístas consideramos retrógrada esa actitud del profeta de “enaltecer lo autóctono”, como si se tratara de un carriel o de cualquier trasto folclórico. No nos detuvimos en que por la misma fecha aparecía ‘Cien años de soledad’, y con ella la consagración suprema de ese género y de su cultor Rafael Escalona por los terrenos de Francisco el Hombre.

“Fueron surgiendo en Bogotá vallenatólogos de la categoría intelectual de Alfonso López Michelsen, Daniel Samper Pizano y Enrique Santos Calderón, quienes se explayaron en libros y columnas de prensa, como si se tratara del sueño de Bolívar o de la combinación de todas las formas de lucha. Y eran huéspedes ilustres con sus múltiples iniciados melomaniáticos, en las anuales parrandas con elección del nuevo rey vallenato en Valledupar.

“Amantes de los Stones, los nadaístas seguíamos negados a aceptar ese ritmo y su mítica carga satírica. Eduardo Escobar fundó ‘El Café de los Poetas’, y allí nos plantamos con música clásica, jazz y pop. Pero enseguida nos montaron, primero, ‘La Casa Colombia’, y después ‘La Teja Corrida’, donde se apoltronaron ‘Los gaiteros de San Jacinto’ y nos vaciaron toda la tanda vallenata inherente al momento histórico.

“Busqué refugio en el matrimonio rural, lejos de la música, pero apenas mi hija colocó su primer cd fue con los vallenatos aún más insufribles de Carlos Vives. No me quedaba más remedio que pensar en el regreso a Cali, único baluarte inconquistable por ese ritmo. Y ya con el pie en el estribo me entero por El Pais, que costeños con caja, guacharaca y acordeón se han tomado la Avenida Sexta y clubes sociales, haciendo vibrar a los antiguos salsirockeros. Y que el vallenato bombardea buses, hogares y hasta colegios, desde emisoras especializadas. Lo que nos faltaba. Se nos metieron al rancho. Cali corroncha.

“Ante tamaña desgracia, pienso que lo único que queda es esperar cada año la celebración de los Grammy, para escuchar música que no hiera los tímpanos educados. Pero por El Tiempo me entero que, gracias al espaldarazo de nuestro influyente premio Nobel, a partir de este año el vallenato tendrá estatuilla en el Grammy Latino.

“¡Ay hoooombe! Hasta aquí nos llegaron la salsa y el rock. ¡Pop!”

Por otro lado, mi hermano, caleño en trance de bogotanizarse, escribió un comentario a uno de mis post sobre la orfandad de la participación de esta región en la inauguración del Festival Internacional de Teatro que, por estos días, se toma a la fría Bogotá. Por reflejar otro punto de vista, y de queja, sobre lo que viene sucediendo (o mejor, padeciendo) en Cali en materia cultural, aquí lo citamos:

“Más bien, aprovecho la novedad para comentar la frustración que sentí el sábado, en la tarde, luego del desfile inaugural del Festival Iberoamericano de Teatro, aquí en Bogotá.

“Como sabrás, el desfile estaba conformado por comparsas y delegaciones representativas de varias regiones del país, incluso de algunos de los muchos países que tienen representación en el Festival. El tema es que entre los representantes del Carnaval de Barranquilla, de Blancos y Negros de Pasto (los más alegres por cierto), del Diablo de Riosucio, así como muestras culturales del eje cafetero y Santaderes –entre otros-, NO HABÍA UNA SOLA delegación del Valle, y MENOS de Cali. Sé que al menos un grupo de teatro de Cali participa del Festival, pero creo que eso es distinto: el sábado se trataba en buena medida de expresiones culturales de arraigo popular.

“¿No tenemos nada qué mostrar? ¿Qué tipo de identidad nos hemos forjado y en torno a qué? ¿Cómo estamos –entonces-, entendiendo, fortaleciendo y promocionando la salsa, o la música afrocaribeña, para no rotular un fenómeno musical muy amplio? Y más allá: ¿Qué papel y responsabilidad tenemos los Vallunos y nuestro gobierno en esta situación?

“De lejos queda claro que nuestra feria no es, para nada, una manifestación cultural popular digna de ser tenida en cuenta. O al menos así lo acordamos conjuntamente con mi esposa, cuando le pregunté: y nosotros qué? En dónde queda el Valle y su representación, por qué no trajimos nada? “Y qué traeríamos -me respondió-, borrachos a caballo disparando al aire, los mismos carros antiguos que salen cada año, o al Gran Combo de Puerto Rico?”

Ahí queda el tema.

3.4.06

LECCIÓN DE GEOMETRÍA

Luisa, mi hija de 9 años, llegó con cara de angustia a pedirme ayuda. Papi, tengo que investigar qué son líneas rectas, paralelas, curvas, segmentos de recta… En fin, era una larga tarea de geometría. Buscamos la información y empecé a dictarle los conceptos: Línea recta es aquella que se extiende de un extremo a otro sin tener principio ni fin, curva es aquella tiene apariencia redondeada, y así, sucesivamente. Ella copiaba y, claro, preguntaba: Verdad? Si no tiene fin, como se dibuja? Y cómo así, por qué, papá? Copiaba y preguntaba.

Cuando llegamos a las líneas paralelas, se detuvo, levantó su mirada del cuaderno y con sus ojos negrísimos y redondos me interrogó sin palabras. Yo fingí no ver su gesto. He empezado a temer sus preguntas, por profundas y por simples. Ella esperó hasta que capturó mi mirada y ahí si la soltó: ¿Nunca se tocan? La eludí con un ladino ¿qué, mi amor?, aunque sabía que era inútil esquivarla. Las líneas paralelas, papi, de verdad nunca se tocan? Si, mi amor, nunca se tocan, respondi. Silencio, o casi, porque la oí rasgar el cuaderno con su escritura lenta. Unos segundos después, volvió al ataque: Y si no se tocan, ¿cómo sabe una que va paralela a la otra? Sin que se me ocurriera ninguna respuesta, no le pude responder más que con el clásico “concentrémonos en la tarea, mi amor”. Y huí en cuanto pude.

Recordé este episodio a propósito de esta extraordinaria cinta: Crash (Vidas Cruzadas) que, de lejos, pero muy de lejos, es la mejor película que he visto ultimadamente, incluyendo la tan publicitada “Secreto de la Montaña”, que, salvo el ingrediente gay de los protagonistas, es una película del montón. Y lo recordé por la intrincada proeza del guión de hacer confluir en el vórtice de un tiempo narrativo de 48 horas, muchas vidas, todas entrecruzadas, cortadas unas por otras, incluso chocadas de frente, en el marco delirante de una ciudad rauda y oscura, que agobia a los protagonistas y los empuja a un hipotético escenario para que hagan su papel, escrito aparentemente por un loco.

Extrañamente, es una cinta sin protagonistas principales, porque la intención del director (Paul Haggis, creo), supongo, era privilegiar la historia antes que las actuaciones personales. Y es extraño, digo, porque a pesar de nombres rutilantes como Sandra Bullock o Matt Dillon, todos los personajes son solo fichas, piezas del puzzle, sin preponderancia ni protagonismos por fuera de la narración, que encajan como las piezas restantes. Esa, y nada más, es su función. Digamos que entre todos le dan forma a una sola historia, sin que la historia individual de cada uno tenga relevancia alguna por fuera de este contexto.

Pero esta no es comentario de cine. Es, sencillamente, el ejercicio espontáneo de reconocimiento, por la inspiración de esta cinta, que somos inermes viajeros subidos precariamente a bordo de líneas delgadas e infinitas que, a pesar de que en nuestra perspectiva son rectas y paralelas, bajo la óptica de la realidad son haces retorcidos de una vorágine interminable que se encuentra y se desencuentra en puntos diversos, para volverse a entrecruzar, para aplastarse o para elevarse, una sobre otra, bajo el impulso arrasador del tiempo que, al final, funge como arbitro insobornable del aparente caos.

Bajo esta idea, podemos pasar en un minuto, o en una hora, o en un día, de villanos (como ese policía enfurecido contra el sistema de salud que encuentra en una pareja afroamericana que se solaza en la intimidad de un vehiculo la oportunidad perfecta para humillarlos y denigrarlos al nivel que el mismo se siente) a héroes (como cuando ese mismo policía pasa a ser el ángel que le salva la vida a la misma mujer que humillara crudamente la noche anterior). O volvernos súbitamente racistas, si la cara detrás de la pistola que nos apunta para intimidarnos antes del robo es negra, o de furiosos vengadores, si la cólera nos alcanza para esgrimir un arma y apuntarla en la misma cara del que consideramos culpable de nuestras desgracias.

Coincidencia nos gusta llamar a las situaciones incomprensibles. Sin embargo, en el idioma judío esta palabra no existe, ni tampoco el concepto, porque para este pueblo todo tiene un orden y un propósito ya trazado, indiferentemente de si lo entendemos o no. Estoy de acuerdo. Las decisiones que tomamos a diario, aun las mas ligeras y espontáneas -como elegir una calle cualquiera al final de la cual nos encontramos con esa persona a la que llevábamos años sin ver, o como cuando decidimos que ese día saldremos mas tarde de la casa, solo para enterarnos que el vehiculo publico que debíamos haber tomado resultó estrellado y con muchos heridos y muertos en su interior- todas ellas vienen cargadas con cierta dosis de fatalidad y acierto. Y, justo en la mitad de ese juego de cruces y entrecruces, está la vida.

La lección, para cada protagonista y para cada situación, para todos nosotros, resulta clara: No somos ni villanos ni héroes, ni racistas ni vengadores, ni bueno ni malos, por elección enteramente propia. Somos piezas únicas de una realidad aparentemente desquiciada, pero, a la final, sabia, que nos concede la gracia de decidir, a pesar de ser ella misma el producto insoslayable de muchas circunstancias misteriosamente concatenadas que, enfiladas unas contra otras, parecen inmunes a la lógica natural pero sometidas, en últimas, a un plan más alto y, por ende, aun más inextricable.

Algo así debe suceder cuando las líneas paralelas, esas que nunca deben tocarse, deciden hacerlo un día, trastocando toda la geometría de la vida. Sospecho, entonces, que somos líneas, probablemente trazadas y detenidas por fracciones de segundo en la mitad de la hoja de un cuaderno infantil, en el cual, la curiosidad inteligente de una niña, decide, de buenas a primeras, que no hay ninguna razón para que existan las líneas paralelas, esas que nunca se ven ni se tocan. Y las cruza impúdicamente, unas con otras, solo para demostrarse así misma que la geometría, como la vida, tiene mas sentido si todas las líneas, rectas y curvas, cortas o infinitas, se entrecruzan, tocándose, amalgamándose, aunque solo sea por un instante.

Solo que, al final, líneas y vidas vienen a ser lo mismo.

LA CASA VACIA

La casa yace, yace sin remedio, fantasma de sí misma, yace, yace, la casa pasa por sus vidrios rotos, penetra al comedor que está hec...