13.7.05

EL SINDROME DE DORIAN GRAY

Las conversaciones en casi todos los lugares de esta ciudad giran por esta época en torno al deplorable estado físico de abandono en que se haya sumida la otrora llamada “Sucursal del Cielo”.

Sus avenidas centrales, polvorientas; las calles, resquebrajadas y plagadas de huecos; los separadores y zonas verdes, plenos de maleza y de árboles moribundos o maltratados; los edificios, descascarados; las zonas del centro, llenas de basura; los semáforos continuamente dañados. En fin, es un inventario largo y lamentable que ha tornado a Cali, la verdad sea dicha, en una ciudad fea, realmente fea.

Es indudable que la ciudad ha sufrido un proceso de franco deterioro en casi todos sus aspectos urbanísticos desde hace unos diez o quince años hacia atrás, proceso este frente al cual el ciudadano común se ha visto sorprendido y, por ahora, impotente. De las autoridades solo se recibe la inmodificable letanía de que es culpa de las anteriores administraciones, de la crisis fiscal de la ciudad, de la voracidad de los bancos y sigue un largo etcétera. Pero de soluciones, nada se oye y menos se ve.

¿A que se debe esta triste metamorfosis? Los factores pueden ser muchos y bastante complejos de explicar en esta líneas, pero existe una causa que sobresale entre todas: Un deterioro social y moral avasallante, que tiene repercusión e imagen en el físico. Prácticamente desde el comienzo del fenómeno del narcotráfico y del auge y caída del proverbial Cartel de Cali, hacia finales de los 80 y medianos de los 90, la ciudad perdió esa ansia alegre e innata en el caleño por la vida, ese ritmo pausado pero firme de progreso, todo lo cual cambió para darle paso al ambiente frenético, desdeñoso y violento de los nuevos ricos, cuya nueva generacion ahora padecemos.

Desde allí las tasas de homicidios y de actos violentos subieron como la espuma y no se han podido hacer disminuir significativamente hasta ahora, a pesar de las crecientes medidas coercitivas y de los gritos de jubilo del alcalde Apolinar Salcedo que, por estos días, echa al viento las campanas para anunciar el gran logro de que ya no matan a 10 caleños, sino a 7 diariamente. Sin embargo, las estadísticas oficiales se cuidan bien de mostrar que las lesiones personales, el atraco callejero, la extorsión a pequeña escala, y todos esas pequeñas delincuencias que agobian y desesperan, no han cedido y que, por el contrario, cabalgan sin freno hacia niveles nunca antes vistos.

Pareciera que toda esta situación se reflejara en el aspecto físico de Cali. Así como es natural hallar miseria en la casa del miserable, lo mismo se aprecia en una ciudad en donde sus ciudadanos se encuentran inermes y abatidos por el peso de una realidad azarosa respecto de la cual, alcalde tras alcalde, administración tras administración, muestran una evidente incapacidad o indolencia para cambiarla, para insuflarle vida al espíritu ciudadano, trayendo mas motivos de frustración y rabia al común de sus habitantes.

Mientras tales cosas dolorosamente se nos muestran a los caleños todos los días, no puede evitarse evocar aquí al atormentado personaje de la clásica novela de Oscar Wilde “El Retrato de Dorian Gray”, quien, segun se cuenta, podía ver reflejado en su retrato, paulatina e inexorablemente, la retorcida y horrenda transformación de su alma. Tal vez, como dicho personaje literario, lo que vemos en Cali realmente es el reflejo del alma tortuosa de una ciudad que lentamente se ha ido transformando, por acción u omisión de todos los que aquí vivimos, en algo inmostrable y vergonzoso.

6.7.05

UN PAIS DE GUEVONES

La guevonología es aquella desconocida pero certera ciencia que se ocupa, en sus ratos libres, de estudiar el comportamiento, las costumbres, la idiosincrasia, la cultura y otros aspectos de los guevones que habitan un determinado territorio. Esta ciencia, que algunos guevones insisten en llamar técnica, es la que hoy nos permite establecer de una manera seria y científica que Colombia es, sin lugar a dudas, un país de guevones.

A esta insigne ciencia han contribuido, para enriquecerla y profundizarla, muchas otras ciencias, técnicas, culturas o artes, que constantemente permiten engrosar el conjunto de guevones objeto del análisis científico. Por tanto, reseñaremos algunos de estos elementos, con su precisa contribución:

El Pueblo: Este ha sido el mas destacado y constante aportante a la guevonologia, a través de la utilización masiva del termino guevon en sus diversas acepciones. Así, por ejemplo, tenemos que hoy por hoy existen diversas categorías de guevones que desempeñan variados usos y costumbres, a saber: Punto de referencia espacial (Ves a ese guevon que está allá parado, la panadería queda al frente), referente socio-económico (Ese es mucho guevon pa tener tanta plata), referente sentimental (Mirá esa pelada andando con semejante guevon), referente cariñoso (Yo a este guevon lo adoro, hic) o referente despectivo (Eh, pero vos si sos mucho guevon, no), entre otros. Tambien se utiliza como prefijo (Que guevon tan pendejo, tan bobo, tan cansón, tan de buenas, etc.) o como calificativo personal admirativo (No me crean tan guevon...).

La Política: Si hay una actividad altamente productiva de guevones es esta, principalmente en el lado de los que votan cada tres o cuatro años para que un político que los ha engañado y no les ha cumplido ni una, vuelva a ser elegido una y otra vez por miles y hasta millones de guevones, lo cual ha sido calificado por la guevonologia como el máximo grado de aberración. Por estos días, hay en el país un pobre guevon que se le midió a tratar de enderezar este despelote de país, pero una tanda de guevones políticos, que nunca habían hecho nada antes, se la pasan tratándolo de guevon, siendo que todos nos damos cuenta que mas guevones son ellos.
El deporte: Esta actividad, en especial el fútbol, ha creado una nueva especie de guevon, especialmente virulenta y sufrida, surgida de esos que andan detrás de un equipo que los ha cogido de guevones a ilusionarlos cada seis meses con el campeonato para salirles al final con puras guevonadas. Y cuando no ganan, salen a darse en la jeta con otros guevones mas aburridos que ellos. La selección colombiana, por ejemplo, en un equipo de doce guevones (incluyendo al técnico) que ha logrado masificar al extremo la producción de guevones que cada tres años se sientan al frente de un televisor dizque a verla clasificar al mundial o a ganarle a Brasil, para terminar inevitablemente después sintiéndose los guevones mas grandes del planeta.

La economia: Tambien esta ciencia ha hecho un aporte importante. El principal abanderado es el guevon Ministro de Hacienda, que nos ha cogido de guevones a todos a meternos el cuento de que todo va bien, así estemos en la inopia, o que la gasolina, aunque suba a diario, está más barata que en E.U. Mucho guevon tan mentiroso! El DANE tambien aporta datos muy serios de cuantos son los guevones de este país y como hacen para vivir con un salario mínimo, los muy guevones. Los bancos, por su parte, tienen la mas alta y creciente clientela de guevones que les creen el cuento de que endeudándose hasta las pestañas van a lograr realizar todos su sueños, mientras los guevones banqueros se llenan los bolsillos con la plata de todos estos guevones ilusos.

Los gringos: Estos, con el guevon del George Bush a la cabeza, han modernizado la guevonolgia a nivel nacional eeeee iiiiinternacional, pues no solo nos han cogido a nosotros sino a todo el mundo a embarcarnos en los cuentos mas guevones para justificar sus guerras y sus guevonadas. Se inventaron, por ejemplo, que el guevon del Sadam Huseein era un tirano peligroso y armado hasta los dientes, pero resultó ser el guevon mas guevon del mundo, razón por la cual los gringos quedaron como guevones ante todos los demás. Habrase visto tamaña guevonada!

La guerrilla: El guevon del Tirofijo y los demás son el producto más eximio de la guevonología nacional. Se fueron al monte hace mas de cuarenta años, los muy guevones, que dizque para tomarse el poder por las armas y ahora, llenos de narcoplata, nos tienen de guevones a todos los colombianos aterrorizándonos con su guevona guerra que no sirve para nada.

Los paras: Estos excelsos contribuyentes de la guevonología nacional nos creen bien guevones a todos, haciéndonos creer que son unos señores muy formales y sufridos, y que no tienen la culpa de la muerte y el desalojo violento de miles de guevones campesinos que se tragaron el cuento que el Estado los protege.

La tecnología: Nos han convencido que estos guevones blogs son buenísimos y leidisimos, por lo cual nos tienen de guevones escribiendo guevonadas que ningún otro guevon lee.

Que guevonada.

P.D. Fotográfica: Fuente Cali es Cali

1.7.05

LA MONJA DE BUGA

Hace algunos días un taxista, talvez compadecido por mi cara de aburrimiento, decidió amenizarme el viaje a la oficina contándome la historia macabra del espectro de una monja que por estos días, en la ciudad Buga, se encuentra dedicada a la dificilísima tarea de aterrorizar taxistas, tal vez el espécimen humano mas duro de espantar.

Me contó con tono de misterio que a un compañero suyo (siempre le sucede a alguien conocido, sino la historia no vale) unas noches atrás, a eso de las dos o tres de la madrugada, cuando se encontraba dormitando en su taxi al frente del terminal de transportes, le golpeó la ventanilla una monja, vestida con habito y todo, pidiéndole que le hiciera una carrera. Aunque extrañado de ver a tan curioso personaje a esa hora, emprendió el viaje, pero al llegar al destino pudo ver que su misteriosa pasajera había desparecido sin dejar rastro. En estado de shock, regreso al terminal a contar su curiosa historia, encontrándose con que casi a todos los taxistas que trabajan a esas horas en dicho lugar la misma monja espectral les había hecho, alguna vez, la misma visita.

Siempre me he preguntado quien es - porque alguien debe ser - el que se inventa inicialmente estas historias de espantos y fantasmas que pululan en nuestras ciudades y que ahora se denominan con el curioso nombre de “Leyendas Urbanas”. Pero, en realidad, este articulo podría titularse la monja de Tuluá, o de Popayán, o de cualquier otra ciudad, pues las leyendas urbanas son comunes en muchas ciudades del país, y creo que del mundo.

Aquí en Cali, por ejemplo, fue famoso hace unos años el relato de una aparición del mismo diablo en la pista de baile de una de las mas conocidas discotecas de Juanchito, en donde se le vio vestido de punta en blanco, seduciendo con su magistral forma de bailar a todas las mujeres del lugar, para después desaparecer ante los ojos de todos los concurrentes, dejando en el aire el inconfundible humo azufroso y una carcajada de espanto.

De todas maneras, el relato del taxista trajo a mi memoria la leyenda urbana que, en mis tiempos juveniles, contaba acerca de una mujer joven y enigmática que, según se dijo, estuvo apunto de enviar al manicomio a un amigo mío, a quien llamaré J.M., por si acaso, para evitar tutelas y otros peligros similares.

Cuenta la historia que un viernes cualquiera, a eso de las 9 o 10 de la noche, buscaba JM desesperadamente a alguien con quien enrumbarse, cuando vio desde su vehículo a una hermosa y joven mujer vestida de negro que, parada en una esquina, parecía algo perdida. Fuertemente atraído por la muchacha, se le acercó y con los requiebros de siempre, entabló una corta conversación que permitió que le aceptara una invitación a bailar. Se dirigieron a una de las discotecas de moda del norte de la ciudad, en donde se encontraron con muchos conocidos de JM, que juran hasta hoy que lo vieron acompañado de la hermosa mujer. Incluso, algunos de ellos, para mayor espanto, bailaron con la chica, aunque sin dejar de notar su inusual palidez y su escasez de palabras.

Avanzada la noche y con el calor de los tragos, JM, dando un paso audaz en su conquista, le propuso a la muchacha pasar la noche juntos, a lo cual convino la mujer con lo que era su principal rasgo personal: una sonrisa misteriosa, como de Mona Lisa, que le ahorraba palabras y enloquecía de deseo a su acompañante. Salieron juntos de la discoteca, como alguna vez lo atestiguó el portero del lugar, y se dirigieron a uno de los moteles cercanos, en donde hicieron el amor hasta el momento en que JM, vencido por los tragos y el entendible ajetreo, se quedó dormido.

La mujer lo despertó poco antes del amanecer, para decirle, con cierta angustia, que tenia que llevarla cuanto antes al mismo lugar en donde la había encontrado, y así lo hizo. Al apearse del vehículo la mujer desapareció con rapidez, en medio de las brumas del amanecer.

Avanzado el día, después de despertar en medio del lógico guayabo, JM advirtió dos cosas: Que no le había preguntado ni el nombre ni la forma de ubicar a la muchacha y que en el asiento trasero del vehículo se había quedado un saco negro que ella vestía. De inmediato, impulsado por la atracción irresistible que había despertado en él la mujer y con la excusa de devolverle el saco, se dirigió al mismo lugar en donde la había visto desaparecer unas horas antes.

Seguro de que vivía en la casa de la esquina en donde la había hallado, golpeó a la puerta. Una mujer ya anciana, con cierta similitud en sus rasgos con la acompañante de JM, lo atendió. Este le explicó la razón de su visita, pero la mujer negaba rotundamente que allí viviera otra persona diferente a ella. Sin embargo, su gestó cambió cuando JM le mostró la prenda de vestir y, con cara de asombro, se la arrebató de las manos, echándose súbitamente a llorar con sollozos incontrolables.

A estas alturas JM, desconcertado, esperó a que la mujer se calmara. Pero, lo que ella le dijo lo desconcertó aun más: Según la anciana, el saco pertenecía a su única hija de 19 años que había muerto precisamente hacia cinco años atrás, en esa misma fecha, victima de una súbita enfermedad. Intrigado al extremo, JM le pidió ver alguna fotografía de la muchacha, y la anciana regresó con una pequeña foto en donde se podía ver con toda claridad los mismos rasgos hermosos y la misma sonrisa misteriosa que habían conquistado a JM.

Se dice que el hombre salió horrorizado del lugar, y que debió someterse desde ese momento a un largo tratamiento psiquiátrico para recuperarse de la terrible impresión de haber salido, bailado y dormido con un fantasma.

Hace algunos años me encontré con JM, quien, como ya dije, es un amigo mío. Después de saludarlo, y sin poder evitarlo, le pregunté que si al fin era cierto lo de aquélla insólita historia. El me miró sereno y como única respuesta, me sonrió misteriosamente, como dicen sonreía la mujer de aquella noche.

24.6.05

LOS OFICINISTAS DE CALI

Para cualquier desprevenido visitante de esta ciudad podría ser algo tremendamente curioso saber cuantos trabajadores de oficina se encuentran en los barrios más pobres de Cali. Se sorprendería de ver cuantos jóvenes, incluso muchachos imberbes de 14 y 15 años, cuando se les pregunta a que se dedican, dicen con cierto orgullo que trabajan en “oficinas”, como cualquier yuppi, y que viven de ese trabajo. De esta forma, probablemente Cali debe tener por estas fechas más “oficinistas” por metro cuadrado que Wall Street o Londres

Seguramente, lo primero que este eventual observador echaría de menos sería la imagen de estos “oficinistas”, pues en lugar del clásico traje y la corbata, los vería vestidos informalmente a toda hora con bluyines, zapatillas y camisas deportivas. Después se enteraría que ellos nunca, pero nunca, van a la oficina en los horarios habituales. Es mas fácil verlos a esas horas parados en las esquinas de los barrios donde viven, jugando dominó, tomando cerveza o conversando en corrillos, exactamente en el mismo horario en que se esperaría estuvieran en sus oficinas.

Otro rasgo curioso de estos “oficinistas” es que casi ninguno supera el segundo o tercer grado del bachillerato, siendo los mas afortunados los que pueden hablar o escribir con mediana pulcritud y eficiencia. Por el contrario, en cada dos o tres frases, sale a relucir una jerga extremadamente dura, plagada de palabras desconocidas para el Larousse, pero cargadas de peligrosidad, amenaza o burla.

Pero, se preguntaría el observador, en donde quedan entonces esas curiosas oficinas. Miraría inicialmente la Torre de Cali o algunos de los edificios del centro de la ciudad, y se los imaginaría atestados de esos muchachos subiendo y bajando apresuradamente en sus ascensores o sentados en sus módulos de trabajo, acuciosos, frente a las pantallas luminosas de cientos de computadores. Pero descubriría en seguida que muchos de ellos, casi todos, nunca han ido a ninguno de estos edificios y, como mucho, solo se han subido al ascensor del Palacio de Justicia, aunque esposados y custodiados por guardianes del Inpec.

Si insistiera en la pregunta lograría, tal vez, que algún oficinista, aunque con clara muestra de desconfianza, le contara con máximo sigilo que una oficina puede funcionar en cualquier parte: En un salón de belleza, detrás de una tienda de barrio o en el despacho de un contador titulado, por ejemplo.

En realidad, una oficina puede funcionar en cualquier parte, porque lo realmente importante no es su ubicación sino la organización efectiva y eficaz de sus miembros. El termino oficina no es mas que un eufemismo, de los tantos que se inventa el hampa criolla, para denominar a una organización sicarial de carácter lineal, con una jerarquía bien definida, generalmente al mando de un destacado miembro del sicariato local o de una de las antiguas familias mafiosas, con fama de cruel y sanguinario, cuyo solo nombre inspira miedo, de forma tal que con solo nombrarlo se entienda por el interlocutor de turno el grave riesgo de oponérsele o desobedecer sus ordenes.

Lo secundan uno o dos lugartenientes, que son quienes al final manejan el aparato de terror, representado generalmente en grupos de matones, muchos de ellos jóvenes extraídos de los barrios populares, que se conocen entre sí, con lazos fuertes de amistad o complicidad anterior en pandillas, bandas o cosas similares, fuertemente armados y dispuestos a cualquier cosa a cambio de una participación en dinero por la “vuelta”.

La organización tambien incluye un buen porcentaje de participación de miembros de la policía local o de entidades de seguridad oficial, que brindan apoyo logístico en información, consecución de armas de alto poder, seguimiento de victimas y, últimamente, en la ejecución o asesinato de personajes que, por mantener un alto nivel de seguridad, como jefes de bandas, políticos, militares, etc., se requiere cierta sutileza y mimetismo de sus eventuales ejecutores.

Nuestro observador, aunque con ya poco animo, preguntará, entonces, a qué es exactamente a lo que se dedican estas oficinas. Algún oficinista le contestara que se trata de una oficina de cobro. Si usted tiene, por ejemplo, una deuda de esas impagables, generalmente de varios millones de pesos, que el deudor se niega a pagar, o se esconde o no tiene patrimonio visible para cancelarla, entonces puede acudir a una oficina, hablar con el jefe o con uno de sus mandos medios, y pactar que la oficina cobre por usted esa deuda, eso si, no por un porcentaje menor al 50% de la misma, incluyendo intereses. Aunque han existido no pocos casos en que la oficina, si quiere, se queda con todo, al fin y al cabo, quien se puede quejar.

Tambien es común que un grupo de “oficinistas” secuestre a una persona para obligarlo a entregar todos sus bienes, en lo que se llama un “amarre”. O que se secuestre a toda una familia por las deudas de alguno de sus miembros. Por eso, en cuestión de poco tiempo, toda un patrimonio familiar puede pasar a manos de una oficina de cobro. Usualmente, cuando se paga a satisfacción de la oficina, el deudor puede conservar la vida, pero son muchos los casos en que, para evitar venganzas posteriores, es asesinado en cuanto firma las escrituras y los documentos pertinentes. Por ello algunas notarias tambien tienen “oficinistas” dentro de sus clientes más asiduos.

Hace algunos meses un grupo de oficinistas fue descubierto por el Ejercito cuando se disponían a rellenar de piedras el cadáver degollado y abierto en canal de un abogado, a quien previamente le habían hecho firmar las escrituras de todos sus bienes y, después de matarlo, pretendían arrojarlo al un río cercano. Indudablemente, cada oficina se esmera en su labor.

Aunque inicialmente las oficinas se crearon como un apéndice armado de grupos de traficantes para cobrarse entre ellos las cuentas provenientes de los alijos de droga, o para cobrar los dineros perdidos en cargamentos incautados, o para recuperar bienes entregados a testaferros que no los querían reintegrar, etc., la verdad es que el asunto se puso tan de moda que ahora no es raro que ciudadanos comunes, de esos que van a la iglesia, pasean a sus nietos y posan de señores honorables, los contraten para recuperar deudas de forma mas expedita que por medio de la engorrosa y tediosa gestión judicial, o, simplemente, para vengar afrentas personales sin dar la cara.

Por eso, ahora existen oficinas y “oficinistas” en todas partes. En las discotecas de moda, en las canchas de fútbol, en la casa del vecino. No se exagera si se calcula que la mayor absorción de mano de obra joven y no calificada la hacen estas oficinas, debido a que sus miembros pueden, en cuestión de pocas horas o días, hacerse con sumas de dinero que sus padres no podrían conseguir trabajando en toda su vida. Vehículos lujosos manejados por personajes de dudosa profesión, casas deslumbrantes cuya propiedad surgió de la noche a la mañana, en fin, muchas de estas cosas son reflejo de la gran dedicación al trabajo de nuestros “oficinistas”.

La mayoría de los “oficinistas” no viven mas allá de los 23 o 25 años. Muchos mueren acribillados por otros “oficinistas” o a manos de sus propias oficinas, por haber dicho algo comprometedor en una noche de tragos, o por quedarse con parte del dinero del patrón, o por cualquier otra causa similar. No hay carta de despido, ni indemnización laboral. Son simples elementos de desecho que pueden reemplazarse con tanta facilidad que no vale la pena perdonarles cualquier desliz. En estos días, gracias a la guerra de varios jefes mafiosos entre sí, muchas de estas oficinas se hayan enzarzadas en un cruento exterminio mutuo, que puede llevar mas de dos mil asesinatos selectivos en menos de un año, aunque ya se cometen masacres de las que ha caído en cuenta hasta la policía.

Aunque muchas otras cositas podría averiguar sobre las oficinas y los “oficinistas”, es seguro que nuestro observador hace rato cogió el primer avión o bus que lo sacara de esta ciudad. Sin embargo, muchos mas somos los que seguimos padeciendo, porque nos toca y porque no podemos salir corriendo como él, convivir con nuestras familias en medio de todos estos “oficinistas”.

LA ESPERA

Sacudió sobre el anden húmedo los zapatos mojados, en un intento inútil por librarlos de las salpicaduras fangosas de la lluvia, aprovechando para mover las piernas entumecidas por el frío y la larga espera bajo el alero protector de la esquina.
Deseó, casi con dolor, el cigarrillo húmedo que momento antes había intentado inutilmente encender y que ahora flotaba, calle abajo, en la cresta del riachuelo amarillo que serpenteaba al borde del anden. En la calle, lentas ráfagas de viento helado agitaban la cortina de gotas gruesas de lluvia que desde hacía, cuantas horas?, llevaba cayendo, sin pausa, sobre la ciudad gris.
Miró su reloj con impaciencia, y esta se convirtió, lentamente, en desconcierto. Qué le pasaría? Nunca se había demorado tanto. Vio pasar un bus atestado, que dejó atrás una estela de agua lodosa que, perezosa, lo persiguió hasta desaparecer. En una de las ventanas de la casa del frente percibió la luz vacilante de una vela, que luchaba contra la prematura oscuridad. No hay energía, pensó. Y la impaciencia volvió a él como el reflujo de una pesada ola.
La esperaba desde hacia mas de dos hora (o, serían tres?). Intuía, por el calor creciente de su rostro, que la impaciencia inexorablemente se le convertía en una ira silenciosa, en una lava amarga que le resbalaba, ardiente, por su estomago.
Fue, entonces, cuando la vio, como una silueta imprecisa, recortada contra el fondo plomizo de las húmedas paredes. La mujer cruzó corriendo la calle, saltando sobre los charcos con agilidad de gacela, se detuvo sobre el anden y, girando la cabeza, lo buscó con la mirada. El asomo medio cuerpo y agitó una mano para que ella lo pudiera ver. Ella, con un trotecito menudo, se dirigió a su esquina, envuelta en el abrigo gris y ondeante, que le daba apariencia de fantasma.
El hombre suspiró y se resguardó nuevamente bajo el alero. Sentía que la rabia aun le atenazaba la garganta. La mujer llegó hasta él y lo miró con aprehensión bajo la cortina chorreante de su pelo escurrido, que se pegaba con tenacidad a la frente pequeña y le rodeaba, como un oscuro paréntesis, la cara pálida. Sus ojos, grandes y brillantes, chispearon con un gesto sumiso, casi reverencial, precediendo la sonrisa oblicua de sus labios temblorosos. “Perdona la demora, pero es que él se fue tarde, casi no puedo venir...” le musitó con voz ronca y tierna, y se apretó contra él, abrazándolo, con los latidos del corazón empujando, a través de la ropa mojada, las palabras apenas murmulladas, los suspiros, el largo beso, la caricia ansiosa, el deseo.
Él supo, entonces, que ella, una vez más, le derrotaba la amargura de su amor contrariado, y le reconoció su triunfo, entrelazando desesperadamente su aliento con el suyo. La lluvia arreciaba, ajena, sobre la ciudad indiferente y gris.


LA CASA VACIA

La casa yace, yace sin remedio, fantasma de sí misma, yace, yace, la casa pasa por sus vidrios rotos, penetra al comedor que está hec...