26.5.06
24.5.06
EL CANDIDATO FUGITIVO
Me decía en estos días alguien que para tener un debate con el Presidente Uribe primero había que alcanzarlo y después llevarlo enlazado. Puede ser, vistos los últimos sucesos electorales conocidos. Por eso, este corre que te alcanzo entre el candidato puntero y el pelotón (o pelotones) que lo persigue es quizás el único rasgo interesante, por divertido, de esta jarta, pero jartísima campaña política.
Pensaba que hasta en estos menesteres es sui generis el comportamiento del candidato presidente. Nunca pensé llegar a ver el día en que un político en pleno ajetreo electoral, tan ávido y tan necesitado de cuanta pantalla le den, se diese el lujo de declinar la invitación a aparecer en horario triple A un domingo en la noche. Pero lo ví.
¿Arrogancia? ¿Miedo al debate? ¿Actitud imperial? De todo se ha oído para calificar la conducta de Uribe, pero a mi simplemente me parece que, dadas las circunstancias en que se ha desenvuelto esta campaña silente y opaca, lo único que produce noticia y sacude el aburrimiento es lo que hace o dice el candidato presidente. De allí que de todo este mal llamado debate político, lo digno de destacar en los medios es lo que van a decir los demás candidatos de lo que hizo o no hizo, dijo o no dijo, el señor Álvaro Uribe. Y ellos se prestan para el juego. Además, de no ser por esto, francamente no se qué tendrían de interesante para decir.
Volviendo al debate-alocución del domingo me di a la tarea de oírlo y verlo todo, todito, todo. Con razón, pienso ahora, tanta opacidad y tanta languidez. Del candidato Gaviria solo puedo decir que mantiene un tonito de profesor universitario que seguramente producirá orgasmos intelectuales entre sus seguidores más fervientes, pero en el público del montón, ese que llena urnas y elige presidentes, no produce ni un escalofrío. Menos aun cuando salpica su discurso de latinajos, citas literarias inextricables, vocablos densos como “escolástico”, “deontológico” y demás que dejan a la mayoría de la gradería en mute. Partida de ignorantes que son. Por momentos pensé que nos estaba resumiendo unos de sus larguísimos y sesudos fallos de cuando fungía como magistrado. Seguramente por eso bostecé y mucho, lo confieso.
A Horacio Serpa, perdonen que insista, pero lo hago porque ustedes también insisten, ya lo conocemos bien. Me parece que su campaña hubiese ahorrado mucha plata si en vez de cranearse una nueva estrategia publicitaria (que no es del todo mala) hubiese desempolvado los afiches, los folletos y todo el cuento que ha echado durante sus candidaturas anteriores. Su eslogan hubiese podido ser unas grandes, unas enormes comillas, con lo que todos hubiésemos entendido que iba a insistir en lo mismo. Viéndolo ahí sentado, echándole pullas a su ex jefe en el gobierno del que fue embajador, no entiende el ciudadano de a pie su actitud actual. Tal vez sea, entonces, su posición de tránsfuga la que le estén cobrando en las encuestas.
En cuanto a Mockus, a pesar de que esta vez lo vi más cuerdo y mas claro, porque al menos pude entenderle la mitad de lo que dijo, me parece que su discurso simbólico, gestual y matizado de términos extraños se agotó hace mucho rato. Al menos se le agradece que no llevara puesto ese horrible sombrero piramidal que se inventó y cuyo mensaje jeroglífico parecía más publicidad anticipada del Código Da Vinci que otra cosa.
En cuanto al Presidente Uribe, muchachos, todo igualito. Nos hubiéramos podido ahorrar todo el suspenso y el coge coge del qué se hizo, por qué no vino y demás con que nos hubieran pasado en diferido uno de sus consejos comunitarios, cualquiera, y con eso todos hubiéramos quedado despachaditos. Pero no. Y por eso mismo tuvimos allí el lunes, en horario triple A, un nueva dosis reloaded de Uribe candidato que, se me antoja, ni quita ni pone a estas alturas del partido.
Por todo esto creo saber por qué es que Uribe no va a los debates con los otros candidatos: Por qué le da pena, que pena con Uds., muchachos, quedarse irremediable y profundamente dormido en medio del soporífero evento. Igualito como me pasó a mí.
Pensaba que hasta en estos menesteres es sui generis el comportamiento del candidato presidente. Nunca pensé llegar a ver el día en que un político en pleno ajetreo electoral, tan ávido y tan necesitado de cuanta pantalla le den, se diese el lujo de declinar la invitación a aparecer en horario triple A un domingo en la noche. Pero lo ví.
¿Arrogancia? ¿Miedo al debate? ¿Actitud imperial? De todo se ha oído para calificar la conducta de Uribe, pero a mi simplemente me parece que, dadas las circunstancias en que se ha desenvuelto esta campaña silente y opaca, lo único que produce noticia y sacude el aburrimiento es lo que hace o dice el candidato presidente. De allí que de todo este mal llamado debate político, lo digno de destacar en los medios es lo que van a decir los demás candidatos de lo que hizo o no hizo, dijo o no dijo, el señor Álvaro Uribe. Y ellos se prestan para el juego. Además, de no ser por esto, francamente no se qué tendrían de interesante para decir.
Volviendo al debate-alocución del domingo me di a la tarea de oírlo y verlo todo, todito, todo. Con razón, pienso ahora, tanta opacidad y tanta languidez. Del candidato Gaviria solo puedo decir que mantiene un tonito de profesor universitario que seguramente producirá orgasmos intelectuales entre sus seguidores más fervientes, pero en el público del montón, ese que llena urnas y elige presidentes, no produce ni un escalofrío. Menos aun cuando salpica su discurso de latinajos, citas literarias inextricables, vocablos densos como “escolástico”, “deontológico” y demás que dejan a la mayoría de la gradería en mute. Partida de ignorantes que son. Por momentos pensé que nos estaba resumiendo unos de sus larguísimos y sesudos fallos de cuando fungía como magistrado. Seguramente por eso bostecé y mucho, lo confieso.
A Horacio Serpa, perdonen que insista, pero lo hago porque ustedes también insisten, ya lo conocemos bien. Me parece que su campaña hubiese ahorrado mucha plata si en vez de cranearse una nueva estrategia publicitaria (que no es del todo mala) hubiese desempolvado los afiches, los folletos y todo el cuento que ha echado durante sus candidaturas anteriores. Su eslogan hubiese podido ser unas grandes, unas enormes comillas, con lo que todos hubiésemos entendido que iba a insistir en lo mismo. Viéndolo ahí sentado, echándole pullas a su ex jefe en el gobierno del que fue embajador, no entiende el ciudadano de a pie su actitud actual. Tal vez sea, entonces, su posición de tránsfuga la que le estén cobrando en las encuestas.
En cuanto a Mockus, a pesar de que esta vez lo vi más cuerdo y mas claro, porque al menos pude entenderle la mitad de lo que dijo, me parece que su discurso simbólico, gestual y matizado de términos extraños se agotó hace mucho rato. Al menos se le agradece que no llevara puesto ese horrible sombrero piramidal que se inventó y cuyo mensaje jeroglífico parecía más publicidad anticipada del Código Da Vinci que otra cosa.
En cuanto al Presidente Uribe, muchachos, todo igualito. Nos hubiéramos podido ahorrar todo el suspenso y el coge coge del qué se hizo, por qué no vino y demás con que nos hubieran pasado en diferido uno de sus consejos comunitarios, cualquiera, y con eso todos hubiéramos quedado despachaditos. Pero no. Y por eso mismo tuvimos allí el lunes, en horario triple A, un nueva dosis reloaded de Uribe candidato que, se me antoja, ni quita ni pone a estas alturas del partido.
Por todo esto creo saber por qué es que Uribe no va a los debates con los otros candidatos: Por qué le da pena, que pena con Uds., muchachos, quedarse irremediable y profundamente dormido en medio del soporífero evento. Igualito como me pasó a mí.
17.5.06
LA ESPERANZA DEL JOGO BONITO
Para todos los aficionados un Mundial de Fútbol – así, en general- representa varias cosas simultáneas: emoción, alegría, pasión, reconciliación con el buen fútbol, etc. Es una cita a ciegas cuatrienal que, o bien te deja satisfecho o te desilusiona brutalmente, pero que nadie quiere perderse. Bueno, a excepción de mi mujer.
Y este Mundial de Alemania 2.006 no es la excepción. Aunque para algunos la motivación por el certamen es básicamente dinero, money, bussines, para otros, la mayoría, ajena a esos entretelones propios de directivos, empresarios de jugadores o vendedores de camisetas, la cita es para sentarse en las graderías de un estadio (los mas afortunados) o en un cómodo sillón de la sala para ver el espectáculo mas arrobador del mundo: Mas de una treintena de partidos de fútbol, en un cortísimo mes , jugados de poder a poder entre equipos nacionales y jugadores que, sobre el papel, son los mejores del planeta en este momento.
Por eso me parece que un Mundial se define también, y sobre todo, como una esperanza. La esperanza de ver el mejor partido de la historia. La esperanza de ver jugadas irrepetiblemente geniales. La esperanza de ver a la estrella de la década convertirse en leyenda. La esperanza de ver, en resumen, el mejor Mundial jugado hasta el momento. La esperanza puede abarcar todo esto o, en el peor de los escenarios, conformarse con la realización de una sola de estas expectativas. En todo caso, nunca dejará de ser esperanza.
En los diversos mundiales que me ha tocado ver a través de la televisión he podido sufrir la metamorfosis de la esperanza mutada en satisfacción o, como cuando estuvo la Selección Colombia involucrada, en física desolación. Desde el de México 70 (se escribía así, con “x”), que vi muy niño, hasta el de Japón 2002, que vi por fugaces destellos a raíz de la espantosa hora en que se transmitía, siempre he sentido que todo Mundial deja algo memorable, indeleble en la memoria, sempiterno en la retina, que justifica la espera de cuatro años y la consecuente esperanza.
De México 70 recuerdo, amen de figura de Pelé, el legendario 10 brasilero, a un señor calvo, casi un anciano para mi perspectiva infantil, que frenaba el cuerpo y el balón a voluntad, cambiaba de ritmo en un parpadeo, gambeteaba a cualquiera en cualquier lugar de la cancha y, además, disparaba unos pases al vacío como nunca se había visto. Se llamaba Gerson. De Alemania 74 aun tengo el recuerdo
de un bloque naranja que subía y bajaba, arrollándolo todo a su paso, de la mano de su habilidoso capitán, un tal Johan Cruyff, que solo pudo ser frenado por el fútbol recio de los alemanes, a la postre campeones.
Del malísimo Mundial de Argentina 78 aun mantengo viva la bronca por los argentinos que, amangualados con los peruanos, eliminaron a Brasil mediante una infamante goleada (6-0) gracias en buena parte a que el “Chupete” Quiroga, arquero argentino nacionalizado en Perú, se le tiraba al balón con toda la intención de dejarlo pasar, mientras el siniestro general Videla aplaudía rabiosamente en la tribuna. Rescato del equipo campeón, de todas formas, al corajudo “Matador”
Kempes, que solo fue una estrella efímera de ese mundial y una figura del montón cuando le tocó jugar en Europa.
En España 82 sufrí el intenso enamoramiento del fútbol de Sócrates, Zico y Bebeto,
que jugaban un lírico y delirante balompié, tan perfecto como el del Brasil del 70, pero al que le tocó afrontar el entonces novedoso fútbol zonal, caracterizado por la asfixia de la marca individual que los italianos
practicaban encarnizadamente, lo que al final les sirvió para eliminar al Brasil de mis amores y coronarse campeones. Odié a los italianos, especialmente a Paolo Rossi, por mucho tiempo.
El Mundial de Méjico 86 solo fue Maradona y nada más. Eso es indudable o sino, hagan el esfuerzo de tratar de recordar a otro jugador distinto u otras jugadas diferentes a las del crack argentino. Sencillamente, no existió nada más.
A partir del Mundial de Alemania 90 toda la expectativa giró en torno a la Selección Colombia, así que lamentablemente toda evocación se circunscribe a las emociones desbocadas en el empate ante Alemania con el golazo de Rincón y el pase previo y magistral del Pibe Valderrama, hasta el insufrible gol que Milla le marcó a Higuita por debajo de la horqueta para eliminarnos tristemente.
En el Mundial de Estados Unidos 94, ese mismo que, según Pelé, íbamos a ganar
gracias al espejismo de la goleada a los argentinos 5-0 en la misma Buenos Aires, solo recuerdo la amargura y la rabia por el juego mediocre de una selección aburguesada e inflada como crispeta, que se derrumbó desde el primer partido. Además, claro, resuenan en la memoria los disparos con que mataron a Andrés Escobar en Medellín cuando el mundial aun se jugaba. Creo memorar que el campeón fue Brasil, de la mano del recientemente difunto Tele Santana, pero recuerdo más haber sentido vergüenza por mucho, mucho tiempo.
Del Mundial de Francia 98, aparte de la ya consabida eliminación de la Selección Colombia en la primera ronda, fue emocionante ver a una Francia de un fútbol inusitadamente habilidoso y contundente ganarle la final a Brasil jugando al mas puro estilo brasileño. Zidane, la figura francesa, fue un gigante. Memorable también fue la desinflada de Ronaldo, que decepcionó a todos a pesar de venir precedido de una connotación de figura internacional que, al final, todo el mundo entendió mas como un manejo mediático.
Aunque, según lo dijimos, al Mundial de Corea 2002 no le paramos muchas bolas (verraca la levantada a las 4 a.m. a verse un partido de fútbol con la mujer al lado dando codazos y refunfuñando por el madrugón; así quién canta un gol) se sabe que fue el desquite de Ronaldo y la mostrada incipiente de Ronaldinho, que llevaron a Brasil a ser campeón aunque con un fútbol pacato y deslucido, muy al estilo de Scolari. En general, para mí este fue un mundial regular, tirando a malo.
Ahora, en el Mundial de Alemania 2.006 todo vuelve a empezar. Y la esperanza también reverdece, sobre todo por el tremendo momento que vive Ronaldinho y la pléyade de figuras brasileñas que nos encaminan en la ilusión de ver al “jogo bonito” en todo su esplendor coronarse otra vez campeón.
De eso se trata la esperanza. Bueno, aunque mi mujer definitivamente no esté de acuerdo.
Y este Mundial de Alemania 2.006 no es la excepción. Aunque para algunos la motivación por el certamen es básicamente dinero, money, bussines, para otros, la mayoría, ajena a esos entretelones propios de directivos, empresarios de jugadores o vendedores de camisetas, la cita es para sentarse en las graderías de un estadio (los mas afortunados) o en un cómodo sillón de la sala para ver el espectáculo mas arrobador del mundo: Mas de una treintena de partidos de fútbol, en un cortísimo mes , jugados de poder a poder entre equipos nacionales y jugadores que, sobre el papel, son los mejores del planeta en este momento.
Por eso me parece que un Mundial se define también, y sobre todo, como una esperanza. La esperanza de ver el mejor partido de la historia. La esperanza de ver jugadas irrepetiblemente geniales. La esperanza de ver a la estrella de la década convertirse en leyenda. La esperanza de ver, en resumen, el mejor Mundial jugado hasta el momento. La esperanza puede abarcar todo esto o, en el peor de los escenarios, conformarse con la realización de una sola de estas expectativas. En todo caso, nunca dejará de ser esperanza.
En los diversos mundiales que me ha tocado ver a través de la televisión he podido sufrir la metamorfosis de la esperanza mutada en satisfacción o, como cuando estuvo la Selección Colombia involucrada, en física desolación. Desde el de México 70 (se escribía así, con “x”), que vi muy niño, hasta el de Japón 2002, que vi por fugaces destellos a raíz de la espantosa hora en que se transmitía, siempre he sentido que todo Mundial deja algo memorable, indeleble en la memoria, sempiterno en la retina, que justifica la espera de cuatro años y la consecuente esperanza.
De México 70 recuerdo, amen de figura de Pelé, el legendario 10 brasilero, a un señor calvo, casi un anciano para mi perspectiva infantil, que frenaba el cuerpo y el balón a voluntad, cambiaba de ritmo en un parpadeo, gambeteaba a cualquiera en cualquier lugar de la cancha y, además, disparaba unos pases al vacío como nunca se había visto. Se llamaba Gerson. De Alemania 74 aun tengo el recuerdo
de un bloque naranja que subía y bajaba, arrollándolo todo a su paso, de la mano de su habilidoso capitán, un tal Johan Cruyff, que solo pudo ser frenado por el fútbol recio de los alemanes, a la postre campeones.Del malísimo Mundial de Argentina 78 aun mantengo viva la bronca por los argentinos que, amangualados con los peruanos, eliminaron a Brasil mediante una infamante goleada (6-0) gracias en buena parte a que el “Chupete” Quiroga, arquero argentino nacionalizado en Perú, se le tiraba al balón con toda la intención de dejarlo pasar, mientras el siniestro general Videla aplaudía rabiosamente en la tribuna. Rescato del equipo campeón, de todas formas, al corajudo “Matador”
Kempes, que solo fue una estrella efímera de ese mundial y una figura del montón cuando le tocó jugar en Europa. En España 82 sufrí el intenso enamoramiento del fútbol de Sócrates, Zico y Bebeto,
que jugaban un lírico y delirante balompié, tan perfecto como el del Brasil del 70, pero al que le tocó afrontar el entonces novedoso fútbol zonal, caracterizado por la asfixia de la marca individual que los italianos
practicaban encarnizadamente, lo que al final les sirvió para eliminar al Brasil de mis amores y coronarse campeones. Odié a los italianos, especialmente a Paolo Rossi, por mucho tiempo.
El Mundial de Méjico 86 solo fue Maradona y nada más. Eso es indudable o sino, hagan el esfuerzo de tratar de recordar a otro jugador distinto u otras jugadas diferentes a las del crack argentino. Sencillamente, no existió nada más.A partir del Mundial de Alemania 90 toda la expectativa giró en torno a la Selección Colombia, así que lamentablemente toda evocación se circunscribe a las emociones desbocadas en el empate ante Alemania con el golazo de Rincón y el pase previo y magistral del Pibe Valderrama, hasta el insufrible gol que Milla le marcó a Higuita por debajo de la horqueta para eliminarnos tristemente.
En el Mundial de Estados Unidos 94, ese mismo que, según Pelé, íbamos a ganar
gracias al espejismo de la goleada a los argentinos 5-0 en la misma Buenos Aires, solo recuerdo la amargura y la rabia por el juego mediocre de una selección aburguesada e inflada como crispeta, que se derrumbó desde el primer partido. Además, claro, resuenan en la memoria los disparos con que mataron a Andrés Escobar en Medellín cuando el mundial aun se jugaba. Creo memorar que el campeón fue Brasil, de la mano del recientemente difunto Tele Santana, pero recuerdo más haber sentido vergüenza por mucho, mucho tiempo.
Del Mundial de Francia 98, aparte de la ya consabida eliminación de la Selección Colombia en la primera ronda, fue emocionante ver a una Francia de un fútbol inusitadamente habilidoso y contundente ganarle la final a Brasil jugando al mas puro estilo brasileño. Zidane, la figura francesa, fue un gigante. Memorable también fue la desinflada de Ronaldo, que decepcionó a todos a pesar de venir precedido de una connotación de figura internacional que, al final, todo el mundo entendió mas como un manejo mediático.Aunque, según lo dijimos, al Mundial de Corea 2002 no le paramos muchas bolas (verraca la levantada a las 4 a.m. a verse un partido de fútbol con la mujer al lado dando codazos y refunfuñando por el madrugón; así quién canta un gol) se sabe que fue el desquite de Ronaldo y la mostrada incipiente de Ronaldinho, que llevaron a Brasil a ser campeón aunque con un fútbol pacato y deslucido, muy al estilo de Scolari. En general, para mí este fue un mundial regular, tirando a malo.

Ahora, en el Mundial de Alemania 2.006 todo vuelve a empezar. Y la esperanza también reverdece, sobre todo por el tremendo momento que vive Ronaldinho y la pléyade de figuras brasileñas que nos encaminan en la ilusión de ver al “jogo bonito” en todo su esplendor coronarse otra vez campeón.
De eso se trata la esperanza. Bueno, aunque mi mujer definitivamente no esté de acuerdo.
16.5.06
PAPÁ URIBE II

En el periódico EL TIEMPO del domingo pasado hallé un largo análisis respecto de ese fenómeno político –porque es básicamente eso- que representa la gran popularidad del Presidente Álvaro Uribe quien, pese a toda el agua sucia que le ha llovido a su gobierno en las ultimas semanas, sigue campeando en las encuestas como si nada, mientras sus rivales políticos se desdibujan o se desgastan cada vez más.
Consideraciones políticas aparte, me llamó la atención la conclusión que reiteradamente se planteaba allí, a modo de explicación, sobre el susodicho fenómeno. En uno de sus apartes decía:
Y mas adelante, en otro articulo firmado por Víctor Reyes Morris, se manifestaba:
Traigo a colación estos conceptos porque en este blog, hace ya varios meses, publicamos un post planteando exactamente dicha tesis. Allí decíamos que casi todo lo que ocurre políticamente en torno a Uribe tiene un trasfondo visceral, hondamente subjetivo, derivado de esa orfandad que a diversos niveles y de diversas formas sentimos los colombianos. Por eso, por estar dentro de la orbita de los sentimientos más que de cualquier otra cosa, el fenómeno se hace inasible para la crítica o el análisis político puro.
Así que, después de ríos de tinta para tratar de darle al asunto una explicación plausible, todo parece reducido al hecho de que Álvaro Uribe es el gran papá de todos, incluso de aquellos que desde la orilla contraria le gritan, lo insultan y le tiran pedradas ideológicas de todo cuño, como díscolos adolescentes rebelados contra la autoridad paterna.
Por tanto, tocará seguir diciendo por cuatro años más, como ya lo dijimos antes: ¡Colombia, Uribe es tu papá!
Consideraciones políticas aparte, me llamó la atención la conclusión que reiteradamente se planteaba allí, a modo de explicación, sobre el susodicho fenómeno. En uno de sus apartes decía:
“Si los historiadores escriben contarán (…) que muchos justificaban la popularidad del mandatario solo por el enamoramiento colectivo en que los colombianos cayeron al verlo todos los días en la televisión con su voz recia, mirada firme, don de mando y humildad hecha de diminutivos, como si hubieran hallado al padre que nunca tuvieron.”
Y mas adelante, en otro articulo firmado por Víctor Reyes Morris, se manifestaba:
“Pero el efecto nos es simplemente un efecto de coyuntura. Creo, hay algo más. Y es que el Presidente Uribe no solo acertó en interpretar la coyuntura sino que ha permanecido en el acierto, no exento de errores “hasta ahora todos perdonados”. Ha fungido como “padre de la nación”, de protector de los ciudadanos con su aire de patriarca de la Montaña, que no solo atiende a lo fundamental (la seguridad) sino la cotidianidad (consejos comunitarios).”
Traigo a colación estos conceptos porque en este blog, hace ya varios meses, publicamos un post planteando exactamente dicha tesis. Allí decíamos que casi todo lo que ocurre políticamente en torno a Uribe tiene un trasfondo visceral, hondamente subjetivo, derivado de esa orfandad que a diversos niveles y de diversas formas sentimos los colombianos. Por eso, por estar dentro de la orbita de los sentimientos más que de cualquier otra cosa, el fenómeno se hace inasible para la crítica o el análisis político puro.
Así que, después de ríos de tinta para tratar de darle al asunto una explicación plausible, todo parece reducido al hecho de que Álvaro Uribe es el gran papá de todos, incluso de aquellos que desde la orilla contraria le gritan, lo insultan y le tiran pedradas ideológicas de todo cuño, como díscolos adolescentes rebelados contra la autoridad paterna.
Por tanto, tocará seguir diciendo por cuatro años más, como ya lo dijimos antes: ¡Colombia, Uribe es tu papá!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
LA CASA VACIA
La casa yace, yace sin remedio, fantasma de sí misma, yace, yace, la casa pasa por sus vidrios rotos, penetra al comedor que está hec...
-
No sé ustedes, pero yo vengo viendo y leyendo desde hace algún tiempo diversos artículos y comentarios -nacidos en el mismo seno de los gran...
-
... sino que para m ico vamos” dice un conocido refrán de estas tierras. Y me viene como anillo al dedo para iniciar estas líneas sobre un ...