27.4.06

LA ULTIMA DE POLO


"En lo que sí ha contribuido mi gobierno es en cerrar la brecha entre ricos y pobres..."


Palabras promunciadas por el Alcalde Apolinar Salcedo el 20 de abril de 2.006, en la rendicion de cuentas de su segundo año de gobierno.


¿Será esta, Señor Alcalde, la brecha que su gobierno ayudó a cerrar?:


22.4.06

EL PUESTO DE ARRIBA

Esa mañana de viernes era especialmente fría. Desde la madrugada nubes arratonadas se apeñuscaban sobre las montañas neblinosas, creando el presagio de una lluvia inminente. Don Bernardo salió de su casa abrigado con una chompa negra, con su infaltable sombrero de paño verde calado hasta las orejas y precedido por el vaho vaporoso que el frío le arrancaba a su aliento. Cruzó en la primera esquina y llegó presuroso a la plaza principal, casi desierta. En un costado dio vuelta y se encontró de frente con el chofer de la chiva que, enruanado y recostado contra el vehiculo, sorbía un tinto caliente. "Pensé que ya no venía" le dijo. "Estuvo verraca la levantada, trabajé hasta tarde", le contestó con displicencia. Arreglaron el precio del viaje y quedaron en que el carro pasaba en quince minutos por él y la mercancía.

El hombrecito, con paso presuroso, volvió al local y arregló los seis ataúdes, finamente bruñidos y alineados prolijamente contra la pared del estrecho cuarto que le servia de bodega. El olor a madera y a pegante lo invadía todo. A los quince minutos exactos oyó el ruido del vehiculo frenando frente al local y el pito ronco que anunciaba su arribo.

Entre los dos sacaron los ataúdes, cuatro de adulto y dos de niño, y los acomodaron en la parte trasera del vehiculo. Los de niño y tres de los de adultos se dejaron apiñar, pero el sexto, pintado de un negro reluciente y con manijas doradas, se negó a caber. Fatigados y sudorosos, pactaron después de varios intentos infructuosos que el cajón viajara en la parte de arriba, aunque con la condición, exigida por don Bernardo, de que lo cubrieran con una lona roja que el chofer llevaba doblada debajo de su asiento. Acomodado y asegurado el féretro a satisfacción del ebanista, este se aprestó para el viaje sentándose en el asiento delantero de la chiva.

El vehiculo recorrió lentamente las calles del pueblo recogiendo, aquí y allá, varios pasajeros que se fueron distribuyendo en las duras bancas. Algunos miraron con aprehensión los atudes apilados al fondo, se echaron cruces y procuraron sentarse lo más lejos posible. En la parte superior, el chofer empezaba a apilar bultos, canastos, racimos de plátano, jaulas con gallinas cacareantes y gallos cantadores y cuanta cosa le pasaban los viajantes. Don Bernardo se revolvía en su asiento, preocupado por el estado de su mejor y mas valiosa pieza, de la que temía terminara desportillada por cuenta de las cosas que el chofer acomodaba sin mayor cuidado a su alrededor.

Casi media hora después la chiva se encaminaba a la salida del pueblo. Al cruzar por la ultima esquina y acometer la subida, corta y enhiesta, que enfilaba hacia la carretera a Popayán un súbito estrépito de cosas quebrándose y aves que cacareaban con desespero sorprendió a los ocupantes del rodante. El chofer frenó en seco y todos a una miraron hacia atrás. En el pavimento yacían los pedazos de madera destrozados de una caja de tomates cuyo contenido rodaba incontenible por todas partes, además de tres gallinas que, agitando frenéticamente las alas, intentaban escapar calle abajo.

"Se soltó la hijuemadre caja de los tomates", exclamó el chofer mientras corría al lado de varios pasajeros que, batiendo los brazos, pretendían atajar el escape de las aves. Otra media hora duró recoger el estropicio, pero fue suficiente el incidente para decidir a don Bernardo: Viajaría arriba para vigilar el ataúd. No podía darse el lujo de perder o dejar dañar la pieza y con el bruto del chofer, pensó, eso era seguramente lo que pasaría. Así se lo dijo y el hombre se limitó a encoger los hombros.

Don Bernardo subió por la escalerilla trasera del vehiculo y buscó un sitio al lado de la lona roja, haciendo un hueco entre varios bultos de naranja que le sirvieron de respaldar. Extendió la ruana blanca de cuadros negros con la que siempre viajaba y se cobijó con ella. La chiva ronroneaba suavemente y se mecía con regularidad por la serpenteante carretera.

Algunos minutos después, sin mayor aviso, se soltó el temido chubasco. Gotas gruesas se precipitaron broncamente desde el cielo gris, empapando en un santiamén el techo del vehiculo y todo que lo viajaba en él, incluyendo a don Bernardo. Desesperado por evitar la mojada, el hombrecito trató de cubrirse con la ruana y después con la lona, pero el agua lo acosaba por todas partes.

Fue entonces cuando tuvo la repentina idea de guarecerse dentro del ataúd. Como pudo, zafó las cuerdas que entrababan la tapa, lo abrió con cuidado, se acomodó rápidamente en el interior tibio y acolchado y lo cerró suavemente, teniendo la precaución de dejar un pedazo de la ruana afuera para que el cajón no se cerrara y lo dejara respirar. Pasado un tiempo, el golpeteo rítmico de la lluvia en la madera arrulló al ebanista, que pronto se abandonó a un sueño profundo por cuenta del cansancio y la trasnochada.

Mientras tanto, el vehiculo continuó su largo recorrido. Un poco mas tarde la lluvia amainó y el chofer, como era costumbre, empezó a recoger pasajeros a lo largo de la carretera que rápidamente coparon la capacidad de la chiva. Por tanto, los últimos fueron enviados al "puesto de arriba", al techo del vehiculo, en donde era usual viajar a falta de mejor acomodo.

Sentados y distribuidos a lo largo y ancho del techo del rodante, los pasajeros pronto advirtieron, con desazón, la presencia del negro ataud que, despojado por el viento de la protección de la lona roja, brillaba extrañamente a la luz del día mientras se mecía suavemente al impuso del vehiculo. El desconcierto fue en aumento al percatarse del extremo de la ruana blanca con cuadros negros que asomaba por la tapa y que el viento agitaba como un pañuelo de saludo. "Mierda, lo van a enterrar con ruana y todo" comentó uno de ellos, mientras los demás buscaban un lugar lo mas alejado del cajón, persignándose con temor. Desde ese momento no le quitaron el ojo de encima al ataúd.

Durante hora y media el viaje continuó sin novedad. Entretanto, don Bernardo, aun bajo los efluvios del reparador sueño, despertó por causa de algún ruido externo. Duró desorientado algunos segundos, pero recordó finalmente donde se hallaba y la razón por la cual había decidido meterse al ataúd. Por eso, sigilosamente, para evitar la posibilidad de mojarse con el aguacero que recordaba y, de paso, emparamar el interior del cajón, levantó un poco la tapa y sacó por la rendija lentamente la mano para cerciorarse si había escampado.

El grito colectivo de los pasajeros del techo del vehiculo fue instantáneo y al unísono. Todos, con ojos desmesurados, vieron paralizados por el terror lo que creían la súbita resurrección del supuesto difunto que viajaba con ellos. Y cuando don Bernardo abrió del todo la tapa del ataúd, mas asustado que ellos por el griterío, la reacción de pánico fue mayor y, sin esperar nada mas, se arrojaron todos desde el vehiculo en marcha.

Al final de esta historia digamos que, de los infortunados pasajeros del puesto de arriba, cinco fallecieron desnucados o reventadas sus cabezas contra el duro piso. Por eso, para don Bernardo, involuntario causante de tal desgracia, el insuceso le generó una inesperada y pequeña bonanza: Logró vender apresuradamente, aunque a menor precio, cinco de los ataudes que llevaba a Popayán porque los muertos, siniestra coincidencia, fueron exactamente tres adultos y dos ni?os.

El sexto ataúd, por agüero, ese mismo día lo devolvió al taller y la noche siguiente, en una fogata que hizo en el patio de su casa, lo quemó hasta el último pedacito para ahuyentar la posibilidad, al menos inmediata, de convertirse en su ocupante permanente.

18.4.06

MEADAS Y REFLEXIONES

Al parecer, algunas cosas se vuelven primero costumbre y después, inevitablemente, ley. Una de estas cosas es la de cobrar en algunos sitios públicos por el uso del baño. ¿Qué norma, ley o reglamento autoriza que a los usuarios de un Terminal de transporte, por ejemplo, se le cobre por ejercer una función fisiológica liquida o sólida? Lo ignoro, pero que cobran, cobran.

En principio, uno pensaría que no tiene ninguna justificación esta costumbre hecha ley entre nosotros. En una época en la que la violación de cualquier derecho de las personas genera prácticamente histeria colectiva, llama la atención que nadie se queje de que a uno le cobren por mear. Pienso, ¿qué hacer en los casos en que la persona en urgencias no tiene disponible la tarifa urinaria? ¿Acaso el Estado no debe garantizarle o subsidiarle a uno, mínimo, ese derecho de vaciar la vejiga o el intestino gratis en un sitio publico? Ahí dejo ese predicamento para que algún serio constitucionalista lo conteste. O, por qué no, para que algún político en trance de cazar votos lo vuelva su bandera.

Siguiendo con el tema, admitido ya el inevitable cobro, tenemos otras profundas inquietudes. La primera sería, ¿cuál es la razón por la cual se cobra en terminales de transporte y plazas de mercado, por ejemplo, y no en centros comerciales o aeropuertos? Es claro que los primeros son frecuentados generalmente por personas de estrato 3 hacia abajo, mientras que los segundos lo son por estratos superiores, con capacidad económica suficiente hasta para pagar la meada en dólares o euros, tarjeta crédito o debito o cheques posfechados. Entonces, ¿por qué la inequidad de cobrarle a los pobres y no a los ricos? ¿por qué exprimirle más el bolsillo a los que casi nada tienen mediante esta especie de chantaje escatológico, mientras que los más pudientes pueden hacer de todo en el baño sin que les cueste un peso? ¿Por qué, a ver, por qué?

Otra inquietud sería la diferencia tarifaria. Si Uds. se toman el trabajo de comparar cuanto cuesta una meada o una cagada en el Terminal de Armenia con lo que cuesta en la plaza de mercado de Santa Elena de Cali, encontraran una enorme diferencia. En la primera vale el doble que en la segunda, por razones, insisto, desconocidas. ¿Está más alto el costo de vida en Armenia que en Cali? Según el ultimo reporte de la DIAN, no. ¿Entonces? Pero, claro, vaya a uno a saber donde mean los señores de la DIAN.

Incluso, según nuestra unidad investigativa, aquí mismo en Cali se dan esas diferencias en el cobro por el uso del baño. En el Terminal de transporte, por ejemplo, se cobra un promedio de $600 con derecho a medio metro de papel higiénico. En cambio, en la galería de El Porvenir la descarga fisiológica no pasa de $300, aunque el papel higiénico es de carácter ecológico (si es que encuentra una hoja de tamal a la mano, claro).

Esta sustancial diferencia no tiene explicación a la vista. En ambos tipos de baños encuentra uno charquitos de sospechoso color por todas partes, un aroma sine qua non sutilmente esparcido y hasta robustos pasajeros solidificados empeñados en navegar en círculos eternos, una y otra vez, en las tormentosas aguas de los sanitarios. Si
el baño es de hombres, el asunto es antológico. Pero se me ocurre que tal vez la causa consiste en que los baños de una galería o plaza de mercado son sitios en los que tiene Ud. un valor agregado: Disfrutar de la más autóctona e inédita literatura popular que se conozca, escrita en puertas y paredes. Allí se pueden leer desde enjundiosos y patrióticos saludos a la madre del Presidente de turno hasta los más delicados y tiernos versos dedicados a la mujer o al amigo desconocido. Igualmente, el arte pictórico de carácter erótico es inigualable. Tengo entendido que muchas de las letras de nuestra música de carrilera se inspiraron en algunos de estos baños.

Otra inquietud es: ¿Qué destino se le da a los ingentes recursos que aportan los colombianos con sus meadas y demás descargas corporales? Lo pregunto por que los sitios en donde entrar al baño tiene tarifa generalmente son de propiedad del Estado o están bajo su administración. Por tanto, es conveniente recordar que mear o cagar allí se convierte en una fuente tributaria primaria, por lo que el aportante tiene derecho a saber que destinación final tiene todo ese esfuerzo. Sin embargo, no conozco el primer informe al respecto en el cual se diga, por ejemplo, algo así como “los recursos fiscales obtenidos de las cagadas depositadas el año fiscal pasado en las terminales de transporte del país se destinaron a financiar el pago de los funcionarios del DAS”. Aunque sospecho, dado lo que se oye o se ve últimamente, que para eso se utilizan. De todas formas, hay que exigir tal información así haya que recurrir a vías de hecho, como la retención urinaria o el estreñimiento inducido.

Y es que los recursos así obtenidos no son de poca monta. Recuerdo que hace varios años me correspondió asistir como defensor de oficio de una mujer acusada de hurto continuado. Mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí que la señora de marras era portera de baño en el Terminal de Cali y que la suma hurtada ascendía a más de nueve millones de pesos. Dividida esa suma por la tarifa de $200 que se cobraba en ese entonces era inevitable imaginar cuantos actos fisiológicos, mayores y menores, habían sido objeto del afrentoso peculado. Como quien dice, por acá hasta una cagada se roban.

En fin, el tema da para largo, como largo ha sido el rato de reflexión que aquí, sentado en este bullicioso baño, me he permito compartir con Uds. Si alguien sabe las respuestas a tantas inquietudes, por favor deje un comentario y, de paso, me alcanza un rollo de papel higiénico que el que me dieron a la entrada no alcanzó para tanta profundidad intelectual.

(Los que quedaron inquietos por el tema en esta rarisima pero estupenda pagina encontraran todo tipo de orinales, para que se inspiren).

LA CASA VACIA

La casa yace, yace sin remedio, fantasma de sí misma, yace, yace, la casa pasa por sus vidrios rotos, penetra al comedor que está hec...