16.1.06

EL FANTASMA DE HECTOR LAVOE

"Las tumbas son pa´los muertos y de muerto no tengo na´..."
Las Tumbas, ISMAEL RIVERA

Me gusta hablar con Guille. Bueno, me gustaba, porque perdí inexplicablemente esa manía de visitar a los amigos los viernes en la tarde para charlar insustancialidades mientras tomábamos cerveza, indolentes, ajenos a la frenética ciudad. Con Guille es especial, no sé, talvez por su risa amplia y destemplada, por sus historias truculentas pero interesantes o, simplemente, porque sabe de salsa brava como nadie. Sin embargo, ese viernes noté que su charla era distinta, parca, melancólica, como arrastrando las frases, y que ni siquiera las dos cervezas frías, que parecían derretirse sobre la mesa de vidrio opaco, le alegraban las palabras. Tomaba de su cerveza con gesto distraído y con sorbos largos. A su espalda, el sol de las tres de la tarde tornaba incandescente el marco de la puerta de vidrio oscuro y le daba a la desierta discoteca un tono claroscuro que la cubría por todos sus rincones, como una cobija de gasa gris. Para ganarle al incomodo silencio le pregunté que qué tenía de nuevo. La pregunta tuvo el efecto deseado, porque al instante su negra cara cambio de gesto y le brillaron los ojos ratoniles con entusiasmo. Oiga, mijo, le cuento, me llegó una joya de Lavoe. Y se paró al instante, perdiéndose a mi espalda. Tomé de mi cerveza con lentitud, dándole tiempo, mientras oía ruidos cortos desde la cabina de sonido. Volvió con su sonrisota de siempre y, sentándose, me tendió la carátula de cartón de un disco de 33 r.p.m. La escasa luz no permitía ver mucho, pero se destacaba sobre el fondo blanco la fotografía colorida de varios músicos sonrientes que sostenían un cartel rojo entre las manos con un título en letras amarillas y grandes que no me molesté en tratar de leer. Miércoles, le dije, lo conseguiste. Su sonrisa se amplió al instante y se volvió risa. Su satisfacción era evidente. Claro, hermano, imaginate, una grabación de 1.962, sabés cuanto tenía Lavoe en ese tiempo, como 17 años, fue antes de Pacheco… Me contó que se lo había comprado al viejo Corquidi, el coleccionista, pero el h.p. me pidió un platal, todavía le debo, se lamentó a su manera, sonriendo. Te pongo algo, pa´ que lo oigás? No esperó mi repuesta, se levantó y unos minutos después los potentes parlantes crujieron bajo la aguja del tocadiscos y soltaron, con el siseo lijoso característico de las grabaciones viejas, una pachanga dura, de piano metálico y percusión altisonante, sabrosa, en la que la voz alta y nasal de Lavoe, inconfundible, se perdía en medio del trueno de los timbales y la vibración profunda de las trompetas. Cuando acabó el tema, tres minutos exactos después, el silencio se asentó sobre el vacío local como una alfombra recién sacudida. Guille también volvió a su puesto y escurrió la cerveza con fruición. Yo hice lo mismo, mientras esperaba, ansioso, sus próximas palabras. Entonces me contó lo inesperado. Que allí, en esa desvencijada discoteca de Juanchito, que en su mejores épocas, allá por los 80, se llamaba Juan Pachanga, estuvo el mismo Lavoe, en persona, mijo, te imaginás, tocando en unos Carnavales. Mientras me dejaba con mil preguntas en la boca, se paró y trajo dos cervezas más, que empezaron a escurrirse en hilos fríos sobre la mesa. Sí, mijo, lo contrató Larry Landa, el dueño original de esta vaina, pa´ que tocara por tres días, y lo tuvo aquí, viviendo un poco de tiempo, vos sabías? Que va, que iba yo a saber, pensé, pero no dije nada. Si, Lavoe vino en su mejor época, sabés, cuando ya se había abierto de Willie Colon y cantaba con su banda propia. Y mientras hablaba, Guille miraba para todo lado, se paraba, se sentaba, parecía un extraño maestro de ceremonia anunciando el número principal. Esto era la locura, mijo, no cabía una aguja, era cuando los Carnavales de Juanchito eran famosos, mas famosos que la Feria de Cali, pa´ que sepás. Parado en la mitad de la pista solitaria y oscura, señalaba con cierta reverencia la tarima imaginaria donde cantaba Lavoe y después me mostraba, señalando con su largo dedo, el pasillo a mi espalda, por donde se filtraba la claridad lechosa de la tarde. Y el man se quedó, sabes, después de los días en que tocó aquí, despidió a la orquesta y se encerró en el apartamento que Larry tenia aquí mismo, allá en el fondo donde yo duermo, todos los días con una vieja distinta, porque le llovían, mijo, mientras el viejo Larry le aventaba perica y trago… Hizo una pausa larga para beber de su cerveza y después me obligó a pararme y a caminar detrás de él hacia el fondo del local, mientras hablaba incansablemente. Nuestros pasos se los tragaba un tapete oscuro que parecía infinito. Guille abrió una puerta a la izquierda y prendió un solitario bombillo de luz amarillenta, que escasamente iluminó el baño inmenso y desvencijado, con un tocador de mármol desportillado por todas partes, un espejo grande y manchado y el mismo tapete rojizo que nos precedió desde la entrada. A pesar de sus precarias condiciones, indudablemente el lugar parecía haber sido testigo de tiempos mejores. Esto era una belleza, mijo, era la discoteca mas lujosa y mas grande de por estos lados, incluyendo a Cali, ahora es un cagadero… Y su risa se oyó por todo el lugar, a su estilo. Oiga, el caso es que Lavoe se quedó aquí como dos semanas, pero ya el viejo Larry estaba loco con el man, no sabia que hacer con él, porque el hombre no mostraba señas de quererse ir, así que decidió llevárselo pa´ su casa, su casota, mejor dicho, porque tenia una casa que pa´ que le cuento, y Héctor Lavoe se fue pa` lla y se dedicó a vivir a sus anchas, andando en los carros de Larry, derrochando en grande, rumbeando todas las noches, bebiendo con hembras, en fin, imagináte vos la vaina… Sentados nuevamente Guille bebía y hablaba, y miraba, sobre todo miraba mucho detrás mío como si de verdad esperara que alguien entrara de un momento a otro. O a lo mejor, pensé, eran cosas mías. Pero, sabés, el asunto no terminó bien, con Lavoe que bien iba a terminar, porque resulta que Larry estaba casado con una hembrota, una de las mujeres mas lindas de su tiempo, una reina, pues, pa´ que me entendás, y Lavoe era un mujeriego, un man al que las mujeres lo perseguían por su fama y su carreta, me imagino, y esta vieja, la mujer de Larry, hermano, cayó, porque el muy guevón del marido se iba a sus negocios y a sus cosas, y los dejaba solos, te imaginás, a Lavoe y a la mujer solos, mucho guevón, no… Y Guille se paró y fue por dos cervezas más. Vi con preocupación que las botellas comenzaban a arrumarse en la mesa, aunque más me preocupaba que el negro no terminara la historia, así que empecé a despachar rápidamente mi nueva cerveza. Oí, querés oír más musiquita? No, bueno, si querés mas cerveza me avisás, ve, entonces te acabo de contar, el caso es que Larry llegó cierto día de sorpresa a la casa y, claro, encuentra a Lavoe y a su mujer encamados, en pelota, vos sabes, y como el man no era una pera en dulce pues los agarró a ambos a golpes, a la vieja la sacó en cueros pa la calle y a Lavoe lo sacó a patadas y lo amenazó con un revolver que si lo volvía a ver lo mataba, fue un escándalo el verraco, pero esto le dio muy duro a Larry, desde allí empezó a decaer en sus negocios, vendió esta discoteca y, según dicen, se enredó con traquetos que le propusieron subirles merca y bajarles plata de Nueva York, a donde el man iba a cada rato a contratar artistas y comprar su música, hasta que lo pillaron con perica en las maletas y lo condenaron como a 20 años de cárcel, mijo, como te parece… Aunque las sombras del lugar parecían acentuarse mientras avanzaba la tarde, los ojos de Guille brillaban como ventanas al sol. A través de la puerta nos llegaban, apagados, la risa de un niño y la voz de una mujer que, al parecer, lo llamaba a gritos. Pero sabés que es lo mas extraño, que esos dos manes se murieron el mismo día, sabés, porque Lavoe, unos años después del asunto con Larry, se tiró del cuarto piso de un hotel de Puerto Rico, no se murió pero quedó prácticamente invalido, andaba con muletas y después en silla de ruedas, incluso quedó mal de las cuerdas vocales, cuando volvió a Cali el man era una piltrafa, oíste, la carrera del man se acabó, se fue a pique, el caso, mijo, es que Larry apareció un día muerto a batazos en su celda y ese mismo día también se supo que a Lavoe le dio un infarto en su casa, postrado en la cama ya sin poder moverse… Guille guardó un silencio inesperado, que me sorprendió, e inclinando la cabeza hacia adelante, como en una reverencia, me volvió a señalar un punto a mi espalda y me habló con voz bajita. Se que vas a pensar que es mierda mía, pero lo que te quería contar es que algunas noches me ha tocado levantarme tarde a cerrar esa verraca puerta, la del pasillo que da al apartamento donde se quedaba Héctor Lavoe, y lo he visto, mijo, vestido de blanco, parado en esta misma pista, como si fuera a empezar a cantar, esos han sido unos sustos los verracos, me crees? Y me miró con fijeza, serio, esperando de verdad que le respondiera, pero guardé silencio, luchando contra el impulso de contestarle de cualquier manera. Algo en el tono de su voz me decía que hablaba en serio. Preferí acabar de un solo sorbo mi resto de cerveza, le dije que muy buena la charla y las cervezas, pero que tenia que irme. Me paré y lo dejé allí sentado, en silencio, otra vez con su cabeza en reverencia, mirando hacia el pasillo. No me contestó la despedida, ni se movió cuando abrí la puerta ni cuando la luz de la tarde entró a borbotones en la oscura discoteca. Cerré la puerta con suavidad y me marché. Arriba, el cielo era presidido por un sol que, aún radiante, parecía desdeñar a los fantasmas. Aunque fuera el fantasma del mismo Héctor Lavoe, pensé.

5.1.06

OLOR A CALI

"Si huele a caña, tabaco y brea, usted esta en Cali, ay, mire, vea..." dice la estrofa inicial de la cancion clasica de la Orquesta Guayacán. Pero, infortudadamente, Cali viene oliendo ultimamente a cualquier cosa, menos a bueno. Por ello, el olfato de los caleños viene arriscándose cada vez más por diversas causas, todas ellas deplorables.

El olor que empezó a sentirse hace algunos meses, a olla podrida, corrió por cuenta de la rapiña que venia haciéndose con los recursos públicos en la Secretaria de Educación, en Emsirva, en el Dagma, por nombrar solo las ollas más olorosas de esta administración. Pero, no bien pasaron tales efluvios, cuando se levantaron otros, aun más palpables, que ahora tienen casi asfixiada a Cali. O sino, que diga quien no ha visto por estos días las basuras que en interminables montañas se apilan por todos los rincones de la ciudad, calcinándose al sol, pudriéndose bajo la impertérrita mirada de todos. Si hasta el mismo Álvaro Uribe tuvo que reconocer hace poco, en plena reunión publica con el alcalde Polo, que Cali era un basural, mientras este último arrugaba el gesto, seguramente molesto, más por causa del justificado regaño que del mal olor de las basuras.

Pero de poco sirvió el regaño. Primero, porque Polo se ha distinguido desde siempre por ser el campeón de las excusas, así que adujo que el problema era de Emsirva y que como Emsriva estaba intervenida, pues… Como si el grave problema de corrupción y desgreño de esta empresa, encargada de la recolección de basuras en Cali, fuese algo gestado en las últimas tres o cuatro semanas que lleva de intervención. Y segundo, básicamente, porque el problema siguió igual e, incluso, empeoró.

Así se puede ver en estas fotografías publicadas por la prensa local, que sigue recogiendo la enorme protesta pública que solo la municipalidad, en su ya conocido autismo, parece no oír. Incluso el tabloide Q´hubo, como puede verse también, titula con descarnado epíteto que Cali es una ciudad que apesta. ¡Y como apesta! Quienes viven en el sector nororiental de la ciudad saben bien de eso, porque en ciertas horas del día se levantan olores tan nauseabundos que, como el parroquiano de la portada, solo se puede apelar al pañuelo para evitar el sopor fétido. Olores que, por desgracia, los vientos llevan con velocidad y contundencia a muchos otros barrios, generando esa fetidez que todos empezamos a padecer sin que nadie nos pueda explicar con claridad la causa real.

Porque una cosa son las basuras, que contaminan todo, pero otra es esa fetidez que se abate sobre la ciudad. Explicaciones, claro, no han faltado, mas aun en este gobierno que, como decíamos, se las sabe todas para escurrir el bulto de los reclamos ciudadanos. Que, además de los basurales crónicos, son las exudaciones de las lagunas de oxidación de Yumbo (ciudad esta que también sufre los suyo por este mismo tema), que los lodos sobrantes de la Ptar (que es una planta de tratamiento de residuos sólidos de las fuentes de agua de la ciudad), que las marraneras de Villamosca, que las industrias de curtiembres, etc. Al final, solo quedan tan vagas explicaciones que más valdría no haber preguntado y resignarse a seguir con el pañuelo en las narices.

Volviendo al asunto de las basuras, se anunció por el gobierno municipal una intensa campaña de recolección de las ídem. Y aunque ya van varios días de la dichosa campaña los basurales nada que merman, incluso parecen incrementarse y aflorar por todas partes. Entonces, se pregunta uno, ¿qué es realmente lo que sucede con esta ciudad y con sus habitantes? Porque, aparte de la cantaleta sobre la ineficiencia del gobierno de Polo, la causa de este detrimento del mas elemental rasgo de civilidad, como es el de no arrojar basuras a la vía pública o a las zonas verdes, parece provenir directamente de una generación de caleños que no sienten esta ciudad como algo propio.

De hecho, la inmensa mayoría de los habitantes que se aglutinan en el llamado Distrito de Aguablanca y en otras zonas deprimidas de la ciudad son el fruto migratorio de la violencia rural y la intensa miseria que azota desde hace décadas zonas circunvecinas, como el Cauca y la costa Pacifica. Son campesinos y gente rustica que llegaron a Cali arrastrando sus desgracias y una buena camada de hijos, huyendo de su durísima realidad, esperando un mejor modo de vida para los suyos. Y lo que encontraron fue una ciudad endurecida, que siempre los rechazó, los ignoró o los discriminó como vecinos indeseables. Por tanto, los relegó a ser ciudadanos de segunda, sin oportunidades de empleo, sin educación, sin espacio para sus hijos. La segunda generación de estos nuevos habitantes ha crecido en medio de esa discriminación y, además, bajo el influjo de la violencia y de la cultura mafiosa que los ha convertido en peligrosos aprendices y en carne de cañón para sus guerras y actividades ilícitas.

¿De donde, entonces, exigirles a estos caleños compromisos cívicos con una ciudad que nunca los ha tratados como a propios? ¿Quien se ha preocupado, además, por enseñarles civismo, por inculcarles normas básicas de cultura ciudadana, si ni siquiera nos acordamos de ellos más allá de la época del festín electoral? Que hipócrita posición la de esta sociedad actual que, indignada por la invasión de las basuras, señala con largo dedo como responsables a los mas pobres, a quienes solo mira de reojo y sobre el hombro, con desconfianza, pero jamás como conciudadanos.

Además, sospecho, no solo son ellos los que contribuyen a esta incultura ciudadana. En realidad, son muchos mas los que, por cuenta de una ciudad que se tornó azarosa, ingobernable y, a veces, invivible por tantos y tan variados problemas que se le vinieron encima, perdieron eso que se llama “caleñidad”. Es una sensación de desaliento general, de fatalismo, que nos ha empantanado el espíritu y que medra fatal e irreversiblemente el amor por el terruño. De allí a dársele a uno lo mismo guardar la basura para entregarla al carro recolector (que a veces nunca pasa) a simplemente botarla en un separador o en una zona verde, hay un minúsculo paso.

Como colofón, encontramos este volante en medio de cierto basural del centro de la ciudad. Allí, una conocida política de la ciudad, que en un principio apoyó a Polo en su campaña a la Alcaldía, ahora invita a revocarle el mandato. Se me ocurren dos lecturas: Una, que de la basura puede salir el empujón final para esta lamentable administración, aunque no lo creo. Y dos, que el inconfundible tufillo político que tiene la citada invitación no hace más que acentuar el de la basura que ahora agobia a Cali.

Mientras tanto, seguiremos usando dos pañuelos, uno para la nariz, por el nefasto olor, y el otro, para nuestra llorosa alma caleña que cada vez parece hundirse más y más en la desesperanza.

27.12.05

FERIA DE INFAMIAS

Había decidido, después del saludo de año nuevo, darme un descanso y, de paso, dárselos a ustedes. Pero la indignación me pica los dedos y me obliga a sentarme a teclear estas líneas. Indignación, digo, por las cosas que nos está tocando ver en esta mal llamada Feria que, en mi sentir, ni es feria ni es nada. Lo cual no debería extrañarnos si nos atenemos a los funestos antecedentes de indolencia y desgreño de quienes, por desgracia, tenemos hoy al frente de esta maltratada ciudad.

Por causa del obligado ocio del pasado 25 de diciembre decidimos con mi mujer asistir virtualmente a la Cabalgata, a través de la transmisión que hizo Telepacifico ese día. Y no sabíamos si morirnos de la risa o sentarnos a llorar por las escenas que allí se vieron, mismas escenas que, por cuenta de la transmisión en directo vía satélite, seguramente algunas personas en Colombia y en el mundo también pudieron ver. Que vergüenza y que pena con ellas! Mientras los presentadores soltaban sin pudor cuanta estupidez se les venia a la cabeza, al igual que sus embriagados entrevistados, lo que mostraba la pantalla era un pandemonium, un caos, un desorden total, en donde lo que menos se veían eran caballos y jinetes, que serian los protagonistas lógicos de toda cabalgata.

Borrachos de a pie y a caballo por todos los lados, personas que arrojaban todo tipo de cosas a jinetes y a espectadores, un mar de espuma blanca que cubría a casi todo el mundo, mujeres despechugadas al extremo que ameritarían una cabalgata, pero de tetas de silicona, personas invadiendo la calle totalmente, vendedores ambulantes, caballos enloquecidos por el cansancio y el bullicio… Y, según los cretinos comentarios de los citados presentadores, todo eso era la expresión de “…la mas autentica alegría del pueblo caleño”. Que pena y que vergüenza! Como profeta del desastre le dije a mi mujer: Si eso es lo que muestran en la televisión, como será lo demás; lo mínimo que hay es muertos. Y dicho y hecho.

Al otro día, después de esa barbarie citada como cabalgata, se registró en la prensa el timorato titulo de “Cabalgata: Caos y Alegría”. Supongo que el titular fue mas una nota diplomática que otra cosa, porque el artículo contaba más o menos lo mismo que se había visto en la transmisión televisiva. “Esto es una zona de guerra” afirmaba un entrevistado. Por otro lado, los noticieros radiales empezaban a comentar que uno de los jinetes habría sido asesinado a bala en plena cabalgata y que por los menos siete caballos habrían aparecido muertos, algunos a cuchilladas, mientras mas de quince se habrían extraviado por cuenta de la enlagunada alcohólica de sus montadores.

Lo que era rumores o noticias sueltas, hoy aparece confirmado: EL PAÍS publica esta fotografía de un ejemplar muerto en plena calle. Los vecinos del sector en donde apareció cuentan que su embriagado jinete lo mató a cuchillo porque al parece el pobre animal no quería caminar mas. Esto habría sucedido a las 2 a.m. en el norte de la ciudad, sector en donde transcurrió la cabalgata. Por otra parte una funcionaria de Paz Animal, una ONG que lucha en la ciudad contra el maltrato de animales, denunciaba que ocho caballos habrían muerto durante la cabalgata y que 29 se habrían extraviado cuando sus jinetes, borrachos, los habrían abandonado porque se negaban a seguir cabalgando. También se cuenta de cierto ejemplar que se habría quebrado una se sus patas en una alcantarilla destapada, al que su jinete habría obligado a caminar mas de tres cuadras en tan lamentable estado, simplemente porque no se dio cuenta del accidente. No podría uno imaginarse más infamias, a nombre de tan falsa alegría colectiva, contra tan nobles e indefensos animales. ¡Que pena y que vergüenza!

La cereza del funesto cóctel la encontramos en el asesinato a bala, en plena cabalgata, de un palmireño que vino desde España a participar del jolgorio. En cierta parte del recorrido, el hombre, enceguecido por el bombardeo inmisericorde de espuma química, trató de apartar a los acosadores son su zurriago, ante lo cual uno de los tantos pistolocos que deambulan en esta ciudad le propinó certero disparo que, dada la imposibilidad de trasladarlo rápidamente a un hospital por el caos vehicular ocasionado por la misma cabalgata, resultó mortal. Del asunto ni la Policía ni ninguna autoridad se percató, por lo que el asesino escapó entre la multitud sin mayor dificultad. Ahora, una familia llora tan estúpida muerte mientras el regocijo y la alegría de Cali continúa. ¡Que pena y que vergüenza!

¿Y la autoridad? El gris personajillo que funge como director de la Feria, tan reconocido en la ciudad por sus escasas luces y su desmedido servilismo, salió a negar el desmadre de la cabalgata con el pueril argumento de nada de lo que se cuenta pasó, que solo se perdieron unos cuantos caballos y nada más. En realidad, nada mas podría esperarse de él, no fuera a ser que algún comentario adicional o salido del libreto pudiera tirársele la juerga a su jefe, el alcalde Polo, a quien se le notaban los tragos de mas en la ceremonia de inauguración de la Feria que, para mayor desgracia, Telepacifico volvió a transmitir ¡en directo y con los mismos presentadores de la cabalgata! El Secretario de Gobierno, Miguel Yusti, tan dado a contar muertos y a reclamarlos, si son poquitos, como éxito de su buena gestión, esta vez solo salió a los medios a disertar sobre otro tema sobre el cual es profunda su ignorancia: el trapío de los toros, los tiempos de lidia, los protocolos y demás vitales asuntos de su labor como presidente de las corridas de toros. De lo demás, ni mú.

Ahora, cuando ya los relinchos adoloridos de los equinos se empiezan a apagar, suenan clarines y timbales al sur de la ciudad, en la Plaza de Toros, en donde, para que la alegría del pueblo caleño suba de tono, empieza la matanza lenta, selectiva y sangrienta de los toros de lidia. Es que, claro, como se dice por estos días, Feria sin toros no es feria. Así que, olvidémonos de los muertos y los heridos, de las desgracias administrativas, de la corrupción, de la violencia, del basurero, porque estamos en Feria y la barbarie debe continuar.

¡Que pena y que vergüenza! Qué mas puede uno decir…

15.12.05

SALSA Y NOSTALGIA

Por estos días se ha dado cierta discusión, aunque de baja intensidad, debo admitirlo, sobre un tema recurrente en Cali: Cuál es mejor, si la llamada “salsa vieja” o clásica, o la “nueva salsa” (si es que esto ultimo existe)? En realidad tal debate es viejo, pero ahora reverdece por cierta protesta de algunos salseros que rechazan la contratación para la Feria de Cali de veteranos artistas de la salsa como Johnny Pacheco, el Gran Combo y la Sonora Ponceña, entre otros, por considerarlos obsoletos y de repertorio desactualizado.

Sin embargo, esta controversia merece ser analizada desde un contexto claro: Cali dejó de ser, desde hace varios años y por muchas razones, la Capital de la Salsa, como se la bautizó hace unas décadas atrás gracias al predominio absoluto de este genero musical que, mas que eso, pasó a ser una especie de estilo de vida, de rasgo cultural y de sello de identificación de esta ciudad. Bajo el embate de una salsa anodina, primero, y por la invasión de géneros musicales extraños a la idiosincrasia caleña, como el merengue dominicano, el vallenato llorón (rancherato, que llaman) y, finalmente, el detestable reggeaton, lo que menos se escucha en Cali, hoy por hoy, es la salsa. Y la que por ahí se oye, o es una deformación alambicada, o es una repetición inmutable de algunos temas viejos que, aunque populares, no son necesariamente los mejores del genero salsero.

Entonces, cabe preguntarse si, desde esta lamentable perspectiva, es valido afirmar que en Cali estamos cansados de oír a los mismos con las mismas. Para resolver la cuestión, bien podríamos echar una ojeada breve al pasado de la salsa y entender como llegó a nuestros lares este vibrante ritmo musical que por años nos ha llenado el corazón de gozo inigualable. Inicialmente, debe aclararse que para muchos estudiosos del tema la salsa no es un ritmo o un genero musical definido, sino el producto de una amalgama de muchos ritmos y géneros, algunos antiguos como la guaracha, la pachanga y el son montuno, formada a partir del acoplamiento de esta música afrocubana con tendencias musicales mas modernas como el jazz, el blue, el twist y el mismo rock.

Igualmente se considera que la génesis de la salsa se dio en el corazón mismo de Nueva York, en el Bronx, en Brooklyn, en el Harlem hispano, lugares en donde se asentaron las primeras oleadas migratorias latinas, especialmente cubanos y puertorriqueños, llegados a la Gran Manzana a finales de los años 50 y comienzos de los 60. Fue allí, bajo el influjo de la nostalgia, que se empezaron a formar los sextetos y las charangas que, comenzando los 70, terminaron fundiéndose en las grandes agrupaciones salseras bajo la batuta de personajes como Johny Pacheco, Ray Barreto, Tito Puente, etc.

Sin embargo, la incipiente sonoridad era una música relegada al más puro corazón de la barriada, a las esquinas azarosamente pobladas de inmigrantes, a los apartamentos abigarrados en los ghetos puertorriqueños, a los puertos, a las fábricas. Y al final, nadie logra saber como se fusionó esto con aquello, resultando un ritmo pegajoso, sonoro y, sobre todo, conectado en sus acordes y letras con la necesidad de esa creciente comunidad desarraigada de apegarse a algo propio, a sus raíces, a algo similar a los ritmos autóctonos de las tierras dejadas atrás. Por ello, solo cuando Pacheco y Masucci, esa extraña pero efectiva sociedad de un dominicano y un judío italiano, de un músico y un abogado de divorcios, decidieron organizar una empresa discográfica en torno a toda esa camada de extraordinarios músicos que brotaban por doquier, fue que surgió el término “salsa”.

Y vinieron cosas extraordinarias: Primero, el concierto inicial en el vetusto local de Ralph Mercado el 26 de agosto de 1.971, que, abarrotado de gente delirante, marcó el inicio oficial de un ritmo que, aunque ya se escuchaba y bailaba en las calles de los barrios latinos, ahora salía a luz bajo la conjunción de extraordinarios y versátiles músicos y cantantes. En ese ya lejano día estuvieron en el escenario Richie Ray, Bobby Cruz, Willie Colón, Héctor Lavoe, Ray Barretto, Larry Harlow, Bobby Valentín, lsmael Miranda, Barry Rogers, Larry Spencer, Johnny Pacheco, Yomo Toro, Roberto Roena, Héctor "Bomberito" Zarzuela, Orestes Vilató, Adalberto Santiago, Santitos Colón, Pete "El Conde" Rodríguez, Roberto Rodríguez y Reinaldo Jorge, según nos cuenta el profesor Miguel Antonio Rodríguez. Después vino el concierto en el Yankee Stadium, para el que se anunció a la Típica 73, Mongo Santamaría, el Gran Combo de Puerto Rico y la Fania All Star. Cuando el presentador anunció a esta ultima la gente, en estampida, invadió el campo, por lo que el concierto se tuvo que suspender. Sin embargo, tanto la película como el disco, titulados Fania Live At The Yankee Stadium se vendieron como pan caliente, pese a que en realidad la Fania que allí aparece fue grabada en el concierto que se dio días después en el Coliseo Roberto Clemente de Puerto Rico. Estafa piadosa, lo llama el profesor Rodríguez. Y vinieron mas películas y mas discos, y la salsa se regó desde la misma N.Y. por todos el continente y, después, por el mundo entero.

Y precisamente, en medio de su auge, fue que la salsa llegó a Cali. Según cuenta el mismo Bobby Cruz, fue el empresario Eduardo Lozano quien, a cambio de Tito Puente, se arriesgó en 1.968 a traer a la Feria de Cali a dos estrellas en ascenso: Richie Ray y Bobby, que le habían dado un nuevo aire al viejo bogaloo y que andaban cocinando un ritmo nuevo: el jalajala. Fue la locura. También una enorme sorpresa oír ese vertiginoso ritmo en una ciudad aun provinciana que se contentaba con bailar en sus clubes sociales la música de Los Hispanos o Los Graduados, cuya música Andrés Caicedo llamaba con desprecio “el sonido paisa”. Y la masa de bailadores no fueron a los clubes, ni siquiera a los grilles. Se apretujaron en la caseta más grande, La María, a gozarse en vivo ese electrizante sonido, y allí, sencillamente, enloquecieron. A partir de este momento, la puerta quedó abierta para todas las estrellas salseras que venían a tocar con toda su fuerza y su bravura, con temas originales, recién salidos al mercado y con la misma calidad de sus grabaciones.

La salsa llego a Cali burlando la aduana de las casas disqueras locales, esquivando los filtros de los estudios de grabación, porque llegó en vivo y con los mejores. Al contrario de lo que pasa ahora, la gente primero escuchaba en directo la orquesta y después se recreaba con la música de las emisoras de salsa, que se ufanaban de traer su repertorio en "pasta americana" original desde la misma Nueva York, insigne fabrica salsera. Los conciertos o las presentaciones en caseta eran apoteósicos. Recuerdo con especial nostalgia a la Sonora Ponceña de la mitad de los 80 (recuerdan: "... de que callada manera se me acerca Ud. sonriendo...") y a Henry Fiol en su año de “Donde estará la melodía” y “Oriente”. Extraordinarios…

Pero, en honor a la verdad, el decaimiento de la salsa no es solamente un asunto en Cali, sino de carácter general. El desmantelamiento de la Fania, hacia finales de los años 80, la desbandada de los músicos en producciones independientes y, sobre todo, la intensa comercialización de las disqueras, apagó definitivamente el gusto por toda esa rutilante generación de músicos y cantantes y sus temas bravos. Aunque el fenómeno de Rubén Blades y su “salsa social” ("Siembra", con Willy Colón) logro revivir por algún tiempo la originalidad del genero, la decadencia definitiva llegó del brazo de la llamada “salsa rosa”, que empezaron a promover vocalistas de entraña salsera como Loui Ramírez y Ray de la Paz, la que después le dio paso a la “porno salsa” o “salsa catre”, representada por Eddie Santiago, Frankie Ruiz, Jerry Rivera, Rey Ruiz y otros por allí, que a base de publicidad desmedida, pinta de niñatos y letras almibaradas, cursis o de burda sensualidad, transformaron la salsa original en un esperpento que todavía nos atribula.

El surgimiento de orquestas autóctonas y de calidad, como Niche y Guayacán, y el auge temporal del “sonido cubano” de los Van Van, los Den Den, Isaac Delgado y otros, auspiciado por Gary Domínguez en su inolvidable “Taberna Latina”, logró retrasar la desaparición definitiva del gusto salsero en Cali. Pero la salsa de verdad desapareció de las emisoras y de la preferencia popular, bajo el arrollador influjo de las disqueras, mas interesadas en promover una salsa industrial, de sonido robotizado, sin matices, sin soneo, sin sabor para el bailador. Por ello, producciones brillantes como las de la Orquesta Mulenze, por ejemplo, son prácticamente desconocidas en la ciudad, relegadas a las salas de los coleccionistas o a la penumbra nostálgica de una que otra salsoteca que todavía subsiste en las barriadas.

Por todo esto, terciando en el debate que mencionábamos, diríamos que no tendría nada de malo que la anunciada visita de Johnny Pacheco, Richie Ray, Bobby Cruz, Rafael Ithier y otros “caballos” de la salsa, a pesar de su innegable ancianidad, de la opacidad de su voz, de su conocidísimo repertorio y de que seguramente no tocan ya con ellos muchos de sus músicos originales, nos vengan a dar un respiro, aunque sea pequeño, en medio de tanta mediocridad y tanta orfandad salsera.

Que, aunque fugaz, nos traigan con ellos el recuerdo del sonido de antes, para que, en alas de la nostalgia, se nos permita vivir el piadoso engaño de una Cali bailadora y salsera.

LA CASA VACIA

La casa yace, yace sin remedio, fantasma de sí misma, yace, yace, la casa pasa por sus vidrios rotos, penetra al comedor que está hec...