11/27/2011
Contagio
Hasta allí, además de la destacada nomina actoral, todo muy normal. Sin embargo, es notorio que el esfuerzo del director ---, conocido por ---, se ve recompensado por una historia que, sin salirse de lo simple, nos entretiene con la tensión, el sacrificio y el frenesí de los científicos que se baten en el campo de batallo medico contra ese virus poderosamente destructivo que se niega a morir.
9/20/2011
DE DIOSES Y HOMBRES... ABURRIDOS
Por eso, la valerosa y triste historia de ocho sacerdotes trapenses que sucumben en medio de la espiral de violencia racial y religiosa del pais africano, se pierde lamentablemente en este filme letárgico que, mas que conmover, produce largos y prolongados bostezos y la sensación de que una buena historia, a la que se le pudo haber exprimido una mejor expresión cinematografica y aprovechado el evidente talento actoral de sus protagonistas, se malogró para siempre.
De rescatarse, la actuación del veteranísimo Michael Lonsdale, cuyo personaje, el anciano cura y medico Luc, logra arrancarle al aburrido espectador algunas sonrisas con su fino humor y cierta compasión por su desolador final. Los demas personajes se pierden en la abulia de esas larguisimas escenas contempletivas de misas y rezos y en los dialogos cortados y sin fuerza dramatica, que revela un gran desperdicio de metraje hasta el punto de que, a lo ultimo, se desea, mejor, se anhela que vuelvan las hordas musulmanas a ponerle algo de sentido al anodino periplo de los protagonistas de esta sosísima película.
8/18/2011
EL ASESINO INTERIOR
1/30/2011
INEXPLICANDO LA MUERTE (MAS ALLA DE LA VIDA)
Me gustan las películas esotéricas, misteriosas, salidas de lo natural. No lo niego, aunque el precio que he pagado muchas veces es el de tener que tragarme enormes sapos e indigestos bodrios. Pero, gusto es gusto.
Por eso fui a ver la ultima película de Clint Eastwood, Afterhere (que por acá se llamó Mas Allá de la Vida), protagonizada por el inefable Matt Damon y por dos coprotagonistas desconocidos (Cecile De France y Frankie MacLaren) pero que, en verdad, son las estrellas de este filme un tanto lánguido, de ritmo europeo, que sorprende en la filmografía de este octogenario director, de estirpe cinematográfica tan esencialmente gringa.
La trama tríptica de un vidente atormentado por un don que considera una maldición, de una periodista francesa que experimenta el umbral entre la vida y la muerte en medio del tsunami asiático y de un adolescente que no logra evadir el dolor y el acoso del recuerdo de su hermano gemelo, asesinado en una calle londinense, resulta suficiente para que Eastwood, haciendo converger estas tres historias, nos ofrezca su visión lírica de la transición a la muerte que todos experimentaremos inevitablemente.
Visión que, narrada con extraña parsimonia, a lo Lelouch, como dicen algunos, se aparta del truculento lugar común de fantasmas vengadores o protectores, para centrarse en el drama interior de aquellos que, enfrentados o conectados de una forma u otra con la muerte, parecen irremediablemente perdidos en un mundo escéptico que los deja atrás, los menosprecia o simplemente, los ignora.
La película no ofrece respuestas a las preguntas obvias que el espectador lleva a la butaca. A cambio, nos suministra un poco de esperanza y de consuelo, además de plantear una inusitada apuesta a que el destino, el mismo que cotidianamente ofrece vida y muerte, puede respondernos los acertijos cuando nos junta con otros que portan ese fragmento de verdad que el miedo o el dolor o el pasado, cualquiera que sea, nos ofrece como pasaporte para el mundo que nos tocó vivir.
Es clara la intención en la cinta de apartarse de toda expresión religiosa, como si Eastwood tuviera el afán de darnos una respuesta pura y personal del enigma de la postmuerte, aunque ese esfuerzo hace que sus personajes se vean mas extraviados y descorazonados que los que, por lo general, poblan sus películas mas recientes. De todas formas, el tema subyace sin respuestas y languidece con la solución facilista del final romántico que remata la película.
En conclusión, no es de lo mejor de Eastwood, ni siquiera en un ranking medio, aunque se aprecia el cambio narrativo, meticulosamente elaborado, y se le abona la intención de ofrecernos un ángulo distinto del dilema eterno de a donde vamos a parar cuando exhalamos el ultimo suspiro.
8/28/2009
EL ULTIMO PIRATA
Lo vi de lejos, silueta oscura, camisa amarilla, acurrucado en su banco diminuto, recostado contra la sombra escasa que arrojaba un poste grueso, achicharrándose bajo el sol hirviente de las once de la mañana.
Se veía solitario, algo extraño en esa calle-callejón que llaman, no se porqué, la Calle de los Hombres, que corre, casi siempre repleto de gente, entre restaurantes, cafeterías y ventas de lotería ambulante, para rematar en la esquina del edificio albeado del Teatro Municipal.
Ahora solo estaba él, que al verme tendió rápidamente su mano ofreciéndome el banco de los clientes y acomodándose con movimientos rápidos para lustrarme. Su cara negra, brillante de sudor y cruzada por una barba blanca y rala, se inclinó y no le volví a ver los ojos grandes y tristes hasta cuando acabó.
Pero antes, la curiosidad me hizo preguntarle: Que pasó con los colegas que habían por aquí? Me habló sin mirarme, concentrado en los zapatos: Se fueron todos, doctor, el alcalde nos mandó a correr a todos… Después, con nerviosismo, miró fugazmente para ambas esquinas antes de continuar su labor. Contagiado, también miré, pero no supe que esperaba ver.
Entonces entendí porque me pareció tan solitario: no se veía ningún otro embolador, allí, donde antes se concentraban más de veinte de ellos, con un uniforme amarillo que un día cierto alcalde, otro, no el de ahora, exultante de sentido social, les mandó a regalar para poder sacarlos de la Plaza de Caicedo y para que, supongo, combinaran con el paisaje del centro de la ciudad.
Sus manos nervudas y grandes frotaban y sacudían con prisa el trapo rojinegro sobre la superficie del zapato. Su cabeza fulgía como el charol. Seguía nervioso, claro. Y usted se quedó, le dije, no sé si por preguntarle algo o para tranquilizarlo, o para tranquilizarme yo. Que va, doctor, yo estoy de pirata, en cualquier momento me sacan...
La embolada terminó abruptamente, cuando no llevaba más de diez minutos, casi la mitad del tiempo que dura una normal. Me miré los zapatos. Estaban opacos, mal lustrados, pirateados, pensé yo. Pero el hombre me miraba con cara de cobro y le pague los dos mil pesos de rigor.
Me paré y caminé hacia la plaza mirándome los zapatos, sintiéndome un poco robado, un poco culpable. Voltee y lo miré de lejos, al negro viejo, al pirata, que volvía a recostarse en el poste, no sacándole el cuerpo al sol, entendí, sino al temor.
Creo que fui su única lustrada de ese día. Bueno, esa es la suerte de todo pirata.
8/26/2009
DEL MUERTO QUE ESTABA COMO MIRANDO UN GUANABANO...

El 25 de agosto de 1.962, es decir, hace 47 años, apareció un cadáver sobre la carretera que de Mateguadua conduce a Rio Loro. El diligente inspector de Policía, avisado del hecho, apresuradamente juramentó y posesionó a dos peritos y, en compañía de su secretario, emprendió la penosa labor de hacer el levantamiento de occiso.
Así comenzó lo que podría llamarse la aventura idiomática-forense-judicial más singular de que se tenga conocimiento por estos lados. No solo por la intensidad de la escena de sangre que se describe, sino también por la riqueza descriptiva, el uso libérrimo del lenguaje y la precisión deductiva de los investigadores.
Todo esto quedó plasmado en las actas cuyas imágenes presiden este post, prueba gráfica indiscutible de que nuestro medio judicial ha evolucionado. Levemente, pero ha evolucionado. Así que nos hemos dado a la tarea de extraer y destacar algunos apartes de este intrigante caso policíaco. La ortografía, copiada fielmente, es parte del encanto:
Objeto de la diligencia:
“… diligencia de levantamiento de un cadáver que fue allado muerto allí y que fue visto por unos campesinos que pasaban y al verlo que no se movía y que estaba encharcado de sangre lo reconocieron como muerto y avisaron al suscrito inspector…”
Descripción general, estado civil y profesión del occiso:
“…se encuentra sobre una charca de sangre el cadáver de un individuo de sexo masculino de unos 48 años de edad aproximadamente, al parecer casado porque tiene una argolla de matrimonio en el dedo anular de la mano izquierda, de profesión mecánico porque la ropa la tiene untada de grasa quemada, de piel morena tirando a negra, flaco, carepalo y medio canoso, y de unos 1,60 metros de altor, desconociéndose mas datos sobre la personalidad del muerto por tratarse de un hombre forastero y sin amistades en la región…”
Peculiaridades del cadáver:
“El cadáver del difunto se encuentra bocarriba, con la boca abierta y los ojos cerrados, con la cabeza medio ladiada como mirando un guanábano en completa producción, con el brazo derecho estirado hacia un lado y como saludando a alguna persona y el brazo izquierdo en estado de reposo, los pies semicruzados como haciendo el numero 4 (cuatro) y en aptitud totalmente rígida…”.
Descripción de las heridas:
“… presenta un machetazo en la cabeza que arrancó desde la raíz de la oreja hasta parar levemente en la altura del cráneo, otro en la quijada inferior con estracion dental de dos molares y un raigon, otro en el pecueso que le alcanzó a afectar un escapulario de trapo completamente borroso, otro en la paleta izquierda que alcanzó a llegar hasta cerca del espinazo, otro en la región del nalgatorio que le interesó mayormente la nalga derecha y parte del guesito de la alegría, otro en el cuadril derecho y dos en la canilla derecha…”
Otra peculiar anotación:
“Se ve claramente que los autores del asesinato no le pegaron mas machetazos al cadáver porque seguramente vieron que el muerto había dejado de existir…”
Esta antológica pieza forense demuestra que desde hace mucho tiempo la investigación judicial en Colombia estaba (y está) “como mirando un guanábano en plena producción”.
O no?




