martes, 25 de agosto de 2009

REFLEXIONES DE VENTANA



Ayer veía desde mi oficina a esta mujer limpiar ventanas en un cuarto piso, a más de doce metros de altura desde la calle. Se paraba sobre una cornisa de no más de quince o veinte centímetros, con una mano se agarraba del marco de la ventana y con la otra limpiaba con un trapo de arriba a abajo, de abajo a arriba…


Estuvo en eso casi media hora, mientras yo la observaba con el alma en vilo. Incluso, creo haberla visto tambalearse un par de veces.


Primero, me indigné con ella: cómo era posible que arriesgara así su vida por los pinches quince o veinte mil que con seguridad le pagaban por ese día de trabajo. Después, con su patrón/a, al que seguramente le importaba un rábano la vida de su empleada con tal de tener los vidrios de su ventana limpios.


Respiré con alivio cuando acabó. Pero un rato después, recordando esa imagen pensé que todos –o casi todos- alguna vez limpiamos las ventanas de alguien arriesgando algo, tanto o más valioso que la vida. O que, aun sin saberlo, alguien limpia las nuestras en las mismas peligrosas condiciones.


Solo me falta entender si vale la pena tantas ventanas limpias a costa de otros.