miércoles, 19 de agosto de 2009

LA CASA VACÍA


La casa yace, yace sin remedio,
fantasma de sí misma, yace, yace,
la casa pasa por
sus vidrios rotos,
penetra al comedor que está
hecho trizas,
anida en las paredes desplomadas
(Braulio Arenas)
Las casas abandonadas tienen cierto encanto repulsivo. Son como un agujero negro que atrae la inquietud y el temor, a la vez que transmiten, con sus ventanas y puertas oscuras, sus paredes desconchadas y su imagen desvalida, una ráfaga de desasosiego sobre la espina dorsal de la ciudad.

Hoy volví a ver una, alta, gris y vetusta, que desde hace mucho tiempo se yergue semiderruida en la esquina de la Calle Novena con Carrera Novena. Sus paredes se han ido agrietando con el tiempo y tienen ahora hendiduras que, como precarias ventanas, permiten atisbar brochazos verdes de una maleza pertinaz que crece en su interior.

Sus puertas, dos o tres, creo, se pudren sin remedio. Las ventanas cerradas, con su pintura descascarada y grisácea, parecen ojos ciegos. Sus alares han desaparecido y el techo ya no cubre sino pequeñas zonas sobre las que tejas negras se balancean peligrosamente hacia la calle, colgando con cierta patética gracia. Es una casa calva.

En sus andenes es usual encontrar mierda humana o animal, casi siempre pudriéndose al sol. Y no desentona. En realidad es como el sello predecible y maloliente que anuncia la decrepitud y la agonía de esa casa de aire republicano, abandonada para siempre.

Hoy pasé otra vez por su frente. Y una vez más, como hace meses, le dediqué un vago pensamiento a quienes alguna vez la habitaron. Imaginé niños riendo adentro, mujeres conversando sobre el postigo de los altos ventanales, hombres fumando en su amplio patio cuadrado. La pude, en mi mente, ver viva, porque, como escribió Vallejo,,”… una casa vive únicamente de hombres, como una tumba. Sólo que la casa se nutre de la vida del hombre, mientras que la tumba se nutre de la muerte del hombre. Por eso la primera está de pie, mientras que la segunda está tendida.”

Pero esta casa ahora es una tumba de sí misma. Por eso, hoy la vi más triste, mas desolada. Es la tristeza de los agonizantes, porque sabe que se muere irremediablemente, vacía de vidas. Nadie la ocupa, nadie volverá a ella, por tanto, sus venas están resecas y su alma es solo un esqueleto hueco de ladrillo calcinado y yerto.


“Oscurecida te quedas viviendo, mientras el tiempo te recorre y la humedad gasta poco a poco tu alma” escribió Neruda sobre una casa vieja alguna vez.

Y yo repito esos versos silenciosos, mientras me alejo de la casa vacía.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario