jueves, 21 de febrero de 2008

EL "GORDO" PROBLEMA DE YAMID AHMAD

Recibimos de primera mano la información de que el Juzgado Quince Civil del Circuito de Cali, mediante Sentencia del 20 de febrero (Rad. 0219/06), sancionó al señor Yamid Ahmad, una de las vacas sagradas del periodismo, de las más grandes, de este país, con una pena de arresto por diez días, en razón de haberse negado a rectificar una información relacionada con el señor Carlos Alfonso Potes Victoria, el ex Gerente de Emcali que hace ya un buen tiempo salió de mala forma de esa entidad.

La sanción se produce dentro de un incidente de desacato instaurado por el señor Potes. Y la razón de dicho reclamo estribaría en algo que parece haber hecho carrera en los medios: Conceder un derecho de réplica en lugar de la respectiva rectificación, como ha dicho la Corte que es como se subsanan las violaciones a los derechos de honra y de buen nombre en el plano mediático.

Las reacciones, me parecen, van ser calcadas a las de otros casos: el medio patalea que si cumplió y el afectado que no. Al final, dentro de unas semanas, cuando el Tribunal decida la consulta de la sanción, se definirá el asunto.

Lo que sí parece desprenderse contra el periodista es la posibilidad de una investigación penal por Fraude a Resolución Judicial. Es decir, en castizo, por mamarle gallo a la orden del juez de tutela. En eso, pues, amanecerá y veremos, como dijo Apolinar Salcedo.

Por ahora, para CM& y para Yamid Ahmad, las rejas de la cárcel quedan en suspenso.

Pero, para el gusto por la farándula que hay en este país, sería interesante ver al Yamid haciendo su famosa entrevista con barrotes de por medio. O, bueno, al menos con el florero de la sala estorbando.

martes, 5 de febrero de 2008

YA NO SOMOS OLVIDO!


Pocas veces como lo del lunes se le muestra a uno la impotencia de las palabras para contar y, menos, para describir lo que se vivió en esta ciudad con ocasión de la marcha del 4 de febrero contra las Farc. Pero toca intentarlo.

Cali, toda Cali, literalmente, bajo un sol esplendoroso, caminó con parsimonia y casi en silencio, por cerca de veinte cuadras desde la plazoleta de San Francisco, al frente de la Gobernación del Valle, hasta el CAM, en donde confluyeron riadas interminables de gente que parecían salir hasta de la misma tierra.

El grito de las consignas era unánime y podría resumirse así: Farc, no los queremos, no nos representan, no tiene nada que ver con nosotros. Y en cada rostro, en cada persona, se veía una serenidad extraña, incongruente con ese grito contundente de los carteles y las pancartas. Serenidad como la que inevitablemente invade a los que gritan verdades contenidas por mucho tiempo.

Dos cosas impactaban: Una, la presencia de tanta y tanta gente joven. Adolescentes, muchachos, niños escolares, desfilaban con la alegría y el entusiasmo de verse seguramente sorprendidos por el hecho de estar en el mismo centro de algo apoteósico. Y sin embargo, todos, sin duda alguna, sabían porqué marchaban.

La otra, la de ver casi setecientos mil caleños de los todas las clases, estirpes, edades y géneros, mezclados unos con otros, amalgamados en el afán de repudiar la demencia de los violentos. Esta ciudad, precisamente, de la que tanto nos quejamos por su impasibilidad, nos sorprendía con el grito silencioso de que esta viva. Y muy viva.

Desde las once de la mañana, primero sobre la Carrera Decima y después, desembocando sobre la carrera Primera desde la Calle Quinta, emblemas viales de la ciudad, se esparcía y se apretujaba una densa nube blanca, blanquísima, que refulgía bajo la canícula del mediodía. Avanzaba lentamente y llegaba hasta La Ermita, sin detenerse. Era una savia monolíticamente blanca que se desparramaba por las vías y arterias aledañas, vibraba con vida propia y fluía hacia el corazón palpitante de esta marcha histórica que nadie, absolutamente nadie, había presenciado jamás.

Gritaban, casi todos, la consigna gutural y poderosa de “No más Farc”. Otros, solo marchaban en silencio mostrando sus pancartas, que además pedían la libertad de los secuestrados y el rechazo a la violencia. Un grupo pequeño y bullicioso, al frente del puente Ortiz, cantaba avivando a Colombia al son bronco de tambores y timbales. Todos respiraban en el mismo espacio, ahora estrechísimo, el mismo aire cálido que trasmitía los sonidos y las palabras gritadas, estrellándolas contra los oídos felices que las escuchaban.

El ingenio de muchos se vio reflejado en las consignas pintadas en cartones o en enormes pendones que flotaban en medio del gentío. Sin embargo, nadie avivó a un político ni se acordó, para bien o para mal, del Gobierno. Ni siquiera, salvo algunas excepciones como la de un pendón que decía “Venezolanos si, Chaves no”, la sombra de Chaves o de Piedad Córdoba lograron distraer el propósito de los marchantes. Todos entendimos muy bien –sin la ayuda retorica de los que en este país lo quieren interpretar todo a su manera - para qué fue que salimos a la calle

No sé cuando terminó realmente esta marcha, ni cuando se fue el último caminante a su casa. Debió ser entrada la tarde. Pero no lo supe porque me fui, a eso de las dos de la tarde, agotado y feliz. Sin embargo, se con certeza que muchos siguieron hasta su casa en esa caminata liberadora, en ese ejercicio de catarsis colectiva que tanta falta nos hacía a los caleños y a los colombianos desde hace mucho tiempo.

Ahora, las voces de siempre, dicen que no va a pasar nada. Que las Farc no entregaran a nadie y que los secuestrados y los muertos seguirán clamando justicia o libertad. Que la guerra seguirá imperturbable su sangriento curso. Tal vez.

Sin embargo, en el corazón de cada colombiano, el anhelo de libertad y de paz empezó a marchar. Y allí nadie, absolutamente nadie, lo detendrá.














sábado, 2 de febrero de 2008

MARCHO POR ODIO

Tuve la intención de iniciar estas líneas criticando las razones que algunos han dado para no salir a marchar el próximo 4 de febrero. Intención nacida del desconcierto, porque yo, como muchos colombianos, estábamos convencidos de que las Farc y sus atrocidades tenían el monopolio del rechazo nacional y que si algo suscitaba unanimidad era precisamente el repudio contra esa narcoguerrilla que desde hace décadas nos azota.

Pero, pensándolo bien, lo importante en realidad es que quienes vamos a marchar digamos por qué lo hacemos, para aclararles algunas cosas a todos aquellos que desde diversas orillas y con nebulosos intereses hablan de la marcha del odio, de la manipulación de los marchantes a favor del gobierno o de cosas similares.

En mi caso, mis razones son claras y, por decirlo en términos de moda, inamovibles. Marcho por odio. Claro que sí. Y digo, además, que ningún ser humano que se precie de serlo puede decir que no le suscita odio el secuestro, la mentira, la violencia y la muerte que representan desde hace rato las Farc.

Odio, por ejemplo, saber que muchos colombianos, más de los que soporta el sentido común, se pudren y mueren de enfermedad y desolación en cambuches miserables, encadenados como animales salvajes, pisoteados, despreciados por sus captores. Todo esto, porque a un grupo de desalmados les parece que así se pelea por un ideal político que, todos sabemos, ya no existe.

Odio, también, esta guerra silente, larguísima y triste a la que nos tienen sometidos a más de cuarenta millones de personas un puñado de forajidos. Guerra, conflicto o como quiera llamarse, que no es entre dos bandos ajenos a nosotros, sino contra nosotros. Si no, entonces como es que somos los civiles, los ciudadanos comunes, los que más muertos y más esclavos, bajo el nombre de secuestrados, hemos puesto.

Odio, además, las mentiras burdas con las que las Farc desprecian nuestra dignidad y nuestra inteligencia. Esas mentiras que les permiten asegurar, a ellos y a sus cínicos emisarios, por ejemplo, que un secuestrado no es eso sino un rehén o un retenido. O que un niño indefenso y arrancado del lado de su madre fue abandonado a su suerte sin que les mortificara ese hecho sino el de haber sido descubiertos alegando que lo tenían.

Odio, por ejemplo, oír y ver la noticia, como la de hace ocho días, de que una madre campesina que salió una mañana soleada de domingo a visitar a sus parientes con sus dos hijos, uno de la mano y otro en el vientre, terminara con las piernas arrancadas, desangrada, arrastrándose por horas entre agrestes breñas para tratar de salvar a sus dos hijitos… Al final, murieron todos. Y todo, porque a un infrahumano de las Farc le dio por poner una mina quiebrapatas.

Y odio ver la cara sonriente de Alf, abrazado por su amigos y por la gente que lo quiere y a la que quiere, porque se me parte el corazón tratando de imaginar ahora en donde y en que situación estará y que será de su suerte y de las demás personas que las Farc secuestraron el 13 de enero de este año en un paraje hermosísimo del Choco, precisamente en los días cuando el mentalmente defenestrado presidente de Venezuela decía ante una audiencia de bolsillo que admiraba su “proyecto político”.

Odio todo esto y muchas cosas más, nacidas de la demencia, la inmisericordia y la naturaleza sanguinaria de las Farc.

Y el odio, sépase bien, me alcanza y me sobra para decir que también odio esas mismas cosas que hacen los paramilitares o el ELN o los corruptos de la política. Pero esa protesta también tendrá su día.

Por ahora, la del lunes 4 de febrero, será mi marcha, la del odio por todo lo que representan y hacen las Farc. Porque seguro estoy que odiando la muerte y la violencia, sé definitivamente que amo la vida.

¡NO MAS MENTIRAS, NO MAS SECUESTROS, NO MAS VIOLENCIA, NO MAS FARC!
P.D: Si alguna duda persiste sobre la degradación de las Farc vean este articulo sobre las niñas prostituidas por Raul Reyes y sobre el horror de sus minas quiebrapatas (o quiebravidas, mejor), echenle un ojo a este video: