lunes, 1 de octubre de 2007

CRIMEN PERFECTO: EL GATO Y EL RATÓN

Se trata de un hombre viejo y rico con una esposa joven y hermosa. Se trata de una mujer infiel. Se trata de un amante obsesionado. Se trata de una formula formula inveterada e infalible, utilizada muchas veces para armar una película.

Y si al coctel le añadimos algunas variantes, por ejemplo, que el marido burlado es un hombre malignamente brillante. O que el amante es un detective de homicidios obsesionado por encerrar al marido asesino. Y que, además, hay un joven fiscal al que no le gusta perder y que se siente retado por el asesino. Entonces mezclamos los ingredientes y, ya, tenemos un juego retorcido de pruebas inextricables, armas refundidas y mucha, pero mucha, intriga.

Esa es Fractura, la nueva película de Anthony Hopkins (pesimamente titulada para nosotros con el manido rotulo de Crimen Perfecto), un entretenido thriller, que con mesurada fuerza narrativa, deliberadamente parsimonioso, discurre, no ya en la cacería policiaca del asesino, cuya culpabilidad e identidad se saltan el misterio y se nos ofrecen como elementos resueltos desde el principio del film, sino en las salas judiciales, a través de tensas escenas en las que el bisoño fiscal se ve arrinconado e impotente frente al magistral juego sicológico que le propone el asesino, camuflado detrás de su máscara de marido engañado.

No es una película particularmente notable. Ni siquiera plantea una forma narrativa novedosa o un guion fuera de lo común. Se trata más bien de una muestra clásica de una propuesta muy conocida del cine gringo, la del conflicto central, la misma que alguien definió elementalmente bajo el concepto de que es cuando alguien quiere algo y otro se opone a que lo obtenga. El asesino quiere matar y salirse con la suya; el fiscal no se lo quiere permitir. Sencillo.

Lo atractivo de esa cinta, entonces, radica en el enfoque: Un marido sagaz que planea una venganza genial contra quienes lo traicionan, es decir, su mujer y su amante, con el propósito adicional de lograr que el mismo sistema judicial lo exonere de toda culpa, pese a que todos, los protagonistas de la película y los espectadores sentados en las butacas, sabemos que es el asesino. Y, en el otro extremo del axioma, hay un fiscal displicente que decide, a riesgo de perder el jugoso futuro que se le ofrece, que no, que el asesino no se saldrá con la suya.

Crimen Perfecto es una interesante película, un inusual malabarismo narrativo, que se regodea en el juego del gato y el ratón, que le propone al espectador un singular enigma que arranca por el final de la pregunta obvia: ¿Quién la mató?, para centrar el misterio en otros puntos periféricos del homicidio y cambiar la pregunta central: ¿Cómo probar que el asesino realmente la mató? Así, el acertijo se vuelve más denso y solo puede vislumbrarse al final, muy al final, de esta cinta que agrada por su lenguaje parco y su suspenso in crescendo.

Las actuaciones son, en general, buenas, pero no tanto como para detenerse particularmente en esta característica. Sin embargo, es claro que Hopkins se quedó estancado, para ciertos roles, en la gestualidad de Aníbal Lecter y que quienes lo han dirigido en sus últimas cintas (en este film, Gregory Hoblit) ayudan al encasillamiento con con el manejo repetitivo de los mismos planos e iluminación facial de la ya clásica historia del asesino caníbal.

Es de todas formas una novedad dentro de lo obvio, lo cual, es ya suficiente merito.