domingo, 12 de agosto de 2007

MONCAYO Y LA INUTILIDAD

Si de alguna cosa podemos estar seguros por estos días es de la absoluta inutilidad del gesto del caminante Moncayo, conocido como El Profesor, y cuya imagen nadie puede reclamar como desconocida porque fue usada y abusada por los medios hasta el cansancio.

Y tal vez ese abuso mediático es el que refleja con mas claridad la aludida inutilidad. Ahora, pasada la euforia y culminado el gesto de caminar miles de kilómetros desde su lejano pueblo natal hasta Bogotá, lo que hace y deja de hacer el profesor Moncayo pasó de la primera plana al último lugar de los espacios televisivos, culpables cien por ciento de la saturación “moncayista” que todos ahora padecemos.

Qué obtuvo Moncayo y, a través de él, los secuestrados por las Farc y, de paso, todos nosotros? Nada. Ni siquiera una respuesta directa de la guerrilla sobre el tema. Y del gobierno solo se logró la reproducción en la plaza de Bolívar, en horario triple A, de otro consejo comunal más, con el ingrediente del show nacional e internacional por cuenta de los medios. Nada más.

Se anuncia que Moncayo se va para Europa. Que bueno por él, pero que inútil se volverá aun mas su gesta, cuando si de algo estamos cansados es de que en tierras lejanas se discuta tanto sobre nuestra problemática y que al final nada se logre, mas allá de comunicados, palabras y gestos huecos e inútiles.

A uno le da la sensación con todo esto es que nadie sabe qué hacer ahora con Moncayo. Ni siquiera el mismo Moncayo, que luce errático, despistado y, subiendo a Monserrate con los ojos cerrados, gesto por demás el más inútil de todos, convirtiéndose cada vez más en un personajillo folclórico y pintoresco, como tantos que hay. Pero nada más.

Y toda la situación duele, en el fondo, porque todos queremos, anhelamos, necesitamos un gesto definitivo que inicie el proceso real de parar este desangre diario que es la guerra colombiana, negada por algunos, padecida por casi todos. Duele, porque al desinflarse con Moncayo otra posibilidad, la sensación de inutilidad y de impotencia colectiva aumenta, lo cual nos vuelve a dejar como al principio: Decepcionados.

O tal vez peor