sábado, 24 de marzo de 2007

APOCALYPTO: LA PARABOLA DEL MIEDO


En una selva perdida de la Centroamérica prehispánica el joven aborigen Garra Jaguar recibe dos inesperadas lecciones: Una, la del miedo que atenaza el corazón de un hombre fugitivo y la otra, de los labios de su padre que le dice que el miedo es una enfermedad contagiosa porque contamina la paz de cada uno.

Por eso Apocapypto, la nueva película de Mel Gibson, se puede describir como una especie de canto épico a la lucha contra el miedo, ese temor ancestral y atávico que corroe el alma de los hombres y los pueblos y que los obliga, o a huir en desbandada para terminar al final perdiéndolo todo, o a enfrentar al peligro y a la misma muerte como único y desesperado remedio.

Tal vez por eso mismo es una cinta angustiosa y sangrienta, que trepida a través de una cámara vibrante cuyo lente frenético nos sumerge en el vértigo de la historia de este hombre elemental y de su pequeño pueblo sojuzgado violentamente, mientras nos sacude con la ya habitual dosis de sangre de la que Mel Gibson, como viene sucediendo con su reciente filmografía (Corazón Valiente, La Pasión de Cristo) se sirve como pluma y como lienzo.

Pero Apocapypto tiene ingredientes novedosos que la tornan, a su vez, en lirica denuncia: La barbarie es el síntoma más claro de la decrepitud de una sociedad y la historia nos lo recuerda con frecuencia. De allí que a partir de una bucólica escena de caza en lo profundo de una exuberante selva americana este filme nos conduce sin pausa, cortando el aliento, a la sinrazón de la brutalidad de la esclavitud, la humillación y la muerte en el marco de una ciudad imperial en cuyos extramuros se ven hileras de fantasmas cubiertos de sílice y de ignominia, desiertos desolados, cadáveres apilados, y en su interior, una alta y ensangrentada pirámide de la cual caen cuerpos y cabezas que es, a la vez, símbolo de la mezcla irracional de fanatismo y decadencia moral.

Apocapypto conmociona, de eso no hay duda. Es más, está diseñada para eso. Los recursos narrativos –por ejemplo, los actores son todos naturales y los diálogos transcurren en su totalidad en dialecto indígena- tienen esa intención, además de un subyacente discurso indigenista y ecológico. De esta forma Gibson pretende mostrarnos sin rodeos que el miedo nos acecha y nos atrapa, no importa cuán seguros nos sintamos.

Y que, además, tiene muchas caras: La de un invasor que rabiosamente nos ataca una mañana cualquiera, la de un niño impotente que llora su súbito abandono, la de una fiera que quiere devorarnos en medio de una fuga desesperada o la de un asesino desalmado que esgrime un agudo cuchillo para extirparnos el corazón. Así que el miedo es omnipresente y a veces, parece invencible. Esta película nos muestra sin ambages esa realidad.


Pero también al final de esta excelente parábola visual se nos enseña, con deliberado discurso de imágenes, que toda pesadilla acaba y que el miedo, si lo enfrentamos, nos da un respiro y la posibilidad de un nuevo comienzo.


Así la pesadilla siguiente, claro, amenace con ser peor.