viernes, 9 de marzo de 2007

ESCENAS CARCELARIAS

La cárcel es un cementerio de hombre vivos.
GRUPO NICHE

Ciertos lugares tienen olores tan característicos que hasta con los ojos vendados uno podría saber donde está. Por ejemplo, un intenso olor a flores en descomposición nos puede ubicar mentalmente en un cementerio; o el del formol concentrado nos traslada a una morgue, y así sucesivamente.

Sin embargo, para mí uno de los olores más fuertes, del cual me cuesta a veces desprenderme, es el de una cárcel. Cada vez que visito una por cuenta de mi profesión no puedo evitar percibir olfativamente esa extraña mezcla de sudor, comida rancia y angustia humana que se desparrama por puertas y paredes y penetra la ropa, la piel y los poros hasta casi asfixiarte.

Debería estar acostumbrado después de tantos años de entrar y salir de cárceles, penitencierias, pabellones de seguridad, estaciones de policía y cuanto cuchitril acondiciona el Estado para apresar gente. Pero no. No he podido acostumbrarme y sospecho que nunca lo haré. Mejor así.

Pero esta semana, más exactamente el miércoles, el olor carcelario se fundió con dos escenas patibularias que pude ver en la Cárcel Villahermosa de Cali y que de verdad me sacudieron, preciso cuando había llegado a pensar que a estas alturas nada que viera allí me conmovería.

La primera fue una carroza funeraria, pintada de un gris arratonado y con un letrero en letras blancas góticas que decía “La Paz”. Parqueada al frente de la puerta de ingreso a los patios de reclusión, contenía un ataúd nuevo que esperaba a su ocupante definitivo, mientras recostados contra su puerta trasera una mujer madura y un niño de cinco o seis años lloraban abrazados.

La segunda la vi al salir por la misma puerta, casi una hora después: Un hombre herido, tendido en una camilla rodante de hospital, era entrado precipitadamente. Al pasar a mi lado pude ver que tenía una herida vendada a lo largo del cuello. Estaba vivo, claro, pero su mirada fija y vidriosa decía lo contrario.

El guardia que reseñaba mi salida me contó con tono impersonal: “Ese, el de la camilla, fue el hijueputa que degolló a la mujer el domingo pasado y después se quiso matar él, pero no pudo. Solo le faltaban ocho meses para salir. Ahora no saldrá de aquí sino como salió el del ataúd…”.

Afuera, en la puerta de ingreso a la cárcel, una mujer le limpia a uno por quinientos o mil pesos, con una mezcla casera de varsol y alcohol antiséptico, los rastros de tinta de los dedos y los sellos de control de manos y brazos. Quedan inmaculados.

Pero ese día hubiese pagado lo que fuera por algo que le limpiara a uno el alma.