miércoles, 14 de febrero de 2007

PETRO, EL ILUSIONISTA

(Este articulo apareció publicado originalmente en Generación Invisible)

Cualquiera que haya seguido el cubrimiento periodístico del más reciente rifirrafe entre el presidente Álvaro Uribe y algunos miembros de la oposición tendría que coincidir en la conclusión de que, en el trasfondo de todo, se adivina la mano, o la lengua, mejor, de un prestidigitador de la palabra y de la imagen mediática llamado Gustavo Petro, el díscolo senador del Polo Democrático.


No cabe duda de que este personaje es un mago, un ilusionista, un habilidoso alquimista de las medias verdades, que se ha especializado en aparecer bajo el reflector de la política nacional con un largo sombrero de copa anunciando cada vez que puede que sí, que ahora sí, que no esperará más y que sacará del cubilete las pruebas definitivas que respaldaran sus dudosas afirmaciones, sus denuncias o sus señalamientos bajo los cuales rodaran cabezas, honras y prestigios.


Y, una y otra vez, desde la silla de su curul parlamentaria o desde el micrófono mañanero, como todo ilusionista, nos colmará de suspenso bajo la fanfarria y el redoble del tambor mediático; meterá las manos a su caja de Pandora, revolviendo su oculto contenido y luego, con una pose circense, de pronto sacará de la orejas un enorme, un gran conejo blanco, que primero se revolverá inquieto ante el asombrado auditorio, para luego saltar huidizo y perderse definitivamente entre la penumbra de la incertidumbre, las falsedades y las versiones sin fundamento. Bueno, conejo es conejo, al fin y al cabo.


Que triste pero peligroso papel funge este novísimo Merlín, que de tanto en tanto salta a la palestra a hacer su acto circense de acusación, juicio y condena moral gracias al explicable arrobamiento que causa en un periodismo que lo aprovecha para vender audiencia o revistas, como el director circense que vende boletas en la taquilla mientras anuncia bajo su carpa el acto del célebre mago.

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