lunes, 29 de octubre de 2007

"INVASORES" O LA DECEPCIÓN DE UN MAL FINAL


A pesar de tantos años transcurridos aun me estremecen las escenas alucinantes en las que Donald Shuterland, con su impasible rostro anglosajón, huye angustiosamente del complot de esos seres amorfos, humanos en apariencia, que lo persiguen por toda la ciudad para convertirlo en uno de ellos.

Era una vieja cinta de 1.978 que entre nosotros se conoció como Usurpadores de Cuerpos, segunda versión fílmica de la novela homónima de Jack Finney, que ha tenido varias adaptaciones al cine desde los años 60, casi una por década.

Ahora, de la mano del director Oliver Hirschbiegel y con el protagonismo de Nicole Kidman y Daniel Craig, el nuevo 007, nos llega este remake de la misma obra bajo el nombre de Invasores, ambientada en una ciudad de Washington actual y con algunas lamentables variaciones narrativas que, a decir verdad, nada bueno le aportan a la historia original.

La cinta cuenta que un virus extraterrestre llega a la Tierra y que vertiginosamente contagia a casi todos los habitantes de esa gran ciudad, convirtiéndolos en autómatas que se complotan para convertir a sus semejantes en sus pares por la vía del sueño, durante el cual se transforman en seres extraños y fríos, desprovistos de emociones y poseídos por el frenético objetivo de multiplicarse.

Es, claro, una historia sencilla, pero no por eso, desprovista del intenso suspenso que conlleva un complot de tal magnitud, con intensas persecuciones por calles y edificios atiborrados de infrahumanos, mientras la única persona que lucha contra ellos, la sicologa Carol Bernell, protagonizada por la Kidman, se debate entre la angustia de escapar al asedio, rescatar a su hijo de las huestes extraterrestres y encontrar el improbable antídoto del siniestro virus.

Sin embargo, esta versión carece de esa justa dosis de intriga, suspenso y dramatismo de la versión de Shuterland, pese al esfuerzo de sus protagonistas por darles vida creíble a los personajes de la trama. Invasores es una de esas películas que arrancan bien pero que se van diluyendo inexorablemente hasta la sosería de un final tan lamentable que queda uno con la frustración de que algo que pudo ser bueno fue echado a perder, principalmente por una insolita edición que destroza el guion a punta de tijeretazos, amén de diálogos explicativos que sobran y que desdeñan la inteligencia del espectador.

Se rescata la actuación decorosa de la Kidman y en algo la de su coprotagonista, que, sin embargo, parecen naufragar en la mediocridad de esta historia interesante pero muy mal contada, digna, por supuesto, de una mejor suerte.

sábado, 27 de octubre de 2007

ENTRE EL MIEDO Y LA ESPERANZA

El economista, ex ministro de Gaviria y recalcitrante neoliberal Rudolf Hommes escribió esta semana en su columna en El Tiempo, para significar el miedo bogotano a elegir un mal alcalde, que Bogotá se podría empezar a parecer a Cali.

Algunas piedras, no pocas, le llovieron aquí y allá. Allá, un indignado lector lo trató de “gordinflón atrevido”. Aquí, un conocido comentarista deportivo le dijo que era un “vergajo”. Y así.

A mí, en cambio, sin que Hommes sea santo de mi devoción y sin ser ni gordinflón ni vergajo, me parece acertadísimo el símil que usó. Y exageradísimas y algo hipócritas las reacciones en su contra, porque si hay algo en lo que los caleños nos distinguimos desde hace rato es en hablar mal, y bien mal, de la ciudad o de los vecinos o de los parientes o de los gobernantes (aunque a veces justificadamente, hay que admitirlo). O de cualquiera, al final de todo, pero hablamos mal.

Y, si no habláramos mal nosotros de nosotros mismos, de todas formas hablan mal de Cali los hechos, los tozudos hechos, que casi siempre vienen reflejados en las noticias diarias que nos muestran con desalentadora frecuencia como violentos o corruptos o traquetos o sicarios o cosa parecida. O, lo que es peor, como todo eso junto.

Así que alguien distinto a nosotros mismos nos ponga como referencia de lo malo o lo indigno de imitar, no tiene porque sorprendernos ni justificar que se rasgue alguien un milímetro de vestidura, a no ser que sea por quitarnos la exclusividad. Además, sabiendo lo que hemos vivido en Cali los últimos años y bajo los últimos gobiernos locales, que miedo que otras ciudades se contagien de lo mismo. Eso no se le desea a nadie, la verdad sea dicha.

Todo este asunto me hacia reflexionar que, entonces, lo que los caleños tenemos al frente este próximo domingo no es “una” jornada electoral más. No. Es “la” jornada electoral. Porque me parece, coincidiendo con casi todos con los que he hablado en estos últimos días, que hemos llegado, como ciudad y como comunidad, a un insostenible punto de inflexión. Y que otra eventual mala administración, o desastrosa como las dos o tres últimas, Dios no lo permita, no la aguantamos ni nosotros ni esta apaleada ciudad.

El sentimiento general en Cali, podríamos decir, se debate entre el miedo profundo a fracasar en la opción que elijamos y a que tengamos que decepcionarnos aun mas, si es que cabe mas decepción, con otro gobernante mediocre y/o corrupto como los que hemos padecido en los últimos diez o doce años, y la esperanza de que el próximo alcalde sea el que marque el derrotero para salir de esta sinsalida con la que convivimos a diario.

Es posible, claro, que la esperanza falle y que la decepción siga campeando. Algunos, no pocos, así lo aseguran, dadas las incidencias deplorables de esta campaña electoral. Entonces, en tal caso, las cosas seguirán igual, porque peor no pueden ponerse.

Por tanto, para mí, la esperanza es la mejor opción y el mejor sentimiento con el que uno puede ir a votar este domingo. De pronto, nuestro esperanzador voto, contagie de esperanza a los demás y esos a otros y así, como un virus inatajable, la esperanza se vuelva pandemia y a Cali, a la querida Cali, le renazcan las alas y remonte el vuelo que nos permita en adelante mirar al cielo y no, como hasta hoy, el vergonzoso y roto pavimento de las calles.

Por eso, cualquiera que sea su voto, por favor, vote con esperanza.
(La excelente caricatura que aparece en este post es de nuestro amigo Didier en su blog Pasosfirmes)
Reblog this post [with Zemanta]

jueves, 11 de octubre de 2007

¡LLEGÓ EL CUCA´S JUICE!

Parece que algunas cosas que escribimos en este blog, asi sean pura mamadera de gallo, terminan volviendose verdad.

Por eso hemos terminado escribiendo sobre lo mismo mas de una vez. Y asi sucederá con el siguiente caso: Según El Tiempo llegó a Colombia el temible Cuca´s Juice, el mismo que vaticinamos en este post que llegaría.

Y habrá, claro, quien lo compre.


miércoles, 10 de octubre de 2007

LAS GITANAS DE GIRÓN

Son dos. Las veo con claridad desde la ventanilla del carro antes de apearme, sentadas en el bordillo del parque sombreado que queda al frente de la catedral albeada y magnifica.

Me miran al unísono, con una mezcla de curiosidad y astucia en sus ojos negros. Las pañoletas de colores les enmarcan la cara envejecida y las largas polleras parecen flotar alrededor de sus cuerpos afilados. Sin embargo, la mirada oscura persiste sobre la estridencia cromática. Asemejan dos estrafalarias aves de rapiña saboreándose precozmente ante una posible presa.

Una de ellas, la más vieja, con deliberada lentitud me tiende una mano sarmentosa, invitándome. La otra sonríe levemente. Sus ojos, sin embargo, desdicen los gestos amistosos y, como no ven ninguna intención de acercamiento, sus rostros vuelven al rictus pétreo inicial. Me vuelvo invisible en su indiferencia.

Son las gitanas de Girón. Y representan con perfección, en ese pueblo blanco cargado de historia, el anacronismo viviente que es el pueblo gitano. Enclavadas en este nuevo milenio con sus viejas tradiciones de adivinación, de lectura de manos y cosas parecidas, parecen, no, mejor, son piezas de museo extrañamente vivas, impermeables al paso del tiempo y de la modernidad.

Las dos gitanas, ahora de pie, se acercan a alguien que, parqueado en un vehículo rojo, parece haber caído en la telaraña. Le sonríen y juntas se acercan a la ventanilla con las manos estiradas en un gesto que podría ser inocente. Un saludo simple tal vez. Pero no lo es. No buscan saludar al incauto, solo atraparlo y envolverlo, como dos arañas que parsimoniosamente han tejido una red invisible e infalible.

Luego, en algún momento, le toman con suavidad la mano izquierda. Es una mujer joven y bonita, que sonríe, mientras los rostros cetrinos parecen concentrarse en la palma de su mano. Murmuran algo, sonríen nuevamente y le dicen, sibilinamente, algo más. Una premonición, una vaticinio, cualquier cosa sobre su futuro. La mujer joven las mira seriamente. Y ellas ríen, otra vez al unísono, como seguramente reirían las arañas ante sus presas indefensas.

Me alejo despacio, caminando sobre los adoquines centenarios, con la sensación inquietante de ser una pieza de cacería que, inusitadamente y contra todo vaticinio, se escapó de una red tan antigua como el tiempo.

lunes, 1 de octubre de 2007

CRIMEN PERFECTO: EL GATO Y EL RATÓN

Se trata de un hombre viejo y rico con una esposa joven y hermosa. Se trata de una mujer infiel. Se trata de un amante obsesionado. Se trata de una formula formula inveterada e infalible, utilizada muchas veces para armar una película.

Y si al coctel le añadimos algunas variantes, por ejemplo, que el marido burlado es un hombre malignamente brillante. O que el amante es un detective de homicidios obsesionado por encerrar al marido asesino. Y que, además, hay un joven fiscal al que no le gusta perder y que se siente retado por el asesino. Entonces mezclamos los ingredientes y, ya, tenemos un juego retorcido de pruebas inextricables, armas refundidas y mucha, pero mucha, intriga.

Esa es Fractura, la nueva película de Anthony Hopkins (pesimamente titulada para nosotros con el manido rotulo de Crimen Perfecto), un entretenido thriller, que con mesurada fuerza narrativa, deliberadamente parsimonioso, discurre, no ya en la cacería policiaca del asesino, cuya culpabilidad e identidad se saltan el misterio y se nos ofrecen como elementos resueltos desde el principio del film, sino en las salas judiciales, a través de tensas escenas en las que el bisoño fiscal se ve arrinconado e impotente frente al magistral juego sicológico que le propone el asesino, camuflado detrás de su máscara de marido engañado.

No es una película particularmente notable. Ni siquiera plantea una forma narrativa novedosa o un guion fuera de lo común. Se trata más bien de una muestra clásica de una propuesta muy conocida del cine gringo, la del conflicto central, la misma que alguien definió elementalmente bajo el concepto de que es cuando alguien quiere algo y otro se opone a que lo obtenga. El asesino quiere matar y salirse con la suya; el fiscal no se lo quiere permitir. Sencillo.

Lo atractivo de esa cinta, entonces, radica en el enfoque: Un marido sagaz que planea una venganza genial contra quienes lo traicionan, es decir, su mujer y su amante, con el propósito adicional de lograr que el mismo sistema judicial lo exonere de toda culpa, pese a que todos, los protagonistas de la película y los espectadores sentados en las butacas, sabemos que es el asesino. Y, en el otro extremo del axioma, hay un fiscal displicente que decide, a riesgo de perder el jugoso futuro que se le ofrece, que no, que el asesino no se saldrá con la suya.

Crimen Perfecto es una interesante película, un inusual malabarismo narrativo, que se regodea en el juego del gato y el ratón, que le propone al espectador un singular enigma que arranca por el final de la pregunta obvia: ¿Quién la mató?, para centrar el misterio en otros puntos periféricos del homicidio y cambiar la pregunta central: ¿Cómo probar que el asesino realmente la mató? Así, el acertijo se vuelve más denso y solo puede vislumbrarse al final, muy al final, de esta cinta que agrada por su lenguaje parco y su suspenso in crescendo.

Las actuaciones son, en general, buenas, pero no tanto como para detenerse particularmente en esta característica. Sin embargo, es claro que Hopkins se quedó estancado, para ciertos roles, en la gestualidad de Aníbal Lecter y que quienes lo han dirigido en sus últimas cintas (en este film, Gregory Hoblit) ayudan al encasillamiento con con el manejo repetitivo de los mismos planos e iluminación facial de la ya clásica historia del asesino caníbal.

Es de todas formas una novedad dentro de lo obvio, lo cual, es ya suficiente merito.