martes, 15 de agosto de 2006

UN PERRO SACÓ LA CARA

El periodista José Alejandro Castaño escribió una hermosa crónica en la revista Gaceta Dominical del periódico El País de Cali el pasado domingo, titulada “La risa de los perros feos”.

De ella extraemos este capitulo que alude con contundente claridad al significado del heroico gesto de involuntaria protesta de un anónimo can realizado en esta ciudad hace algunos días:
“Pero los perros callejeros, igual que los niños gamines y los drogadictos y los desplazados siempre estorban, quizás porque son constancia de lo cruel que nuestra sociedad puede ser. Entonces su proximidad nos molesta.

Cuando Bill Clinton visitó Cartagena, la alcaldía mandó recogerlos a todos, igual que mandó recoger la basura acumulada en las esquinas. Nunca antes esa ciudad se vio tan limpia: pintaron fachadas, plantaron jardines, señalizaron calles, podaron árboles, repararon semáforos, taparon huecos… la gente dice que el mejor alcalde que ha tenido Cartagena se llama Bill Clinton. Pero todo fue espejismo.

Tras su partida las basuras volvieron; muchas de las plantas sembradas a la carrera se secaron; la mugre regresó a las fachadas y los gamines y los perros callejeros deambularon de nuevo por ahí, en todas partes.

En Cali pasó algo similar hace unas semanas, durante la llamada Reunión Latinoamericana de Alcaldes. La policía acordonó cinco cuadras alrededor de los hoteles donde se hospedaron los visitantes ilustres. De nuevo la misma historia: gamines, mendigos y perros callejeros fueron expulsados de las aceras solo para evitar que la retina de los visitantes se llevara una imagen cierta de la ciudad. Ante el drama de Cali alguien quiso imponer una ceguera colectiva.

No todo salió según los cálculos. Un empleado del hotel cinco estrellas donde se hospedaron los alcaldes recuerda que tuvo que lavar el zapato de uno de ellos. Nadie supo en que momento la suela del visitante pisó un popó de perro, preciso en ese trozo de ciudad acordonada y limpia. Yo creo que fue una señal. Al fin no todo olió pulcro gracias al gesto de un perro que me imagino vagabundo.”

Solo agregaría: Gracias, perrito, porque solo tú fuiste capaz de mostrar a tan ilustres visitantes una parte mínima de lo que en realidad nos toca oler y comer a diario en esta ciudad.