sábado, 5 de agosto de 2006

EL DISCO RAYADO

Las palabras parecen agotarse y, por tanto, repetirse tercamente cuando de describir las barbaridades terroristas de las Farc se trata. Claro, barbaridad, barbarie, crueldad, brutalidad, ferocidad, etc., solo significan algo cuando se usan esporádicamente. Y nada contienen cuando toca reciclarlas cada semana, como en nuestra triste realidad.

Es como un macabro disco rayado. Una tonada de lamentos y maldiciones sin fin, por un lado, el de nosotros, y el tronar incesante de las balas y las bombas, por el otro, el de ellos.

Este nuevo atentado en Cali es también parte de la misma tonada. Usaron las Farc el mismo método del bombazo contra la Sijin hace algunos meses: Engañar a un humilde hombre que, afanado por hacerse a cualquier peso para su familia, aceptó llevar el encargo fatídico. Así fue con el anciano carretillero y su nieto que volaron en pedazos aquella vez, repetido ahora con la pérfida utilización de un hombre minusválido que acostumbraba a llevar encargos en su vieja camioneta.

No hay duda de que se necesita estar despojado de cualquier rasgo de humanidad para fraguar algo tan malvado. Por eso, mas allá del horror de la bomba, de las muertes, los heridos y los daños causados, lo que de verdad preocupa es que es del interior de nuestra propia sociedad de donde surgen los autores de esta ¿barbaridad? ¿atrocidad? ¿crueldad?...

La Policía afirma que en Cali y en el Valle del Cauca las milicias urbanas de las Farc se mueven como pez en el agua. Es obvio. Se mueven tan cómodamente como se han movido durante años los mafiosos y los paras, por ejemplo. Es que aquí, en cualquier barrio popular (y hasta de los otros, como se han visto casos) se pueden encontrar suficientes candidatos para engrosar las filas de este tipo de bandas criminales o para realizarles el encargo o la vuelta que estas quieran. Solo es cuestión de cuadrar el precio.

Es la violencia reproduciéndose generación tras generación. Son muchos de nuestros adolescentes y jóvenes que, desencantados o desesperanzados dentro de una sociedad que solo tiene razón de ser en torno a la plata, aceptan el mandado del terrorismo. Y lo cumplen con la torva malicia aprendida en las calles violentas e inseguras que les ofrecemos.

¿Que más decir? El disco suena nuevamente y se estanca en los mismos pensamientos, los mismos odios, el mismo temor. Y así, hasta la próxima vez.

Esperemos a ver si entonces aun nos quedan palabras para el horror.




El caso de la mujer de Barranquilla apaleada sin misericordia por la bestia que tiene como marido, nos sirve a todos para recordarnos, en especial a los hombres, la vergüenza que son para nuestro genero aquellos que levantan la mano contra sus esposas, compañeras, hijas, etc.

Hace algunos meses escribimos al respecto. Extrañamente, ninguna mujer comentó nada. Supongo que parecía obvio decir que se rechazaban estas infamias y tal vez por eso ninguna quiso repetir lo sabido.

Sin embargo, ese silencio femenino es el mismo que ha servido siempre de propiciador para el abuso y la violencia contra la mujer. Todos lo sabemos. De allí que la valentía de esta mujer -y la de su familia- sea posiblemente la puerta abierta que muchas otras en su misma situación quieran hoy cruzar para denunciar, una y mil veces, si es necesario, a quienes las hacen presa de su violento e irracional despotismo.

Solo así es probable que una vida se salve de vez en cuando.