martes, 25 de julio de 2006

LA MÁSCARA DE GARAVITO

No vi la entrevista televisiva que le hizo Guillermo Prieto, Pirri, a Luís Alfredo Garavito, el asesino y violador en serie de más de doscientos niños. En cambio sí leí en la revista Gatopardo una crónica del mismo Pirri (si, como les parece, el muchacho también escribe) sobre los pormenores de cómo logró su entrevista con semejante personaje.

Dos cosas me llamaron la atención: La primera, la cruda descripción que hace la médica forense de uno de los casos investigados sobre la forma como Garavito torturaba y mataba a sus victimas:

“Ronal llegó después de las seis de la tarde, viendo que se trataba de un niñito, decidí hacer la necropsia de una vez. Le dije a mi auxiliar que pusiera derecho el cadáver, pues creí que lo había dejado boca abajo. Él me respondió que el cadáver estaba bien, pero que estaba decapitado. Realmente para mí fue muy duro, tal vez la única necroscopia de mi carrera que me ha puesto los pelos de punta. Cuando empecé a hacer la descripción general de las heridas, no pude contener las lágrimas, la mayoría de las heridas que tenía eran de arma blanca con una hoja delgada, un cuchillo cualquiera, tenia muchas equimosis, o sea que fue golpeado muchas veces. De todas estas heridas, la mayoría eran vitales, o sea que fueron en vida. El niño estaba vivo cuando se las propinaron, incluso la herida de la decapitación era vital. La lesión que tenia a nivel genital no lo era: cuando el niño estaba muerto el asesino le cortó el pene y se lo metió en la boca.”

Agrega el cronista:

“… Asustado hasta los huesos, lejos de su mamá y en las manos de un sádico que siguió con él el mismo procedimiento que con los demás, le hizo escuchar los detalles de lo que le iba a hacer: “Lo voy a matar, lo voy a cortar y después le voy a cortar la cabeza”. Todo mientras era obligado a hacer una felación, mientras lo acariciaban y mordían por todo el cuerpo”.

Solo basta, para aumentar el horror, imaginarse a este niño, Ronal Delgado, de 10 años, sintiendo en sus últimos momentos el inenarrable dolor del acuchillamiento y el terror de lo que lo esperaba en su agonía segundo a segundo.

La segunda, la actitud manipuladora e insensible del asesino. Arropado con su preparado discurso de arrepentimiento y conversión religiosa, más los ademanes falsamente amables, Garavito, muy a su pesar seguramente, confirma con sus gestos y palabras los elementos de una personalidad sicopática al extremo, una mente enferma que lucha para esconderse bajo una mascara de estudiada y burda contrición, tan común en casi todos los asesinos de su tipo.

Por eso, como excusándose por pisarlo al subirse a un bus, Garavito le dice al periodista: “… uno tampoco va a volverse masoquista, yo ya cometí los hechos muy dolorosos y lamentables, pero ya pedí disculpas.” Espera, es obvio, que nadie le exija un arrepentimiento mayor que eso.

Además, según cuenta Pirri, le propone un negocio: Le molesta que muchos se estén lucrando con su caso y que a él no le hayan dado un peso, así que porque no hacer una película o escribir un libro con cosas que todavía no ha contado.

Concuerdo con la conclusión del cronista: Garavito es un depredador nato. Si sale de la cárcel, en donde no recibe ningún tipo de tratamiento siquiátrico y ni siquiera se ha estudiado la posibilidad de aplicarle una castración química, así sea en cinco o cincuenta años, seguro va a acechar y a matar a otros niños. Y lo hará con mayor y refinada crueldad.

Para eso es la máscara. La misma con la que seguramente se le presentó a Ronal, el niño de 10 años que mató, y a tantos otros de los que seguramente nunca sabremos nada.


Terminando de escribir estas líneas me entero de dos cosas más sobre Garavito: Que se autolesionó en su celda, airado por cierto maltrato de uno de sus guardias. Y que un juez del Caquetá lo condenó a 23 años por el homicidio de otro niño, con lo cual su salida de la cárcel, calculada en cinco años, podría tardar aun más.

Pero, conociendo a nuestra justicia, saldrá, mas temprano que tarde. De eso no hay duda.