martes, 6 de junio de 2006

¡QUE LÁSTIMA!

Este asunto de la masacre de policías en Jamundí huele cada vez más y más mal. Al hacerle un seguimiento a la información de prensa desde el día de los hechos hasta la fecha se encuentra que el escándalo va in crescendo y no tiene escampadero a la vista.

Todas las pesquisas iniciales apuntan a la teoría de que un destacamento militar, al menos algunos de sus miembros encabezados por su oficial de mando, planearon una emboscada contra un comando policial elite antimafia de la Dijin, que pudo ser llevado al lugar con información engañosa de un informante, también asesinado en el mismo sitio. La razón: Un supuesto encargo de la mafia.

Lo primero que habría que lamentar de este episodio, fuere cual fuere la verdad detrás del mismo, es que sea nuevamente en estas tierras, en zona tan cercana a Cali, en donde ocurre un evento tan terrible y bochornoso.

Durante muchos años hemos sido noticia de cuanta barbaridad se presenta en materia de violencia e inseguridad, entre otras lacras. Y ahora somos nuevamente sede de lo que parece ser la más clara y notoria infiltración de la corrupción del narcotráfico en el Ejército, otrora institución respetabilísima y con irreprochable imagen en la opinión publica. Triste, muy triste.

En Jamundí han ocurrido cíclicos eventos de extrema violencia, en especial desde cuando, a principios de los 90, se asentó por esos lados cierta camarilla mafiosa particularmente violenta.

Se recuerda la matanza perpetrada en el estadero Las Brisas de Jamundí, en el cual pistoleros asesinaron un domingo y a plena luz del día a más de 25 personas hace algunos años. En ese mismo lugar hace tres años mataron a tiros al concejal Arcángel Clavijo. Y en otro balneario de Jamundí, Las Veraneras, hace algún tiempo también mataron en similar forma al congresista Arnulfo Parra. Igual cosa sucedió en el mismo municipio con el congresista Jairo Chavarriaga, conspicuo abogado de la mafia del norte del Valle.

Potrerito, la vereda donde ocurrió la emboscada del comando policial, fue el lugar escogido por muchos capos de moda en los 90 para sus enclaves y fincas de recreo.

Allí se estableció una sucursal de La Margarita del 8, famoso estadero de propiedad de Fabio Ochoa, patriarca del clan de los Ochoa. Allí también se conocieron fincas de recreo llenas de lujos y excesos de propiedad de Chupeta, Cuchilla, Julio Fabio Urdinola y otros más. Allí se celebraban, según cuenta la leyenda, las famosas fiestas de fin de año en las que los capos rifaban entre los asistentes vehículos ultimo modelo y hasta noches pagas con modelos y actrices de moda.

Pero, con los barones de la mafia muertos, encarcelados, extraditados o en huida y exterminándose entre si los miembros de los emergentes baby cartels, esa región parecía ahora pacificada y alejada de las penosas épocas antes mencionadas. Y salvo esporádicos hechos de sangre que, dentro de nuestra realidad, suelen ser normales ninguna noticia alarmante había vuelto a tenerla como escenario. Hasta que nos llega la información de este nuevo y lamentable insuceso

Que lastima por el Ejército como institución. Que lastima por las familias de los policías masacrados. Pero, sobre todo, que lastima por Jamundí, por Cali y por todos los que vivimos por acá, quienes por cuenta de este nuevo e insólito insuceso volvemos a quedar en la mira del mundo entero como tierra de violentos, mafiosos y corruptos.

¿Saldremos algún día de este lodazal?

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