miércoles, 17 de mayo de 2006

LA ESPERANZA DEL JOGO BONITO




Para todos los aficionados un Mundial de Fútbol – así, en general- representa varias cosas simultáneas: emoción, alegría, pasión, reconciliación con el buen fútbol, etc. Es una cita a ciegas cuatrienal que, o bien te deja satisfecho o te desilusiona brutalmente, pero que nadie quiere perderse. Bueno, a excepción de mi mujer.

Y este Mundial de Alemania 2.006 no es la excepción. Aunque para algunos la motivación por el certamen es básicamente dinero, money, bussines, para otros, la mayoría, ajena a esos entretelones propios de directivos, empresarios de jugadores o vendedores de camisetas, la cita es para sentarse en las graderías de un estadio (los mas afortunados) o en un cómodo sillón de la sala para ver el espectáculo mas arrobador del mundo: Mas de una treintena de partidos de fútbol, en un cortísimo mes , jugados de poder a poder entre equipos nacionales y jugadores que, sobre el papel, son los mejores del planeta en este momento.

Por eso me parece que un Mundial se define también, y sobre todo, como una esperanza. La esperanza de ver el mejor partido de la historia. La esperanza de ver jugadas irrepetiblemente geniales. La esperanza de ver a la estrella de la década convertirse en leyenda. La esperanza de ver, en resumen, el mejor Mundial jugado hasta el momento. La esperanza puede abarcar todo esto o, en el peor de los escenarios, conformarse con la realización de una sola de estas expectativas. En todo caso, nunca dejará de ser esperanza.

En los diversos mundiales que me ha tocado ver a través de la televisión he podido sufrir la metamorfosis de la esperanza mutada en satisfacción o, como cuando estuvo la Selección Colombia involucrada, en física desolación. Desde el de México 70 (se escribía así, con “x”), que vi muy niño, hasta el de Japón 2002, que vi por fugaces destellos a raíz de la espantosa hora en que se transmitía, siempre he sentido que todo Mundial deja algo memorable, indeleble en la memoria, sempiterno en la retina, que justifica la espera de cuatro años y la consecuente esperanza.

De México 70 recuerdo, amen de figura de Pelé, el legendario 10 brasilero, a un señor calvo, casi un anciano para mi perspectiva infantil, que frenaba el cuerpo y el balón a voluntad, cambiaba de ritmo en un parpadeo, gambeteaba a cualquiera en cualquier lugar de la cancha y, además, disparaba unos pases al vacío como nunca se había visto. Se llamaba Gerson. De Alemania 74 aun tengo el recuerdo de un bloque naranja que subía y bajaba, arrollándolo todo a su paso, de la mano de su habilidoso capitán, un tal Johan Cruyff, que solo pudo ser frenado por el fútbol recio de los alemanes, a la postre campeones.

Del malísimo Mundial de Argentina 78 aun mantengo viva la bronca por los argentinos que, amangualados con los peruanos, eliminaron a Brasil mediante una infamante goleada (6-0) gracias en buena parte a que el “Chupete” Quiroga, arquero argentino nacionalizado en Perú, se le tiraba al balón con toda la intención de dejarlo pasar, mientras el siniestro general Videla aplaudía rabiosamente en la tribuna. Rescato del equipo campeón, de todas formas, al corajudo “Matador” Kempes, que solo fue una estrella efímera de ese mundial y una figura del montón cuando le tocó jugar en Europa.

En España 82 sufrí el intenso enamoramiento del fútbol de Sócrates, Zico y Bebeto,
que jugaban un lírico y delirante balompié, tan perfecto como el del Brasil del 70, pero al que le tocó afrontar el entonces novedoso fútbol zonal, caracterizado por la asfixia de la marca individual que los italianos practicaban encarnizadamente, lo que al final les sirvió para eliminar al Brasil de mis amores y coronarse campeones. Odié a los italianos, especialmente a Paolo Rossi, por mucho tiempo.

El Mundial de Méjico 86 solo fue Maradona y nada más. Eso es indudable o sino, hagan el esfuerzo de tratar de recordar a otro jugador distinto u otras jugadas diferentes a las del crack argentino. Sencillamente, no existió nada más.

A partir del Mundial de Alemania 90 toda la expectativa giró en torno a la Selección Colombia, así que lamentablemente toda evocación se circunscribe a las emociones desbocadas en el empate ante Alemania con el golazo de Rincón y el pase previo y magistral del Pibe Valderrama, hasta el insufrible gol que Milla le marcó a Higuita por debajo de la horqueta para eliminarnos tristemente.

En el Mundial de Estados Unidos 94, ese mismo que, según Pelé, íbamos a ganar gracias al espejismo de la goleada a los argentinos 5-0 en la misma Buenos Aires, solo recuerdo la amargura y la rabia por el juego mediocre de una selección aburguesada e inflada como crispeta, que se derrumbó desde el primer partido. Además, claro, resuenan en la memoria los disparos con que mataron a Andrés Escobar en Medellín cuando el mundial aun se jugaba. Creo memorar que el campeón fue Brasil, de la mano del recientemente difunto Tele Santana, pero recuerdo más haber sentido vergüenza por mucho, mucho tiempo.

Del Mundial de Francia 98, aparte de la ya consabida eliminación de la Selección Colombia en la primera ronda, fue emocionante ver a una Francia de un fútbol inusitadamente habilidoso y contundente ganarle la final a Brasil jugando al mas puro estilo brasileño. Zidane, la figura francesa, fue un gigante. Memorable también fue la desinflada de Ronaldo, que decepcionó a todos a pesar de venir precedido de una connotación de figura internacional que, al final, todo el mundo entendió mas como un manejo mediático.

Aunque, según lo dijimos, al Mundial de Corea 2002 no le paramos muchas bolas (verraca la levantada a las 4 a.m. a verse un partido de fútbol con la mujer al lado dando codazos y refunfuñando por el madrugón; así quién canta un gol) se sabe que fue el desquite de Ronaldo y la mostrada incipiente de Ronaldinho, que llevaron a Brasil a ser campeón aunque con un fútbol pacato y deslucido, muy al estilo de Scolari. En general, para mí este fue un mundial regular, tirando a malo.

Ahora, en el Mundial de Alemania 2.006 todo vuelve a empezar. Y la esperanza también reverdece, sobre todo por el tremendo momento que vive Ronaldinho y la pléyade de figuras brasileñas que nos encaminan en la ilusión de ver al “jogo bonito” en todo su esplendor coronarse otra vez campeón.

De eso se trata la esperanza. Bueno, aunque mi mujer definitivamente no esté de acuerdo.