jueves, 11 de mayo de 2006

MIS DOS RAZONES

Didier es mi amigo. Lo conozco desde hacer varios años y nunca deja de sorprenderme todas las cosas que es capaz de hacer. Trabaja en una prestigiosa empresa de Cali en donde realiza tantas funciones y tiene tantas responsabilidades que me aterra que no le paguen mas de lo que gana. Sin embargo, se que ama su trabajo y sus jefes y compañeros lo aprecian realmente. Todos los días sube y baja de buses, con sus prótesis y muletas a cuestas, en donde nadie le tiene mayor consideración y, para llegar a su sitio de trabajo, debe caminar un largo trecho en una loma imposible al final del empinado barrio San Antonio. Es un gomoso de los computadores, que conoce y maneja como experto y, en sus ratos libres, que pese a todo también tiene y disfruta, toca muy bien la guitarra y compone canciones. Además, responde económica y afectivamente por su pequeña hija y por su anciana madre, con quienes vive y a quienes cuida con dedicación y esmero. Otra cosa que hace, claro, es escribir en un interesante blog.

Sin embargo, nada ni nadie apostaba por que este hombre ejemplar tuviera una vida normal y productiva. Desde el mismo embarazo su madre, una mujer pobre, abandonada y sin mayores recursos, sabia que él nacería con una grave deformidad física: Sin las dos piernas y sin algunos dedos en sus manos. No obstante, cuando todo la autorizaba para deshacerse del feto deforme, nunca dudó en tenerlo, en criarlo de la mejor forma posible y en darle, en resumen, la oportunidad de vivir. De alguna forma ahora, cuando está anciana y necesita quien esté con ella, al menos haciéndole compañía en la etapa final de su vida, ese hijo que a los ojos de los demás estaba destinado a ser una insoportable carga, la sostiene, la cuida y le agradece todos los días de su vida la oportunidad que le dio de vivir.

Maria Fernanda es la ternura personificada. Así se lo digo a mi amigo Kiko cada vez que lo visito en su pequeño restaurante. Se que cuando él sonríe y la mira con sus ojos de padre amoroso me da la razón. Casi siempre está junto a mi amigo, abrazándolo, besándolo, riendo con él. Y es inevitable reír con ellos, es simplemente contagioso, porque hay tanto amor que da envidia. Y eso que me considero experto en ternuras pues tengo en mi casa dos lindas niñas y un hermoso bebe de ocho meses, que me la proporcionan en sobredosis. Por eso, cuando Maria Fernanda, espontánea, también me abraza y me besa en la mejilla, no puedo evitar estremecerme: Yo también la amo.

La madre de Maria Fernanda supo que su bebita tenía una deformación congénita a la mitad del embarazo. Su medico le explico a fondo el tema y le pintó de la manera mas descarnada posible el drama en el que se convertiría su vida por la incapacidad de su hija para “vivir normalmente”. Incluso le insinúo que podría ayudarle si ella tomaba otra determinación distinta a la de permitir su nacimiento. Ella, llorando y conmocionada por la noticia, rechazó de plano esa posibilidad y salió a la carrera del consultorio. Entre ella y su esposo lo decidieron: La niña nacería. Y nació, y a pesar del síndrome de Down que la aqueja fue desde ese mismo instante la alegría de sus padres. Incluso lo fue cuando tres años después la madre moriría, dejando a Kiko desolado y con una hija incapacitada a cargo. Y lo es ahora, aun a sabiendas que su pequeña no tendrá una vida de esas que llaman normal. Mi amigo compensa su soledad y el dolor recurrente que a veces le invade por la ausencia de su compañera, con esa niña preciosa que siempre está riendo, que lo ama intensamente y que lo acompaña todos los días cuando baja a atender su restaurante. No concibe la vida sin ella.

Solo menciono estos dos casos porque los conozco de cerca. No se si estadísticamente son dos en cien, en mil o en mil millones de casos, pero así ellos dos fueran únicos sobre el planeta, solo por ellos jamás, nunca jamás, estaré de acuerdo con ninguna clase de aborto.

Por eso simplemente digo: ¡Señor, perdónanos porque seguimos sin saber lo que hacemos!

NUESTRO INVIERNO


Después de leer la crónica y ver las estupendas fotos de don Alvaro Ramírez, quien nos reporta sobre el excepcional “veranillo” que por estos días agradablemente sorprende a los habitantes del fiordo noruego, -el cual el buen Álvaro atribuye al calentamiento global-, meditaba parado detrás de mi lluviosa ventana sobre la forma distinta en que por acá nos toca vivir el invierno. Nuestro invierno.

Lejos, muy lejos de la elegante nieve y las congelantes temperaturas nórdicas, en Cali el invierno (que según diría nuestra amiga Stirer, no es invierno sino temporada de lluvias porque el clima es idéntico todo el año) es atortolante. Ahora, por ejemplo, desde esta misma ventana veo una siniestra nube de un gris oscurísimo que parece aventarse en picada desde el cerro de Cristo Rey, aureolado por un manto lechoso que es sinónimo de un chaparrón fuerte.

Este invierno nos traslada inesperadamente entre temperaturas extremas. Extremas, claro, para calentanos como nos. En las madrugadas por las ventanas necesariamente abiertas se cuela un frío extrañamente intenso que de verdad obliga al acobijo. Las lluvias matinales, generalmente densas, apabullan y dificultan la levantada, sobre todo por el peso de la idea de tener que correr esquivando la mojada.

Avanzada la mañana la lluvia cesa o amaina a un nivel caminable y el frío le cede el paso a cierto aire calido que nos hace despojar del abrigo, la chompa o la chaqueta para reconciliarnos con el calorcito que lentamente aparece. El cielo tiende a estabilizarse entre un gris blancuzco y un azul tironeado de gris, en medio del cual el sol es solo una insinuación.

Al mediodía, o el sol ya calienta descaradamente o filtra su calor a través de la nubosidad de tal manera que la temperatura ha subido de tono y obliga al abaniqueo, al refugio del aire acondicionado o al duchazo obligatorio. O a todo esto junto. El calor es un vaho pegajoso, “bochorno” que llamamos por acá, que genera frentes y espaldas sudorosas y ropa que persiste en acoplarse con la piel melosa aun en la inmovilidad o bajo la sombra, cuyo único antídoto es el agua fresca de la ducha o el empelotamiento total.

Por las tardes, justo cuando el aire bochornoso oprime bajo un amodorramiento asfixiante, las nubes negras o grises que anuncian la lluvia vuelven a aparecer de cualquier lado y, sin que el calor ceda un ápice, se desgrana un aguacero intenso que silba amenazadoramente y relampaguea allende las montañas o en el mismo corazón de la ciudad. Generalmente llueve por lapsos cortos que escampan abruptamente. A veces la lluvia se escurre paulatinamente durante casi toda la tarde, encerrando la ciudad en un manto de agua que parece eterno.

Por eso aquí y ahora, detrás de esta prisión acuosa a la que nuestro invierno nos conmina, suspiro por el verano anticipado que en la lejana Noruega ahora disfrutan y sueño despierto con prados verdes y secos, con gaviotas que se remontan en un cielo sin nubes y con el gozo de un sol franco que invita a salir.