lunes, 8 de mayo de 2006

LA INVASIÓN PAISA

Están por todas partes: En los negocios de los barrios y en los centros comerciales, en el sur y el norte de la ciudad y en las zonas populares o en los sectores de estrato 6; están en las panaderías, los supermercados, los almacenes de ropa y de calzado, las tabernas y las discotecas y, últimamente, en casi todos los minúsculos locales que se apretujan en los viejos edificios del centro de Cali, convertidos, de la noche a la mañana, en enormes y laberínticos emporios comerciales.

Son imperdibles. Su acento los delata, así como también su piel blanca y su jerga plagada de modismos y dichos tradicionales. Son los paisas, descendientes de los legendarios arrieros que descuajaron selvas y fundaron pueblos en la legendaria “Colonización Antioqueña” de mitad del siglo XIX, llegados a Cali ahora en hordas imperceptibles pero reales, en un fenómeno migratorio que ahora sorprende, aunque en verdad empezó desde hace por lo menos década y media atrás.

La percepción común es que se han apoderado de casi toda actividad comercial en Cali. Porque, eso si, su marca distintiva, ganada a pulso, es la de ser negociantes astutos y exitosos. Su presencia es fuerte en el ámbito de las ventas de toda clase de servicios y productos, bajo múltiples formas y diversas escalas que van desde la propiedad de un pequeño negocio de barrio hasta la construcción de todo un centro comercial. Hasta los técnicos del Cali y el América son ahora paisas.

Sus hábitos migratorios también son sui generis, porque lo hacen en clanes familiares, de forma tal que se asientan en un lugar y se explayan en su actividad económica a través de intrincados hilos filiales que se extienden a hijos, primos, cuñados y cuanto familiar puedan ubicar. También es innegable su regionalismo a ultranza, de forma tal que solo parecen confiar en los de su misma raza, lo que los convierte en miembros de “roscas” que jamás se deshacen, ni aun cuando la expansión de sus negocios pareciera aconsejarlo.

Ahora, según decía el periódico Q´hubo hace algunas semanas, se preparan para imponer un alcalde paisa en Cali, cosa que a mi me parece bobada, siendo que todos sabemos que el verdadero alcalde de esta ciudad es el Presidente Uribe, más paisa que cualquiera, a quien tenemos por acá casi semanalmente buscando salirle al quite a cuanto entuerto arma el mediocre alcalde que elegimos.

Sin embargo, el tema divide en la misma medida en que los caleños perciben a los paisas. Unos, porque los hemos aceptado sin mayores prevenciones y convivimos con ellos sin problema alguno; otros, porque les inspiran rechazo, desconfianza y hasta odio. Las razones para esto ultimo pueden ir desde el celo comercial hasta cierta sensación de desplazamiento socioeconómico basado en el hecho de que mientras muchos habitantes de Cali jamás han podido asentarse en un ingreso económico digno, los advenedizos paisas parecen progresar sin problemas en medio de una ciudad económicamente golpeada. Y todos nos preguntamos cómo lo hacen.

Son, obviamente, subjetividades sin mayor explicación que el sentimiento personal. Porque lo que si es cierto y es vox populi en Cali, es que la plata que ahora circula y que en cierta forma ha contribuido a disminuir los bajos índices económicos que teníamos, es de origen paisa. Así que, pues, a caballo regalado…

Bueno, aunque ni tan regalado. Los negocios para un paisa son fundamentalmente eso y si tienen a bien invertir la plata por acá, seguramente no lo hacen en plan de filántropos. Mi opinión es que la actividad comercial, como la naturaleza, repudia el vacío y ellos solo han venido a llenar el dejado por una elite industrial y comercial que se estancó desde hace décadas, embebida en la cultura de riqueza fácil y estéril que dejó el narcotráfico.

Pero no todo es así de bueno. Algunas cosas preocupan de esta invasión paisa. La primera, es que la condición de casi todos los migrantes que nos han llegado es la de gente rural, pueblerina, que no sobrepasa la educación secundaria, dedicada a negocios comerciales básicos que no requieren mayor infraestructura tecnológica. De este modo, prácticamente nada aportan a Cali en materia de empleo calificado ni de conocimientos técnicos o científicos para la industria o el comercio raizal.

También preocupa la proliferación de centros comerciales por doquier, levantados aun a costa de la identidad urbana y el patrimonio arquitectónico de la ciudad. Los del centro, por ejemplo, son edificios cuadrados, anodinos, sin gracia alguna, destinados únicamente a comprar y a vender, y nada más. Los del sur, son copias unos de otros, con solo una calle de distancia entre ellos, totalmente amorfos, que no representan avance urbanístico alguno y que, incluso, violan varias normas urbanísticas del POT.

Pero quizás lo más preocupante es la sospechosa y escandalosa riada de dinero que se mueve detrás de todo este fenómeno. Nadie a ciencia cierta sabe de donde salieron los miles de millones requeridos para la construcción en tan poco tiempo y de tantos enclaves comerciales a la vez en una ciudad que hasta hace poco se quejaba de todo tipo de infortunios económicos. Con la mayoría de los mafiosos locales en fuga, junto con sus riquezas portátiles, una explicación por ese lado no aplica.

Por tanto, el rumor mas acentuado es que se trata de plata de paramilitares desmovilizados, tratando a toda costa de camuflarse en Cali antes de la hora de rendir cuentas al Gobierno. Puede ser. De todas formas es inexplicable que por un local de escasos seis o siete metros cuadrados en un edificio remodelado del centro de la ciudad, dedicado a vender calzoncillos de $5.000, ahora se pida una “prima” de ¡seiscientos millones de pesos! Y lo curioso es que nadie vende, ni siquiera en ese precio.

En fin. No se trata de señalar con generalizaciones improbadas a los paisas que viven y trabajan en Cali. La mayoría, lo se, son gente esforzada y honrada que tratan de progresar junto con sus familias. Pero habrá que abrir bien el ojo, porque detrás de ellos pueden venir soterradamente los invasores verdaderos, aquellos de los que ya sabemos y conocemos bastante los caleños, y que, por lo mismo, no los queremos ni poquito por acá.

¡Y si quieren un alcalde paisa, pues que nos manden el de ellos y nosotros les mandamos a Polo!