sábado, 22 de abril de 2006

EL PUESTO DE ARRIBA

Esa mañana de viernes era especialmente fría. Desde la madrugada nubes arratonadas se apeñuscaban sobre las montañas neblinosas, creando el presagio de una lluvia inminente. Don Bernardo salió de su casa abrigado con una chompa negra, con su infaltable sombrero de paño verde calado hasta las orejas y precedido por el vaho vaporoso que el frío le arrancaba a su aliento. Cruzó en la primera esquina y llegó presuroso a la plaza principal, casi desierta. En un costado dio vuelta y se encontró de frente con el chofer de la chiva que, enruanado y recostado contra el vehiculo, sorbía un tinto caliente. "Pensé que ya no venía" le dijo. "Estuvo verraca la levantada, trabajé hasta tarde", le contestó con displicencia. Arreglaron el precio del viaje y quedaron en que el carro pasaba en quince minutos por él y la mercancía.

El hombrecito, con paso presuroso, volvió al local y arregló los seis ataúdes, finamente bruñidos y alineados prolijamente contra la pared del estrecho cuarto que le servia de bodega. El olor a madera y a pegante lo invadía todo. A los quince minutos exactos oyó el ruido del vehiculo frenando frente al local y el pito ronco que anunciaba su arribo.

Entre los dos sacaron los ataúdes, cuatro de adulto y dos de niño, y los acomodaron en la parte trasera del vehiculo. Los de niño y tres de los de adultos se dejaron apiñar, pero el sexto, pintado de un negro reluciente y con manijas doradas, se negó a caber. Fatigados y sudorosos, pactaron después de varios intentos infructuosos que el cajón viajara en la parte de arriba, aunque con la condición, exigida por don Bernardo, de que lo cubrieran con una lona roja que el chofer llevaba doblada debajo de su asiento. Acomodado y asegurado el féretro a satisfacción del ebanista, este se aprestó para el viaje sentándose en el asiento delantero de la chiva.

El vehiculo recorrió lentamente las calles del pueblo recogiendo, aquí y allá, varios pasajeros que se fueron distribuyendo en las duras bancas. Algunos miraron con aprehensión los atudes apilados al fondo, se echaron cruces y procuraron sentarse lo más lejos posible. En la parte superior, el chofer empezaba a apilar bultos, canastos, racimos de plátano, jaulas con gallinas cacareantes y gallos cantadores y cuanta cosa le pasaban los viajantes. Don Bernardo se revolvía en su asiento, preocupado por el estado de su mejor y mas valiosa pieza, de la que temía terminara desportillada por cuenta de las cosas que el chofer acomodaba sin mayor cuidado a su alrededor.

Casi media hora después la chiva se encaminaba a la salida del pueblo. Al cruzar por la ultima esquina y acometer la subida, corta y enhiesta, que enfilaba hacia la carretera a Popayán un súbito estrépito de cosas quebrándose y aves que cacareaban con desespero sorprendió a los ocupantes del rodante. El chofer frenó en seco y todos a una miraron hacia atrás. En el pavimento yacían los pedazos de madera destrozados de una caja de tomates cuyo contenido rodaba incontenible por todas partes, además de tres gallinas que, agitando frenéticamente las alas, intentaban escapar calle abajo.

"Se soltó la hijuemadre caja de los tomates", exclamó el chofer mientras corría al lado de varios pasajeros que, batiendo los brazos, pretendían atajar el escape de las aves. Otra media hora duró recoger el estropicio, pero fue suficiente el incidente para decidir a don Bernardo: Viajaría arriba para vigilar el ataúd. No podía darse el lujo de perder o dejar dañar la pieza y con el bruto del chofer, pensó, eso era seguramente lo que pasaría. Así se lo dijo y el hombre se limitó a encoger los hombros.

Don Bernardo subió por la escalerilla trasera del vehiculo y buscó un sitio al lado de la lona roja, haciendo un hueco entre varios bultos de naranja que le sirvieron de respaldar. Extendió la ruana blanca de cuadros negros con la que siempre viajaba y se cobijó con ella. La chiva ronroneaba suavemente y se mecía con regularidad por la serpenteante carretera.

Algunos minutos después, sin mayor aviso, se soltó el temido chubasco. Gotas gruesas se precipitaron broncamente desde el cielo gris, empapando en un santiamén el techo del vehiculo y todo que lo viajaba en él, incluyendo a don Bernardo. Desesperado por evitar la mojada, el hombrecito trató de cubrirse con la ruana y después con la lona, pero el agua lo acosaba por todas partes.

Fue entonces cuando tuvo la repentina idea de guarecerse dentro del ataúd. Como pudo, zafó las cuerdas que entrababan la tapa, lo abrió con cuidado, se acomodó rápidamente en el interior tibio y acolchado y lo cerró suavemente, teniendo la precaución de dejar un pedazo de la ruana afuera para que el cajón no se cerrara y lo dejara respirar. Pasado un tiempo, el golpeteo rítmico de la lluvia en la madera arrulló al ebanista, que pronto se abandonó a un sueño profundo por cuenta del cansancio y la trasnochada.

Mientras tanto, el vehiculo continuó su largo recorrido. Un poco mas tarde la lluvia amainó y el chofer, como era costumbre, empezó a recoger pasajeros a lo largo de la carretera que rápidamente coparon la capacidad de la chiva. Por tanto, los últimos fueron enviados al "puesto de arriba", al techo del vehiculo, en donde era usual viajar a falta de mejor acomodo.

Sentados y distribuidos a lo largo y ancho del techo del rodante, los pasajeros pronto advirtieron, con desazón, la presencia del negro ataud que, despojado por el viento de la protección de la lona roja, brillaba extrañamente a la luz del día mientras se mecía suavemente al impuso del vehiculo. El desconcierto fue en aumento al percatarse del extremo de la ruana blanca con cuadros negros que asomaba por la tapa y que el viento agitaba como un pañuelo de saludo. "Mierda, lo van a enterrar con ruana y todo" comentó uno de ellos, mientras los demás buscaban un lugar lo mas alejado del cajón, persignándose con temor. Desde ese momento no le quitaron el ojo de encima al ataúd.

Durante hora y media el viaje continuó sin novedad. Entretanto, don Bernardo, aun bajo los efluvios del reparador sueño, despertó por causa de algún ruido externo. Duró desorientado algunos segundos, pero recordó finalmente donde se hallaba y la razón por la cual había decidido meterse al ataúd. Por eso, sigilosamente, para evitar la posibilidad de mojarse con el aguacero que recordaba y, de paso, emparamar el interior del cajón, levantó un poco la tapa y sacó por la rendija lentamente la mano para cerciorarse si había escampado.

El grito colectivo de los pasajeros del techo del vehiculo fue instantáneo y al unísono. Todos, con ojos desmesurados, vieron paralizados por el terror lo que creían la súbita resurrección del supuesto difunto que viajaba con ellos. Y cuando don Bernardo abrió del todo la tapa del ataúd, mas asustado que ellos por el griterío, la reacción de pánico fue mayor y, sin esperar nada mas, se arrojaron todos desde el vehiculo en marcha.

Al final de esta historia digamos que, de los infortunados pasajeros del puesto de arriba, cinco fallecieron desnucados o reventadas sus cabezas contra el duro piso. Por eso, para don Bernardo, involuntario causante de tal desgracia, el insuceso le generó una inesperada y pequeña bonanza: Logró vender apresuradamente, aunque a menor precio, cinco de los ataudes que llevaba a Popayán porque los muertos, siniestra coincidencia, fueron exactamente tres adultos y dos ni?os.

El sexto ataúd, por agüero, ese mismo día lo devolvió al taller y la noche siguiente, en una fogata que hizo en el patio de su casa, lo quemó hasta el último pedacito para ahuyentar la posibilidad, al menos inmediata, de convertirse en su ocupante permanente.