lunes, 16 de enero de 2006

EL FANTASMA DE HECTOR LAVOE

"Las tumbas son pa´los muertos y de muerto no tengo na´..."
Las Tumbas, ISMAEL RIVERA

Me gusta hablar con Guille. Bueno, me gustaba, porque perdí inexplicablemente esa manía de visitar a los amigos los viernes en la tarde para charlar insustancialidades mientras tomábamos cerveza, indolentes, ajenos a la frenética ciudad. Con Guille es especial, no sé, talvez por su risa amplia y destemplada, por sus historias truculentas pero interesantes o, simplemente, porque sabe de salsa brava como nadie. Sin embargo, ese viernes noté que su charla era distinta, parca, melancólica, como arrastrando las frases, y que ni siquiera las dos cervezas frías, que parecían derretirse sobre la mesa de vidrio opaco, le alegraban las palabras. Tomaba de su cerveza con gesto distraído y con sorbos largos. A su espalda, el sol de las tres de la tarde tornaba incandescente el marco de la puerta de vidrio oscuro y le daba a la desierta discoteca un tono claroscuro que la cubría por todos sus rincones, como una cobija de gasa gris. Para ganarle al incomodo silencio le pregunté que qué tenía de nuevo. La pregunta tuvo el efecto deseado, porque al instante su negra cara cambio de gesto y le brillaron los ojos ratoniles con entusiasmo. Oiga, mijo, le cuento, me llegó una joya de Lavoe. Y se paró al instante, perdiéndose a mi espalda. Tomé de mi cerveza con lentitud, dándole tiempo, mientras oía ruidos cortos desde la cabina de sonido. Volvió con su sonrisota de siempre y, sentándose, me tendió la carátula de cartón de un disco de 33 r.p.m. La escasa luz no permitía ver mucho, pero se destacaba sobre el fondo blanco la fotografía colorida de varios músicos sonrientes que sostenían un cartel rojo entre las manos con un título en letras amarillas y grandes que no me molesté en tratar de leer. Miércoles, le dije, lo conseguiste. Su sonrisa se amplió al instante y se volvió risa. Su satisfacción era evidente. Claro, hermano, imaginate, una grabación de 1.962, sabés cuanto tenía Lavoe en ese tiempo, como 17 años, fue antes de Pacheco… Me contó que se lo había comprado al viejo Corquidi, el coleccionista, pero el h.p. me pidió un platal, todavía le debo, se lamentó a su manera, sonriendo. Te pongo algo, pa´ que lo oigás? No esperó mi repuesta, se levantó y unos minutos después los potentes parlantes crujieron bajo la aguja del tocadiscos y soltaron, con el siseo lijoso característico de las grabaciones viejas, una pachanga dura, de piano metálico y percusión altisonante, sabrosa, en la que la voz alta y nasal de Lavoe, inconfundible, se perdía en medio del trueno de los timbales y la vibración profunda de las trompetas. Cuando acabó el tema, tres minutos exactos después, el silencio se asentó sobre el vacío local como una alfombra recién sacudida. Guille también volvió a su puesto y escurrió la cerveza con fruición. Yo hice lo mismo, mientras esperaba, ansioso, sus próximas palabras. Entonces me contó lo inesperado. Que allí, en esa desvencijada discoteca de Juanchito, que en su mejores épocas, allá por los 80, se llamaba Juan Pachanga, estuvo el mismo Lavoe, en persona, mijo, te imaginás, tocando en unos Carnavales. Mientras me dejaba con mil preguntas en la boca, se paró y trajo dos cervezas más, que empezaron a escurrirse en hilos fríos sobre la mesa. Sí, mijo, lo contrató Larry Landa, el dueño original de esta vaina, pa´ que tocara por tres días, y lo tuvo aquí, viviendo un poco de tiempo, vos sabías? Que va, que iba yo a saber, pensé, pero no dije nada. Si, Lavoe vino en su mejor época, sabés, cuando ya se había abierto de Willie Colon y cantaba con su banda propia. Y mientras hablaba, Guille miraba para todo lado, se paraba, se sentaba, parecía un extraño maestro de ceremonia anunciando el número principal. Esto era la locura, mijo, no cabía una aguja, era cuando los Carnavales de Juanchito eran famosos, mas famosos que la Feria de Cali, pa´ que sepás. Parado en la mitad de la pista solitaria y oscura, señalaba con cierta reverencia la tarima imaginaria donde cantaba Lavoe y después me mostraba, señalando con su largo dedo, el pasillo a mi espalda, por donde se filtraba la claridad lechosa de la tarde. Y el man se quedó, sabes, después de los días en que tocó aquí, despidió a la orquesta y se encerró en el apartamento que Larry tenia aquí mismo, allá en el fondo donde yo duermo, todos los días con una vieja distinta, porque le llovían, mijo, mientras el viejo Larry le aventaba perica y trago… Hizo una pausa larga para beber de su cerveza y después me obligó a pararme y a caminar detrás de él hacia el fondo del local, mientras hablaba incansablemente. Nuestros pasos se los tragaba un tapete oscuro que parecía infinito. Guille abrió una puerta a la izquierda y prendió un solitario bombillo de luz amarillenta, que escasamente iluminó el baño inmenso y desvencijado, con un tocador de mármol desportillado por todas partes, un espejo grande y manchado y el mismo tapete rojizo que nos precedió desde la entrada. A pesar de sus precarias condiciones, indudablemente el lugar parecía haber sido testigo de tiempos mejores. Esto era una belleza, mijo, era la discoteca mas lujosa y mas grande de por estos lados, incluyendo a Cali, ahora es un cagadero… Y su risa se oyó por todo el lugar, a su estilo. Oiga, el caso es que Lavoe se quedó aquí como dos semanas, pero ya el viejo Larry estaba loco con el man, no sabia que hacer con él, porque el hombre no mostraba señas de quererse ir, así que decidió llevárselo pa´ su casa, su casota, mejor dicho, porque tenia una casa que pa´ que le cuento, y Héctor Lavoe se fue pa` lla y se dedicó a vivir a sus anchas, andando en los carros de Larry, derrochando en grande, rumbeando todas las noches, bebiendo con hembras, en fin, imagináte vos la vaina… Sentados nuevamente Guille bebía y hablaba, y miraba, sobre todo miraba mucho detrás mío como si de verdad esperara que alguien entrara de un momento a otro. O a lo mejor, pensé, eran cosas mías. Pero, sabés, el asunto no terminó bien, con Lavoe que bien iba a terminar, porque resulta que Larry estaba casado con una hembrota, una de las mujeres mas lindas de su tiempo, una reina, pues, pa´ que me entendás, y Lavoe era un mujeriego, un man al que las mujeres lo perseguían por su fama y su carreta, me imagino, y esta vieja, la mujer de Larry, hermano, cayó, porque el muy guevón del marido se iba a sus negocios y a sus cosas, y los dejaba solos, te imaginás, a Lavoe y a la mujer solos, mucho guevón, no… Y Guille se paró y fue por dos cervezas más. Vi con preocupación que las botellas comenzaban a arrumarse en la mesa, aunque más me preocupaba que el negro no terminara la historia, así que empecé a despachar rápidamente mi nueva cerveza. Oí, querés oír más musiquita? No, bueno, si querés mas cerveza me avisás, ve, entonces te acabo de contar, el caso es que Larry llegó cierto día de sorpresa a la casa y, claro, encuentra a Lavoe y a su mujer encamados, en pelota, vos sabes, y como el man no era una pera en dulce pues los agarró a ambos a golpes, a la vieja la sacó en cueros pa la calle y a Lavoe lo sacó a patadas y lo amenazó con un revolver que si lo volvía a ver lo mataba, fue un escándalo el verraco, pero esto le dio muy duro a Larry, desde allí empezó a decaer en sus negocios, vendió esta discoteca y, según dicen, se enredó con traquetos que le propusieron subirles merca y bajarles plata de Nueva York, a donde el man iba a cada rato a contratar artistas y comprar su música, hasta que lo pillaron con perica en las maletas y lo condenaron como a 20 años de cárcel, mijo, como te parece… Aunque las sombras del lugar parecían acentuarse mientras avanzaba la tarde, los ojos de Guille brillaban como ventanas al sol. A través de la puerta nos llegaban, apagados, la risa de un niño y la voz de una mujer que, al parecer, lo llamaba a gritos. Pero sabés que es lo mas extraño, que esos dos manes se murieron el mismo día, sabés, porque Lavoe, unos años después del asunto con Larry, se tiró del cuarto piso de un hotel de Puerto Rico, no se murió pero quedó prácticamente invalido, andaba con muletas y después en silla de ruedas, incluso quedó mal de las cuerdas vocales, cuando volvió a Cali el man era una piltrafa, oíste, la carrera del man se acabó, se fue a pique, el caso, mijo, es que Larry apareció un día muerto a batazos en su celda y ese mismo día también se supo que a Lavoe le dio un infarto en su casa, postrado en la cama ya sin poder moverse… Guille guardó un silencio inesperado, que me sorprendió, e inclinando la cabeza hacia adelante, como en una reverencia, me volvió a señalar un punto a mi espalda y me habló con voz bajita. Se que vas a pensar que es mierda mía, pero lo que te quería contar es que algunas noches me ha tocado levantarme tarde a cerrar esa verraca puerta, la del pasillo que da al apartamento donde se quedaba Héctor Lavoe, y lo he visto, mijo, vestido de blanco, parado en esta misma pista, como si fuera a empezar a cantar, esos han sido unos sustos los verracos, me crees? Y me miró con fijeza, serio, esperando de verdad que le respondiera, pero guardé silencio, luchando contra el impulso de contestarle de cualquier manera. Algo en el tono de su voz me decía que hablaba en serio. Preferí acabar de un solo sorbo mi resto de cerveza, le dije que muy buena la charla y las cervezas, pero que tenia que irme. Me paré y lo dejé allí sentado, en silencio, otra vez con su cabeza en reverencia, mirando hacia el pasillo. No me contestó la despedida, ni se movió cuando abrí la puerta ni cuando la luz de la tarde entró a borbotones en la oscura discoteca. Cerré la puerta con suavidad y me marché. Arriba, el cielo era presidido por un sol que, aún radiante, parecía desdeñar a los fantasmas. Aunque fuera el fantasma del mismo Héctor Lavoe, pensé.