martes, 22 de noviembre de 2005

ANO...NADADO

En el siempre interesante blog de Tecnochica encontramos dos noticias que, como el titulo de este post, nos dejaron idem. Salidos del primer estupor, corrimos a consultar nuestro desvencijado DRAE, que no por viejo es menos sabio, para indagar si el lugar en donde decorosamente termina la espalda tendría algún significado o uso que ignoráramos. Pero, terco, el vocablo se mantenía en sus trece: Dícese del ano que es aquel elemento de la anatomía humana que sirve para excretar las heces resultantes del proceso digestivo. Bueno, pensé, tal vez por trasero, pero tampoco, porque denominase este como equivalente a nalga o nalgatorio y se refiere a los promontorios cárnicos que guardan a buen recaudo el ano, palabras más, palabras menos.

Ya persuadidos de la permanencia semántica de esta notoria pieza anatómica, repasamos, aun atónitos, las dos noticias: La primera, nos informa que la actriz (¿?) y cantante (¿¿??) Jennifer López, conocida en el ambiente artístico como “JLo”, habría contratado con una reconocida compañía de seguros una póliza por varios millones de dólares para asegurar su trasero. Y la noticia sorprende, pues aunque las extravagancias que vemos a diario entre estos afortunados prójimos nuestros de la farándula internacional nos han corrido la cerca del asombro, nos queda aun cierto remanente para anonadarnos. Asombra, sobre todo, que uno pueda asegurarse el c…, pero tratándose de la López, todos los señores suspiramos con alivio de que en medio de tanta inseguridad y tanto terrorismo, al menos esa maravilla se encuentre a salvo.

No se porque me vinieron a la cabeza, después de leer la noticia de marras, todos esos trámites que tuve que hacer este año para asegurar mi pichirilo. Lo tuve que llevar donde un experto o perito, quien le tomo fotografías por los cuatro costados, lo examinó por fuera y por dentro, me preguntó por los rayones, hundidos, manchas y demás y, después de todo ese dispendioso tramite, le dio el visto bueno a la aseguradora para la póliza. Me he preguntado desde entonces: Si todo esto fue para un pinche carro, como no será para un c…, elemento este a veces tan frágil, tan expuesto a la intemperie, a los cambios bruscos de temperatura o, al menos, a las miradas penetrantes.

También me he devanado los sesos, debo confesarlo, pensando en si a la pobre Jennifer le sometieron el trasero a toda esta experticia: Si algún mugroso mecánico le miró con linterna y a fondo el buen estado del elemento asegurado; si le tomaron fotos por todos los costados; si le miraron con lupa los desperfectos, si es que los tiene, de esa sublime pieza. Ojala que no, pero conociendo a las aseguradoras, nada de raro tiene.

Otra pregunta inquietante, si me lo permiten, que es obvia pero necesaria: De que tipo de riesgos asegura uno el c…? Bueno, no es que dicho elemento no corra riesgos, mas aun en esta época de tanto equivoco sexual que uno encuentra por allí, pero francamente no me explico cuales serian los riesgos para el trasero de la López. Forzando la imaginación, a uno le vendría a la mente, en primer lugar, un estreñimiento bien tenaz, que podría conducir al congestionamiento acelerado de la mentada pieza. Pero, no, que va, estreñimiento nos da a los de estrato tres hacia abajo, por lo que uno no logra imaginarse a tan fina señora sentada por horas en el sanitario, resoplando como una locomotora, con la cara amoratada, los ojos llorosos y la mirada perdida, esperando la dolorosa salida del esquivo pasajero.

O podría ser, por que no, lo contrario: Una copiosa y sonora diarrea, que lo enflaquecería al extremo, tornándolo desgonzado, caído y sin fuerzas. Pero el argumento en contra seria el mismo del párrafo anterior, con la aclaración de que diarrea o churrias les da a los que comen (o jartan, como dicen en Boyacá) todas esas porquerías culinarias conocidas como fritanga criolla, “corrientazo” o “milenio”, cosas que la López seguramente ni siquiera imagina que existan, menos que se puedan comer.

Un tercer riesgo, o siniestro que llaman, podría ser lo que mi fallecida abuela materna, alma bendita, denominaba como carranchin o siete luchas, que produce una rasquiña tan intensa que puede conducir, si no se trata a tiempo con una buena azotada de ortiga y un intenso restregamiento con tusa de choclo, a la locura y hasta la muerte. Pero esa lamentable dolencia solo les da a los que depositan su trasero en cualquier sanitario o letrina, como el de la galería La Floresta de Cali o el del restaurante Las Delicias del Camino, especializado en platillos para conductores de tractomula. Ni de riesgos que JLo llegue tan bajo, mas aun cuando uno de sus novios o maridos le regaló cierta vez un costosísimo water con incrustaciones de piedras preciosas y diamantes. Seguramente el carranchín nos daría a Usted o a mí donde nos sentemos en semejante fortuna a darle gusto al bajo vientre.

Un cuarto riesgo, por idea aportada por la calenturienta mente de cierto amigo mío, sería la asegurar a la López y a su trasero de la posibilidad de un doloroso accidente consistente en que su marido, el enclenque Marc Anthony, en una noche de copas, una noche loca, pasado de tragos, pudiera confundir la zona natural con la que se cumple el deber conyugal con la que aquí nos ocupa, lo que sin duda podría producir un grave estropicio en tan delicado portento. Esta posibilidad, aunque un poco rebuscada, es factible, pues casos se han visto. Lo que yo le discuto a mi amigo es como se le demostraría a la compañía aseguradora tan vergonzoso evento. Si para probar que a uno le chocaron el carro por detrás le exigen fotografías del golpe, croquis del policía de transito y testigos del accidente, además de un peritaje de los daños, me temo que a JLo tales pruebas le serian muy difíciles de obtener.

Bueno, la segunda noticia, si bien relacionada también con el mismo elemento, es aun más asombrosa, pero también extremadamente dolorosa. Resulta que en Rumania cierta dama se apropió de un celular que alguien habría dejado por ahí “pagoso”, como dicen por acá. Posteriormente, la mujer subió apresuradamente a un vehiculo de servicio publico, esquivando la persecucion. Varios pasajeros la vieron, como también vieron que portaba el celular. Detenido el vehiculo mas adelante por la policía, se le hizo intensa requisa a la mujer, sin encontrarle el artefacto. Conducida a la estación policial volvió a ser cuidadosamente requisada, sin ningún resultado. A punto de ser liberada, se le ocurrió a uno de los policiales llamar al número del celular, cuyo insistente y sonoro timbre se escuchó clara e inmediatamente en el recinto. Se decidió, entonces, practicarle un examen rectal a la mujer, encontrándose en ese secreto lugar de su anatomía el elemento hurtado.

También varias obligadas reflexiones surgen de este inusitado caso: Por un lado, probablemente el hombre al que le robaron el celular debe notar, ahora que se lo devolvieron, que cada vez que lo usa siempre termina hablando m… Por otro lado, debe el trasero de la mujer agradecerle a su dueña que esta no se hubiera dedicado a robar celulares hace unos años atrás, cuando la tecnología no había reducido tanto el tamaño de los teléfonos móviles, Recuerdo que el primer celular que compré, por allá en el año 1994, media casi el largo de mi mano, y había que sacarle la antena para usarlo. De habérselo robado la rumana, probablemente hubiera sido necesario una cesárea para recuperarlo. Lo que si me ha aclarado este asunto es la razón por la cual cada vez los hacen mas pequeños y delgados: Con tanta competencia entre empresa de celulares, es porque piensan metérnoslos, primero por los ojos, después hasta por ese dolorosísimo sitio.

Conclusión: Dos traseros, uno de alcurnia, otro plebeyo. Uno venerado y consentido hasta el extremo; el otro, famélico y humillado por una profunda requisa policial. De todas formas, ambos nos dan la medida del futuro que tendrán entre nosotros los c… del nuevo milenio.