viernes, 18 de noviembre de 2005

UN ESQUELETO EN EL HORNO (II Parte)

El día siguiente, Viernes Santo, fue inenarrable. Totalmente incomunicada, la ciudad parecía sitiada por la desgracia. Lo que se sabia llegaba por historias de aquí y de allá que pasaban de boca en boca, historias que la exageración deformaba, convirtiéndolas en partes catastróficos que sobrecogían el alma de todos: Que habrían mas de diez mil muertos, que en la Catedral murieron casi mil, que la mitad de la ciudad está en ruinas, que mucha gente sigue viva y enterrada bajo los escombros... Todo era desmesurado, a la medida del miedo que todos sentían, aunque nadie sabía nada a ciencia cierta ni ninguna autoridad informaba lo que estaba sucediendo.

La escena más dantesca de ese día se vio en el cementerio de la ciudad. Situado a pocas cuadras de la panadería de los Giraldo se hizo allí una interminable romería de gentes que acudieron a ver lo indescriptible: el terremoto había derrumbado las paredes de las bóvedas y los ataúdes, muchos carcomidos por la podredumbre y desparramados por el suelo, dejaban ver los cuerpos en descomposición, calaveras de largas melenas, fémures, osamentas con restos de tejido y de carne macilenta y muchos rostros deformados espantosamente por la muerte. Sin embargo, todos coincidían en que lo más impresionante era el olor a muerte, a osario, a pudrición, que se apoderó de toda la zona por muchos días.

Bajo ese triste panorama el esqueleto de El Roscon parecía destinado al olvido. Por eso el barrio se sorprendió cuando el sábado siguiente, a las nueve de la mañana, un juez de instrucción, su secretario y los dos policías que habían acudido el día del hallazgo, se hicieron presentes en el lugar.

El funcionario, con su rostro serio enmarcado por gruesas gafas de miope, retiró con parsimonia el plástico verde y examinó la escena con atención. Su secretario, entretanto, aporreaba la maquina de escribir en un escritorio improvisado con tablas y ladrillos. Por orden del juez los policías recogieron el reloj y el zapato mutilado, lo depositaron con cuidado en una bolsa plástica y lo metieron en el carro oficial en que se movilizaban. Los obreros fueron interrogados por el juez, al igual que los Giraldo, a quienes alguien les oyó decirle al funcionario judicial que no tenían ni idea de quien se trataba ni como había llegado allí el cuerpo. Después de dos horas de pesquisas, la comitiva judicial se retiró con los restos envueltos en el mismo plástico verde, que se agitó como un inmenso pañuelo cuando el vehículo emprendió la marcha.

Transcurridos algunos meses la historia de los Giraldo y el esqueleto se olvidó bajo el peso de los avatares frenéticos de la ciudad que intentaba resucitar. En el barrio nadie volvió a hablar del asunto y de Don Elías y su familia tampoco nada más se supo. Al menos, no hasta cierto día en que apareció una señora desconocida.

La mujer dio primero varias vueltas por el lugar donde yacían aun los escombros de la panadería. Después, tocó en las casa vecinas averiguando por un hijo suyo que desde hacia mas de año y medio se había venido del campo a trabajar como panadero en el negocio de los Giraldo y que desde entonces parecía que se lo había tragado la tierra, porque ninguna razón, ni buena ni mala, le volvió a llegar a su familia. Nadie, sin embargo, pudo darle razón precisa sobre el muchacho a la apesadumbrada mujer, cuya humilde apariencia mostraba sin lugar a dudas su extracto campesino. Pero algún acucioso vecino recordó el asunto del esqueleto y orientó a la mujer para fuera a hablar con el juez que investigaba el caso.

La sorpresa de los habitantes del barrio fue en aumento cuando varios días después apareció en el sector nuevamente el juez, el secretario y varios policías, que indagaban a los vecinos, ya no sobre la victima, sino sobre el paradero de Don Elías y su familia. Y alguien, después de que se marchó la comisión judicial, contó que uno de los sabuesos le habría informado que la mujer reconoció el reloj que tenia el esqueleto porque era el mismo que ella le había regalado a su hijo dos días antes de venirse a la ciudad, razón por la que el juez concluyó que Don Elías Giraldo era ahora sospechoso dentro de la investigación, pues además el forense habría determinado en su pericia que al sujeto lo habrían matado de un certero tiro en la cabeza.

Y tal información puso a todo el barrio a especular en cuanta conversación se suscitaba sobre el misterio de la muerte del infortunado a quien pertenecía el esqueleto: Que había sido por una deuda, que por un problema de tragos, que era un suicidio. Las versiones iban y venían, azuzadas por la desaparición intempestiva de Don Elías, de quien desde el sábado siguiente al terremoto nadie sabia de su paradero.

Sin embargo, varios meses después de tal revuelo, gracias a cierto vecino que se dio maña en conocer el expediente por cierta amistad con el secretario, se supo que Don Elías había sido localizado en Medellín y que por orden del juez había sido puesto preso como sospechoso del asesinato. Y que, confrontado con las pruebas, el hombre habría confesado sollozando su culpabilidad en el asesinato.

Las razones eran contundentes: Entre una de sus hijas, la mayor y la mas bonita de las dos, y el muchacho se habría suscitado un apasionado romance a escondidas del padre, el cual habría culminado con la preñez de la joven. Descubierto el asunto por Don Elías, despachó al día siguiente a las dos muchachas para su pueblo natal, en donde debió transcurrir el vergonzoso embarazo y el nacimiento del hijo bastardo. Pero esa misma noche el furioso hombre planeó con alevosía la muerte del galán, convocándolo para trabajar hasta tarde en el horno, todavía en construcción, que levantaba por esos días en la parte trasera del local.

En hora avanzada de la noche el ofendido padre, aprovechando el descuido del muchacho, lo sorprendió por la espalda y de un certero disparo en la cabeza lo mató. Recogió el cuerpo y lo arrojó detrás del horno, y pasó toda la noche levantando con ladrillo y mezcla una pared tras de la cual dejó encerrado el cadáver. Y allí permaneció, a salvo de toda mirada curiosa, hasta cuando el evento telúrico desbarató la propiedad y saco de su impensado escondite el esqueleto. Después de tan completa confesión, el hombre fue condenado a varios años de prisión.

La historia del esqueleto y su inesperado desenlace perduró por mucho tiempo en el barrio, y aun en la ciudad, que lentamente se recuperaba de todas sus penurias. Pero con los años se fue olvidando. Ahora, solo pervive en la memoria de los habitantes más antiguos del barrio. Por ello, cuando entre ellos se sabe de alguien que tiene algo escondido, un secreto de esos que no se quiere a toda costa que se sepa, alguno con socarrona sonrisa simplemente le dice: "Acuérdese del esqueleto en el horno…".