viernes, 11 de noviembre de 2005

UN ESQUELETO EN EL HORNO (I Parte)

El jueves 31 de marzo de 1.983 ocurrieron dos cosas, una después de la otra, que sacudieron para siempre la tranquila cotidianidad del barrio La Esmeralda, en el oriente de la ciudad de Popayán. La primera fue el terrible terremoto que, con un bramido portentoso, a las 8 y 13 minutos de esa fría y tranquila mañana, sacudió con ondas serpenteantes y violentas, durante treinta segundos eternos, los cimientos de los edificios y las casas e hizo desplomar, con estruendo y entre nubes de polvo, paredes y techos, sepultando a mas de mil quinientas almas, algunas de ellas reunidas rezando el ángelus en la blanca Catedral de la ciudad. La inmensa cúpula se desprendió estrepitosamente y aplastó a los que en las primeras bancas se aprestaban a comulgar. Los que se ubicaron en lugares alejados del altar principal pudieron correr despavoridos hacia el atrio y después mirar con terror desde la Plaza de Caldas como se desmoronaba el resto del imponente edificio. De adentro nadie más salió con vida.

La segunda se produjo varias horas después. Y consistió en el extraño descubrimiento que hicieron los obreros de la cuadrilla que, desde la misma mañana de ese infausto jueves de Semana Santa, se dedicaban a remover los escombros del edificio de tres pisos en donde, hasta ese día, había funcionado la próspera panadería El Roscón, de propiedad de los Giraldo. Uno de ellos, dedicado a sacar los enseres aun útiles de la zona donde se hallaba ubicado el inmenso horno de ladrillo, se encontró de pies y manos con un polvoriento esqueleto que, casi intacto, apareció en posición fetal entre los ladrillos ennegrecidos. Asombrados, los obreros encontraron también jirones de tela roja entre el costillar y un reloj enmohecido enredado en el hueso del brazo izquierdo de la osamenta. Muy cerca hallaron también la mitad calcinada de un zapato negro.

En el barrio todos recordaban la llegada de la familia Giraldo, hacia ya una década. Eran paisas, y se notaba porque su acento cantadito contrastaba con el pausado de los raizales cuando Elías Giraldo y su esposa atendían detrás de la vitrina de la panadería que abrieron apresuradamente en un diminuto local que, al parecer, el hombre compró de entrada. Todo el barrio, además, fue testigo de su progreso, porque a los pocos años el local se convirtió en un salón inmenso con varias vitrinas que exhibían las múltiples delicias que ofrecía la Panadería El Roscon. Posteriormente, la propiedad se convirtió en un vistoso edificio de tres plantas, que destacaba entre las casas humildes de la populosa barriada. Y su propietario cobró finalmente fama de adinerado cuando compró un flamante Renault 4, ultimo modelo, lo cual se explica por el hecho de que lo mas cercano a la modernidad automotriz que se conocía por el sector era el Escarabajo modelo 60 del padre Pabón, párroco del barrio.

Se podría decir que los Giraldo eran una familia más bien corriente. Don Elías, cincuentón y entrado en carnes, era un típico paisa de piel blanca, ojos claros y cierta hosquedad en el trato. Su esposa, robusta y rubia, tampoco hablaba mucho, aunque todos concuerdan en que era muy amable y que, a escondidas de su marido, les fiaba a los mas conocidos. Pero las que realmente se distinguían eran las dos jóvenes hijas de la pareja, que habían llegado muy niñas, pero que al cabo de los años se habían transformado en un par de hermosas adolescentes, cuyos ojos verdes y rasgados contrataban con su larga y castaña cabellera, que siempre llevaban suelta y pulcramente peinada. Eran altas y esbeltas y, a diferencia de sus padres, sonreían todo el tiempo. No había hombre alguno en La Esmeralda, joven o viejo, que en mayor o menor medida no estuviera enamorado de alguna de las dos muchachas, o de las dos.

Pero nadie se les acercaba con fines románticos, al menos no que se supiera públicamente. Se decía, sin comprobación conocida, que Don Elías guardaba bajo el estante de la caja registradora siempre un revolver cargado, destinado no tanto a espantar ladrones como a alejar los posibles pretendientes de sus hijas. Además, su mal genio era cosa harto conocida de sus vecinos. Así que lo mas cercano a un cortejo consistía en vigilar cuando las muchachas bajaban a ayudar en la panadería y aprovechar para echarles una larga mirada mientras despachaban las polvorosas, las cucas, las peras de almíbar, las caleñas o cualquier otra pieza del extenso surtido que ofrecía El Roscón. Y siempre se salía premiado con una mirada acariciadora de sus ojos verdes y, en el mejor de los casos, con una sonrisa dulce que pagaba con creces la harinosa adquisición.

Después de los primeros minutos de ocurrido el sismo, tras el espeluznante momento de la trepidación y la terrible sacudida, los habitantes del barrio, evaluados los daños de sus casas y la situación de sus familias, cayeron en cuenta del siniestro vacío que ahora se veía en el lugar en donde antes se levantaba El Roscón. Del orgulloso edificio, nada había quedado. Sus tres pisos yacían arrumados en una montaña de cemento y ladrillo, así que todos temieron lo peor. Pero al acudir apresuradamente al lugar los vecinos vieron con alivio a la pareja de esposos que, aun empiyamados y con la cara crispada bajo una mezcla de espanto y desolación, observaban inmóviles desde la calle aledaña las ruinas de su propiedad. Nadie preguntó por las muchachas. Desde hacia mas de un año nadie las había vuelto a ver, siendo que después se sabría que el padre las había enviado a estudiar en una universidad de Medellín, noticia desafortunada que, en su momento, todos los hombres del barrio recibieron con suspiros de resignación y de platónico despecho.

A pesar de la dolorosa convulsión en que se hallaba inmersa la ciudad el hallazgo del esqueleto tuvo repercusiones ese mismo día. Alguien le avisó a la policía, porque a eso de las tres de la tarde, bajo una canícula picante, arrimaron al lugar dos solitarios policías de a pie. Miraron con curiosidad y a respetuosa distancia las piezas encontradas, entrevistaron a los obreros y se marcharon apresuradamente a la media hora, no sin antes recomendar que le echaran una lona o plástico al hallazgo y que no se moviera nada hasta que ellos volvieran con un juez de instrucción. Uno de los obreros tendió en el lugar un plástico verde, que bajo el sol brillaba como un pequeño mar.

El espanto de la primera noche después de la catástrofe hizo que el tema del esqueleto pasara a segundo plano. Sin energía y sin agua, las tinieblas llegaron temprano, en medio de las replicas que hacían crujir las paredes y que les recordaban a todos el pánico de esa mañana. Nadie durmió. Todos los vecinos sacaron colchones, muebles, alfombras y cuanta cosa pudiera servir de cama, y se acomodaron en los andenes y en la misma calle a pasar la noche. Hacia las nueve o diez se fueron apagando los cuchicheos apagados de las conversaciones y un silencio interminable se apoderó de todo y de todos, el cual solo se interrumpía cuando un nuevo temblor movía la tierra. Entonces, se alzaban murmullos de miedo, de llanto o de rezos, que de a poco se iban apagando nuevamente. Las patrullas del ejercito que vigilaban para prevenir los saqueos aparecían de vez en cuando en las esquinas, como fantasmas, y arrojaban los haces de luz de sus linternas sobre los bultos tendidos, pero solo el brillo del miedo en los ojos abiertos los reflejaban. Fue una noche eterna.

(Continuará)