martes, 1 de noviembre de 2005

"NO ES QUE DEL MICO VENGAMOS...

... sino que para mico vamos” dice un conocido refrán de estas tierras. Y me viene como anillo al dedo para iniciar estas líneas sobre un tema al que se han venido refiriendo con cierta frecuencia en varios blogs que leo cotidianamente: La evolución, como olimpo científico, que coloca al hombre en la cúspide de su individualidad, como dueño de su destino y, esencialmente, libre de cualquier creencia en un Supremo Creador.

Y aunque este tema me venía persiguiendo, o mejor, acosando, la excusa perfecta me la ha dado la noticia del 30 de septiembre, sobre algo sorprendente: Los gorilas, esos primos despreciados de los que se encuentran convencidos de provenir de los primates, usan herramientas!!! Sí, señor, o como lo diría el difunto Super Agente 86, no me lo van a creer, jefes, pero es así. La noticia reveló un video donde se ve a una hembra utilizar un utensilio para medir la profundidad de un río antes de cruzarlo y a otro ejemplar que usa una herramienta un poco mas sofisticada, hecha con ramas de árboles.

¿Cómo puede ser esto? Porque se trataría de gorilas salvajes, completamente alejados de cualquier enclave de civilización humana, como para decir que hacen tales cosas por imitación. Pero, ¿acaso no se ha dicho que la principal hipótesis de la teoría evolucionista es que la rama simiesca estrato uno de los primates (chimpancés, gorilas y demás) era una rama trunca en la escala evolutiva y que, por ende, se diferenciaba de los humanos en que sus atrofiados cerebros no les permitían la habilidad de construir y utilizar herramientas? Extraño, muy extraño. Porque además, se estableció por los científicos que elaboraron el reporte que tales habilidades se vienen transmitiendo de padres a hijos, o sea, enseñándose generacionalmente unos a otros, como en cualquier pinche colegio. O sea, que el asunto puede remontarse varios miles de años atrás. Mas raro aun.

A quienes creemos en que fue un Dios omnipotente, omnímodo y omnisciente nuestro Creador, no solo del hombre sino del universo entero y de todos los elementos y criaturas de la Tierra, no nos pasa ni por un segundo por la cabeza el embuchado de la evolución, elevada ahora por cuenta de su aparente cientificismo a ser una especie de religión, arrogante, incuestionable e intocable. Mi mente, aunque cavernaria (aunque mas cavernarios son los que se dicen evolucionados, pues de donde sino de la cavernas vinieron sus lejanos parientes) y presa en el oscurantismo, según se dice, no puede aceptar que toda la entidad humana, con sus cada vez mas sorprendentes y maravillosos mecanismos de funcionamiento biológico, según se ha ido descubriendo, y todas las demás complejas criaturas que me rodean, sea el producto de una baloto cósmico, de un chepazo insólito, perdido en la bruma de millones de años atrás.

Me niego a aceptar que soy el producto del súbito e inexplicado concubinato de dos elementos inertes, que en un azaroso chispazo, bajo las privilegiadas y excepcionales condiciones de un primitivo caldo químico, formado no se sabe como en medio del caos primigenio, produjeron el primer organismo unicelular desde el cual se formó el hombre, los animales y todo lo viviente.

Que supina ignorancia la nuestra, ¿cierto? Como dudar de una teoría científica tan irrebatible que vincula al hombre con los primates, en una época en que el gestor de la idea jamás logró ver o examinar un solo fósil, sencillamente porque ninguno se conocía entonces. Se inspiró Darwin, según dice en su obra, en el asombroso parecido del hombre moderno con los chimpancés y gorilas del África, por lo cual, muy inteligente él, planteó que ese continente había sido la cuna del hombre moderno. A nadie se le ocurrió tratarlo de racista, pese a que los hombres con los que inicialmente comparó con los primates fueron a los aborígenes africanos. Gajes del oficio, dirán sus adeptos. Lo cierto es que a partir de esta teoría, varias décadas después de la muerte del señor Darwin se vinieron a descubrir todos aquellos vestigios arqueológicos con que nos restriegan la certeza científica de la evolución del hombre a partir de la célula primaria, surgida en un universo longevo de millones de años.

Pero, ¿acaso no se ha demostrado científicamente que la Tierra tiene un origen de millones de años y que los primeros homínidos aparecieron hace 65 millones de años, por la tarde? ¿De verdad? ¿Quién demostró tales cosas? De seguro el viejo Darwin no fue. En realidad nadie ha llegado a tal certeza. Debe entenderse que la misma teoría de la evolución y todas aquellas que la apuntalan no han sido, no lo son ni serán nunca demostradas, porque la misma naturaleza del objeto sobre el que se basan no puede ser comprobado directamente, razón por la cual se tiene que acudir a hechos o descubrimiento indirectos que, aparentemente, fundamentan la hipótesis que sustenta, a su vez, la tesis central. Así funciona el método científico. Por eso, a lo mucho, lo que puede decirse es que se ha comprobado un hecho que a su vez sirve de presupuesto para sacar una conclusión probable de un resultado remoto que nunca jamás logrará demostrarse fehacientemente. ¿O es que acaso hay testigos oculares de cuando el antepasado primate se bajó del árbol o de cuando se irguió sobre sus dos patas? ¿O hay fotografías del cumpleaños del hombre de Cro-Magnon? Nada de eso.

Un ejemplo. Se afirma por los evolucionistas que es un hecho indiscutible que la Tierra tiene millones de años, contrario a lo establecido en la Biblia, que fecha su origen en un máximo de 10.000 años. Esta longevidad se necesita para explicar que la ameba se convirtió en hombre. La datación de la edad geológica y de los mismos fósiles se basa en técnicas como la radiometria, la cual tiene los siguientes problemitas: Los fósiles casi nunca son fechados por métodos radiométricos, ya que muy pocas veces contienen elementos radioactivos utilizables, de modo que lo que se hace es tomar la fecha de una roca volcánica que esté vinculada con el fósil. Esto hace que el dato dependa de tres suposiciones esenciales: 1. Cuántos átomos radioactivos en relación a los átomos hijos radiogenéticos (derivados por la descomposición radioactiva de otro elemento) había en la roca cuando fue formada. 2. Después de endurecer, la roca debe de quedarse como un sistema cerrado sin que ningún átomo sea añadido o quitado de la roca por influencias externas como las aguas subterráneas. 3. El grado de descomposición radioactiva debe de mantenerse constante. Si alguna de estas suposiciones falla, entonces la técnica falla y cualquier ‘fecha’ dada es falsa. Como nadie estuvo para observar la formación y la existencia continua de la mayoría de las rocas volcánicas, es imposible saber si alguna de estas suposiciones no ha sido quebrantada. Aún más, estos métodos han sido probados en rocas volcánicas de edad conocida alrededor del mundo con resultados equivocados. Por ejemplo, las rocas observadas en la explosión reciente en el Monte St.Helens (EE.UU.) fueron fechadas con edades de ¡340,000 a 2.8 millones de años! Claramente hay fallas serias en los métodos de fechación radiométricos.

Y los saltos evolutivos? Del llamado ancestro del hombre, que se dató con el cuestionable método ya mencionado, se dice que surgió hace 12 millones de años. Después, entre los 8 y los 5 millones de años ningún rastro se tiene. Que vaina, cómo pasa el tiempo. Y en un estadio situado entre los 5 millones de años y los 3 millones 750 mil años, por la mañana, aparecen los homínidos, de donde se considera surgió el hombre moderno. ¿Qué pasó en estos interregnos de tiempo? Averígüelo Vargas, pero la verdad es que en tan dilatado tiempo cualquier cosa pudo pasar. La verdad es que todas estas criaturas son animales extintos hace unos miles de años, de los que se dice son antepasados nuestros porque usaban herramientas y enterraban a sus muertos. Las pruebas: Unas huellas de tres pisadas misteriosas en Tanzania y los restos fósiles de una flor junto a un hueso en una cueva perdida del África. Lo puedo resumir así: Hoy me encontré el esqueleto de un pollo y mañana me encuentro el de un águila, entonces, como comparten alas y pico, puedo concluir que el pollo evolucionó en águila. Y como al lado del pollo encontré las llaves de un carro, entonces colijo que las águilas sabían manejar carro. Tan bueno el cuento.

Diría que en realidad lo que Darwin le dio al mundo no fue tanto una teoría, sino una excusa perfecta para renegar de Dios, al darle al hombre el arma que requería, en forma de una idea filosófica más que científica, para sublimar su egocéntrica rebeldía al proclamarse producto de la materia evolucionada y no de un Arquitecto universal. Que bueno zafarse de ese molesto Dios que le dice a uno que respete la vida de su semejante, cuando uno necesita la guerra y la violencia para dominar a otros. Que conveniente sacudirse de encima a ese insufrible Dios que le prohíbe acostarse con otro o con otra porque le debe fidelidad a su cónyuge, siendo que uno quiere es un coto de caza sexual. Que oportuno eximirse de obedecer al Dios que le ordena amar a su prójimo, cuando lo que uno necesita es oprimirlo, explotarlo o utilizarlo en provecho propio.

Si eliminamos a Dios como creador, negándolo o convirtiéndolo en un simple fetiche, en un rito, en una filosofía, en un curso de yoga o de relajación o en un discurso político, entonces podemos propiciarnos nuestra propia moral, incluso individual, a la talla de cada cual, dónde soy mi propio juez y mi propio legislador, moral esta cuyas fronteras puedo correr cada vez que me incomodan o que choquen con mis gustos, mis placeres o mi real gana, simplemente.

Sin embargo, el hombre moderno no es libre porque haya descubierto su supuesto origen lejos de Dios, sino porque ese mismo Dios creador lo dotó de inteligencia y libre albedrío, incluso, para que pudiendo escoger lo bueno, eligiera lo malo. ¿Por qué será, pregunto aquí, que nadie a quien le hayan explicado y convencido de la dichosa teoría evolucionista puede decir que a partir de ese momento su vida cambió y se sintió una mejor persona porque se dio cuenta que provenía de un simio? ¿Cómo no sentirse uno vacío, sin metas trascendentes mas allá de lo natural y lo material, si no se reconoce a si mismo como el producto excelso de un Creador inteligente que lo equipó, además de un organismo privilegiado, con un alma sobrenatural y un propósito de vida eterna? ¿Por qué, si de verdad tenemos tal creencia, nos quejamos del caos social, la violencia sin fronteras morales y la brutalidad humana, pruebas de lo cual encontramos todos los días, siendo que somos el producto cárnico y materialmente desarrollado de una ameba que se dio vida a si misma desde el caos? ¿Qué tipo de espíritu puede morar en el hombre si se considera como simple espécimen de una rama superdesarrollada de la familia de un animal primitivo como los primates, cuya vertiente actual aun vive en árboles, no posee mayores habilidades y no tiene la capacidad de pensar, sentir y actuar bajo un concepto elemental de conciencia?

Por todas estas cosas se tiene la idea de que los creyentes en un Dios creador somos ignorantes, anticientíficos y sectarios. Incluso, fanáticos y fundamentalistas. ¿Me faltará algún piropo? No me preocupa, porque seguramente habrá quien lo aporte. Pero sigamos. Pareciese entonces que los hombre se ciencia jugarían únicamente en el equipo de los evolucionados. Sobre este prejuicio, no hablaría por mí, obviamente, pero puedo nombrar aquí a varios científicos y pensadores modernos perfectamente creyentes de la Creación y que ciertamente están muy lejos de ser los tarados que se piensa: En la Física: Newton, Faraday, Maxwell, Kelvin; en la Química: Boyle, Dalton, Ramsay; en la Biología: Ray, Linnaeus, Mendel, Pasteur, Virchow, Agassiz; en la Geología: Steno, Woodward, Brewster, Buckland, Cuvier; en la Astronomía: Copérnico, Galileo, Kepler, Herschel, Maunder; en las Matemáticas: Pascal, Leibnitz, entre otros. Incluso el líder del grupo pionero en la investigación del genoma humano, cuyo nombre se me escapa, es un cristiano creyente y practicante.

Ahora, cuestionados por la ciencia y la tecnología, se nos pide que probemos por medios científicos la existencia de Dios o la Creación del hombre. ¿Por qué? En primer lugar, los hechos en que se funda mi fe están clarísimos en la Biblia, cuya escritura sobrepasa en miles de años la edad del libro de ciencia mas remoto que se conoce. En segundo lugar, sobre los mismos hechos científicamente probados puedo dar explicaciones tan validas como las evolutivas, incluso mas coherentes, porque tales “hechos” nada prueban por si mismo sin la especulación “científica” que los acompaña. Si quienes se autotitulan científicos son los que me cuestionan bajo sus premisas, entonces son ellos los que tienen la carga de probar lo que dicen. Después de tantos años de la misma cantaleta, seguimos esperando las pruebas inequívocas. Por tanto, no necesito de teorías reforzadas como la del Diseño Inteligente y otras similares. No tengo la intención de igualar al Dios Todopoderoso en el que creo con un simio, solo porque me aseguran que la ciencia probó algo que se que es imposible de probar. Y si se trata de escoger para mi vida probabilidades, ya me apunté con la ganadora, porque es eterna e inalterable, lejos del alcance de los devaneos de la arrogancia científica.

Creo, eso sí, en la evolución cultural del hombre. La mente humana fue diseñada para evolucionar en su pensamiento, para idear, para crear, para sojuzgar con inteligencia la naturaleza creada. Incluso es un mandato divino. Y de dicha evolución, han surgido los viajes estelares, el Internet, la ingeniería genética y otras maravillas del pensamiento. Esto, antes que mostrarme una relación parental con los simios, lo que en verdad me confirma es que fui creado a imagen y semejanza de un Ser Supremo inteligente y sabio.

De todas maneras produce tristeza que el ser humano, pudiendo proclamarse como hijo del Dios Omnipotente, se declare nieto de un simio y que, por lo mismo, pudiendo reclamar raíces celestiales en su árbol genealógico se conforme con colgar de la cola a sus antepasados desde una improbada e improbable rama proveniente de una ameba.

No me cabe duda de que no somos simios, pero nos hemos empeñado por todos los medíos en parecernos a ellos cada vez mas, con el perdón de los simios, por supuesto.