jueves, 8 de septiembre de 2005

EL FUTBOL Y LA BOTELLA

Tenía entre el tintero este tema de la conocida y típica relación entre el fútbol y el alcohol, a propósito de la noticia de hace algunas semanas sobre la condena por homicidio culposo al futbolista Tigre Castillo. Pero, al momento de teclear estas líneas, coincidencialmente nos llega la información de que este personaje fue detenido por la Policía aquí en Cali, en la madrugada del pasado domingo, cuando conducía a toda velocidad un lujoso vehículo por las calles del barrio Siete de Agosto. Y que lo hacía, al parecer, embriagado.

Es de todos conocida la circunstancia de que el Tigre Castillo fue condenado a 36 meses de prisión y al pago de una cuantiosa indemnización por una juez de esta ciudad, por haber sido hallado responsable del homicidio culposo de dos jóvenes hermanas que lo acompañaban a bordo de una camioneta al amanecer del 19 de agosto de 2.001. El aparatoso y sangriento accidente se debió - así quedó demostrado en el proceso- al avanzado estado de alicoramiento del futbolista.

Apartándonos del particular episodio del Tigre y su lamentable historia, el tema que queremos tocar es el de esa conocida e inquietante relación, ya consuetudinaria, entre los futbolistas y el trago. Los ejemplos cunden en todas partes. Las rutilantes estrellas del Real Madrid, cuyos contratos valen cientos de millones de dólares, fueron duramente increpados hace algún tiempo por la furibunda hinchada que les reprochaba, con insultos de toda clase, preferir la juerga antes que cumplir el trabajo para el que habían sido contratados. Por esos días, en un canal internacional se pudo ver como una prostituta de un exclusivo burdel de Madrid, contaba con expresión maliciosa sobre orgías y extravagantes jornadas alcohólicas de David Beckham, Figo y otros que se me escapan. Los goles del Real Madrid se perdían, al parecer, en destinos distintos al de la portería de sus rivales. En el ramplón, pero incisivo, programa de Magaly en la televisión peruana es rutinario ver los "ampay" de futbolistas de ese país pillados en discotecas, burdeles y hasta "polladas" en medio de borracheras fenomenales, escándalos y en compañía, casi siempre, de mujeres de dudosa camiseta. De ahí parece venir ese declive imparable del fútbol peruano.

En nuestro medio el asunto es cíclico y rutinario. El jugador Tino Asprilla, aunque ya retirado, encarna el paradigma del futbolista escandaloso, mujeriego y amigo de la rumba mas que de la cancha de fútbol, todo por cuenta de las continuas escenas de alcohol y juerga que lo acompañaron durante la etapa más exitosa de su vida profesional. Y al jugador Johnier Montaño, dos días después de que los directivos de su club en Europa salieran a los medios a declararse alarmados porque dicho jugador no se había reportado de la licencia familiar que había solicitado, muchos lo pudimos ver en una discoteca de Juanchito rodeado de botellas de whisky, "prepagos" y amigotes. Días después salió con cara compungida en los noticieros de televisión para explicar que aun lo retenía en Colombia cierto asunto familiar que no había podido resolver. En los tiempos del Pecoso Castro se dijo que el Deportivo Cali tuvo que contratar una empresa de vigilancia para hacer rondas nocturnas en las casas de los jugadores, a fin de evitar sus cont{inuas escapadas en visperas de partidos importantes.

Los ejemplos, como decíamos al inicio, cunden. Sin embargo, mas allá de lo episódico, la cuestión es por qué estos deportistas, casi todos de alta competencia y dueños de talento y fama por su calidad futbolística, que viven de una profesión que depende precisamente de su condición física, caen en tales excesos. No entiende el hincha ni el ciudadano común por qué alguien que puede llegar a devengar salarios millonarios, cosa no muy fácil de obtener en una economia deprimida como la nuestra, decide optar por el degenero de su vida personal a sabiendas, se supone, de las consecuencias que ello le trae a su exigente profesión.

Las respuestas pueden ser múltiples. La más común y fácil de entender es tal vez la del origen familiar y social de la inmensa mayoría de estos deportistas. De lugares como Tumaco, Buenaventura, Puerto Tejada, Guachené y otros similares, que no se distinguen precisamente por su pujanza económica ni por la alta calidad de vida de sus habitantes, provienen muchos de ellos. Otros surgen del seno de las barriadas más populares de las grandes ciudades, en donde el alcoholismo, la drogadicción y la violencia de todo orden son amenazas reales sobre los niños y los jóvenes. Por esa misma razón son individuos cuya formación personal y familiar es deficiente, por no decir que nula. Podría afirmarse, ante la falta de oportunidades que un medio así les puede brindar, que la disyuntiva vital para la mayoría de estos jóvenes es, o se es futbolista, o se pasa a integrar directamente las filas de vendedores ambulantes, lavadores de carros y similares, o las de la delincuencia común de las ciudades. No hay más.

No conozco estadísticas sobre el nivel educativo de los futbolistas profesionales en Colombia, pero sospecho que no debe ser muy alto en promedio. Y no es que tener muchos estudios los pueda eximir de ser borrachos e irresponsables, pero podría darles la oportunidad de manejar y controlar de mejor manera factores como la fama súbita y el dinero. Tampoco se conocen estadísticas sobre el factor racial, pero no es difícil percatarse que la gran mayoría de los futbolistas criollos son de raza negra, raza esta en cuyos enclaves regionales predominan aspectos machistas sumamente acentuados, como el abandono familiar, la conformación de diversos hogares, el desentendimiento en la crianza de los hijos y la ausencia paterna, amen del mismo alcoholismo.

No deben dejarse por fuera de este análisis a los dirigentes deportivos. Es evidente que estos oscuros personajes, enquistados desde hace años en puestos claves que se rotan a placer, conocen estas particularidades y defectos del jugador nacional. Y las explotan sin escrúpulos. En muchos casos los maduran biches y, después, los arropan con fingido paternalismo, rodeándolos de lujos, prebendas y cosas suntuosas que muchos de estos muchachos nunca habian visto en su vida. No se preocupan en lo mas mínimo por su formación como personas. Para qué? Nadie paga una boleta para ir a un estadio a ver buenas personas, sino goles y buenas jugadas, así que lo que hagan fuera de la cancha no importa, mientras rindan para sus equipos. De todas formas, si no redituan lo invertido, se desechan, se venden como mercancia y se olvidan de ellos cuando caen por el barranco de la vida licenciosa. Problema de cada uno, al fin y al cabo.

Al final, no dejan de producir tristeza las reiteradas historias de estos atletas que, desde el pinaculo de la fama y el reconocimiento publico, resbalan sin remedio por la tortuosa pendiente del alcohol, la droga y la vida desordenada sin que nadie logre explicarse como pudieron llegar tan alto y caer tan abajo con la misma velocidad. Y cómo muchos de ellos aún siguen cayendo.