sábado, 27 de agosto de 2005

NUESTROS ASESINOS

Cuando de productos típicos colombianos se habla a uno le vienen a la cabeza cosas como el sombrero vueltiao, la bandeja paisa, el tamal valluno, las esmeraldas, etc. Pero ahora, por cuenta de la criminalística nacional, surge como nueva pieza del collage típico de nuestro país un elemento inesperado y siniestro: EL ASESINO COLOMBIANO.

El periódico El País publicó un articulo sobre el perfil del criminal colombiano, según el cual los investigadores de la llamada Unidad Especial de Comportamiento Criminal (UPCC), en lo que los gringos denominan un “criminal profiler”, se dieron a la tarea de elaborar un perfil del asesino típico de nuestro país. Para ello, asesorados por el FBI, analizaron cientos de casos de homicidios a lo largo y ancho del territorio nacional, examinando cuidadosamente patrones de comportamiento criminal que antes no se tomaban en cuenta, como objetos dejados en el cuerpo o en el lugar del crimen, rituales de brujería, uso de símbolos religiosos, o simplemente, la forma como se perpetraron los homicidios.

En realidad esto no es nuevo. Ya en noviembre del año 2003 el periódico El Tiempo publicó un articulo similar, solo que en esa ocasión el estudio lo había elaborado el Das mediante una encuesta realizada entre mas de 250 detectives y criminalistas especializados en caso de homicidios. Dicho estudio estableció que el 52% de los consultados conocía casos en el que el asesino volvía a la escena del crimen; el 38% afirmó que el homicida deja insignias u objetos simbólicos sobre el cadáver; el 24% aseguró que el delincuente utiliza oraciones seudoreligiosas para protegerse; el 8% dijo que el criminal mutila o tortura a su víctima antes de matarla y un 3% aseguró que era común que el homicida le propinara un tiro de gracia a la víctima en la boca o en la frente.

Comparando estos dos análisis se encuentra uno con varios hechos sorprendentes. Uno de ellos, quizás el mas triste, es la creciente participación de la mujer en la actividad criminal, en especial la del sicariato y el homicidio masivo, delitos en los cuales no era común el involucramiento del genero femenino. Se menciona, por ejemplo, el caso de quince brutales homicidios en serie cometidos en el año 2.003 en el Magdalena Medio a manos de una mujer perteneciente a bandas paramilitares de la región. Conocida como “La doctora”, esta siniestra fémina acostumbraba a desmembrar cuidadosamente a sus victimas y a extraerles posteriormente los órganos internos para acomodarlos, pulcramente, junto al cadáver. En el informe de la UPCC se hace referencia al caso de una mujer que, en la escena de seis tomas guerrilleras de las Farc ocurridas en los últimos tres años, desnudaba los cadáveres de policías muertos para quemarles sus genitales con un spray y la llama de un encendedor. Como puede verse la necrótica brutalidad se reparte por igual en los dos bandos.

Tambien en la actividad sicarial ha empezado a notarse la participación femenina. Varias mujeres, especialmente jóvenes, son ahora gatilleras profesionales, dispuestas a eliminar por encargo a sus victimas, seguramente ayudadas por la confianza instintiva que inspiran en el genero masculino y, en general, en todas las personas. Esto revela una especie de ascenso en la escala criminal, pues, en línea general, la actividad de las mujeres se limitaba a la de servir de carnada, o de carrito, o de fleteras para las bandas delincuenciales dedicadas al hurto bancario, de automóviles y residencial. Recordemos aquí la participación de dos mujeres en el grupo de delincuentes que intentaron asaltar y que ocasionaron de un disparo la postración que ahora padece el técnico de fútbol Luis Fernando Montoya. Pero, según parece, su perfil delictivo en la actualidad es mucho más activo y más letal.

Así lo demuestra un caso ocurrido el 2 de septiembre de 2003, que el periódico El Tiempo relata así: “En una cafetería del sur de Bogotá (frente al hospital de Kennedy) entraron Jenny Liceth Agudelo, de 21 años, y Sandra Milena Santo, de 20, la primera solicitando un baño para evacuar “una emergencia”, y la otra pidiendo un yogur de fresa. Luego Jenny Liceth sacó de su bolso una pistola, y su compañera empuñó un revólver. Se cruzaron una mirada como de santo y seña, se acercaron a dos hombres, Adrián Morales y César Andrés Botero, que departían en el lugar y que fueron señalados después por las autoridades como comerciantes de dudosa reputación, y sin darles tiempo de sacar sus respectivas armas les dispararon a quemarropa -a Morales en la cabeza y a Botero en el rostro-. Con serenidad de profesionales, las dos mujeres guardaron las armas, caminaron hasta la calle, tomaron un taxi al que abandonaron más adelante, y finalmente abordaron un bus”. Capturadas poco después por las autoridades, cuando uno de los agentes les mencionó que uno de los hombres aún vivía, una de ellas se limitó a decir con frialdad: “Si es así, no demora en morir. Ese no se salva”.

Otro aspecto revelador de estos estudios estriba en la misma crueldad con que se perpetran los crímenes. La utilización de motosierras fue tristemente celebre entre las primeras bandas paramiitares y en las mismas vendettas de las mafias del narcotráfico, lo cual de alguna forma parecería indicar su común origen. El degollamiento, la mutilación de los órganos sexuales, las quemaduras sistemáticas, la asfixia lenta con bolsas plásticas o cuerdas, la incineración cuando la victima aun vive, la introducción de objeto punzantes como clavos, puntillas y similares en el cráneo y las manos y la violación de la victima durante la misma tortura, entre otros, parecen ser piezas reiterativas en esta galería del horror.

En todo caso, tales manifestaciones de sevicia indican la intención de ciertos criminales de infundir temor en el común de las personas y de demostrar poder entre su ámbito delictivo, además de que, por los mismos métodos empleados, mostrarían conductas sicopáticas que probablemente les posibilita sentir placer en matar de determinada forma. La misma actividad sicarial ha sido fuente de muchas personalidades criminales que parecen despojadas de todo sentimiento moral sobre sus actos delictivos. Recordemos el caso de Jaime Andrés Marulanda, alias “El Chiquitín”, que confesó en su propio juicio haber matado a 137 personas entre Bogotá y Soacha por encargo de las autodefensas del Bloque Capital. Cobraba 400 mil pesos por muerto.

Otro dato impactante es el rasgo religioso y ocultista de los criminales colombianos. El informe de la UPCC asegura que entre mas objetos religiosos porte el delincuente es más peligroso, pues esta circunstancia parece tener relación directa con su grado de criminalidad, su posición dentro de la organización criminal y su experiencia a la hora de matar. Imágenes del divino niño, de la virgen y de otras figuras de la iconografía religiosa católica se portan con reverencia en las billeteras de muchos de estos delincuentes, al igual que ciertas oraciones o rezos dirigidos a volverlos invisibles o inmunes a las balas o a protegerlos de las traiciones. En otros casos se han encontrado cristos de oro incrustados en el cuerpo de sicarios, que aseguran los blindan contra los ataques de los enemigos. Y los mismos proyectiles son rezados para asegurarse que entren en el cuerpo de un “blindado”.

La brujería y los ritos de la santería, el vudú y las religiones sincréticas del Brasil son casi referentes obligatorios en el ambiente criminal colombiano. Muchos de estos delincuentes consultan con asiduidad a brujos y adivinos, y comúnmente los convierten en sus consejeros habituales. Por ello, los buenos augurios para coronar un alijo de droga, para descubrir un enemigo, para confundir una investigación judicial o para librarse de rivales se aseguran a través de ritos de misa negra y de sacrificios rituales, muchos de ellos sangrientos, y de la adopción de figuras y símbolos como monedas, cruces, esvásticas, billetes, cartas de naipe y demás para identificar sus actos delictivos, como siniestros sellos de poder.

En lo que coinciden plenamente las investigaciones mencionadas es en que el criminal colombiano siempre retorna a la escena del crimen. Muchos casos han sido resueltos precisamente porque los homicidas han sido reconocidos dentro del grupo de curiosos, ya sea en los registros fotográficos o fílmicos o por los mismos testigos presenciales del hecho. Así sucedió aquí en Cali con dos de los sicarios que participaron en el asesinato de monseñor Duarte Cancino, que fueron identificados por los testigos del atentado mientras miraban la escena en el lugar de los hechos. Esta reiterativa actitud del criminal se asocia con su misma frialdad y con cierto sentido de reto a la autoridad y de desprecio por la victima y por su entorno social, aunque se asegura que tambien buscan amedrentar con su presencia a los posibles testigos.

En fin. Muchas otras cosas y ejemplos podríamos traer a colación, pero bástale al buen entendedor con estas palabras. Lo que sí tenemos que agregar es que, gústenos o no, aceptémoslo o no, la misma tierra que da gente como García Márquez, como Juanes, como Juan Pablo Montoya, como usted o como yo, también produce estos siniestros especimenes. Y que, aunque nos avergüencen y nos atemoricen, allí están y esos son, los que desangran nuestra nación.