martes, 9 de agosto de 2005

LA CÁRCEL MÁS GRANDE DEL MUNDO


El escritor Milan Kundera en su novela “La Inmortalidad” plantea lo que, en su sentir, sería la ciencia del futuro: La Imagología, que es algo así como la ciencia que se ocupa de manejar, perfeccionar y elevar a su máxima expresión la imagen de las personas por sobre cualquier otro tipo de valor moral, social, cultural, etc., que estas tengan.

Para corroborarlo, propone el escritor la siguiente prueba: Imagínese el actor o la actriz de cine o t.v., o modelo, o persona bella y famosa que usted más admire y desee. Qué escogería si se le propusieran estas dos alternativas: a) Salir una noche con esa persona famosa, dentro de la cual podrían ir al restaurante de moda, a la discoteca mas concurrida y podrían dejarse ver en los lugares mas públicos, en poses de romance y demás, a condición de que, en realidad, nada mas pasaría entre usted y esa persona; o b) Tener la noche mas romántica y apasionada con esa misma persona, en la cual pasaría todo lo que puede pasar entre ambos, incluso íntimamente, con la condición de que nadie más lo podría saber, a excepción de ustedes dos.

La capciosa prerrogativa es, en realidad, todo un tratado moral y ético de lo que mueve a las personas en el mundo actual. Es una variable de la sempiterna pregunta de sí es mejor ser que parecer, o viceversa. Y aunque el impulso inicial podría ser el de defender la integridad personal, la dignidad y cosas parecidas, en realidad la idea de ser admirado por los demás, y hasta envidiado, por algo que se es o que se tiene es irresistible para la mayoría de las personas a un nivel muy próximo a la adicción.

Los que mejor conocen esta motivación humana son los medios publicitarios. Casi toda la publicidad actual gira en torno del principio de que todo entra por los ojos, incluso el amor y la felicidad, valores estos que antes siempre se dejaban apartados, como una especie de reserva virgen en medio de la jungla espesa y salvaje de los artificios económicos y sociales, tan caros al hombre moderno. Pero ya no. Ahora, tener el carro del año, los dientes mas blancos, el detergente mas blanqueador y el papel higiénico mas suave te debe llevar al paroxismo de la felicidad.

Alcanza advertir uno que la publicidad, esa cómplice desalmada de los antivalores mas recalcitrantes, de verdad te atosiga, te persigue hasta en la cama, para convencerte, mas allá de toda duda razonable, de que tu felicidad, la de tu familia y la del mundo entero, pasa obligatoriamente por todas esas pautas artificiales. Y, de tanto difundirse, repetirse y hasta reproducirse tan perniciosas ideas se te quedan en una zona penumbrosa de la mente y comienzan, no se sabe cuando ni como, a determinar inadvertida pero inexorablemente tu comportamiento y tus pensamientos, hasta que descubres, casi siempre muy tarde, que te engulleron y que has vivido por años en su vientre enceguecedor de falsas necesidades y de ansiedades interminables por tener o poseer a toda costa.

El escritor Max Lucado dice que la prisión más grande, superpoblada e irredenta es la de la necesidad humana. Sus prisioneros siempre tienen necesidad de algo. Algo más grande, más hermoso, más rápido, más delgado, más nuevo. Y cuando lo consiguen y creen haber salido de la prisión, de pronto lo conseguido se desvanece, se gasta, se avejenta, se daña. Y vuelve la necesidad, y junto con ella el chirrido de las rejas que te vuelven a enclaustrar al descubrir que necesitas otras cosas. O las mismas, pero mejores. Y así, hasta el infinito.

Cuantas cosas de todo tipo no se han sacrificado en el altar de la imagen propia. Cuantos sacrificios, desvelos, luchas, angustias no se padecen por conservar un breve jirón de imagen propia. Familia, matrimonio, hijos, amistades, muchos nexos y afectos languidecen hoy como flores marchitas al pie del pedestal de una imagen publica. Y, no suficiente con eso, hasta el mismo cuerpo es arrojado al fuego devorador del sacrifico por ser alguien o por valer o tener algo que los demás puedan reconocer.

Y que difícil es mantener ese reconocimiento ajeno, no solo por esquivo, sino por efímero, costoso y voluble. Por eso, las vidas construidas en torno a la imagen terminan siempre derrotadas, aun el pináculo, aun en la cima del olimpo del éxito. Porque nada permanente y sólido se sostiene sobre el humo. Porque las casas construidas sobre arena no sobreviven al embate de los vientos recios ni a las tempestades de la vida. Cuando murió John D. Rockefeller, uno de los hombre mas ricos de su época, alguien le pregunto a su contador: “Bueno, y cuanto dejó John D.?”, a lo que aquel contestó: “Todo”.

La cuestión está planteada. Preguntémonos, entonces, qué nos determina a levantarnos cada día y entregarnos a la batalla diaria. Interroguémonos si lo que hacemos, pensamos, decimos, vestimos, usamos, etc., tiene como motor la necesidad de que los demás nos vean de cierta forma, o si tenemos verdades más profundas que trascienden esa lustrosa pero deprimente epidermis publica con la que nos vestimos todos los días.

Entonces, tal vez, después de este ejercicio simple, decidamos qué es mejor para el resto de nuestra vida: Si tener una intima y permanente cita con la verdad o una ostentosa gira publica con la mentira.
P. D. Fotográfica: Fuente Cali es Cali