viernes, 5 de agosto de 2005

CURSO DE CONDUCCIÓN

(Con el debido permiso, claro está)

Mi mujer soltó la pregunta en medio del minuto 40 del segundo tiempo, precisamente cuando mi equipo ganaba por un escaso y sufrido gol de diferencia en el ultimo partido para clasificar a la final del campeonato. “¿Mijo, puedo aprender a manejar?”

Mi mente, siempre alerta ante el peligro aun en medio de las situaciones mas adversas, alcanzó a captar la pregunta al final del alarido que al unísono lanzamos el locutor y yo cuando el balón pasó rozando el segundo palo de la portería del equipo contrario. La miré con incredulidad, pero me desconcertó que siguió hojeando la revista que tenia en sus manos. Fue una horrible alucinación, me dije y me embebí en el final del partido. Sin embargo, junto con el ultimo pitazo del arbitro, retornó la infamante pregunta: “¿Oiga, mijo, será que puedo aprender a manejar carro?”

Ahora sí mi cerebro saltó sorprendido, no, mejor sería decir, atónito. No era posible lo que oía. Esa mujer que yacía a mi lado, la misma que ha inspirado desde muchos años atrás innumerables pasiones y ternuras en mi varonil corazón, la misma a la que elegí entre millones como la progenitora idónea para mis hijos y como compañera para toda la vida, la misma que durante nuestra vida juntos, como rasgo inmarcesible de su feminidad, nunca había manifestado interés ni conocimiento alguno sobre asuntos mecánicos o de trasporte publico o privado, ahora me sorprendía, en una situación de total indefensión, con tan espinoso asunto.

Primero sonreí, claro, por ser posible que el asunto fuera en broma, pero la sonrisa se congeló en mis labios cuando leí en sus ojos serios que sí, que había tomado la fatal determinación. Mi cerebro, saliendo del estupor, fraguó a millón los argumentos que podía alegar en mi defensa. Le dije, con toda la seriedad que pude, que eso de manejar en esta ciudad no era bueno, que se quebraban las uñas, que se corría el maquillaje, que atracaban en los semáforos, que las llantas se pinchaban, que los carros se varaban por cualquier cosa, en fin, aduje las mejores y mas irrebatibles razones, pero ella solo se limitó a sonreír con un desarmante “no importa, papi” a flor de labios.

Me sentí desfallecer. Imágenes dantescas de carros estrellados, farolas colgando, perros destripados, puertas rayadas, cajas de cambio trabadas, levantadas nocturnas para ir a desvarar carros por gasolina, mecánicos verracos, etc. desfilaron por mi mente. Pero mi mujer insistía.

Le dije que recordaba haber leído que los técnicos de la NASA habían concluido que el problema del ultimo trasbordador se debió a que lo manejaba una mujer y que por esa razón todos en la Tierra ahora hacían fuerza para que se quedara viviendo en la estación espacial. Se rió. Que si eso no era poco, que recordara que en la ultima trasmisión del Challenger ( o fue el Columbia?), el mismo que explotó en el aire hace unos años, se escuchó a la única mujer de la tripulación decir: “Oigan, déjenme manejar un ratico...” segundos antes del desastre. Mi mujer volvió a reír cuando me dijo que si mi pichirilo era un trasbordador espacial, entonces ella era Natalia Paris. Mi mente evocó a Natalia Paris y, claro, le di toda la razón sobre mi exageración. Pero volví al ataque, una y otra vez. Y una y otra vez fui derrotado. No había remedio, había que pagarle el curso de conducción.

Mi mano tembló cuando conté los billetes de la cuota inicial del curso de manejo, temblor que se incrementó cuando me tocó pagar los $50.000 adicionales que me cobraron por tratarse de un caso de persona “muy nerviosa”, tal como mi mujer había puesto subrayado en el formulario de ingreso. Pero el que tiembla ahora es todo mi cuerpo, porque hace quince minutos la vino a recoger uno de esos ignotos héroes modernos que son los instructores de manejo para mujeres nerviosas.

Acabo de encender todos los radios de la casa en emisoras especializadas en hechos de sangre. Tambien sintonice el televisor en el canal local que tiene un programa sobre personas desaparecidas y desastres de las ultimas veinticuatro horas. Hice una llamada anónima de amenaza terrorista a la policía de transito dando la placa del carro de instrucción. Llamé a mis familiares y conocidos para que en las próximas dos horas guardaran sus vehículos o al menos se orillaran en un andén durante ese tiempo. Y, bueno, tengo que terminar este blog apresuradamente porque en mi mente enloquecida escucho sirenas de ambulancia, estrépitos de latas y chirridos de llantas.

Dios nos ayude, mi mujer está aprendiendo a conducir.