martes, 19 de julio de 2005

NIÑOS SUICIDAS

Era una niña rubia y de ojos azules y tristes. Ese domingo, después de la iglesia, subió al segundo piso de su casa del barrio Terrón Colorado y se encerró en su cuarto, como casi siempre lo hacia. Nadie la oyó hablar, llorar o quejarse. Pero algo terrible debió pasarle, porque a las seis de la tarde su hermano mayor la encontró colgada del cuello. Bajo sus pequeños pies colgantes sus zapatos brillantes se hallaban perfectamente ordenados, junto a la pequeña silla, ahora derribada, que utilizó para su propósito mortal.

El pequeño Álvaro, contaba el periódico El País, también se ahorcó de una viga en su humilde casa campesina, en una zona rural cercana a Cali. En este caso, tambien su hermano mayor fue quien encontró la terrible escena. “Fue algo muy horrible encontrar así a mi hermano”, declaró. Álvaro tenia 13 años de edad y la niña suicida de nuestra historia, solo diez.

En realidad, algo hondamente perturbador y maligno debe estar ocurriendo dentro de una sociedad en la cual sus niños prefieran quitarse la vida antes que seguir viviendo. Nada puede explicar satisfactoriamente estos tristes hechos, precisamente porque son los niños los abanderados del deseo de vivir, del ansia diaria de devorar los días con alegría, con esperanza, con una mente despreocupada y vital en donde la idea de la muerte no tiene cabida, muchos menos el impulso de quitarse la existencia con sus propias manos.

Si bien la muerte autoinflingida, por si sola, produce conmoción, pues suprimir por sí mismo algo tan arraigado en el espíritu de las personas, como es el deseo de vivir, no es fácilmente entendible, el suicidio de niños es doblemente desconcertante. ¿Qué les hemos hecho a esos niños para arrojarlos a tan desesperada decisión? ¿Qué tipo de mundo, o de sociedad, o de familia, hemos construido a su alrededor que los hace ansiar la muerte antes que la vida? Estas preguntas probablemente no tengan respuestas. O lo que es peor, tal vez las respuestas sean tan aberrantes que sencillamente no queremos, ni como individuos ni como comunidad, examinar las causas de fondo de esta situación.

Sicólogos, analistas, terapeutas, sociólogos y hasta criminalistas, todos tienen teorías e hipótesis que pretenden explicar este fenómeno. Muchos hemos oído o leido estas diatribas, a veces tan elaboradas que se pierden en su propia retórica. Los demás, la inmensa mayoría, descubren culpables a priori en su entorno familiar, señalando abusos físicos y afectivos, abandono, etc. Sin embargo, en realidad, todos acallamos nuestra conciencia ante esas pequeñas tumbas acudiendo al facilismo de señalar, siempre señalar, a otros como culpables, a estirar ese largo y sucio dedo enjuiciador para alejar a toda prisa la culpa y la responsabilidad que nos cabe cada vez que un niño o una niña decide quitarse la vida.

Por supuesto, no es un fenómeno exclusivo de esta comarca. Recuerdo haber leído hace unos dos años, con profundo horror e indignación, una noticia sepultada en el profuso despliegue de la prensa nacional sobre el reinado de Cartagena, acerca de una niña de once años que, en esa misma ciudad precisamente, había envenenado a su hermanita de ocho años y después habría ingerido el mismo veneno para ratas, desesperada por el abandono de ambos padres y por verse abrumada, a tan corta edad, con la inmensa responsabilidad de sostener a su hermanita y a ella misma. El asunto pasó tan desapercibido que, sin exagerar, creo ser yo la única persona que recuerda esa desoladora historia, y solo viene a mi memoria ahora cuando escribo estas líneas.

Me pregunto qué podemos hacer los ciudadanos del común sobre este tema. Quizás proponernos ser mejores padres, más amorosos, con mas tiempo para nuestros hijos. O quizás, dar mas monedas en los semáforos. No sé. Es un asunto tan particularmente doloroso que toda palabra y todo propósito parecen insuficientes y huecos.

Lo que sí pude hacer algunas noches atrás fue ir furtivamente al cuarto en donde mis pequeñas hijas duermen, con su sueño placido e inocente, y allí doblar mis rodillas para orar en silencio al Creador, pidiendo su misericordia para todos nosotros y paz en la tumba de todos esos niños suicidas.