viernes, 15 de julio de 2005

REGGEATON: ESTAFA MUSICAL

A muchos de los miles de caleños que acudieron a los teatros de la ciudad para ver la película El Rey los cobijó una idéntica sensación de nostalgia cuando oyeron el portentoso ritmo del piano de Richie Ray y la voz vibrante de Bobbie Cruz cantando al comienzo de la cinta: “Oigo una voz que me dice agúzate, que te están velando...”.

Sí, leyeron bien, nostalgia, aunque el asunto suene raro en una ciudad cuya fama por décadas fue la de ser “Capital Mundial de la Salsa” y cuna de eximios bailarines, como la legendaria Amparo Arrebato, inmortalizada por el mismo Richie Ray (“Amparo arrebato la llaman siempre que la ven pasar, esa negra tiene fama de Colombia a Panamá...”) o el genial Watusi, y muchos mas, que deleitaban los ojos de los melómanos que, entre admirativos y envidiosos, los veían pasearse por las pistas de las discotecas salseras de Cali con su cadencioso, acrobático y elaborado baile.

La Calle 5ª y la Avenida Sexta marcaban la pauta de ese ritmo contagioso, de congas y bongoes tronando, de trompetas vibrantes, de pianos que retumbaban y timbales que salpicaban la noche, en esa locura de los sentidos llamada salsa. Las discotecas más famosas (El escondite, El Séptimo Cielo, La Jirafa, Village Game, etc.), apiñadas en dos o tres cuadras, dejaban escapar intencionalmente por sus puertas abiertas los acordes del Gran Combo, de la Ponceña, de Tito Puente y su timbal, en un collage de maravillas auditivas que hacían hervir la sangre de hombres y mujeres, que hacían largas colas para diputarse una minúscula mesa y arrojarse al torbellino embriagante del baile.

Pero no era solo el ritmo lo fascinante, sino aquellas letras, cortas y sencillas, que cálidamente transmitían al bailador todo el sabor caribeño, invitando al soneo y a la improvisación después del estribillo pegajoso. “Dónde estará, dónde estará la melodía...” entonaban las voces al unísono con Henry Fiol, mientras los pies de los danzantes se entrelazaban, se separaban, para volverse a juntar en parábolas alucinantes, acompasados los cuerpos, ceñidas la cinturas, entrelazados los alientos...

Triste noticia: Tambien esto se ha perdido en Cali. Primero, fue la invasión del merengue dominicano que, bueno, al menos tenía la afinidad del tumbao del Caribe y compartía ciertas raíces antillanas con la salsa. Después, fue el influjo del detestable vallenato lloricón y almibarado que nos llegó por acá y que nada tiene que ver con los vigorosos y sabrosos acordes de las canciones de Bovea y sus vallenatos, Escalona o Alejo Durán.

Ahora ha surgido, para horror de los horrores, un “genero” musical, mezcla de rap y percusión afrolatina, que no se canta sino que se discursea, como dando una razón de mala gana, en una copia floja del gang americano, aunque de ritmo empalagoso, llamado Reggeaton. Sus letras se distinguen especialmente por echar al aire impúdicamente una serie de parrafadas sin sentido en las cuales solo el sexo morboso y la denigración extrema de la mujer parecen tener cabida.

Es el “perreo”, en alusión a la posición sexual de los caninos, la forma como se baila este ritmo. Consiste el paso más común en que la mujer se dobla hacia adelante en un ángulo de 45º grados, juntando su nalgatorio con el área genital del hombre, para contonearse la pareja, imitando con movimientos lascivos y burdos una relación sexual. ¡Que maravilla! No se logra uno imaginar bailando así con alguna mujer decente en una fiesta familiar, o con una tía o con una hermana, ni mucho menos susurrarle a un delicado oído femenino las grotescas letras que acompañan este deplorable baile.

Y las emisoras musicales, esas embaucadoras profesionales, repiten esta penosa y mal llamada música todo el día, llevándoles a los jóvenes tan peligroso mensaje bajo el deleznable pretexto de ser el ritmo de moda y que por eso, solo por eso, se puede difundir hasta el cansancio. Es una estafa musical, ni más ni menos. En un envoltorio de percusión atractiva y simplona les venden un explosivo paquete de patanería, grosería, incitación sexual e irrespeto a la mujer, que los muchachos, mayoritariamente pertenecientes a las clases mas pauperizadas, repiten incesantemente como estribillos que les calan las mentes y, de alguna forma, los incita a hacerlos realidad, porque como declaró un dudoso discjockey local, “... lo importante es gozarse el perreo...”.

El domingo pasado el periódico El País publicó un articulo según el cual varios jóvenes de entre 17 y 20 años, escandalizados y aburridos con el dichoso Reggeaton, promovían una campaña entre los estudiantes de los colegios de la ciudad para que rechazaran este tipo de música, principalmente por la letra de sus canciones, y para que retornaran al gusto por la salsa. Gracias a esta noticia, muchos caleños suspiramos con alivio: Al fin alguien de esta nueva generación hablaba con sensatez y nos devolvía la esperanza.

Y entre suspiro y suspiro, como un eco lejano, nos pareció escuchar a Héctor Lavoe que, redimido del oscuro y lejano rincón al que ha sido relegado con muchos otros míticos artistas de la salsa, cantaba con su voz de bacán: “Mi gente, la más linda de este mundo, siempre me ha hecho sentir un orgullo profundo...”.

¡Qué viva la salsa!