viernes, 1 de julio de 2005

LA MONJA DE BUGA

Hace algunos días un taxista, talvez compadecido por mi cara de aburrimiento, decidió amenizarme el viaje a la oficina contándome la historia macabra del espectro de una monja que por estos días, en la ciudad Buga, se encuentra dedicada a la dificilísima tarea de aterrorizar taxistas, tal vez el espécimen humano mas duro de espantar.

Me contó con tono de misterio que a un compañero suyo (siempre le sucede a alguien conocido, sino la historia no vale) unas noches atrás, a eso de las dos o tres de la madrugada, cuando se encontraba dormitando en su taxi al frente del terminal de transportes, le golpeó la ventanilla una monja, vestida con habito y todo, pidiéndole que le hiciera una carrera. Aunque extrañado de ver a tan curioso personaje a esa hora, emprendió el viaje, pero al llegar al destino pudo ver que su misteriosa pasajera había desparecido sin dejar rastro. En estado de shock, regreso al terminal a contar su curiosa historia, encontrándose con que casi a todos los taxistas que trabajan a esas horas en dicho lugar la misma monja espectral les había hecho, alguna vez, la misma visita.

Siempre me he preguntado quien es - porque alguien debe ser - el que se inventa inicialmente estas historias de espantos y fantasmas que pululan en nuestras ciudades y que ahora se denominan con el curioso nombre de “Leyendas Urbanas”. Pero, en realidad, este articulo podría titularse la monja de Tuluá, o de Popayán, o de cualquier otra ciudad, pues las leyendas urbanas son comunes en muchas ciudades del país, y creo que del mundo.

Aquí en Cali, por ejemplo, fue famoso hace unos años el relato de una aparición del mismo diablo en la pista de baile de una de las mas conocidas discotecas de Juanchito, en donde se le vio vestido de punta en blanco, seduciendo con su magistral forma de bailar a todas las mujeres del lugar, para después desaparecer ante los ojos de todos los concurrentes, dejando en el aire el inconfundible humo azufroso y una carcajada de espanto.

De todas maneras, el relato del taxista trajo a mi memoria la leyenda urbana que, en mis tiempos juveniles, contaba acerca de una mujer joven y enigmática que, según se dijo, estuvo apunto de enviar al manicomio a un amigo mío, a quien llamaré J.M., por si acaso, para evitar tutelas y otros peligros similares.

Cuenta la historia que un viernes cualquiera, a eso de las 9 o 10 de la noche, buscaba JM desesperadamente a alguien con quien enrumbarse, cuando vio desde su vehículo a una hermosa y joven mujer vestida de negro que, parada en una esquina, parecía algo perdida. Fuertemente atraído por la muchacha, se le acercó y con los requiebros de siempre, entabló una corta conversación que permitió que le aceptara una invitación a bailar. Se dirigieron a una de las discotecas de moda del norte de la ciudad, en donde se encontraron con muchos conocidos de JM, que juran hasta hoy que lo vieron acompañado de la hermosa mujer. Incluso, algunos de ellos, para mayor espanto, bailaron con la chica, aunque sin dejar de notar su inusual palidez y su escasez de palabras.

Avanzada la noche y con el calor de los tragos, JM, dando un paso audaz en su conquista, le propuso a la muchacha pasar la noche juntos, a lo cual convino la mujer con lo que era su principal rasgo personal: una sonrisa misteriosa, como de Mona Lisa, que le ahorraba palabras y enloquecía de deseo a su acompañante. Salieron juntos de la discoteca, como alguna vez lo atestiguó el portero del lugar, y se dirigieron a uno de los moteles cercanos, en donde hicieron el amor hasta el momento en que JM, vencido por los tragos y el entendible ajetreo, se quedó dormido.

La mujer lo despertó poco antes del amanecer, para decirle, con cierta angustia, que tenia que llevarla cuanto antes al mismo lugar en donde la había encontrado, y así lo hizo. Al apearse del vehículo la mujer desapareció con rapidez, en medio de las brumas del amanecer.

Avanzado el día, después de despertar en medio del lógico guayabo, JM advirtió dos cosas: Que no le había preguntado ni el nombre ni la forma de ubicar a la muchacha y que en el asiento trasero del vehículo se había quedado un saco negro que ella vestía. De inmediato, impulsado por la atracción irresistible que había despertado en él la mujer y con la excusa de devolverle el saco, se dirigió al mismo lugar en donde la había visto desaparecer unas horas antes.

Seguro de que vivía en la casa de la esquina en donde la había hallado, golpeó a la puerta. Una mujer ya anciana, con cierta similitud en sus rasgos con la acompañante de JM, lo atendió. Este le explicó la razón de su visita, pero la mujer negaba rotundamente que allí viviera otra persona diferente a ella. Sin embargo, su gestó cambió cuando JM le mostró la prenda de vestir y, con cara de asombro, se la arrebató de las manos, echándose súbitamente a llorar con sollozos incontrolables.

A estas alturas JM, desconcertado, esperó a que la mujer se calmara. Pero, lo que ella le dijo lo desconcertó aun más: Según la anciana, el saco pertenecía a su única hija de 19 años que había muerto precisamente hacia cinco años atrás, en esa misma fecha, victima de una súbita enfermedad. Intrigado al extremo, JM le pidió ver alguna fotografía de la muchacha, y la anciana regresó con una pequeña foto en donde se podía ver con toda claridad los mismos rasgos hermosos y la misma sonrisa misteriosa que habían conquistado a JM.

Se dice que el hombre salió horrorizado del lugar, y que debió someterse desde ese momento a un largo tratamiento psiquiátrico para recuperarse de la terrible impresión de haber salido, bailado y dormido con un fantasma.

Hace algunos años me encontré con JM, quien, como ya dije, es un amigo mío. Después de saludarlo, y sin poder evitarlo, le pregunté que si al fin era cierto lo de aquélla insólita historia. El me miró sereno y como única respuesta, me sonrió misteriosamente, como dicen sonreía la mujer de aquella noche.