sábado, 18 de junio de 2005

POR FAVOR, NO MAS FOTOGRAFIAS!!!

La moda esta de los celulares con cámara fotografica francamente nos tiene jodidos. No existe prácticamente ningún lugar público, sempúblico y hasta privado en donde no se encuentre uno de estos lamentables personajes con celu-cámara, dispuesto a disparar el dichoso aparatico a diestra y siniestra.
Si estás en un restaurante, y para colmo, con quien no debes estar, no puedes ni tragarte la comida que ordenaste cuando miras que en una mesa cercana descansa, amenazante, unos de estos pinches celulares. O, que tal cuando entras a un motel, por ejemplo, a entregar una carta o a pedir prestado el telefono, y atina a pasar alguien que te conoce o conoce tu carro y, para desgracia mayor, carga una camara movil, con lo cual se asegura un futuro chantaje. O, que decir, cuando, por descuido, ese tercer y critico botón de tu blusa no se encuentra en su lugar y el fisgón con cámara te fotografía inadvertidamente en tan comprometedora pose.
Los ejemplos serian infinitos. No deja uno de extremecerse pensando que fotografias inéditas y no autorizadas con nuestra imágen, generalmente en nuestro peor momento, circulen por alli, incluso en el mismo ciberespacio, siendo objeto de burlas, desprecios y sorpresas de nuestros semejantes.
Pero, qué hacer? La primera idea que nos viene a la cabeza sería coger a cogotazos a cuanto personaje desocupado cargue con uno de estos aparatos, pero soy un pacifista convencido y las soluciones violentas definitivamente no me gustan. También podría promoverse una marcha pública pidiendo a nuestros congresistas la expedicion de una ley que prohiba estos bichos, pero conociéndo a los politicos, lo mas seguro es que perdamos miserablemente el tiempo, además de que probablemente seremos fotografiados por la Policia con celu-camaras para el archivo judicial.
Lo unico que he podido hacer al respecto es no volver ni a restaurantes, ni pasar por moteles, ni ir a ningún lugar critico en donde generalmente pululan estos paparazzi criollos. Ah, y además, andar siempre acompañado de mi abnegada esposa, con la seguridad de que ante tan ejemplar escena nadie se molestará en disparar uno de esos molestos aparatos

HISTORIAS DE CIUDAD (2): Chiqui

La noticia apareció en la pagina judicial de El País, perdida en medio de la acostumbrada y, como siempre, abundante crónica roja de ese fin de semana. Pero llamó mi atención. Se decía que la corrupción de los valores morales entre los jóvenes de las zonas populares de Cali se habían perdido a tal extremo que, incluso, eran los mismos padres los que ahora les inculcaban a sus hijos adolescentes que se convirtieran en ladrones, asaltantes o sicarios, ejemplo de lo cual era el caso de una mujer que le había dado a su hijo, como regalo de quince años, una pistola 9 m.m.

No me había vuelto a acordar del tema hasta que me tope, de pies y manos, con el mismísimo protagonista de la historia. Le decían Chiqui, y cuando lo conocí acababa de cumplir los 18 años. Tenia en su rostro los inconfundibles rasgos indígenas que tienen casi todos los muchachos de Siloé, descendientes de inmigrantes caucanos que desde hacia veinte años se habían establecido en esa zona escarpada del sur de la ciudad, huyendo de la pobreza y de la muerte que acechaban los pequeños pueblos del Cauca. Sus ojos diminutos y de mirar desconfiado, el pelo abundante e hirsuto y una particular sonrisa de medio lado le daban una apariencia engañosa de fragilidad y hasta ternura, salvo para aquellos que, como yo, sabíamos que era un asesino frío, con por lo menos seis o siete homicidios encima.

Cuando le pregunté si era verdad lo del regalo de cumpleaños, me miró con cierto brillo de orgullo en sus ojos. Claro, doctor, es cierto, la cucha se tiró esa parada conmigo, me dijo. El día de su cumpleaños numero quince había planeado, como era costumbre en el barrio, emborracharse con los pelados de la cuadra, fumarse unos baretos y pasarla bacano, según me contó. Por eso los invitó a su casa. Y allí, en la mitad de la fiesta la mujer, la cucha, menudita ella, con arrugas profundas en su rostro aindiado que le sumaban veinte años a su edad real, lo llamó al comedor y sobre la mesa le puso la caja envuelta en papel regalo, incluido un moño rojo. La sorpresa fue general, hasta para el mismo Chiqui, cuando vio en la caja una reluciente pistola Glock, primorosamente limpia y acomodada junto al cargador de siete tiros. Hubo lagrimas, abrazos y, gritos de jubilo y sorpresa en los concurrentes. La mujer le dijo que era que pa’ que en adelante se hiciera respetar y la hiciera respetar a ella.. ah, mijo, y tambien pa’ que trabaje y consiga pa’ vivir...

El regalo cambió totalmente la vida de Chiqui. Pasó de ser uno mas de la gallada, a ser el jefe respetado y temido, pues su pistola le daba el estatus suficiente para imponerse a cualquiera. Y todos los demás lo entendieron así, pues no era lo mismo una “nueve” original que un changón o una pistola hechiza. A partir de allí Chiqui y su pistola eran los primeros con los que se contaba para las “vueltas” de la gallada: Atracar a los chóferes de las gualas cuando bajaban después del ultimo recorrido; darle “chumbimba” al man del otro “parche” que le había ofendido a la novia, a la hermana, a la mamá, de tal o cual; asaltar uno de los supermercado de la parte baja del barrio... Todo pasaba a través de Chiqui y su nueve milímetros.
Hasta esa época, salvo dos o tres lances a cuchillo, Chiqui no había matado todavía a nadie, que yo sepa, doctor... Por eso, debió sentirse verdaderamente poderoso cuando mató al primero. Fue el motorista de uno de los camperos que hacia el recorrido nocturno, quien se negó a entregar los 35.000 pesos que había recogido, después de su jornada laboral de cinco horas, confiado tal vez en la apariencia endeble y debilucha del muchachito aindiado que le apuntaba con la pistola. Fueron dos tiros, que le dieron con precisión en la frente, matándolo al instante.

A partir de allí la fama de duro de Chiqui y su pistola subió como la espuma. Y los muertos también crecieron de número: El vecino de la parte de arriba al que se le olvidó que no debía subir borracho en día de quincena y menos a la madrugada; la señora que al bajarse del taxi se resistió a entregar el bolso en donde los asaltantes creían que llevaba un millón de pesos y solo encontraron una caja de chicles y una cedula; el policía de civil que dos días antes había cogido a patadas al primo de Chiqui en una requisa, entre otros.

Un día la mujer, la cucha, le dio una idea, tal vez algo preocupada por las cada vez más frecuentes y peligrosas correrías de su hijo: Mijo, porque no alquila la pistola, y así se gana su plata y no tiene que andar por allí en tanta vaina... Chiqui, encantado, acogió la idea e inició su siniestra “microempresa”: Alquiler de la pistola para vuelta larga (hasta dos días) a $500.000.oo; para vuelta corta (hasta 5 horas) a $250.000. La gente del barrio, y otros que conocían de la “empresa”, le hacían cola. Chiqui y su mamá vivían con holgura del alquiler del arma, e incluso le quedaba plata al muchacho para derrocharla todos los fines de semana en las peligrosas y concurridas discotecas del Plan.

Uno de los “arrendatarios”, cierto día, se negó a entregar el arma. Alegó que la Policía se la había decomisado, pero Chiqui sospechó que no era cierto. Discutieron, pero el arma no apareció. De inmediato supo Chiqui que lo teníia que matar: Era una cuestión de prestigio, por que un duro no puede dejarse robar. Una semana después, agazapado en una esquina, lo esperó y lo cosió a puñaladas, pero una patrulla policial que hacía una rarísima ronda de vigilancia en el barrio lo sorprendió cuando huía aun con el cuchillo ensangrentado en la mano.

Entonces que, doctor, será que salgo de aquí, me pregunto sonriendo otra vez. No le contesté. No lo creía, no solo por la condena de treinta años que le había puesto el juez, sino tambien por los otros tres procesos penales por homicidio que se le seguían en varios juzgados. Además, ya me habían comentado que alguien había pagado un millón de pesos a otro preso para que lo matara en el patio. Y la cucha? Bien, doctor, pero se quedó solita, sin que nadie me la ayude, por eso quiero salir rápido de aquí... Me despedí, me dio la mano y sonrió nuevamente. Me quedé mirándolo hasta cuando despareció para siempre por la puerta enrejada de la cárcel...